20.04.2019

No puedo más, siento unos celos como escarpias

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Foto de Irene Díaz.

Sujetarme y sujetarte. Los celos empoderan falazmente al celado. En realidad, lo atan, tanto como atan al celoso a un estado de ánimo que depende de lo que imagina que es la felicidad sin él. Sentirse excluido o necesitar el cuidado-controlador son dos lados de un espejo deformado que nos hace odiadores y odiados. Otra entrega de esta sección quincenal a dos voces, ‘Por culpa de Eros’. Diálogos sobre encuentros, el eterno femenino resistente y las masculinidades errantes. A cargo de Analía Iglesias y Lionel S. Delgado. En este espacio se alternan dos textos abordando un mismo asunto: el amor o su imposibilidad en tiempos de turbocapitalismo.

En primera persona. Cuando he sentido celos, me he repetido un mantra que me acompaña desde hace años, y que no sé a quién se lo oí: “Estar celoso/a es construir un paraíso para quedarse fuera”. Poner las cosas en su escala natural ayuda: ¿quién sabe qué pasa en aquel paraíso imaginario que quizá sea un infierno o una anodina sala de espera?

Claro, para eso hace falta verse, en lugar de seguir inventando razones para tener razón sobre el otro o la otra.

El celoso despliega una gran fantasía respecto al objeto de su pasión”, explica la lingüista Ivonne Bordelois. En esa construcción de maquetas imaginarias que hacemos nosotras y nosotros mismos, con muros altísimos que no nos dejan ni asomar, ahí crecen los celos como musgos. Y nos tapizan los poros de la sensatez y nos privan de libertad; porque la primera libertad es la de no depender de lo que haga nadie. ¿Por qué dejamos, entonces, que nuestro estado de ánimo sea rehén de conductas ajenas?

Si estoy segura de mi vínculo; quiero decir, del lugar que ocupo en el corazón de la otra persona (sea amiga, amigo, amante o esposo), difícilmente me ponga celosa, porque sé que todos tenemos capacidad para establecer espacios compartidos de mucho amor con diferentes personas y, en cada uno de esos espacios, el amor o el afecto se expresan de maneras distintas, y no suelen ser intercambiables entre sí, ni los sentimientos ni quienes los generan. Creo que lo que nos provoca celos irrefrenables, insoslayables, imparables, es sentir que le damos “lo mismo” al otro y no el hecho de que haya más gente dando vueltas a su alrededor.

¿Hacer un taller para descelarse? Hablamos del tema con el compañero Lionel S. Delgado. Le comenté que una vez estuve en algún curso sobre celos y me pareció interesante como espacio de catarsis, aunque descreo profundamente de cualquier voluntarismo conductual, porque estas cosas deben analizarse desde ese preciso lugar biográfico profundo donde han enraizado los celos tontos, las envidias que no dejan vivir, los complejos que inhiben o que hacen aflorar tics nerviosos y coartan nuestra vida social.

Aunque no sea políticamente correcto, en ese taller podríamos reconocer que unos celitos explícitos del otro suelen surtir el mismo efecto que un piropo, cuando no servir de amuleto a primera vista empoderador. Nada tonto, tras una pequeña escenita, me dijo una vez un novio: “Ahora que sabes esto, tienes más poder sobre mí”. Un poder falaz, toda vez que mi seguridad depende del aprecio posesivo de otro/a, ¿no?

Y aquí dejamos de lado cualquier indicio de patología delictiva. Hablamos de nosotras y nosotros, de nuestros celos cotidianos.

En el origen de los roles estándar. La etimología siempre nos ayuda a dar forma a estas sensaciones que suelen tener los bordes desdibujados: “En latín tardío, zelo significa amar, adorar, envidiar, celar”, nos explica la Bordelois (en Etimología de las pasiones). “En griego, zelos significa ebullición, ardor” y, con una distinción vocálica (la e larga), la palabra quiere decir “rivalidad, emulación, envidia, celos, exuberancia de estilos”, así como “zeloo es buscar con ardor, igualar, tratar de imitar, alabar, aprobar, envidiar, tener celos”.

Alabanza y envidia están unidas en su sentido original, lo cual nos permite adivinar todo lo que puede esconderse detrás de unos elogios desmedidos. La adulación nunca viene sola. “El celoso es a la vez fiel y paranoico. En inglés, zealous quiere decir ferviente, fervorosamente atado al cumplimiento del deber. El funcionario exageradamente diligente y el marido excesivamente suspicaz son ambos representantes del mundo de lo obsesivo”, nos informa Bordelois.

Celosos pueden ser también los amantes. En la estupenda Les salopes o la dulzura natural de la piel, la película de la directora canadiense Renée Beaulieu que cerró la última edición del Festival La Boca Erótica, en Madrid, un hombre y una mujer casados llevan un tiempo liándose, son compañeros de trabajo y ella se siente libre frente a su deseo, pero él se pone romanticón: “¿No entiendes las reglas del juego?”, le pregunta ella. Y él ríe, pero admite que ellos –los hombres– suelen preferir mujeres celosas, controladoras y posesivas. Incluso si no son “la esposa”… Y hasta se siente ninguneado porque su follamiga no lo cele y no quiera jugar a los novios con él.

Casi siempre sucede entre amantes: nos dan más celos las amantes (o la posibilidad de otras ilusiones fugaces) que las esposas (o los esposos). Porque esposa o marido son términos que han quedado anclados en el imaginario como aquello que fue convenido, lo obligatorio, lo productivo (sexo para procrear y consumo compartido) y no lo deseado. En cambio, “la sexualidad ha llegado a estar vinculada exclusivamente a la conquista de apropiación y, por lo tanto, al poder posesivo de los celos y de la ansiedad», dice con vehemencia el filósofo Francis Cousin en su libro El ser contra el tener.

En tercera persona. Siempre recuerdo la primera vez que tomé consciencia de una escena que he visto repetirse muchas veces después, protagonizada por hombres y mujeres de todas las edades. Fue en la facultad: un amigo muy amigo (de esos casi hermanos con los que uno estudia casi todas las materias) anunció que se casaba. Éramos muy jóvenes y quizá por tan singular y solemne anuncio nos pareció que había que ir a su casa (la que compartía con su novia) a saludarlo. Así fue como dos compañeras fuimos a verlo y a charlar con él (que había decidido dejar la universidad), y ahí conocimos a su chica, que no se despegó de su lado. En lo que reparamos fue que en medio de aquella charla, como tantas otras, entre compañeros de curso, ella no dejaba de hacerle arrumacos y apoyar su cabeza en su hombro, o sostenerle la mano, o tocarle la cara. Quién sabe si para él la situación resultaba tan incómoda como para nosotras.

Mil años después vuelvo a ver esa postal repetida en otras parejas. La última vez fue hace pocos días, en una de esas típicas mesas largas de la “caña de después” con gente que se conoce poco (de edades entre 40 y 70 años) y que acaba de salir de alguna actividad cultural común. Hora del aperitivo, me tocó sentarme junto a un señor con el que compartimos oficio, cuya edad no debe de bajar de los 75 años. Al oír mi acento, él inició una conversación sobre los usos de la lengua, nuestros modismos argentinos, los suyos (de vasco) y así de santa la cosa léxica. Pasados unos minutos de charla, veo la mano de su mujer, retorciéndole la suya, como cariñosamente, pero llamando su atención de un modo casi infantil. Advertida por esos celos tan torpemente expresados y tantas veces presenciados, me giré a buscar otro interlocutor que no tuviera a sospechante alguno a su lado. Al rato, vi a la pareja madura levantarse para irse y sin dejar de tensar los brazos para estar encadenados, irreversiblemente, mientras saludaban a los demás.

Si fuera una película, el siguiente plano transcurriría en la habitación de ambos, con una conversación de cotilleos que diluyese el sabor amargo de los celos sin pausa.

Sin embargo, romperé una lanza a favor de las señoras: no hay en ellas nada que los señores no adoren. En esos casos, el instinto nos dice que ellos están encantados con ese tironeo que los hace sentirse deseados, seguros, controlados, sí, pero cuidados.

Una vez, otro amigo me confesó que, aunque no vivían juntos, su novia llamaba al teléfono fijo de su casa cuando sabía que él había salido, para controlar la hora a la que debía estar de regreso. Si se encontraba en la calle, estaba inquieto por volver y contestar a esa llamada que lo hacía sentir tan seguro de que había alguien velando por su vida (casta) cada noche. En otra ocasión vi a una mujer recibir incesantes llamadas del marido a partir de la medianoche, “preocupado” porque la reunión con las amigas se alargaba.

Salvo casos patológicos o delictivos, no hay dudas de que nosotras (o nosotros) solemos elegir estar con gente que nos controla, o no. Que necesitamos sentirnos protegidos o queridas en la insistencia, o no. Así como hay ciudadanos que votan a candidatos autoritarios pero paternalistas que los hacen sentir cobijados y a salvo de otros peligros y miedos inmensos que los aquejan, así los amantes nos buscamos las piezas del puzle que encajen con nuestros bordes miedosos o inseguros, o golpeados, y luego siempre podemos bromear con los celos del otro. Porque encima nos hacen crecernos.

¿Qué pasa cuando el celado escoge al celoso? Escribe tú la historia.

Nota: Las escarpias son “clavos que sirven para sujetar bien lo que se cuelga”, dice la Real Academia.

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Sobre el autor

Analía Iglesias
Analía Iglesias es escritora y periodista. Coordinó durante cinco años el blog Eros de El País. Como ensayista, se acerca a la afectividad de la época con la necesidad de indagar en las pulsiones sexuales y en la función que cumplen en la actual sociedad de consumo. Es coautora –junto a Martha Zein– del libro ‘Lo que esconde el agujero: el porno en tiempos obscenos’, publicado por Editorial Catarata. En Twitter ‘@analiaigles’

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