Poliamor o monogamia: ¿son sanas las reglas en una relación?

Poliamor o monogamia: ¿son sanas las reglas en una relación?

Sea poliamorosa o monógama una relación, nada puede garantizarnos que las cosas no vayan a ir mal. Foto: Pixabay.

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Sea poliamorosa o monógama una relación, nada puede garantizarnos que las cosas no vayan a ir mal. Nada puede evitar que las cosas cambien. En las reglas de vínculos suele haber intentos por resolver la inseguridad o el miedo. Pero, ‘spoiler’: cuando las reglas se basan en miedo, no eliminan el miedo, solo lo desplazan. ¿Ponemos reglas o ponemos más empatía, confianza, comunicación? Otra entrega de esta sección a dos voces. Diálogos sobre encuentros, el eterno femenino resistente y las masculinidades errantes. A cargo de Analía Iglesias y Lionel S. Delgado. En este espacio se alternan dos textos abordando un mismo asunto: el amor o su imposibilidad en tiempos de turbocapitalismo.

Hace poco, en un programa de RTVE, Obrim Fil, se habló de diversas formas de vivir el deseo, las relaciones y el propio cuerpo. Como no podía ser de otra forma, hubo un espacio dedicado a las relaciones no convencionales. Ahí, mi colega, la actriz y directora Laura Giberga, y uno de sus vínculos, el artista Xavi Mateo, hablaron de poliamor y anarquismo relacional. Pusieron sobre la mesa nuevas formas de pensar los vínculos, el amor, y también los retos que esto genera, inevitablemente. Retos inevitables, porque no solo aprendemos a sentir desde el amor romántico sino también desde una monogamia que, a priori, no se cuestiona. Sentir fuera de los esquemas siempre tiene algo de riesgo.

Sin embargo, no me gustaría que esto se convirtiese en una defensa de las relaciones no monógamas. En su último artículo, Analía ponía precisamente en cuestión la idea de que haya una forma correcta de sentir. Efectivamente, no va de eso.

Por mi parte, llevo ya un par de años militando en el mundo del poliamor y creo que una de las cosas más importantes que he aprendido ha sido lo que Miquel Missè dijo en aquel programa: lo valioso del poliamor viene no tanto por ser un modelo a seguir, sino por las cosas que enseña, que son importantes para todo tipo de esquema de relaciones.

En el mundo de las relaciones no convencionales dedicamos mucho esfuerzo a pensar las relaciones. Esto significa poner bajo la lupa las formas que tenemos de sentir, de entender cómo nos vinculamos con la gente y, en última instancia, cómo nos movemos por el mundo. Y no hablo únicamente de las relaciones sexoafectivas. Pensar las relaciones me ha ayudado muchísimo a revalorizar al resto de gente, a entender que, se folle o no se folle, la gente que me rodea me da la vida, me ayuda a sostenerme en el mundo y me permite desarrollarme más y mejor. Y eso vale para las no monogamias y para las monogamias.

También me enseñó que en las relaciones se reproducen las formas más sutiles de dominación y violencia. No en vano, Raewyn Connell, la autora clave en el mundo de los estudios de masculinidad, entendió que las relaciones afectivas, el deseo y los placeres forman una de las cuatro dimensiones fundamentales en las que se construyen las relaciones de género (las otras: las relaciones de trabajo, de poder y de simbolización). Pensar las formas que tenemos de vincularnos es intentar entender cómo el deseo vertebra muchísimas de las prácticas personales, cómo las relaciones son escenarios políticos cotidianos y cómo los placeres son motores de cambio y de vida. A quién ponemos en el centro, qué poder le damos, qué hacemos con el resto de personas, qué red tenemos… Otra vez: importante para monógamas, también.

La responsabilidad afectiva, es decir, la capacidad de poder responder por nuestras emociones y hacernos cargo de ellas y del impacto que tienen en las demás, es una de las herramientas más valiosas que podemos desarrollar en nuestra vida social.

¿Cuánto malestar nos ahorraríamos si fuésemos capaces de no depositar nuestras necesidades en los demás? ¿Cuánta frustración dejaríamos de sentir si no hiciésemos responsables a las demás de nuestros problemas, nos viésemos al espejo y nos dijésemos “me voy a hacer cargo de lo que siento”? ¿Cuánto dolor dejaríamos de infligir(nos) si pudiésemos ser más eficaces en entender qué sentimos y por qué sentimos, en vez de actuar caóticamente sin saber qué se nos mueve dentro? ¿Cuántos problemas se resolverían si aprendiésemos a comunicar más asertivamente, siendo más empáticas, más comprensivas y claras con nuestros sentimientos y necesidades?

Los acuerdos de las no monogamias

Uno de los argumentos con los que se ataca este modelo de relaciones se basa en creer que intentamos poner “reglas inamovibles” en el tema de la vida afectiva. Se trata de la típica creencia de que en el poliamor todo son reglas: “no puedes hacer esto” o “tienes que hacer esto con X y esto con Y”. Curiosamente, esa es la contracara del otro estereotipo, el que dice que en el poliamor se puede todo, que es una jauja de orgías y fiestas sexuales. Y ni una cosa, ni la otra.

Primero, en el sector crítico del poliamor y la anarquía relacional se tiene bastante claro que las reglas no solucionan nada. Las reglas buscan garantías de predictibilidad y generar normas de comportamiento para mantener la estabilidad. Pero ¿sabes qué? Nada puede garantizarnos que las cosas no vayan a ir mal. Nada puede evitar que las cosas cambien.

Eve Rickert y Franklin Veaux, las autoras de Más allá de la pareja (Continta Me Tienes, 2020), uno de los libros clave de las no monogamias éticas, ven en las reglas de vínculos (ejemplos: “Nunca pasaremos la noche en casa de otras personas”, “Si uno quiere que el otro termine con su otra relación, lo haremos”, etcétera) intentos de resolver la inseguridad o el miedo (sentirme sola, ser reemplazado). Pero, spoiler: cuando las reglas se basan en miedo, no eliminan el miedo, solo lo desplazan.

Las reglas fijas no atienden a las causas sino que desplazan la emoción al comportamiento de la otra persona: si me siento solo, si tengo miedo a ser reemplazado, en vez de comunicar mis inseguridades y exponer mi vulnerabilidad, pongo reglas para garantizar no sentirme así. Hacemos a la otra persona responsable de nuestro bienestar (o la culpable de nuestro malestar).

Confianza y acuerdo

Si no hay reglas, ¿cómo podemos estar seguras de que nuestra relación no va a estropearse? La cosa es que no se puede. Nada puede garantizarlo. Pero eso no es una cosa del poliamor. La monogamia intenta afrontar la idea de que mi vida empieza y acaba en mi pareja y que es un amor verdadero (si no fuese verdadero, ¿por qué invertir mi tiempo y energías ahí?). Pero la vida es dura y la relación termina por estropearse. La diferencia es que en las monogamias (no en todas, hay peña que se vincula responsablemente de forma monógama y es genial) se sospecha que la ruptura es la prueba de que esa relación no era la buena. Y vuelta a empezar. En el poliamor, por lo menos se tiene claro que nada es para siempre y que es mejor actuar éticamente, garantizando el bienestar de las dos (o más) personas mientras dure el vínculo.

Cuando se critican los decálogos de las relaciones, quizá valdría decir que sí hay algunas ideas que conviene tener sobre cómo encajar éticamente nuestros problemas.

Primero, hacernos cargo de nuestras emociones. No lanzar hacia la otra persona todos mis problemas. Somos adultas y tenemos que ser responsables con lo que sentimos. A veces no es sencillo entender lo que nos revuelve, es verdad. Pero no hace falta tenerlo claro, solamente hace falta saber que la otra persona no es responsable de nuestra vida emocional, lo somos nosotros.

Segundo, no confundir necesidades con emociones. A veces sentimos dolor y para pararlo, intentamos defendernos creando reglas. Necesitamos esa regla para parar el dolor (“no hables con esa persona”, “no hagas eso”) pero con la regla, ocultamos la verdadera emoción que hay detrás. Revisa tu mochila y analiza qué emoción estás sintiendo antes de pedir reglas.

Tercero, aceptar la vulnerabilidad y no verla como un fracaso. A veces, optamos por un ataque como autodefensa porque nos sentimos expuestos y frágiles al vernos vulnerables. Los hombres, con nuestra masculinidad rígida, tenemos más problemas con eso, debido a la incapacidad de regular nuestra tristeza y frustración. Hablar desde la vulnerabilidad para comentar qué siento y qué necesito es un paso fundamental.

Cuarto, aprende a comunicar. Es fácil que el miedo o la ansiedad nos lleve a perder las formas. Aprender a comunicar emociones desde la empatía, la tranquilidad y la sinceridad es muy importante (y muy difícil). Dejar de tomar las conversaciones como una competición que debo ganar para plantearla como un proyecto que tenemos que sacar juntas.

Habrá muchas más, claro. Ahí van algunas para empezar.

Resumiendo, las relaciones sin reglas no son un monstruo. Como dicen Rickert y Veaux, las relaciones sin reglas precisamente tienen que desarrollar más sus herramientas de comunicación, de negociación, empatía y comprensión. Y eso es algo importantísimo. ¿Cómo sabemos que nuestra relación seguirá? No lo sabemos, solo podemos encargarnos de aportar a la relación cosas que sumen. Y confiar.

La confianza es clave. Parece un cliché, pero merece la pena recordarlo en un contexto donde el recelo y la hipervigilancia generan muchísimos casos de violencia y control. Pero la confianza, recordemos, deriva del concepto de fe.

El cristianismo se apropió del concepto de fe y ahora nos suena mucho a religión. Pero la fe es la seguridad respecto a alguien sin necesidad de comprarlo. No me refiero a que debamos confiar en alguien sin garantías (en especial, cuando sentimos carencias o problemas). Pero hay un riesgo de caer en lo contrario, sobre todo, en las personas inseguras. Si percibimos la relación como insegura, tenderemos a intentar comprobar todo el tiempo la realidad del vínculo. Y probar el amor de alguien es la forma más fácil y rápida de decepcionarnos y de sentirnos poco queridos.

Más que comprobar y tantear, la confianza implica fe. Cierro citando a Rickert y Veaux: “Tienes que confiar en que tus relaciones quieren cuidarte, que teniendo la libertad de hacer lo que deseen, tomarán las decisiones que respeten tus necesidades y sus compromisos”. Y, bueno, si no lo hacen… pues ahí no es.

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Comentarios

  • Nikolay Edorv

    Por Nikolay Edorv, el 10 noviembre 2020

    Waw, interesantes reflexiones, Lionel.

    Me gusta mucho el enfoque que tiene tu artículo. Se nota que está centrado en aprendizajes sobre el (intra)cuidado y el (inter)cuidado. Las cuatro ideas que expones son maravillosas y nos hacen comprenden un poco mejor sobre por dónde podemos empezar a revisarnos. Yo añadiría la idea de la tolerancia a la ambigüedad derivada del hecho que tú mismo reflejabas que no hay garantía alguna de que una relación (del tipo que sea) perdure para siempre, junto a que dentro de la misma relación pueden haber momentos y habrá momentos de inflexión donde tocará revisar los cimientos de la relación, ya sean de tipo de necesidades, emociones, objetivos comunes, etc.

    Gracias por tus reflexiones y por apostar por unas relaciones más sanas y pacíficas.

    Apapachos.

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