Piano y danza en el Teatro del Barrio por los niños de Mozambique

Piano y danza en el Teatro del Barrio por los niños de Mozambique

Niños mozambiqueños.

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Niños mozambiqueños. Fotografía de la Fundación Mozambique Sur.

Juan Antonio Simarro, pianista y compositor, y Nexus Company, grupo formado por bailarines del Ballet Nacional, se reúnen en el Teatro del Barrio mañana sábado, 15 de febrero. La recaudación (10 euros la entrada) se destinará al proyecto de Fundaçao Encontro, para niños en situación de máxima vulnerabilidad y exclusión social en el sur de Mozambique, que apoya desde España Fundación Mozambique Sur.

En mis seis meses de voluntariado en el país bañado por el Índico y castigado por una letal sequía, he conocido a Elena, Penina, Isabel, Waine, Lorta, Alfredo, Felismina, Salmerina… Niños y niñas que habitan en ese país de silueta arborescente al sur del sur del continente africano. Desde sus hogares, por suavizar la descripción de las débiles paredes donde se cobijan, el colegio es a veces una especie de sueño imposible, la atención médica un lujo fuera de su alcance, y la comida, una al día, más que un hábito es la excepción prodigiosa de la que disfrutan cuando van al colegio. Las familias dependen de la escasa cosecha doméstica abortada por la falta de lluvias y algún trabajo precario que todavía son capaces de ejercer en muchos casos las abuelas, esas segundas madres que vieron como las guerras y el sida devastaban a una generación dejando a cambio muchos nietos y nietas. Más de 12 millones de huérfanos hay en todo el país, y se calcula que un 60% viven con esas mujeres que ignoran cifras y estadísticas en una existencia donde las pérdidas suplen a ese pan que no comen cada día. Los casos pueden variar. Hay niños completamente abandonados, otros conservan vivos a sus padres, enfermos o sencillamente irresponsables.

En las aldeas del sur de Mozambique, a menos de un centenar de kilómetros de su capital, Maputo, son más de 400 los niños incluidos en el proyecto COV´S (Crianças órfãs e vulneráveis) gestionado por Fundaçao Encontro. Hay bebés que pasan el día en la sala de cunas, otros estudian preescolar y algunos acuden a las aulas de enseñanza primaria. Todos tienen garantizada la comida, uniforme, libros, material escolar, refuerzo en los deberes si es preciso y atención médica. El proyecto está financiado por socios españoles y el coste viene a ser de unos 30 euros mensuales mínimo por cada niño. Cubren las aldeas de Massaca, Mahanhane, Mahelane y Changalane.

Trabajando como voluntaria he visto con mis propios ojos sus miradas extrañamente serenas y sus sonrisas tan difíciles de justificar en semejantes marcos de miseria. He escuchado sus historias, algunas en portugués, otras en lengua local, Shangana, que las activistas de Fundaçao Encontro, un grupo local llamado Kumbuka, (que en castellano significa ¡Acuérdate!) me han ido traduciendo. He bebido sus infusiones, remedio universal de males diagnosticados o no, y he probado sus sopas elaboradas con cualquier brizna verde de los alrededores. He aquí un par de ejemplos.

Dercia es una de las niñas que Fundação Encontro considera Cove. Vive con su abuela Lorta, portadora del virus VIH, en una choza sin condiciones donde se las arreglan para hacer hueco a cinco personas más. En el relato de Lorta se intercala una tos pertinaz. Su aspecto es débil. Aun así, en su día a día, además de los niños –tiene otros cuatro hijos–, están las frecuentes visitas al Centro de Salud, donde participa en las reuniones con otras mujeres VIH positivas, compartiendo su optimismo, solidaridad y apego por la vida. Ayuda en la cocina y asegura no sentirse discriminada en la comunidad. “Sé lo importante que es la educación y es lo que quiero para mi nieta, además de una casa digna donde poder vivir”, comenta señalando la paupérrima choza con paredes de plástico.

Felismina es otra niña acogida en el programa Cov´s. Tiene seis hermanos y una madre viuda, Ralita, para la que el matrimonio supuso una cadena de pobreza, embarazos y maltrato constante, tanto físico como psicológico. Ralita no se tiene por cobarde, pero el enemigo siempre fue más fuerte que ella, al menos con los puños. Cada vez que Ralita planteaba separarse, aquel hombre cruel le señalaba la puerta de la casa como una invitación para marcharse, perdiendo a sus hijos para siempre. Vago, bebedor y mujeriego, el marido jamás quiso escuchar a la familia o los amigos, que acreditan la imposibilidad de razonar con él. Felismina y sus hermanos no tuvieron una infancia normal. Crecieron asustados y hambrientos, bajo la tiranía de un mal padre y pésimo marido que no aportó otra cosa a la vida familiar que desdicha. Por duro que parezca, el tiempo demostró que solo la muerte de aquel hombre procuró cierta paz a la familia. Como tantas madres coraje que pueblan el sur de Mozambique, Ralita despierta cada día mucho mejor sola que mal acompañada, pensando siempre en cómo alimentar a su prole

Las iniciativas para ayudar a este colectivo, cuyo crecimiento es imparable, siempre son bienvenidas. Desde la agencia Nexus Company, (Producción y Coordinación de Espectáculos) surgió la idea de organizar un concierto solidario con bailarines del Ballet Nacional y Juan Antonio Simarro al piano, interpretando cuatro piezas con un perfil, dice el autor, muy emocionante. “Yo me puse en manos de Daniel García de Nexus sin dudarlo un instante. Nosotros tenemos muchas oportunidades, aquellos niños, muy pocas, o ninguna. Participo siempre que puedo en este tipo de eventos y para este espectáculo de música y danza voy a interpretar composiciones mías. Con cuatro palabras pueden decirse muchas cosas: pena, rabia, emoción y fuerza, porque al final lo que deseamos es que las cosas acaben bien”.

Una de las composiciones (todas pueden escucharse en la web de Juan Antonio Simarro) se titula Amarga Dulce, y está dedicada a la hipotética situación de que Dulcinea despertase de repente en este mundo planteando ciertos interrogantes. ¿Necesitaría a su lado a un Don Quijote, o sería ella misma caballero y dama? ¿Cómo serían los Quijotes del siglo XXI? Habrá un adagio para violín y piano, escenificando el romance entre estos dos instrumentos, “y otra muy especial titulada, Noche en el Café Montarto, referida al lugar donde yo tocaba con 22 años; surgió de una improvisación y tiene mucho que ver con la idea de los sueños cumplidos”.

Música y danza para un proyecto que desde España apoya Fundación Mozambique Sur, como a Casa do Gaiato una institución consolidada que lleva más de un cuarto de siglo ofreciendo casa y pupitre a 165 niños de la calle, funcionando también como prestigioso colegio mixto y concertado.

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