‘¿Pero todavía quedan ancianos? Increíble’

‘¿Pero todavía quedan ancianos? Increíble’

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Retrato de anciano con barba de Rembrandt. Foto: Metropolitan Museum of Art, New York.

“Mirad ahí afuera… ¡Un anciano!… Pero ¿todavía quedan? ¡Increíble!”. Nueva entrega de nuestros ‘Relatos de un Extraño Verano’ en colaboración con el Taller de Escritura Creativa de Clara Obligado. Los autores solo recibieron una consigna: escribid sobre vuestras emociones a partir de la cruda realidad de esta pandemia.

POR SUSANA DELGADO 

“Venid a mí todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28)

Celebramos la salvación con una cena en casa de David, quien había aprovechado estos días para acondicionar la terraza. Marta traería el vino. Jesús se encargaría del cordero porque, durante este tiempo, había tenido un sueño recurrente sobre su infancia, su padre y unas costillas. Desde entonces tenía ansiedad y ganas de carne, a partes iguales.

–Os ha quedado preciosa –comentó Ismael al llegar.

Ismael es médico. Fue él quien se encargó de trasladar al padre de David a la nueva nave evitando que acabara en el hospital. Durante el trayecto su padre fue musitando que no quería ser molestia, que todo aquello no era necesario, pero para cuando llegaron esos balbuceos eran ya solo silbidos más propios de un animal.

La terraza era amplia. Había dos limoneros y un bambú con el que había querido darle un toque más actual. Al fondo, un par de cipreses bajitos que casi podían parecer las sombras de unos hijos jugando al escondite, pero no. Vestíamos ropa de verano por primera vez en unos cuerpos todavía entumecidos.

–¡Qué bien juntarnos de nuevo! –dijo David, mientras servía unos aperitivos triangulares–. Os recomiendo usar mantequilla en lugar de margarina. Ahora dicen que la margarina es malísima.

–Ya no puedes creerte nada –dijo Marta–, antes repetían que no había que comer muchos huevos y ahora resulta que puedes comer todos los que quieras, siempre y cuando sean de gallinas felices. A mí me han quitado un pulmón, pero tengo que preocuparme de que a la gallina le haya ido bien en la vida. Bueno, ¿y tú qué? ¿Ya estás mejor, llorona?

Marta siempre me había provocado una especie de parálisis mental. Esto impedía que le pudiese contestar con la rapidez con la que muchas veces había imaginado: pim, pam. Solo pude gritarle una vez, muy alto, para que aguantara y no se fuera al garete detrás de su pulmón.

–Haya paz, no es una llorona, es que hay personas que tardan más tiempo en asumir estos cambios –así sonaba Ismael rescatándome mientras me servía un poquito más de vino.

Y sí. Para que yo tragara mejor estos cambios me los tendrían que haber untado con mantequilla, pero de la buena. El último día que vi a mi madre intenté que no supiera dónde íbamos, pero fue todo el camino repitiéndome que ella ya sabía que poníamos rumbo a Dios. Nos dijo varias veces que prefería quedarse con nosotros, que lo prefería si no era mucha molestia. Nosotros callamos. Obedecer es amar, susurró después. Así que obedeció, igual que yo obedecí a mi marido cuando me dijo que no hiciera nada porque mi madre iba a estar mejor ahí que en ningún sitio.

–Oye, ¿y Jesús? ¿A qué hora tiene pensado aparecer? Así ni cordero, ni expiación ni nada –dijo Marta metiéndose un feliz trozo de huevo relleno en la boca.

Jesús no llegaba porque Jesús siempre llegaba tarde. Mientras esperábamos, comentamos lo de ese ciervo que todo el mundo había visto en las noticias. Un ciervo en medio del patio de un colegio, con las patas dobladas como un camello, lamiendo los restos descompuestos de un ratón. Al parecer salió buscando a su madre, como Bambi. Quizá su madre salió huyendo del fuego. Quizá de un cazador. Yo creo que del propio Bambi.

–Mirad ahí afuera –nos alertó nuestro anfitrión.

Nos levantamos y miramos hacia la acera, donde un anciano se zarandeaba de un lado a otro.

–¿Todavía quedan? Increíble –dijo Ismael mientras se colocaba las gafas para enfocar mejor–. No los veía desde que aquella vieja delgadísima intentó meterse en la consulta. Seguridad se la llevó, pero estuve con el susto en el cuerpo todo el día.

Pero ya nadie le estaba escuchando. Todos mirábamos cómo el hombre cruzaba despacio. Tendría más de 90 años. David se alejó hacia el fondo de la terraza y comenzó a escarbar en los maceteros. Nos llamó y alzó los brazos enseñándonos los puños. Se los había llenado de piedras. Se acercó hacia nosotros y fue repartiendo una a cada uno.

–¿Preparados? –volvió el brazo hacia atrás y gritó:

–¡Ahora!

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