26.10.2018

Ray Loriga: “En España no crece nada, pero lo que crece dura para siempre”

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El escritor Ray Loriga. Foto: Lisbeth Salas.

El escritor Ray Loriga. Foto: Lisbeth Salas.

Tras un año intenso de promoción de su libro ‘Rendición’, que le valió el Premio Alfaguara del año pasado, el escritor está feliz de volver a dedicarse a cosas normales. Nos ha hecho un hueco en esa rutina para hablar de fútbol y tenis, de la envidia y el desprecio, tan anclados en el carácter español, de literatura y de una fama que le llegó demasiado pronto y le pilló de sorpresa.

No tengo la sensación de que voy a entrevistar a Ray Loriga (Madrid, 1967). Ni siquiera de que esto vaya a ser una entrevista. Más que como a un escritor, guionista o director de cine, le veo como a un colega, personas que se mueven en ámbitos parecidos, con el que he disfrutado de conversaciones sobre temas que despiertan mi interés. Y la etiqueta de supuesto enfant terrible o escritor/estrella de rock and roll que parece haberle acompañado siempre casa poco con la imagen que tengo de él: la de un tipo afable y locuaz de verbo vertiginoso. Así que me da que voy a pasar otro de esos ratos placenteros rajando de cosas que me ponen mucho.

Tras irrumpir en el panorama literario con trabajos como Lo peor de todo y Héroes, la suya ha sido una trayectoria notable asociada a nombres sobresalientes de la escena nacional e internacional, como Saura, Almodóvar, Viggo Mortensen, Geraldine Chaplin. Al margen de su reconocimiento, dentro y fuera de nuestras fronteras, como escritor. Su último trabajo, Rendición, una fábula distópica “a calzón quitao”, le ha valido el Premio Alfaguara 2017. Después de un año intenso de giras y promoción, regresa a la rutina de ocuparse de las cosas normales. Agradezco este hueco que encuentra Ray y, de este modo, continuar con esta serie de retratos asombrarios, tras el que realicé con Nathalie Poza. Nos sentamos para hablar en una terraza madrileña y, como quien no quiere la cosa, el asunto, espoleado por mi intensidad insistente pero sobre todo por la elocuencia a pie de calle de Ray, empieza a fluir.

Tú y yo hemos hablado, más que nada, de deporte.

Solemos hablar de fútbol, sí.

Hay una estupenda relación entre el deporte y cierto arte: ‘Evasión o Victoria’, ‘La soledad del corredor de fondo’, ‘La pelea’, de Norman Mailer…

Chillida lo decía: Todo lo que he aprendido de escultura, de las distancias, las diferencias, las formas, lo aprendí en el espacio de la línea de una portería. Y luego se hizo el escultor que es. Le preguntaban: “¿Dónde aprendió usted escultura?”. “Hombre, he estudiado a todos los escultores que todos hemos visto, a Miguel Ángel, Moore, todos, pero…”. Porque ahí la distancia es esencial, porque es o dentro o fuera. Te das cuenta de la perspectiva y ves a todo el equipo. El único que ve a todo el equipo es el portero. Los demás van jugando sin mirar. Albert Camus también era portero.

¿Qué nos pone tanto del deporte?

Primero, que es un juego.

Debería ser un juego.

Se está convirtiendo en otra cosa, pero vuelve a ser un juego cada vez que alguien lo juega. Cuando Messi lo juega, cuando Isco lo juega, cuando Asensio lo juega, cuando Modric lo juega. Recuerdas que es un juego. Y esa es la belleza: es una especie de hermanarse de una manera imposible a la infancia. Por eso acaban a los 30 años. A los treinta, treinta y tantos, ya está. Porque por mucho que juegues a la pelota, llega un momento que dices “niño, deja ya la pelota”. Como decía Serrat, “niño, deja de joder con la pelota”. (Risas). Pero lo bonito sigue siendo el juego. Era una cosa que hacíamos sin ninguna mala intención.

Y hemos hablado mucho de tenis, que tiene algo muy heroico.

El tenis me encantaba. No jugaba como tú, claro. Pero me encantaba lo de llevar un chaleco de punto de Le Coq Sportif. Eso me volvía loco. Y me ponía la muñequera. Y jugar en arcilla. Pero no era extraordinariamente bueno. Lo de ganar nunca me gustó. Me gustaba más jugar que ganar. Con lo cual somos malos competidores.

De todos modos, hay demasiada presencia del deporte. Una cosa son los valores del deporte, el juego, el compañerismo, muy necesarios para la vida. Y otra cosa es la lógica competitiva aplicada a todas las esferas de la vida.

Tenemos un problema. El deporte ocupa demasiado en los telediarios. Y además deporte significa Real Madrid, ¿no? Y a lo mejor un poquito de otra cosa… Y ya. Y luego se ve solo la gloria. Que es una cosa que también me pone muy nervioso. Me acuerdo del tío este que tiraba la bola…

Manuel Martínez.

Sí. Que luego participó en Capitán Trueno, la película. Y llegó de una olimpiada y la prensa española le dice: “Tercero, menuda decepción”. “Mire, soy el tercero del mundo, ¡del mundo!, tirando esta puta bola. ¿Es usted el tercer periodista del mundo? ¿Trabaja usted para el mejor periódico del mundo?”. ¿Y usted me está diciendo que es una decepción ser el tercer mejor tío que hace esta gilipollez?”. Hay una especie de desprecio… ¡Hombre! Cuando estás en el top veinte, por ejemplo, en tenis, como Ferrer, que ha estado tantos años en el top ten…

Fue el tres del mundo Ferrer…

¡Que ha llegado al tres del mundo! Por favor, es que estamos hablando de la élite de la élite de la élite. Pero pasa también con artistas. Con actores, por ejemplo. “Es que Fulanito de tal no ha ganado el oscar”. Pero está nominado. ¿Tú sabes lo que eso? Eres un Oscar Nominee para toda la vida. Te puedes hacer hasta tarjetas con eso. Te saluda la gente por la calle. Aquí es que no se aprecian las cosas.

Esta cosa que decía Fernán Gómez: España no solo es el país de la envidia, que por supuesto, sino sobre todo del desprecio.

No, no, es que da igual. Y todo es una mierda. “Pues Fulanito ya no es bueno… Está acabao”… Todo está acabao. Siempre. No sé… Creo que fue Azorín el que lo dijo, es una especie de maldición castellana: aquí no crece nada y lo que crece dura para siempre.

Es una paradoja terrible.

Una paradoja, sí. Aquí no crece nada, pero lo que crece dura para siempre. Eso sí, duros como el pedernal. Toda esa inquina.

Qué gasto de energía.

Sí, sí. Tremendo. Y yo creo que eso es un poco culpa castellana. Para no echarle la culpa a los catalanes. Es culpa castellana, esa cosa de que no tenemos mar, no tenemos nada y tenemos una mala hostia de cojones. Y si sobrevivimos, somos duros como el pedernal.

Tú eres una persona que has conocido el éxito pronto…

Demasiado pronto… Y me di cuenta luego, de mayor. Para mí era lo normal, claro. No tenía otra vida que la mía. Entonces para mí era normal. Quiero decir, que lo normalicé. Pero luego, avanzando el tiempo, me di cuenta de que era extraordinario. Tener un éxito de ese nivel tan joven. Entonces fue cuando empecé a mirar referentes como Macaulay Culkin. (Risas). Empecé a mirar a otros chicos que habían triunfado muy pronto y cómo llevaban sus vidas. Y entonces tuve que parar un poco y decir: esto hay que torearlo mejor, de alguna manera, porque, si no, se te va.

¿Y cómo te relacionabas con lo que te estaba pasando?

Es raro… Es raro porque pasas de… Pongamos ejemplos concretos. Pasas de estar en la fila de una discoteca, en aquella época, 20 años, veintitantos, a que aparten a los demás de la fila para dejarte pasar a ti. Entras en la discoteca en cuestión, el Morocco, el Pachá, la que sea, y te sonríen. Pides una cerveza y te la traen. Vas a pagar y te invitan. Y luego te dicen: “No, pasa a la zona Vip”. Y entonces tienes que ir a la zona Vip. Y todo esto se te hace un poco bola. Como la carne cuando comíamos de niños. Esto, ¿qué es? Si antes estaba ahí en la fila y no me dejaban entrar. Algo gira. Gira para ellos y gira para ti. Y te tienes que acostumbrar. Es una cosa extraña. Lo sé por otros amigos míos. Que han hecho muchas películas y no habían tenido un petardazo y de pronto, sí. Y eran los mismos antes que ahora. Pero la mirada de los demás no es la misma. Cambia totalmente.

Y eso que antes, cuando a ti te tocó el éxito, digamos que estaba ‘El País de las Tentaciones’ y poco más. No había la sobreexposición que hay ahora.

Afortunadamente. Estaba El País de las Tentaciones, en el que, por cierto, escribía yo también. (Risas). Desde el primer número. Yo he sido periodista. Y de pronto me vi también en los dos lados, porque yo era periodista pero al mismo tiempo me entrevistaban. (Risas). Y era como… Me tenía que cambiar de chaqueta, de traje. Ahora soy famoso, ahora entrevisto. Fue raro. Y menos mal que fue aquella época. No me quiero imaginar lo que hubiese sido ahora. Era otra cosa. Es que cuando yo empecé a triunfar, por decir algo, empezaban los canales…

Ya… las teles privadas…

Había dos, y luego tres. Y luego cinco. Telecinco. Cuatro no estaba todavía. La Cuatro vino luego. Fue raro. Y salías por la tele. Que no son cosas muy normales. Y encima estaba casado con una mujer famosa. Muy famosa. (Christina Rosenvinge). Entonces, éramos una pareja un poco extraña. Yo creo que por eso también nos fuimos a Nueva York seis años.

¿Estuvisteis seis años en Nueva York?

Sí, un poco por… Recuerdo que Andrés Calamaro, buen amigo, me dijo: “Ray, ¿por que vas a Nueva York? Allá no te conoce nadie”. Por eso precisamente, Andrés, para que no me conozca nadie. Para pasear por la calle de una manera normal, y volver a ser un escritor y hacer cosas normales.

Para conectarte.

Aunque sea muy lejos, pero conectarme. En Nueva York soy un cualquiera. Otra vez no me dejan entrar en las discotecas. Otra vez soy uno más. Ya está. Y en Nueva York, que es una ciudad especialmente cruel. “Usted no existe”. Y a mí eso me encantaba.

Pero, en cualquier caso, tú has conseguido mantener un perfil bastante coherente. Al margen de que el trabajo a veces tenga más o menos aceptación. Que se te relacione con un estilo…

No sé si lo he conseguido. Por lo menos lo he intentado.

Lo habrás conseguido a veces más, a veces menos…

Digamos que, en economía, se mira una constante, ¿no? Hay picos y valles de crecimiento. Y luego se mira una constante. Es decir, en un largo camino lo que importa es esa deriva. Por supuesto que hay a veces pico, a veces valle, pero al final, si uno va a comprar una empresa no va a mirar solo el pico, o solo el valle, va a mirar cuál es su trayectoria. Y eso es lo que le da valor a esa empresa. Yo he intentado, más o menos, que la trayectoria, con picos y valles, tuviese una pequeña línea, si no ascendente, por lo menos no descendente. Es decir, estable. Que sea una empresa seria, que es la que llevo. O la que quiero llevar. No sé si lo he conseguido, pero es lo que he intentado.

Y también sin olvidar cierto compromiso con un discurso…

No tengo un discurso…

Bueno, pero hay una coherencia entre la forma y el fondo…

Eso… Intento ir a aquello que decía Belmonte: se torea como se es.

Tienes un discurso desde el momento en el que dices algo… No me refiero a dar lecciones a nadie, ni a un discurso en plan predicando…

No, no, no estoy dando clases a nadie de nada, pero he publicado en El País como columnista durante años y he dado mis opiniones, que para eso te llaman. Te llaman para una columna de opinión. Como decía Kissinger, el casi nulo efecto de la opinión sobre lo opinado. Me guío por esa máxima. El casi nulo efecto de la opinión sobre lo opinado. Lo que yo opine no deja de ser mi opinión y por eso se llaman columnas de opinión. Yo no decido, ni mando, ni enseño, ni regaño. Pero si te dan una columna de opinión en un medio como El País, por ejemplo, importante, pues estás obligado a dar tu opinión. Pero no quiero regañar ni enseñar. Esa no es mi tarea.¡

En tu trabajo de ficción también hay un discurso, el que sea…, estás…

Gracias por dudar, que decía David Bowie. Esa máxima de David Bowie. Y aparte, entre comillas, porque ahora las comillas son muy esenciales. (Risas). Para que no sea La Tesis de Nancy de R. J. Sender. Gracias por dudar, que decía David Bowie.

¿Qué quieres decir con eso?

Pues que la duda no dispara. Lo que disparan son las certezas mal aprendidas.

Pero cuando, por ejemplo, te sientas a escribir una novela, ¿hay algo, un runrún, algo que quieres compartir?

Buena pregunta.

¿Quieres compartir algo?

No, no exactamente. Yo no me puse a escribir porque pensase que tuviese algo que decir. Me puse a escribir porque me encantaban los libros, me encantaba leer. Y me encantaba tanto que me produjo envidia. Y dije: “Jo. Yo quiero ser como estos”. Yo quiero ser como Virginia Woolf, quiero ser como Marguerite Duras, quiero ser como Alejandra Pizarnik, quiero ser como Stevenson, quiero ser como Beckett. Que ya sé que no lo seré nunca. ¡Pero me gustaba tanto! Era como un juego al que yo quería jugar.

Y luego… claro…, también con una especie de mezcla, de fusión de arrogancia insensata de la juventud, pensé: ¿Y si me gano la vida con esto?. Sería mi propio jefe de alguna manera. En vez de trabajar con un…, no sé… Que nunca es uno el jefe de sí mismo del todo pero… The captain of my Heart , como aquella preciosa canción. El capitán de mi corazón. Y 52 años después, que voy a cumplir ahora, so far so good. Llevando a mis hijos al colegio y haciendo todas las cosas normales que hay que hacer. Cuidando de mis padres y todas las cosas normales que hay que hacer.

Asumiendo tus responsabilidades.

Sí, sí, que no soy los Sex Pistols tampoco. Pues eso, he conseguido el gobierno de mi propia existencia, de alguna manera. Que puede acabar mañana porque nunca hay que darlo por hecho. Pero, so far so good.

Una trayectoria interesante. Has hecho cine también.

He hecho cine. No tengo carné de conducir y he viajado por el mundo entero. Lo cual es muy gracioso. Y siempre me gustó, desde niño, en el cole, que me decían: “Esto no se puede hacer”. Y era justo lo que quería hacer. Basta que me digan que no se puede para tirarme a degüello. Esto no se puede hacer, pues a por ello.

De ‘Héroes’ a ‘Rendición’.

Cierra parte de un círculo. O una espiral.

Sí, es una espiral. ¿Piensas sobre estas cosas?

Tengo una intuición. Esta cita la he dicho muchas veces, y no sé si es de María Zambrano o de Rosa Chacel… Dos mujeres que me encantan. Creo que es de María, que decía: “La intuición es inteligencia acelerada”. Y es verdad. Parece que no lo estás pensando, pero tienes un plan. Se llama intuición acelerada.

Me gustó mucho ‘Rendición’. El tono del narrador… Hay un fragmento que me llamó mucho la atención, en el que él acepta que…

Que es un miserable.

Sí. Y también dice: “Y está muy bien, oye”. Me ha salido como Rajoy. “Y eshtá muy bien, oye”.

(Risas). Es que está bien. No todos tenemos que ser extraordinarios.

Eso es. Me gustó mucho eso. Lo vi como una especie de, a lo mejor te parece una incongruencia lo que digo, pero bueno es lo que pensé en cualquier caso…, como un anti-Lazarillo. Hay una voz ahí…

¿Sabes que el Lazarillo, creo que lo hemos comentado alguna vez, para mí es mi primer Guardián entre el centeno? Es El lazarillo de Tormes y luego Salinger. Es un libro que… Esa voz, medio pícaro, sincero, contando sus cosas y mintiéndose a sí mismo también. Toda esa sofisticación de El Lazarillo. Y luego, creo que hasta Salinger no encontré nada parecido. Encontré muy buenos libros. Por supuesto. Tolstoi… Muy distintos. Pero ese tipo de voz. Luego John Fante también. En Pregúntale al Polvo, encontré otra vez esa voz. Curiosamente yo no había leído a Fante cuando escribí mi primer libro. Había leído El Lazarillo y a Salinger. Y muchos más libros, claro. Pero ese tipo de voz concreta… A mí me parece que hay una conexión, lo he dicho alguna vez, a mí me parece que El Guardián entre el centeno era el Lazarillo con Nueva York detrás. Me encanta El Lazarillo. Me vuelve loco. El Amante de Marguerite Duras, también; de pronto, escrito por una mujer. Y hay algo de eso también. Es como una voz que tiene coraje de contarse a sí misma. No es una voz que se escude en las descripciones, sino que es una voz que va a calzón quitao. Que digan lo que digan los demás, ¿sabes?, pero muy bien escrito. Porque la escritura no es solo eso de “yo lo he sentido” y ya está, y ya vale. Tiene que tener sintaxis, tiene que tener ritmo, tiene que tener tempo

Una forma…

Exacto. Una formulación. Un equilibrio. Y eso es muy sofisticado. Para que parezca así de natural, como lo hace Marguerite, que parece que es que se ha puesto a contar su vida… ¡Es complicadísimo! Volviendo al deporte. Es como lo de Federer. Dicen: “No, es que juega muy bien al tenis”. Como si eso viniese exclusivamente de nacimiento. ¡Las narices! Fred Astaire. “No, es que baila muy bien”. Son horas y horas y horas y horas y horas de práctica y ensayo para fingir una naturalidad.

¿Tenías claro escribirlo en primera persona?

Salió así. Escribí las primeras 30 páginas así, del tirón. Y luego el libro tardó casi siete años hasta que lo publiqué. Estuve dándole vueltas y vueltas y vueltas y vueltas… Pero en las primeras 30 páginas apenas cambié una coma. Sabía que esa voz era la que me iba a llevar al final del libro. La voz era lo que me importaba. “No hay nada que nos diga que esto puede mejorar. Nuestro optimismo está injustificado”. Quería guardar la voz. Su mediocridad.

Nunca decae el punto de vista de él…

Es mediocre.

Se mantiene todo el rato. Le entiendes. Y además el héroe es un cornudo.

Sí. En México me regañaban mucho las mujeres. Y se ha vendido mucho en México. De hecho, creo que casi se ha vendido más en México que en España. Y las mujeres, que son las que compran libros al final, seamos sensatos y honestos… El 80% de este negocio son mujeres,   porque son más inteligentes y leen. Y los hombres somos idiotas y no leemos. Mi negocio son ellas, porque ellas leen. Ellas tienen curiosidad. Quieren saber. Y los hombres somos idiotas. Algunos menos y algunos más. Pues a ellas les enfadaba muchísimo, a las mexicanas, lo de que el tío fuese cornudo. “Eso no es un hombre, guey. No es un hombre”. (Risas). Pero luego les gustó el libro. “Si el libro me encanta, ¡pero eso no es un hombre!”. Pero hay hombres que decimos: oye, la libertad sexual de las mujeres pasa porque se pueda acostar con otro hombre y, chico, pues que le vamos a hacer. Y ya está. No hay más.

Me lo leí de una sentada. Me atrapó, que es lo que quieres de un libro.

Una novela es como un barco. Si te metes, tienes que no salir. Eso es lo que le pides a una novela. Que te hable de su camino. Y una vez que te atrape, que te deje al final en un puerto, el que sea. Pero es como un barco. Que durante esa singladura no te deje salir.

Me pasó también con ‘Trilogía de la Guerra’, de Agustín Fernández Mallo.

Lo he leído. Es buenísimo. Es que Agustín es un magnífico escritor.

Hay grandes escritores y escritoras en España. Isaac Rosa, Iván Repila, Aroa Moreno…

Marta Sanz con Clavícula, Almudena Grandes, Rosa Montero, buenísimas…

‘Intemperie’, de Jesús Carrasco.

¡Intemperie! Escribí una vez un artículo en El País con motivo de la Feria del Libro de Madrid que se titulaba Segundos frente a nadie. No somos peores escritores en este país que nadie. No digo que seamos mejores. Pero segundos frente a nadie. Somos tan buenos como cualquiera. Todo los que hemos citado y muchos más. Marcos Giralt, Eduardo Iglesias… Xavi Calvo. ¡Un escritor de la hostia! Por no citar a los clásicos… Pero es que hay gente que viene… Muy buenos escritores y muy buenas escritoras… ¡María Vela! Me acabo de acordar. ¡Es buenísima! Eso es literatura.

Todas estas personas que hemos nombrado deberían tener más visibilidad. ¿Cómo crees que puede hacerse?

No lo sé. Leer es una pasión y una curiosidad. O te da por leer o… Pavese decía: “Lo normal es no escribir”. Y lo segundo más normal es no leer. ¿Qué le vamos a hacer? Pues si no han leído a Pavese pues no han leído a Pavese. Ellos se lo pierden. ¿Y qué?, ¿vamos a punta de pistola para que lean a Pavese?

¿Y cómo se podría hacer para que a más gente le gustase leer a Pavese?

No creo mucho en el fomento de la lectura. Me parece que cuanto más acelero más calentito me pongo, como decía el hijo del Fari. Cuanto más se presiona, más se vuelve obligación. Cuanta más obligación se vuelve, menos pasión. Y al final todo nace de la curiosidad.

¿Y cómo se fomenta la curiosidad?

Pues no lo sé… Creo que hay palabras ahora muy mal versadas. Como arte, cultura, compromiso, auténtico, rebelde, fomento de la lectura. Están muy mal versadas. Todas ellas. La peña tiene sus propios asuntos. Y no le puedes estar dando tampoco el coñazo todo el día diciendo: “Es que tienes que leer”. Eso no es. Porque la gente tiene sus asuntos. Unos cuidan de su madre. Otros no tienen trabajo. Otros sí lo tienen. Otros han ligado. Otros no han ligado. Yo qué sé. Y yo no sé si viene al caso decir: “Es que tenéis que leer más”.

¿Estás escribiendo una nueva novela?

Sí. Se llama Sábado, Domingo.

¿Nos puedes avanzar algo?

Sale en febrero. Ya tenemos portada y todo. Esto es primicia. Algo sucede un sábado en la vida del personaje. Treinta años después, en un domingo, se encuentra con la misma mujer que había visto hace 30 años, un sábado hace 30 años. Y es un sábado y un domingo. Con 30 años en medio. Una elipsis muy grande en medio. Sábado, domingo.

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