11.06.2018

Entramos en el poblado chabolista El Gallinero: se respira caos y tensión

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Una mujer habitante de El Gallinero. Foto: Victoria Iglesias.

Una mujer habitante de El Gallinero. Foto: Victoria Iglesias.

Entramos en El Gallinero. El Ayuntamiento de Madrid lleva años planteando su desmantelamiento, pero llegó a ser uno de los poblados chabolistas de mayor tamaño y conflictividad de Europa. Queda a sólo 13 kilómetros del centro de la capital. Hablo con Clementina y Rosalía. El graznido insistente de unos pavos tensiona el ambiente hasta invitarme a marcharme. Hago una última foto a una perrita blanca preñada. Levanta su cabeza y me mira fijamente. Me pregunto qué puede estar pensando. Tal vez que está en el mejor sofá del mundo y que todas las noches disfruta de la felicidad del cielo al raso.

Veo andar a Clementina, un poco en cuesta, hacia el borde del descampado justo donde se supone que comienza la civilización, o termina. Se ajusta el pañuelo de la cabeza, lamido a una pequeña coleta, para encarar la autovía en busca de un bus que la lleve al centro. Las faldas largas dan volumen a una figura pequeña y huesuda que desaparece por el horizonte de coches y camiones. Encima, hoy, en ese lado, hay un cielo gris sucio que no va a ninguna parte, y en el otro el mismo cielo pero recortado por tejadillos descoloridos –bajos e irregulares–, alambradas, algún árbol, escombros y las líneas ascendentes de una columna de humo, estrecha, sin pretensiones, pero que da un constante olor a quemado.

A mi lado, viéndola marchar, está Rosalía, muy distinta a Clementina. Tiene la cara redonda y es amplia en carnes y sonrisas. Ahora vive en Vallecas, en una de las casas que el Ayuntamiento le ofreció, aunque en realidad todos los días sigue viniendo por el poblado. A veces se asoma a las ruinas de su propia chabola, donde ha criado a sus tres hijos, con cierta tristeza. Para Rosalía, y para otros, no es fácil trasladarse a una casa de ladrillo, cemento y hormigón con el resto de las cosas normales: como luz y agua corriente que hay que pagar todos los meses, según dice ella con un gesto de pereza. Rosalía habla español con acento rumano y Clementina habla rumano, aunque amoldó el acento a mi español para decirme que no, que no quiere volver a Rumanía.

Ella y otras familias han acercado a sus hijos hacia el autobús que los lleva al cole a las 9 de la mañana. El autobús arranca y gira hacia la carretera. Pero no todo es tan simple. Aquí, esta normalidad confusa lleva detrás el trabajo de esas otras personas que viven mas allá de la autovía para que este viaje no sea mirado con recelo: Los niños se marchan entre la neblina de la mañana, pero vuelven con el sol depurado de la tarde en invierno y hasta el verano, cuando que acabe el curso.

A estas hora El Gallinero está tranquilo. Hay ropa tendida, alguna lavadora enchufada y grandes butacones viejos en las entradas de las viviendas. Mesas con hule, tazas secas, botellas vacías, espejos colgados, cubos, muebles viejos, ruedas, zapatos y unas gallinas picoteando al lado de una muñeca bizca. Huele a la carne de una cazuela que hierve al lado de una ventana, también al café que bebe una mujer sentada en un sofá viejo. La fotografío, tiene los ojos verdes. En el patio que se forma junto con la chabola vecina se sienta también Rosalía, que acaba de llegar. Están charlando. El suelo cementado da cierto orden, aunque fuera de él queden charcos y en la tierra mojada se desperdigue chatarra, enseres y tablones de las chabolas que se derriban cuando alguna familia se marcha. Al fondo, unas letrinas solitarias con forma de gallinero, y más allá el verde con aspecto sucio y unas lomas secas. De cerca los cables corren entre algún arbolillo y bailan por los tejados; a lo lejos las grandes torres de alta tensión que escupe la ciudad a pocos kilómetros del vertedero de Valdemingómez.

Todo ese caos me remite a Nirvana, me hace imaginarla. Nirvana es la hija de 18 años, peluquera, que tiene Clementina, es muy especial, es brillante. Como he conocido a otras nirvanas en otros lugares, sé de qué me hablan cuando me lo comentan. Es la energía de algunos seres humanos para aferrarse a las oportunidades y elevarse sobre la miseria. Los pájaros podrían escaparse de esa miseria, sin embargo eligen todas las noches este mismo árbol que ahora tengo encima, ¿por qué lo hacen?

Un perrillo en el poblado de El Gallinero. Foto: Victoria Iglesias.

Una perrita en el poblado de El Gallinero. Foto: Victoria Iglesias.

El gato podría escaparse también, pienso al ver uno detrás de Rosalía –que todavía está en el sofá– y que de repente maúlla como un perro (afortunadamente escupe algo antes de ahogarse). Según avanzamos, unos pavos despiertan los graznidos cuando paso delante de su cercado. El graznido intermitente crea una música tirante que me invita a marcharme de allí a la vez que una flamante furgoneta sale de esta zona del poblado. Antes hago una última foto a una perrita blanca preñada. Levanta su cabeza y me mira fijamente, luego vuelve a recostarla en un cojín en medio de un gran sofá de escay. Me pregunto qué puede estar pensando. Tal vez que está en el mejor sofá del mundo y que todas las noches disfruta de la felicidad del cielo al raso. Tal vez que nosotros somos un poco estúpidos, ya que ignoramos la dureza del viento porque al primer golpe cerramos la ventana. ¡Ay, infelices!

El Gallinero es un poblado chabolista, en épocas muy conflictivo, a 13 kilómetros del centro de Madrid, formado por rumanos de etnia gitana. Aunque el número de las chabolas actualmente ha disminuido (en 2016 el Ayuntamiento realojó y pactó el derribo de las chabolas abandonadas; otras familias se han marchado a otros países), llegó a ser uno de los mayores asentamientos de Europa. La mayoría vive del cobre y de la mendicidad… Actualmente hay una nueva propuesta por parte del ayuntamiento de Madrid para su derribo y realojo de las familias en viviendas protegidas.

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Sobre el autor

Victoria Iglesias
Victoria Iglesias. Fotógrafa y periodista. Ha publicado sus trabajos en la numerosas cabeceras de comunicación nacionales y extranjeras: El País Semanal, Panorama, París Match , MTV Magazine, El Magazine de la Vanguardia, Interviú, Grupo Z, Cosmopolitan, Vogue…; habiendo participado en numerosas exposiciones de fotografía, tanto individuales como colectivas. Su trabajo no sólo gira en torno al retrato (en sus comienzos, una de sus fotos de Camarón fue seleccionada en el Ortega y Gasset de periodismo), también deambula entre el reportaje de viaje, social (Chiapas, Libia, Sinaí…), el mundo editorial (Alfaguara, EB, Planeta…) y la fotografía artística. La Caja Oscura, pinceladas pixeladas (2015) y Miradas literarias (2016) son sus exposiciones individuales más recientes. En Twitter: @viglesiasphoto El blog de Victoria Iglesias

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2 comentarios

  • El 11.06.2018 , c ha comentado:

    Si muchos “payos” que critican a los gitanos hubieran sufrido el mismo desprecio . discriminacion en todo, etc , ahora serían ellos los que pedirían justicia-etc y a ellos a quienes les criticarían

  • El 11.06.2018 , victoria ha comentado:

    La discriminación es un problema de la sociedad. El ser humano es un ser despreciable en muchas ocasiones. Nos matamos, nos discriminamos somos egoístas y necesitamos territorios para dominar. Afortunadamente también amamos y nos queremos, o nos ayudamos. Yo creo que a veces la discriminación entre payos y gitanos es mutua, es lo que he comprobado. Creo que todo el mundo tiene derecho a una vivienda digna y a un mundo mejor; pero también he comprobado que hay otra gente que prefiere ser nómada y quiere y necesita vivir en “libertad”, no aguantan mucho tiempo en una vivienda. No me extraña, cubículos de cemento y hormigón que no dejan ver el cielo y nos domestican. En todas las concentraciones chabolistas se dan una serie de problemas me da igual si es de payos o es de gitanos, eso no quiere decir que entre unos y otros no haya gente maravillosa y otra detestable o egoísta. Es la realidad y nadie estamos libre de ella.

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