16.08.2016

‘Porzellankrankheit’, el Mal de la Porcelana

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Chico árabe. Fotógrafo anónimo de los años 30.

Chico árabe. Fotógrafo anónimo de los años 30.

El escritor, crítico y periodista Roger Salas participa con ‘Porzellankrankheit’ en la serie TEXTOSterona que ‘El Asombrario’ está ofreciendo durante este mes de agosto. Es la sexta entrega de esta recopilación de textos e imágenes antiguas en torno al desnudo masculino, coordinada por el fotógrafo canario Alexis W.

“El blanco es el color que más refleja los rayos de la luz, y por consiguiente se percibe más fácilmente que los demás colores, de manera que un cuerpo hermoso será tanto más hermoso cuanto más blanco sea”

                                                                                                           Johann Winckelmann

Por ROGER SALAS / Torre de los Cuatro Vientos, Primavera 2016

A X le diagnosticaron “El Mal de la Porcelana” bastante tarde. Ya no había remedio, había gastado todo el dinero en cacharros blancos o estampados de azul, chinos o alemanes, ingleses o de esa fayenza meridional donde una secreta lava rosácea atraviesa el níveo esmalte, como la mejor metáfora de la sangre hirviente bajo la piel humana. Pero el Mal para X tenía ahí precisamente una variante: la piel que parecía porcelana, de modo tal, que también pagaba por ella, por poseerla y sobarla, untarla y enrojecerla. Luego del ritual o el escarceo, esa piel se lavaba como un cuenco, volvía a su perfección anterior. Siempre podemos encontrar una justificación, en la teoría y en la práctica, al origen del Mal, pero eso ya no importa en el momento que comienza esta historia, que si unos pequeños saleros de Meissen de los que tenía un recuerdo muy vago, o cómo sonaba la vajilla Pitman al ser rescatada de los últimos cajones del aparador en los días de fiesta. A veces el sonido era como cristal o campanas, otras veces era un estallido dramático, cuando a alguien se le escapaba de las manos un platillo que terminaba saltando en mil astillas transparentes, luminosas, chocando con estrépito contra las baldosas hidráulicas que semejaban una alfombra morisca. Nada de eso importa ahora. X, en el momento que recapitula, ya está ciego, y solamente reconoce la calidad de la porcelana por el tacto, a veces más frío que otras. Las yemas de sus dedos han desarrollado una sutil conexión con la pasta vidriada al punto de identificar colores, esmaltes y luminosidad. No hay ya referencia de los dibujos a menos que sean relieve, el relato estampado de las vasijas ha quedado atrás, no importa, no se considera si se trata de gaviotas o ramas, de arabescos rampantes, de entorchados hilos en oro o filacterias de plata escapando por el escote de las soperas paulinas. Ahora lo que importa es su densidad y su peso, su forma y consistencia, su suavidad o aspereza, su volumen o sus oquedades. Es como tocar el cuerpo de un hombre hermoso, recorrerlo a tientas para encontrar los detalles finales de una vena o la curva ciega de un músculo severo labrado con obstinación de atleta. Para X tocar la porcelana es vivirla, llega a una posesión tangente abrazando el objeto. Es lo mismo a que se ha reducido su ritual con los hombres alquilados. Una porcelana la compras y se queda en el estante; un cuerpo llega, se exhibe y se va, a lo sumo deja su olor. X leyó que “la porcelana es demasiado acomodaticia, se te escurre entre los dedos como el agua, y profundamente intratable. Cuando más trabajas una pieza, menos te responde”. Hablaba un artista, un moldeador de la arcilla secreta. En el fondo hay algo untuoso y hasta sucio en la porcelana, barrunta ansiosamente X, no hay más que pensar de dónde viene la palabra, siempre en jerga del Véneto: porcella quiere decir “cerdita”. Augusto de Sajonia cambió a su guardia de granaderos por un montón de jarrones chinos. X vendió sus jarrones para pagar chaperos. Hay un banco de porcelanas en la memoria de X, pieles y formas que no ha olvidado, marcas como las que lucen en el fondo las vasijas y que son su único tesoro, su única resistencia. Pero no olvidemos que también la Enfermedad de la Porcelana es un padecer bacteriano que ataca a las gambas y, en apenas un día, las mata. Los crustáceos se vuelven blanquecinos y se aquietan, poco a poco pierden todo estímulo y al final hay unos espasmos en las patas traseras. Cuenta De Waal que la más deseada de todas las figuras de porcelana blanca de Allach (la siniestra fábrica de lozas asociada al campo de concentración de Dachau) era “un joven musculoso de torso desnudo, apoyado en su espada”. Era “Die Fechter”, el esgrimista. X lo sueña en una especie de danza secreta de sus manos sobre la espalda y las nalgas del muchacho de ocasión. Tiembla un poco, respira con dificultad, pero llegará hasta el final. Está convencido de que este chico viene del este europeo como algunas de sus piezas blancas, el tanteo permite indagar en la geografía, llegar a situar el cuenco en su casi exacta patria, saber de dónde es la carne o la arcilla, lamer con fruición, fruir la instancia como si fuera perversamente la última, antes de romperse.

                               (*) Porzellankrankheit, el Mal de la Porcelana, obsesión coleccionista, que según Edmund de Waal, fue “en Venecia donde el objeto y el nombre se unifican, para poner en marcha la larga historia del deseo de la porcelana”. La mayoría de las citas entrecomilladas de este texto han sido extraídas del libro “El oro blanco. Historia de una obsesión”, publicado por Waal en 2015 [Chatto & Windus] y traducido al castellano en 2016 por Ramón Buevaventura [Seix Barral].

***

El cubano afincado en Madrid Roger Salas es escritor y periodista, uno de los críticos más prestigiosos en España sobre danza. Sus artículos pueden leerse habitualmente en ‘El País’, diario con el que colabora desde los años ochenta. Una selección de sus entrevistas se acaba de recoger en el volumen ‘¿Por qué bailamos? Papelería sobre la Danza (y el Ballet)’.

La revista TEXTOSterona, coordinada por Alexis W. , se puede adquirir en la galería Mad is Mad y la librería Berkana en Madrid, y en BIBLI en Santa Cruz de Tenerife.

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