30.01.2019

Raúl Herrera: “Se crea mejor sin engordamiento del ego”

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El pintor y cineasta Raúl Herrera.

El pintor y cineasta Raúl Herrera.

Llegamos a la cuarta entrega de la serie de entrevistas ‘Milenials’ de Carmen Burgos. Por aquí han pasado la pintora Lidia Sancho, el músico Víctor Martín y la actriz Anahí Beholí.  Hoy hablamos con el pintor y realizador audiovisual gaditano Raúl Herrera. Damos así voz a un grupo de artistas que nos abrieron al nuevo milenio y todo lo que la nueva tecnología nos ha traído para conocer de primera mano qué hacen y cómo piensan… Queremos entender su vida, inquietudes, formación, retos. Lo que tienen fácil y lo que encuentran más difícil.

Cuando te llamé para entrevistarte estuviste reticente y sorprendido porque te dije que eras un veterano de la generación milenial… Aunque ni los “expertos” se pongan de acuerdo, en general incluyen a los nacidos en las décadas de los 80 y 90 del siglo XX. Y a su vez distinguen dos subgenraciones, preanalógica y postanalógica…

Pensaba que los milenials son jóvenes veinteañeros y yo estoy mucho más cerca de los cuarenta que de los veinte.

Pues una vez confirmado tu ‘pedigrí milenial’, hablemos de pintura -en la que tienes ya una trayectoria- y hablemos de cine, porque en 2018 has presentado tu primer cortometraje.

Bien. Estudié Bellas Artes en la Complutense, en Madrid, y a la vez me matriculé en una escuela de audiovisuales y después me pasé a la de cine. Cine y pintura vienen de la mano para mí desde que era pequeño; cogía una cámara y de ahí sacaba una historia y la dibujaba. Todo ha ido a la par, pero el lienzo era mucho más accesible…

Estudias Bellas Artes en Madrid y en Sevilla, dos escuelas y dos estilos con diferencias marcadas.

He tenido la suerte de estar en las dos. Empecé en Madrid, luego pasé a Sevilla. En aquella época (2003, 2004) la cosa era diferente. Madrid más contemporánea y Sevilla más académica. Pero agradecí ir a Sevilla también, porque para mí es importante la base académica.

Y de Erasmus te vas a Estambul.

Me llevó un poco la casualidad. No era mi intención, pero luego me alegré de estar en un lugar tan distinto. Había cosas que no me gustaban del arte que se hacía, pero vi cómo trabajaban y aluciné. Desde las diez de la mañana y hasta las nueve de la noche no salían de la facultad. Cogían la pintura como un oficio… Mis amigos, que eligieron otras ciudades, cuando iban a verme a Estambul me confirmaban que era otro mundo.

Después haces todo un periplo que pasa por París, Berlín…

Cuando vuelvo de Estambul entro en 5º de Bellas Artes en Sevilla y a la vez me matriculo en un máster de museología creativa, enfocado sobre todo a lo contemporáneo y expedido por la Politécnica de Barcelona con profesores catalanes y madrileños. De ahí doy el salto a París con una beca Erasmus práctico que me abrió mucho y sobre todo me dio esa confianza para llegar a la que fue mi galerista, Lina Davidov… En Berlín pasé cuatro o cinco meses, pero la verdad es que me dediqué en exclusiva a pintar para una exposición en París.

La Galería Lina Davidov, en el Boulevard Saint-Germain, no fue mal aterrizaje, especialmente para un becario…

Lina fue por ejemplo galerista de Mompó en París en los ochenta. Pero Lina es además interesante por el linaje familiar que tiene. Es nieta de Manuel Ángeles Ortiz, pintor de la generación del 27 al que Picasso introdujo en la alta sociedad de París cuando lo conoció a través de una carta de recomendación de Manuel de Falla, y la madre Lina era ahijada de Lorca. Aparece en La edad de oro de Buñuel; expuso en el Moma… Manuel fue un personaje interesantísimo. Lina me contaba cantidad de historias no solo de Picasso, sino de Neruda, de Lorca, amigo de su abuela desde pequeño. Forma parte de la historia del arte, tanto en Francia como en España. Todo esto creo que me aleja un poco del término milenial… Estuve tres años y mis días allí, mi tiempo allí, me hacen un viejo y las historias que me llegaban eran de milenials ¡pero del siglo anterior!

Tu primera exposición individual, en París, y en plena crisis…

Fue una sorpresa porque para la beca tenías que conseguir una empresa en la que hacer prácticas. Esas prácticas se basaban simplemente en estar en la galería, hacer diseños expositivos, diseños de los elementos de la galería y ayudar a la galerista. En varias ocasiones me dijo que le gustaban mis dibujos. Y un día me retó: “Me paso en diciembre por tu casa; me muestras lo que has hecho en dos meses y si me gusta, lo exponemos”. Y así fue mi primera exposición.

Después, hasta un total de ocho -entre individuales y colectivas- de 2011 a 2013.

Sí. Yo pensaba volverme en unos meses a España, pero la exposición fue bien, vendió bastante y entonces la galerista me pidió que me quedara, ya no solo para ayudar en la galería sino como pintor. Era una oportunidad que me permitía trabajar durante el día en una galería y por la noche preparar las exposiciones en casa. Para mí, un equilibrio profesional perfecto para poder dedicarme a esto y vivir de la pintura, cosa muy difícil.

En tu pintura hay rastros simbolistas, surrealistas, expresionistas, de arte urbano, que evocan a Guston, a Bacon, a Cuevas, a Basquiat… Incluso al celebérrimo Banksy…

Es verdad que hay una especie de controversia que no es más que energía, todo queda reflejado en esos retratos que no son para nada simplemente técnicos o figurativos sino que tienen mucho de psicología materializada; pero sí es verdad la mezcla que comentas de arte urbano, de surrealismo… Para esa primera exposición en París hice como 70 dibujos. Al final elegí 25 en los que había mucha naturaleza e hice con ellos una instalación; era como si hubiera muchos estilos unificados; estaba llamado a esa contraoversia y a esa locura de estilos. Pensándolo después, no dejaba de ser un reflejo de todo lo que venía, esa invasión de imágenes, de información, porque en 2011 todavía las redes no eran tan invasivas como ahora, pero ya se notaba ese tipo de estilos tan eclécticos, tan inconformistas. Al final esa obra era una explosión de estilos que habían pasado por mi vida; una explosión mucho más frenética al final de la primera década del 2000 de lo que debió de ser en los setenta o en los ochenta. No sé por qué ese estilo… Pero había artistas en aquella época que habían caído también y me ayudaban a no acomplejarme con esa vía, aunque luego intenté purificar y no tirar por lo extremadamente ecléctico. Necesitaba hacer eso, pero luego evolucionó… He respetado a muchos artistas sobre todo de más joven, cuando estaba acercándome a los treinta. ¿Quieres saber qué es lo que me interesaba?

Sí, eso más o menos te preguntaba.

Pues una mezcla de varias cosas. En el fondo he admirado a unos antes y a otros, ahora. El arte es tan libre que me pueden inspirar ideas de hace cinco siglos… Sin duda, se tiene toda esa influencia; todas esas influencias técnicas, temáticas y también de vida. Y a través de un canal puramente instintivo vas creando algo. Pero por mucho que imites, todo pasa por un filtro que eres tú. Cuando tú sientes que el concepto es redondo, ahí te ves reflejado. Realmente lo que intento es materializar lo que yo soy en un lenguaje distinto.

Parece una evidencia que también somos lo que leemos, lo que vemos, lo que escuchamos… Trato de saber qué cosas has ido absorbiendo y centrifugando esa cabeza tuya tan activa.

Con 19 años, toda la formación que tengo tiene que ver con el realismo y tengo que abrir la mente y ver que hay otros lenguajes en el siglo XX que realmente son arte y a los que debo respeto. Y la cabeza me cambiaba de un año para otro y me tiraba para Tàpies, Millares –los pintores informalistas-; José Guerrero… Eso era lo que me gustaba. Fue como contrariar la base realista que todos tenemos, porque de niño lo más fácil de aceptar es que una pintura se parezca a algo… A los diez años empecé a dibujar y hasta los 19 no empecé a abrirme al arte abstracto y a otro tipo de estilo como el de los pintores de los años 50, Pollock, Guerrero, Picasso por supuesto… Todo el siglo XX. Y después en 2005, 2006 y 2007 empiezo a admirar a gente joven que están empezando a exponer en galerías que a mí me interesan como Saachi… Artistas como Kati Heck, una mujer alemana, un poco mayor que yo, a la que lleva la galería Tim Van Laere, de Amberes, y que destaca en la primera década del 2000 y a la que yo admiro mucho. Como también me gustan Cecily Brown y Albert Oelhen, que son artistas-top mundiales… Y en cine me gusta mucho la nouvelle vague, el cine europeo; me encanta Godard, me encanta Rohmer y me encanta Roma, que vi anteayer… Me gusta más el cine que se valora en Cannes, los premios del cine europeo, que el cine espectáculo de los Oscar.

¿Eres un asiduo de las galerías de arte?

Ahora no tanto, porque estoy más con el tema del cine. Me he dado cuenta de que para todo necesitas una vida. Para ser un buen pintor necesitas una vida y para ser un buen cineasta también necesitas una vida. Concibo espacios ideales para la pintura y contextos ideales para el mundo audiovisual. El espacio de un proyecto audiovisual no sería un pueblo de -no sé- Extremadura, pero sí para pintar. Y quien dice Extremadura, dice Andalucía o el norte.

Siendo gaditano, del mismísimo Sanlúcar de Barrameda, cosa que confirma sobradamente tu acento, es lógico que te tire especialmente el sur.

Siempre voy a hablar bien del sur porque es de donde vengo y del sur han salido muchas cosas buenas siempre. Y me gusta volver de vez en cuando; cuando vuelves, acostumbrado a vivir solo, te encuentras con multitud de impactos emocionales por todos los lados, porque todo te afecta más, estás con tu familia… Conecto mi energía de nuevo con mi origen y me marcho más fuerte, como conectado a la energía madre.

No es para menos, rodeado por Doñana, el Guadalquivir, playa, marisma…

La verdad es que siempre he estado fuera yendo y volviendo. He creído que cada sitio te da una energía distinta, viendo todos los matices y viendo pequeño todo lo que queda fuera de eso. Porque también voy constantemente al País Vasco, regreso a Madrid, bajo para Cádiz y en ese viaje alucino cómo cambia mi energía y cobran fuerza todos los lugares en los que estoy; es como si se produjera un embrujo, lo que también engaña porque nos hace no ser objetivos…

En general los artistas resultáis poliartistas: pintáis, hacéis cine, música, escribís…

Pero nada es fácil. Para hacerlo bien, aunque tengas mucho talento porque estés tocado por la varita de los dones, hay que aprender un montón. Sobre todo de toda esa gente que ha pasado por este mundo antes que tú. Pero para todo necesitas dedicarle una vida concreta.

Y hace un par de años te lanzas a hacer un corto.

Desde pequeño con una cámara había hecho cortos de manera amateur… Y en 2013 me vine a Madrid y entré a trabajar como creativo en una agencia de publicidad; en 2015 lo dejé y tuve la brillante idea de que todo lo que había vivido en París en el Boulevard Saint-Germain lo podía reproducir aquí. Abrí una galería, pero no una galería al uso, porque yo no me sentía comerciante de arte y no quería que fuera solo eso. Y me pegué un porrazo importante. Hablando un día con Ernesto Alterio, que quería exponer retratos, le comenté que tenía un espacio y montamos una exposición, Alter-yo, que reflejaba una necesidad mía de mezclar cine y pintura a través de una serie de retratos. Y hablando con él llegué a la idea de ese cortometraje: fotografiar películas que tuvieran escenas en las que se utilizara a Bach como banda sonora.

El resultado, ‘Le prochain’, tu corto, que por cierto me pareció demasiado corto.

¡Ah!, ¿es que tú lo has visto?

Sí.

El cine lo había dejado totalmente tirado por la pintura. Entonces hago el proyecto de cortometraje con Ana Torrent y Verónica Echegui.

Pero tienes una trayectoria más larga en la pintura que en el cine.

Es verdad que a la gente que ahora conozco de cine muchas veces trato de demostrarles que también hago pintura, pero cuando empiezas algo ya te ven en esa faceta exclusivamente. Intento hacer las dos cosas, pero estoy llegando a los 40 y me estoy dando cuenta de que he metido la mecha en el cine: he hecho un trabajo, he ido por los festivales y ha dado otros frutos, pero la pintura me está diciendo: tío, tienes que escoger ya. Este año lo he empezado a fuego con pintura, aunque esté haciendo cosas de cine, porque es lo que me pide el cuerpo.

‘Le prochain’ ha obtenido mención al mejor cortometraje dramático en el New York City Film Infest.

Pues no sabes cómo lo hicimos. Lo presupuesté y lo he montado y coproducido; lo grabamos en un día y medio, y lo estoy distribuyendo -cosa que es un peñazo- porque obviamente las distribuidoras son las que saben hacer su trabajo y no es nada fácil. Aunque estoy aprendiendo a moverme en muchos campos y en el futuro no pasarán cosas que esta vez me han pasado.

¿Cuánto dura? Porque la verdad es que sabe a poco.

Casi doce minutos, pero a veces en los festivales no te creas que te permiten presentarte con más metraje, el máximo está alrededor de los 15 minutos… Explicarle Bach a una persona sorda me pareció un concepto poético, cerrado, tan redondo… Me hubiera encantado tener algo más de metraje. Hacer un largo con esa idea como colofón, o sea que termine con una madre fotografiando películas en que la banda fuera música de Bach sería el final de algo más largo y tendría mucha más fuerza. Cuando expuse la primera vez en París –el mito de París– me hizo mucha ilusión, me pareció un premio después de un tiempo en que lo había pasado muy mal. Y con esto me ha pasado lo mismo cuando presentamos el cortometraje con una mujer como Ana Torrent –cuyas películas se estudian en las escuelas de cine y en los libros de la historia del cine–, que de repente hayas podido hacer un proyecto común y formar parte, aunque sea un granito de arena, de la extensísima carrera de esta señora…

Es llamativa la imagen especular entre la niña, Ilinka Luick, y la niña Ana Torrent de ‘Cría cuervos’.

Sí, aquí tenían las dos esa simetría, esa serenidad. Ana en aquella niña no tenía que decir nada y en este caso una niña que además es sorda (ya me advirtieron en la Asociación de Sordos que no son sordomudos, porque aunque no hablen no son mudos). Me pareció interesante que al final Ana –de la que se dice que es la mirada del cine español–, que el código visual de lo que puede ser Bach lo hiciera la mirada de Ana; era perfecta para hablar con la mirada de la historia del cine alguien que es historia del cine. No sé si al final conseguí mostrar todo tal y como quería, pero me sentí contento.

La música es de alguna manera central en ‘La prochaine’.

En la historia, claro. Ese pianista me refleja. Yo toco el piano desde pequeño, pero nunca estudié, lo hago de oído. Y toco, digamos, un chapurreado, pero con una falta total de respeto al piano por no haber ido al conservatorio. Es una actividad artística frustrada completamente. Al final, el corto habla también del piano –que no suena– para contar cómo Ana se pone en el lugar de su hija. En vez de hacer planos subjetivos, sin sonido, para que sepamos cómo es no escuchar, se quita simplemente la música y se deja que se escuchen todos los sonidos menos el piano. Precisamente el pianista que trabajó en este cortometraje dibuja también y los trazos fluyen mucho, tal y como fluye la música.

Títulos de crédito de ‘Le Prochain’ de Raúl Herrera.

Trabajar con niños se dice que no es fácil

En este caso fue facilísimo. Ilinka es una niña muy inteligente. Le puse unos profesores de lenguaje de signos y los profesores alucinaron viendo cómo se aprendía las frases a la primera. No tuve que repetirle ni una toma. Y Ana estaba encantada con ella.

‘La prochain’ es también un homenaje a París, al idioma francés, pero ¿qué quiere significar exactamente?

A lo próximo. Habla de dar un salto hacia el futuro. Un salto más de una madre ante un obstáculo. Hoy es Bach y mañana, que se ha hecho una herida en una pierna…

Y sigue de gira por los festivales.

Bueno, sí, la distribución –aunque escueta– además de aquí ha estado en Italia, en México y en Nueva York… Y continúa. También ha estado en el Festival Internacional de Cine de Derechos Humanos en Sudamérica; un festival que esponsorizan las asociaciones de derechos humanos y Naciones Unidas. Me ha hecho mucha ilusión participar en ese festival, porque la calidad de los cortos que seleccionaron era muy interesante.

¿Puede vivir del arte puro y duro hoy en España alguien como tú, con un bagaje profesional con peso?

Lo que no sé es si se puede vivir del arte hoy sin renovar conceptos. Yo pude vivir en París y fue fantástico y aprendí mucho, pero no podía venir a España con la cabeza de París, porque aquí las cosas no funcionan como allí…

¿Cuál es la diferencia?

En París yo estaba en la galería y era probable que alguien pasara y comprase una obra o dos o tres…. Aunque sea feo hablar de dinero, los precios que barajaban allí eran otra cosa. Mis dibujos, que eran pequeños, se empezaron a vender a 1.000 euros y los cuadros a 3.000, y terminaron en 1.900 y 4.000. Incluso en algunas galerías cercanas había artistas vivos vendiendo por 70.000 y 100.000 euros. Lina Davidov decía que una cosa es el precio de las obras y otra que las vendan… Aprendí mucho de ella, pero en 2013, cuando volví a España, pretender cobrar 1.900 euros por un dibujo de 70×50 era imposible; me lo hubieran tirado a la cara. Pero ahora ni siquiera allí están así las cosas. La verdad es que no sé cómo está el tema precios. Ahora, cuando vuelva a la pintura…

Por eso te preguntaba si se puede vivir hoy de lo que hacéis los creadores como tú.

Yo voy a seguir respetando mi pintura y voy a seguir haciendo piezas y si me tengo que dedicar a otras cosas paralelas como el diseño, la ilustración o un cartel, lo haré sin problemas, porque lo que no quiero es devaluar lo que hago… Cuando me ponga de nuevo a pintar lo que me interesa, buscaré nuevos galeristas y a ver qué pasa.

¿Aquí o fuera?

Fuera y aquí.

Obviamente es muy distinto dedicarse a pintar que hacer un cortometraje.

Ahora las obras se ven en formato digital. En la galería todo resultaba frío y solitario y cuando llegaba y me ponía a pintar en el estudio, también solo, me decía que necesitaba un arte más vivo… Por eso me llama más el cine, porque vives en comunidad constantemente.

Son dos maneras de crear muy diferentes…

Sí. En la pintura estás solo y mandas tú. Y lo digo como algo negativo, porque eso repercute. En el cine, cuando quieres mandar como lo haces con un cuadro, de repente te encuentras con un tío que tiene el mismo ego que tú que es el director de fotografía, y otro que tal…

¡Qué me dices!, ¿tenéis ego los artistas?

Yo intento tener cada vez menos, porque veo tal invasión de egos, que el nuevo ego debe ser no tenerlo. Creo que sin el miedo a decepcionar se crea mejor y sin ese engordamiento del ego se crea mejor también. Cuando tú creas porque quieres crear, independientemente de tu ego, salen cosas mucho más interesantes… Aunque el ego también es un poco de supervivencia profesional, no puedes desvalorarte de una manera poco inteligente, pero tampoco endiosarte porque eso es enfermo, es una enfermedad…

¿Y con el elenco femenino no funcionó el ego?

Con las actrices fue estupendo…

¿Cuándo se podrá ver?

Los festivales no permiten que se vea mientras se presente a un festival. Estoy contento, pero también tengo ganas de que lo vea la gente en internet.

Proyectos, ya has dicho que la pintura…

Y trabajar en otro cortometraje, pero necesito pasta, un poquito. Hoy en día la gente quiere hacer cosas y los cortometrajes se hacen entre amigos y la gente está dispuesta.

Llegamos al final… ¿Te queda alguna pregunta que no te haya hecho y de las que me has comentado antes de empezar que habías preparado? Es el momento.

Pues no. Hemos hablado de todo. Lo único que me gustaría es que quede claro que estoy a la mitad del camino, deseando hacer cosas nuevas.

¿Y te sientes más milenial que cuando hemos empezado la entrevista?

Lo que estoy deseando es volver al estudio para sacar una buena producción y hacer un catálogo nuevo antes de cumplir los 40.

Un objetivo mucho más fácil de alcanzar que el de la generación que os precedió, cuya meta -se decía- era ganar un millón de dólares antes de cumplir los cuarenta…

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Sobre el autor

Carmen Burgos
Aunque he navegado en otras aguas, es al periodismo adonde vuelvo una y otra vez -desde hace ya unas cuantas décadas-, “en busca de un mundo mejor, cuya existencia solo suponemos” (Virginia Wolf/ Fin de viaje).

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