Primer amor, primer dolor

Primer amor, primer dolor

Foto: Pixabay.

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RELATOS / UN AMOR DE VERANO

Llegamos a nuestro relato 17 de agosto en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado. El punto de partida, una frase de Bernard Shaw: “El primer amor consiste en un poco de locura y mucha curiosidad”.

Por JESÚS MORENO 

La Yaya venía una vez a la semana, vestida de negro, con su moño oscuro. Llevaba una bolsa con la revista del corazón y en el bolso un lápiz para rellenar los pasatiempos. Entre regañinas y advertencias, nos tenía vigilados. Cuando finalizaba el crucigrama, esperábamos que nos leyera la frase célebre de la cabecera de la página. “El primer amor consiste en un poco de locura y mucha curiosidad”. (Bernard Shaw). Yo tenía nueve años y no entendía muy bien qué era eso del primer amor, ni la relación que podía tener con la locura o la curiosidad. A esa edad yo amaba a mi madre, a mi gato, mis juguetes y mis hermanos, pero ni sabía por qué.

El contacto semanal con las sentencias de la Yaya hizo que creciera en mí un sentimiento temeroso ante ese primer amor, sobre todo a partir de otra frase que nos leyó: “El primer amor se adhiere a tu corazón por siempre, no importa cuánto daño haya causado ni cuántas lágrimas te haya hecho caer, porque nunca dejará tu alma”. (Siva).

A los doce años las chicas eran pesadas y las veía culpables de los sufrimientos que pudiera tener en el futuro. Hubo una que no me la quitaba ni corriendo, pues era casi tan rápida como yo y daba unas patadas que te dejaba cardenales en las piernas. Cada vez que se me acercaba, suponía que era un nuevo intento de pegarse a mi alma.

La llegada de la adolescencia me pilló preparado para luchar, pues había memorizado casi todo lo que nos había leído la Yaya. “Él se enamoró de sus flores y no de sus raíces, y en otoño no supo qué hacer”. (Antoine de Saint Exupéry)

Cuanto más buscaba esas raíces de las que dependería mi futuro, menos amigas me iban quedando. Mis amigos me tenían catalogado como un bicho raro, pero cuando ellos se lamentaban de sus infortunios, les recordaba lo de “Primer amor, primer dolor”. No me interesaba cuando hablaban de cosas como que el cierre de un sujetador era un problema, la saliva que fluye en el primer beso con lengua o lo que sentían cuando se daban el lote con esta o con aquella.

Al poco de comenzar la universidad murió la Yaya. Me dio mucha pena enterrar con ella tantos y tan sabios consejos aunque, siendo sincero, el único que le hacía caso era yo. El cambio a la universidad fue violento. La gente llegaba con ganas de pasárselo bien, alentados por la evolución que se estaban produciendo en España. Me costó mucho sortear todas las trampas y a esas chicas directas y claras, y procuraba escabullirme de los saraos. Es verdad que algo dentro de mí se revolvía cuando eran excitados mis sentidos, pero en esos momentos de duda era cuando las enseñanzas de la Yaya me hacían más fuerte. En ese ambiente también llegué a tener fama de raro.

Hice amistad con una chica, si así puede llamarse a la relación que establecen dos náufragos que se encuentran en la misma isla. Sucedió en la biblioteca, donde éramos asiduos. Ella estudiaba Filosofía, pero venía a nuestra facultad para no encontrar a conocidos, unos pesados que perseguían la misma cosa. Me gustó su frialdad para buscar soluciones y el coraje para rebelarse contra lo que no le agradaba y compartimos muchas tardes de estudio. Nos saludábamos y, cuando accedíamos a la biblioteca, era para centrarnos. Sin miradas furtivas.

Me lo dijo una vez que estábamos descansando en la cafetería. Pedimos unos solos con hielo antes de comentar las cosas que pasaban en su facultad, que eran las mismas que sucedían en la mía, esas que a los dos tanto nos desagradaban. Al final hablamos de los amigos, del colegio y vimos que teníamos bastante en común. Era mucho más madura que otras mujeres, tenía una forma muy agradable de decir las cosas, con calma, claridad y mucha paz interior. Yo me encontraba relajado en su compañía y expresaba mis vivencias con la misma serenidad. No sé cuánto tiempo estuvimos de charla, pero sentimos como si el tiempo se hubiese detenido. Por primera vez me encontraba muy a gusto y a ella le ocurría lo mismo. Nos despedimos con un apretón de manos, un hasta mañana que en esta ocasión sonaba algo diferente. La vi alejarse despacio.

Esa noche tuve un ataque de pánico y decidí que nunca más volvería a verla.

¿Quieres escribir? Ven al Taller de Clara Obligado. En septiembre reanudamos nuestros cursos de verano.

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