Por qué nos resulta tan difícil sentir el dolor ajeno

Por qué nos resulta tan difícil sentir el dolor ajeno

Un quirófano en un hospital. Foto: Pixabay.

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Quirófano en un hospital. Foto: Pixabay.

La globalidad del dolor, de eso quería hablaros hoy. Y de la empatía. Entre los cientos de cosas que la pandemia ha sacado a la luz, una de las que más han llamado mi atención ha sido constatar que, incluso en las situaciones más extremas, juzgamos la calidad del dolor de los demás desde una objetividad que no existe. Hemos pasado del dolor colectivo por las víctimas, por el esfuerzo de los profesionales de la sanidad, al dolor privado, al “pues yo…”, “lo mío es peor…”, en una escalada, en un ranking por querer demostrar quién ha sufrido, quién está sufriendo más. Los dolores no son comparables. Es difícil ponernos en la situación del otro sin aplicar nuestra propia medida. Es de las cosas más difíciles y más auténticamente solidarias.

Juzgar el dolor de los demás sin tomar el dolor propio como vara de medir es un acto de generosidad para el cual, desafortunadamente, muy pocos estamos preparados. La tendencia habitual es dar por sentado que quien se queja de algo con lo que a nosotros nos es fácil lidiar, se queja con poco motivo porque lo miramos desde nuestra experiencia, no desde la suya. Dentro del ranking de juicios crueles, diría que el peor de todos es el del dolor ajeno. Muy pronto nos enseñan que hay una escala de dolores, como si el dolor fuera un catálogo de Pantone o un videojuego con diferentes pantallas según el nivel, el aguante, la valentía de cada uno/a. Como si el dolor permitiera elección. O como si todos doliéramos igual.

Los dolores no son comparables. El sufrimiento no es comparable. Yo sufro como nadie puede llegar a imaginar con noticias como las que he leído recientemente sobre el posible sacrificio de los animales de un zoo británico por falta de fondos para asegurar su manutención. Sufro hasta la enfermedad, literalmente: duermo poco, tengo taquicardia, me cuesta respirar… Mi dolor es físico hasta el punto en que es tal la desesperación que en ocasiones entro en una espiral de híper empatía en la que, en mi impotencia, me imagino utilizando la violencia para poner fin al horror que anticipo. ¿Qué hago? ¿Cómo impido que esos animales mueran? ¿Por dónde empiezo? Enseguida hago mío el sufrimiento de esos animales a los que les espera el sacrificio. Y lo callo.

Lo callo porque sé que no soy capaz de expresar la dimensión real de lo que me duele y porque sé que para muchos/as sufrir así por la suerte de los animales de un zoológico es ridículo. Me ha ocurrido varias veces. Enseguida llegan las voces que intentan poner mi dolor “en su sitio”. “Con la de gente que hay sufriendo en el mundo, no estás siendo justo”, es lo más comedido que he oído. He leído otras cosas de personas a las que no conozco, pero que, a tenor de sus juicios, se consideran jueces capaces de dictaminar la diferencia que distingue el buen y el mal sufrimiento: “Otro vegano comehierba”, “Ya estamos con el temita de los toros”, “Medio país muriéndose de hambre y tú dale con lo de los cazadores. Así nos va”.

La globalidad del dolor, de eso quería hablaros. Y de la empatía. Entre los cientos de cosas que la pandemia ha sacado a la luz, una de las que más han llamado mi atención ha sido constatar que, incluso en las situaciones más extremas, juzgamos la calidad del dolor de los demás desde una objetividad que no existe. El dolor no se mide y aun así nos empeñamos en utilizarlo para validar lo nuestro. Primero fue el dolor colectivo y celebramos la oleada de empatía que nos sacudió. Lloramos juntos el padecimiento de los familiares de quienes entraban en una UCI sin poder despedirse de ellos. Los compadecimos en público y en privado, hasta que en el ranking apareció un dolor mayor: el de los sanitarios, a los que aplaudimos durante mucho tiempo, felicitándonos por tener una red de humanidad tan encomiable y a los que convertimos en merecidos héroes y heroínas del dolor –aunque no tardaron en aparecer quienes empezaron a criticarlos/as por quejarse demasiado, ni quienes aprovecharon la ocasión para coserlos a denuncias que la mayoría de nosotros/as desconoce, porque muchos/as pacientes que no pudieron ser atendidos “como se merecían” decidieron denunciar a su médico, exigiendo y buscando una compensación.

Poco a poco el ruido global fue menguando y llegó el momento del dolor más privado. Muchos/as, desde sus casas, empezaron a reivindicar el sufrimiento del confinamiento: no poder ver a sus padres, a sus abuelos, el dolor de la separación familiar, la ansiedad, las crisis de pánico, los puestos de trabajo perdidos, el futuro. Llegó entonces la competición: “A mí me duele más porque mi madre está enferma y no sé si llegaré a tiempo para abrazarla con vida”, “pues lo mío es peor, porque mi hija está en Italia de Erasmus y tal como pinta allí, imagínate lo que puede pasarle”.

La emoción común perdió solidez y llegó la carrera del dolor propio. La teoría del “Pues yo”, silenciada durante las primeras semanas por el impacto de la pandemia, renació de su escondrijo, renovada. El dolor se hizo de cada uno, propiedad privada, anulando las voces de los demás para que la nuestra sonara más fuerte. El Puesyoísmo se instaló de nuevo entre nosotros/as: “Sufro, yo sufro, mi familia sufre y todo lo demás está fuera, no somos nosotros”. A medida que el dolor privado ha ido impregnándolo todo, la empatía se ha ido diluyendo y ha dado inicio la búsqueda de culpables. Y lo que hace unas semanas era unión, hermandad en el dolor con vecinos, conciudadanos, conocidos… ahora que el dolor ha vuelto a ser propiedad privada requiere causante, juicios, castigo. Durante semanas creímos en el espejismo –lo que nos unió, eso que parecía que iba a generar un cuerpo sólido y solidario que entendiera que todos/as estamos hechos de lo mismo y que, aunque dolemos distinto y por mil motivos diferentes, juntos, aplaudiendo juntos, mirándonos desde las ventanas y dándonos aliento con la mirada, podríamos con el monstruo– y ahora hemos visto que fue sólo eso: un hermoso, esperanzador y casi real espejismo.

Aun así, no despreciemos el dato: la oleada de empatía y de dolor común que hemos experimentado durante esas pocas semanas ha sido real. Hemos conseguido vernos en el otro, sabiendo que el enemigo no era él y eso, por pequeño que sea, es una luz. Muy débil, pero luz. Ahora toca volver a encontrarla.

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