06.02.2019

Pilar Adón y Edurne Portela, en defensa de las pequeñas librerías de barrio

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El artista Borja Robles decora el escaparate de la librería Nakama en Madrid.

El artista Borja Robles decora el escaparate de la librería Nakama en Madrid.

El cierre en una misma semana de tres librerías emblemáticas en España en enero ha hecho cundir el pesimismo entre los libreros, al tiempo que ha reabierto el debate sobre la supervivencia de un gremio en horas bajas. Los nuevos hábitos y competidores han sentenciado a las pequeñas y medianas librerías a hacer de la contabilidad, fiscalización, marketing y gestión del negocio la base del negocio. En esta realidad de nuevo mercado, el romanticismo queda a menudo relegado a un segundo plano. Hablamos de todo esto con las dos escritoras premiadas por el Gremio de Librerías de Madrid en su última edición del Libro del Año: Pilar Adón y Edurne Portela.

“No niego que ha sido un duro golpe para la profesión, pero pronto pasará el luto y tocará volver a transitar por el desfiladero”, comenta Antonio, la persona detrás de Miraguano, una de las librerías con más solera de Madrid. Pero más allá de la tristeza y el sentimiento de orfandad que despierta en muchos la desaparición de un establecimiento de esta naturaleza, lo cierto es que esta desdicha librera está siendo motivo de reflexión en todo el país. Circunstancia ante la cual cabe preguntarse por el papel social de las librerías. Sin abandonar el tono crítico, Marga, que trabaja mano a mano con Antonio, considera que el futuro del oficio pasa por seguir fomentando la colaboración entre libreros e impulsando iniciativas de forma conjunta. Y pone como ejemplo la labor desempeñada por la Asociación de Libreros de Madrid.

Constituido en 1976, el Gremio de Librerías de Madrid representa y defiende los intereses de sus miembros ante las administraciones, organismos y otros sectores. De entre las muchas iniciativas que promueve, quizá la más reconocida sea el Premio ‘Libro del año’ que conceden anualmente los libreros madrileños. Además de destacar el papel prescriptor de estos, este premio ayuda a destacar el valor social de uno de los oficios que más dificultades está encontrando para acoplarse a los nuevos tiempos. Todo ello hace que los escritores que lo reciben den por descontado su prestigio.

Para Pilar Adón, ganadora en la última edición dentro de la categoría de poesía, se trata del “premio con mayúsculas”. Fue premiada por Las órdenes (La Bella Varsovia), obra en la que el jurado vio “un conjunto de poemas valientes, de lucidez descarnada que remueve la conciencia”. Su autora los define como viscerales, subjetivos e íntimos; hasta el punto de reconocer que escribirlos “era una necesidad real, no literaria de creación o de contar palabras para formar un texto”.

Durante su discurso de agradecimiento, la poeta manifestó que las librerías son lugares en los que se siente segura y protegida, donde le ocurre lo mismo que a Holly Golightly, la protagonista de Desayuno con diamantes, con Tiffany. “Por eso”, precisó, “es una maravilla que seáis los libreros los que habéis premiado un libro como Las órdenes, porque le estáis ofreciendo el amparo que dan vuestras librerías y esa protección tan deseada”.

Una vez superada la agitación inherente al momento del anuncio y posterior recepción del galardón, Pilar Adón confiesa que el premio de los libreros es de los mejores que se pueden recibir, por una simple razón: “Para mí un librero es una persona que tiene ante sí un abanico impresionante de títulos y tiene dominio sobre todos ellos”.

La misma mezcla de sorpresa y emoción experimentó Edurne Portela cuando supo que los libreros madrileños habían reconocido Mejor la ausencia (Galaxia Gutenberg) como mejor libro de ficción. Lo tomó como el mayor reconocimiento de todos los que ha recibido su novela, que son muchos. “Para mí ahora mismo son los grandes prescriptores de lecturas, un gremio al que tengo mucho cariño, admiración y respeto”, reconoce antes de señalarlo como un premio muy honesto. “Al final, los libreros y libreras mandan sus preferencias, participa quien quiere, hacen una criba inicial y después debaten y eligen las lecturas que creen más adecuada”.

Al igual que en la poesía de Adón, el jurado de los libreros señaló el carácter descarnado que impregna el conflicto emocional y político de Mejor la ausencia. Edurne Portela cree que, dentro de una combinación de elementos positivos, en el fallo de los libreros pudo pesar que se trate de una novela fácil de recomendar. “Creo que buscan ese tipo de lectura nada complaciente; me da la impresión de que no se dejan llevar por las corrientes del mercado”, apunta mientras reflexiona acerca de la importancia de las librerías de barrio. “He pasado muchos años viviendo en Estados Unidos y allí sólo tenía la biblioteca de la universidad. Que era maravillosa, pero si quería encontrar algo nuevo, tenía que pedirlo en Amazon, el enemigo de las librerías”.

La proximidad es, sin duda, el valor al que se aferra con mayor convicción el gremio de los libreros a la hora defender su supervivencia. “Los libreros son una especie de filtro”, apunta Adón desde su faceta de lectora y editora. “Algunos deciden no tener determinados libros en sus librerías porque no dejan de ser espacios pequeños, y apuestan por libros que entienden que pueden interesar a sus lectores. Y si confías en la recomendación del librero que te conoce no lo considero un problema”.

Portela también apela a la complicidad que se establece entre el librero y lector, lo que en su opinión permite crear una comunidad lectora. “Vas estableciendo una serie de vínculos cuyo armazón principal es la literatura, pero que luego se va transformando en otras cosas. Como lectora, para mí también es muy importante ir a una librería sin más, a ver qué encuentro o me recomiendan. Forma parte de mis rutinas habituales de sociabilidad y de mi concepto de vida de barrio”.

Raro es el caso de la que no ha abierto su espacio a la celebración de eventos en torno al mundo del libro: encuentros con autores, presentaciones de libros, clubes de lectura, talleres… Ya sea por necesidad o convicción, la mayoría de librerías ha terminado adaptándose. Aun así, a muchas les cuesta mantener el negocio, aunque desde el sector señalan que no queda otra que reinventarse constantemente. Por ejemplo, la propia Edurne Portela, que entiende que las librerías tiendan poco a poco a ser proyectos culturales. “Algunas son muy activas, con eventos constantes. Pero es que la que no organiza se queda fuera del círculo”.

Pese al desolador panorama que arrojan las cifras de ventas de libros en librerías independientes, en caída sostenida desde hace una década, ambas autoras se muestran optimistas respecto a su futuro. Según Adón, porque “desde hace un tiempo hay un boom con librerías que movilizan no sólo lectores habituales, sino que están creando nuevas generaciones lectoras que tienen ganas de hacer cursos y dinamizar ese movimiento cultural que cada vez veo más necesario”. Una función imprescindible que comparte Portela, al concluir: “Las librerías alimentan esa parte del día a día que para muchos es tan vital”.

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Sobre el autor

Telmo Avalle
De escritura indisciplinada, procura habitar cerca de las palabras. Mantiene una relación líquida y huidiza con el periodismo, pese a los empeños del día a día. Con todo, aun arrepintiéndose, dirá que es periodista.

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Un comentario

  • El 06.02.2019 , M. F. Masvil ha comentado:

    Los tiempos están cambiando muy rápido y las librerías van a tener que adaptarse. Las ventas y distribución online así como la impresión bajo demanda son aspectos muy importantes y lo serán más con cada día que pase… Como escritor que soy, me he encontrado con la sorpresa de que muchas librerías grandes y pequeñas de todo el mundo, con las que nunca tuve contacto (poco tiempo después de que comencé a publicar mi última novela) comenzaron a promocionarla y ofrecerla a sus clientes en sus respectivas plataformas. Esto les permite ampliar sus ofertas con inversiones de dinero mucho más asequibles.

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