21.08.2019

Quedarse en Madrid en agosto, un acto de fe y valentía

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Un fotograma de la película ‘La virgen de agosto’ de Jonás Trueba.

La nueva película de Jonás Trueba,La virgen de agosto’, recién estrenada, retrata una ciudad vacía y a una mujer que se siente vacía. Una lograda conjunción de la soledad personal con la ciudad solitaria. Quedarse en Madrid en agosto significa hacer frente, con valentía y fe, a la vida y sus dilemas existenciales. Y quizá por eso muchos prefieran –y puedan permitírselo– huir hacia lugares donde corra un aire más liviano.

Madrid se transforma en agosto. El ardiente asfalto desgasta demasiado, los negocios cuelgan el cartel de ‘cerrado por vacaciones’, el metro no llega. La gente de traje y corbata ha huido a otro lugar. El asfixiante calor parece haber espantado a la mitad de la población. La rutina ha desaparecido, y con ella sus rituales. La desértica ciudad, que durante el resto del año se caracteriza por el frenesí y el devenir de transeúntes inundando sus calles, se convierte durante este mes en una especie de pueblo castellano de grandes dimensiones, con sus verbenas, sus fiestas patronales y sus turistas, aquellos que, ataviados con palos selfie, llegan a Madrid sin quizá entender que esta versión de la capital no es la habitual, igual de poco habitual que subir a un bus urbano vacío.

Los que se quedan en agosto lo hacen como un acto revolucionario, de disidencia. Para otros, sin embargo, es una obligación, y resignados, quizá algo avergonzados, admiten que no pueden irse o no tienen otro lugar al que ir. Supervivientes, todos ellos, que recorren sus calles dirigiéndose a algún lugar confortable, buscando una especie de ocioso refugio. Sus cortas y vagas zancadas evidencian la ausencia de obligaciones. Y sus miradas, más contemplativas que de costumbre, advierten paisajes hasta ahora desconocidos. De fondo, cuando cae la tarde, comienza a sonar música de chotis. Acaban de empezar las fiestas de la Virgen de la Paloma. Sin duda, el folclore madrileño honra a los que no abandonan Madrid en estas fechas y los premia por su compromiso.

Eva, la protagonista de La virgen de agosto –la última película de Jonás Trueba–, es una de esas supervivientes. No ha podido marcharse a ningún lugar, y lo afronta como una oportunidad para experimentar sensaciones imprevistas. Para disfrutar de los pequeños detalles y deshacerse de sus fracasos e insatisfacciones. Para conjugar su soledad con la ciudad solitaria. Sin ninguna expectativa, se lanza a adentrarse en sus calles y olvidar así el vacío existencial que la acompaña. Las veraniegas terrazas de Malasaña, los nocturnos conciertos de La Latina y los paseos al amanecer por la Cuesta de San Vicente forman parte del naturalista decorado estival, lugares que dotan a la película de un cariz melancólico gracias a la capacidad de su creador para capturar la esencia de la ciudad y crear un sentimiento de pertenencia con esas reconocibles vistas.

Y es en ese despojo de artificios y pretensiones donde se sustenta el cine de Jonás Trueba, un cineasta capaz de otorgar a sus películas de un estado de ánimo muy particular –como ya demostró en Los ilusos (2013) o La reconquista (2016)–. Su cine lo impulsan las sensaciones, las tibias y sutiles emociones que afloran casi sin darnos cuenta, pero con tanto significado como para contagiar al espectador de un espíritu jovial y a su vez de una amargura soterrada propia de la generación de treintañeros que retrata. Porque, sin entrar de lleno a tratar las problemáticas de su generación, el director madrileño coloca a sus personajes una especie de coraza de resignación y de autocomplacencia por la difusa etapa vital que atraviesan. Sin embargo, Eva –interpretada por una magnífica Itsaso Arana– comienza a ser consciente de una revelación interior, siente la necesidad de “ser persona de verdad” –como ella misma dice–. La transformación de la ciudad en agosto parece transformarla a ella también logrando que personaje y escenario se conviertan en una sola e indivisible pieza.

Para muchos, el mes de agosto es el último mes del año, el mes en el que acaba un curso para dar comienzo a otro, momento propicio para que se desarrollen los instantes de cambio personal más significativos. El lento fluir de acontecimientos deja más espacio para la reflexión. Por todo ello, acudir al cine durante estos días y presenciar La virgen de agosto puede resultar toda una experiencia reveladora. Si lo hacemos, comprenderemos que las lágrimas de San Lorenzo son las mismas que las de Eva, que brotan de sus ojos contemplando el cielo al sentir la emoción universal de sentirnos formar parte de un ciclo vital de difícil explicación.

Quedarse en Madrid en agosto significa hacer frente, con valentía y fe, a la vida y sus dilemas existenciales. Quizá sea ese el verdadero motivo por el cual muchos huyen a otros destinos más prosaicos.

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Sobre el autor

Juan Salinas Quevedo
Periodista especializado en cultura y deportes que -entre estrenos de cine y teatro, alfombras roja de los Goya, maratonianas jornadas en festivales y partidos del Atleti- ha descubierto que la emoción es la materia prima de todo proceso analítico.

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2 comentarios

  • El 21.08.2019 , diego ha comentado:

    Quedarse en Madrid en agosto significa no tener recursos para huir de ella.

  • El 22.08.2019 , Pesowelter ha comentado:

    Esto me recuerda mi infancia y adolescencia, pero en Alcobendas, años 80, plena periferia en la que no abundaban los recursos y divertimentos de una gran ciudad como Madrid hoy. Recuerdo la soledad, el aguardar el regreso de los amigos para volver a jugar por las calles o a sentarnos en los bancos a comer pipas hasta que la llamada de las madres a pleno pulmón desde la ventana hogareña nos reclamaba. La lectura, de la mano de mi padre, fue una tabla de salvación, un refugio, la puerta a un universo maravilloso en el que espero reecontrarme con él algún día.

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