Pixar o la cara B de jugar a ser Dios

Pixar

Entrada a la exposición en el CaixaForum de Madrid. ©Mario S. Arsenal

El autor analiza la exposición sobre el gigante de la animación por ordenador, Pixar, recién inaugurada en el CaixaForum de Madrid. Mario S. Arsenal recorre el espacio expositivo y lanza luces y sombras sobre esta factoría que ha revolucionado la forma de hacer ‘dibujos animados

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En las postrimerías de los años 70 contar historias y hacerlo a través de ordenadores, entonces computadoras, era poco más o menos una majadería, una excentridad propia de locos. Su uso en el cine ya se conocía, pero montar historias independientes computerizadas –hablemos con propiedad– aún era algo inconcebible. Fue el desarrollo de un algoritmo funcional que pretendía optimizar la producción de los montajes digitales lo que hizo concurrir a tres de las mentes más fascinantes de la informática y la animación. Y aunque el embrión nació en la cuna de la productora del todopoderoso George Lucas, el engendro apuntaba maneras desde el principio. Pocos años después lograría la deseada emancipación gracias a un despliegue descomunal, y no sólo financiero. Pero vayamos por partes. La exposición que ahora presenta CaixaForum Madrid se titula Pixar. 25 años de animación, la primera dedicada en España a este gigante de la producción audiovisual, pero primera controversia. El título.

Un informático fichado por el macrouniverso Lucas: Ed Catmull. Un animador proveniente de la fábrica de sueños Disney: John Lasseter. Un locuelo abanderado por la psicodelia creativa setentera, categorizado en la actualidad al panteón de mitos modernos, y capaz de hacer dinero como hoy bebemos agua pero en el que nadie hubiera confiado para llevar a cabo sus proyectos: Steve Jobs. Y aquí arranca el problema. Pixar considera que el inicio de la compañía se produce en 1989 cuando se lanza el programa RenderMan® (secuela del dichoso algoritmo) y ganan el Oscar por Tin Toy (el primero de la historia concedido a un cortometraje de animación), cuando en realidad fue el loco de Jobs quien en 1986 canta el all-in con 10 millones de pavos –suyos o no, qué importa– y crea la empresa que luego se convertirá en Pixar haciéndose con el Departamento de Informática de Lucasfilm. Por tanto el verdadero 25º aniversario no fue sino en 2011. Pero pamplinas aparte, que también son necesarias, volvamos a la exposición y a Pixar.

Alice Klaidman, directiva de altos vuelos y directora de la Pixar University, vino a Madrid recién llegada de Ámsterdam, Hamburgo y Bonn para poner cara a la multinacional y, ya de paso, vendernos el producto de multiconsumo. Con un español en el que los errores idiomáticos son difíciles de malinterpretar, ofreció la mirada amable, recalcó el afán humano y, sobre todo, apuntaló el anhelo artístico de su equipo. A todo el mundo le interesa la animación y, a juzgar por la presentación en Madrid, es algo así como un polo magnético de atracción. En la rueda de prensa hubo de todo, gente que se coló deliberadamente haciéndose pasar por reporteros de prensa, curiosos que sin muchas dificultades lograron encontrar un asiento y metepatas que se atrevieron a preguntar por Steve Jobs.

La nostalgia se verbalizó en voz de Klaidman: “Nos hace falta Steve”. También salió Disney y las relaciones interprofesionales con la factoría de sueños por antonomasia. Nada. La labor conjunta sigue intacta y el hecho radica en que John Lasseter trabajó con ellos. De ahí en adelante, todo corre a cargo de nuestra mala imaginación. Señaló los tres ejes que componen la compañía a la hora de crear historias, que son los mismos que los de cualquier empresa audiovisual: personaje, historia y contexto. Lo extraño, y tal vez más bello, ha sido la forma de exponerlo y de acercarlo al público. Se ha hecho un recorrido razonado pero convencional de los largometrajes más señeros de la firma. Estamos en 1995. Dicho de otro modo: se crea la Pixar University, se estrena Toy Story (por la cual Lasseter ganaría el Oscar un año después), y la compañía es lanzada al mercado bursátil. Después de este apoteósico reinicio del 95 –Pixar se había dedicado casi en exclusividad al cortometraje– los largometrajes (y con ellos el éxito) vendrían enfilados uno tras otro: Bichos (1998), Toy Story 2 (1999), Monstruos S.A. (2001), Buscando a Nemo (2003), Los Increíbles (2004), Cars (2006), Ratatouille (2007), Wall-E (2008), Up (2009), Toy Story 3 (2010), Cars 2 (2011), Brave (2012) y Monstruos University (2013).

El camino está muy bien distribuido, han aprovechado todas las posibilidades del espacio y cada uno de los proyectos profundiza en contenidos, exceptuando la ausencia de Brave. Más allá de lo que puede suponer ver los modelos de los protagonistas en resina grisácea, más o menos queridos por algunos pero conocidos por una inmensa mayoría, sobresalen dos piezas que podrían justificar la entrada. Uno de ellos es el Zootropo que han conseguido traer con toda la aparatosidad que eso supone. Hablamos de un zootropo de dimensiones considerables que sólo pocos podrían instalar en su salón. Una auténtica maravilla. Antes de que el mecanismo se ponga en funcionamiento, Woody aparece en su caballo, Buzz Lightyear salta sobre una pelota de gomaespuma y unos paracaidistas emergen de un tronco madre entre otros tantos personajes diminutos. Todo es estático. Pero cuando se acciona la maquinaria, unas ráfagas de luz flasheada hacen pasar por el prisma de la visión una cosa totalmente diferente. Las leyes ópticas actúan por su cuenta y riesgo, y uno se postra, apenas por unos segundos, embelesado de frente al espectáculo. Eso sí, para cuando queramos abandonar la sala, habremos vuelto a creer en la magia.

La segunda de las piezas es el Artscape, una proyección digital sobre una lona continua de diez o doce metros de ancho por dos y medio de alto a la que dan luz y color tres macroproyectores –tecnología muy otra que acojonante– en los que se desarrolla una especie de colorscript sobre todas las películas representadas en la muestra. La peculiaridad es que esta proyección se ha realizado ex profeso para la exposición de Madrid. Es un vídeo de 15 minutos de duración en el que hay guiños creativos verdaderamente emotivos, otros con mucha intención, pero en todos –y aquí tenemos que dar la razón a Elyse Klaidman– se percibe el afán artístico.

Entretanto algunos papeles pintados cobran forma, volumen, tridimensionalidad; las acuarelas se liberan de su cárcel de papel y vuelan por la superficie de nuestros ojos; pasteles en los que podemos ver cada trazo y cada punteo del dibujante; transiciones espectaculares a las que se le añade música ambiental; hojas que parecen formar parte del storyboard de una historia y que de repente se convierten en ventanas abiertas –Leon Battista Alberti se sentiría orgulloso, inevitable pensarlo, la historia al servicio de la cultura– y un sinfín de cosas más que es aconsejable comprobar en persona por la grata experiencia que supone. Y puesto que se trata de una exposición tan peculiar y pionera, se incurre en otra controversia. Como ya pasara con William Blake (1757-1827). Visiones en el arte británico en 2012, han reincidido en no editar catálogo. Algo imperdonable para el museólogo exigente o el visitante comprometido.

Ahora bien, el mensaje de Klaidman había quedado claro, aunque es difícil ser autocrítico ante tanta amabilidad, ante tanto espectáculo. Me refiero a que cada sección expositiva se muestra impecable, no se han olvidado de ningún detalle, infinidad de dibujos, modelos, vídeos, proyecciones, animaciones que no vieron la luz, luego el Zootropo y el Artscape, una caligrafía perfecta…, pero nadie alzó la voz sobre esta faceta de jugar a ser Dios y del doble filo por el que caminamos al hacerlo. “Inventamos mundos”, dijo Klaidman al comenzar la rueda de prensa. ¿Pero qué mundos?, deberíamos preguntarnos. A pesar de que sus diferencias son cuantitativas y cualitativas, la filiación de Pixar con Disney sigue siendo evidente. Han superado muchos estereotipos de consumo y conseguido dilatar la experiencia del cine de animación. Han llegado a todos los públicos y son algo así como la conquista de la última sesión a la que nadie iba, lograron meter en las salas de cine el escepticismo de los adultos y transformarlo en una sonrisa de gratitud.

Sin embargo, desde Pixar se vende que la ñoñería y la edulcoración de los mal llamados “dibujos animados” ha quedado relegada a la importancia de contar historias, como dijo Bob Peterson, uno de sus productores. Entendido desde un cierto modo, puede que sea cierto, pero no olvidemos que siguen siendo transmisores de unos valores que se han puesto en entredicho en multitud de ocasiones, y no es que esto sea irritante (siempre y cuando, claro está, el conservadurismo en cultura represente una opción), sino que en el mejor de los casos suele utilizarse en detrimento de otros más necesarios. A la postre, no falta quien ha denunciado la discriminación de género en su producción, y personalmente creo que no va mal encaminada. En el caso de Pixar, y no así el de Disney que se percibe a la legua, todo se vuelve resbaladizo.

Bichos, hormigas, monstruos, robots. Sus personajes rara vez son humanos y esto permite enmascarar más sutilmente el problema. Ha llegado el momento de pedir responsabilidades en cualquier contexto. En cultura, más si cabe. Todo no vale y no puede valer, o al menos así deberíamos posicionarnos ante aspectos tan delicados porque serán nuestros hijos y no nosotros los que se embeban más profundamente de esta cultura, los que crezcan al auspicio de su asombro y los mismos que podrán tener, si encauzamos bien los códigos y canales de comunicación, una conciencia crítica a prueba de bombas. Planteo aquí, no sin ironía, la posibilidad de mostrarles primeramente esas bombas conceptuales porque el placer o la desdicha de hacerlas explotar están asegurados.

¿La exposición? Magnífica. Será kilométrica, entretenida, gustará, satisfará y divertirá al público. Gracias a ella se harán más exposiciones. ¿El mensaje? Dudoso, como dudosa es toda complacencia. ¿La rentabilidad? La misma que la de Dios, eterna.

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