Rebelión Ciudadana y Democracia Deliberativa por la crisis climática

Rebelión Ciudadana y Democracia Deliberativa por la crisis climática

Lema de una de las campañas de Extinction Rebellion.

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Convenciones constitucionales, asambleas ciudadanas, presupuestos participativos, desarrollo comunitario… Son sucesivos golpes de timón, pasos que hacen un camino con nombre propio: Democracia Deliberativa. Y que tienen un claro foco de atención: la emergencia climática. En ese camino alternativo que marcan los ciudadanos, un movimiento ha irrumpido con fuerza en Europa para decirle a los gobernantes: basta ya, “rebélate por la vida”. Es Extinction Rebellion (XR).

Quienes cultivan la tierra saben que para la vida nunca hay soluciones definitivas, que sostener la vida es un proceso y que un paso no es nada si no va acompañado por otro. Quienes navegan saben que en las travesías no existen líneas rectas y que un golpe de timón no lleva la nave a puerto aunque permita sortear obstáculos. Cualquiera que esté vinculado con el cuidado de la vida sabe que es necesaria una presencia constante, comprometida y dialogante con el entorno.

En esta misma línea el movimiento ciudadano lleva años lanzando propuestas que no son hebras sueltas sino hilos que van creando paulatinamente un tejido vital transformador, fórmulas que permitirían a la ciudadanía participar en la toma de decisiones de sus gobernantes más allá de las elecciones cada cuatro años. Convenciones constitucionales, asambleas ciudadanas, presupuestos participativos, desarrollo comunitario… son sucesivos golpes de timón, pasos que hacen un camino con nombre propio: Democracia Deliberativa.

En este mes que hoy se cierra se llevó a cabo en Gran Bretaña la primera asamblea ciudadana climática del país. 108 ciudadanos/as elegidos por sorteo se reunieron durante semanas a petición de seis comités de la Cámara de los Comunes para elaborar planes específicos que permitirían cambiar la sociedad y la economía hasta 2050 con el fin de modificar la legislación sobre el cambio climático. Hace una semana presentó un extenso informe a Boris Johnson, que contiene propuestas como las siguientes: Aplicar un impuesto especial a quienes viajen en avión a menudo. Frenar la construcción de carreteras. Coches eléctricos más asequibles para todos, no solo para personas que ganan suficiente dinero. Eliminar gradualmente la venta de vehículos nuevos contaminantes, como los todoterreno urbanos (SUV). Tomar medidas drásticas contra los anuncios de productos altamente contaminantes. Restringir la circulación de automóviles en el centro de la ciudades. Promover un recorte voluntario del 20% al 40% en el consumo de carne roja a través de educación, publicidad e información en el etiquetado. Potenciar la energía eólica marina y terrestre y la energía solar. Garantizar un buen acceso para las bicicletas en las nuevas urbanizaciones…

El movimiento Extinction Rebellion, que promueve el uso de esta fórmula democrática, cuestionó desde el principio esta asamblea por dos grandes razones. La primera porque seguir retrasando estas decisiones hasta 2050 reduce a la mitad las posibilidades de que el calentamiento global no supere los 1,5 grados. La segunda razón es que el informe podría quedar enterrado en la burocracia gubernamental.

Las asambleas ciudadanas son una herramienta democrática sencilla: un grupo de personas representativas de la sociedad, de todas las opiniones y con situaciones diferentes, son elegidas por sorteo para informarse, debatir y llegar finalmente a un acuerdo sobre qué debe hacerse ante algún asunto importante. Por ejemplo, en 2016 esta fórmula permitió en Irlanda allanar el camino para el referéndum sobre los derechos reproductivos de las mujeres. Es decir, es mucho más que un ejercicio consultivo. Pero los líderes de la democracia representativa parecen dispuestos a devorar esta manifestación de la democracia deliberativa. Un buen ejemplo es el caso francés. En 2019, tras las protestas de los chalecos amarillos, y a iniciativa de Emmanuel Macron, fueron convocados 150 ciudadanos para reunirse durante 8 meses con el fin de plantear salidas a la crisis climática. Estas fueron algunas de sus propuestas: Promover un sistema agrario basado en buenas prácticas como la agroecología y los circuitos cortos. Que el 50% de las tierras agrícolas apliquen prácticas de agroecología en 2040. Disminuir el uso de productos fitosanitarios en un 50% en 2025. Prohibir en 2035 los pesticidas que contengan sustancias cancerígenas, mutagénicas o tóxicas para la reproducción. Prohibir las semillas genéticamente modificadas en 2025…

Cuando entregaron su informe al presidente de la República en junio, este se comprometió a dar respuesta a las propuestas que resultasen de la misma “sin filtros previos” del Gobierno, bien sometiéndolas a referéndum, a voto del Parlamento o a una aplicación legislativa directa. Aún están a la espera de que alguna de estas iniciativas prospere. Aquel mismo mes la vicepresidenta del gobierno español, Teresa Ribera, aplaudía las resoluciones de la asamblea francesa y anunció que pensaba “relanzar pronto la iniciativa” que el gobierno había presentado en enero tras declarar el estado de emergencia climática. Dicha declaración contenía 30 medidas de acción y el compromiso de poner en marcha cinco de ellas en los primeros 100 días de gobierno. Entre esas cinco medidas destacaba la creación de una Asamblea Ciudadana del Cambio Climático. La pandemia cambió las prioridades de la agenda.

La simple existencia de estas propuestas ciudadanas y su recorrido parlamentario introduciría en el proceso legislativo un elemento nuevo y perturbador, que dejaría en evidencia las campañas de contrainformación de las entidades interesadas en negar el cambio climático. Si los resultados de esta forma de democracia participativa no se tradujeran en políticas o no operaran a una escala significativa es posible que aumentara el cinismo y la desilusión entre la ciudadanía, pero la desobediencia civil siempre ha sido muy imaginativa y, como sucede con los organismos vivos, encuentra fórmulas para seguir fortaleciendo el tejido deliberativo.

En este mes que hoy se cierra, Extinction Rebellion (XR) ha reanudado sus protestas en Reino Unido. A diferencia de las acciones que llevaron a cabo en abril y octubre del año pasado, en las que miles de personas bloquearon gran parte del centro de Londres día tras día, XR ha llevado a cabo acciones centradas en los actores que impulsan la crisis climática, como los think tanks negacionistas y los medios de comunicación que restan importancia a la crisis climática. Arrancaron septiembre citándose con novelistas, poetas y dramaturgos/as para manifestarse frente a el 55 Tufton Street en Londres, un lugar destacado por albergar reuniones de intelectuales y grupos de presión vinculados con la negación de la ciencia climática y la industria petrolera. A mediados de mes impidieron la distribución de los periódicos de Murdoch, que edita The Times, The Sun y The Daily Mail, entre otros, bloqueando con coches y estructuras de bambú las carreteras de acceso a dos de sus principales rotativas bajo el lema “Libera la verdad”.

Un golpe de timón no lleva la nave a puerto aunque permita sortear obstáculos, un paso no es nada si no va acompañado por otro. La próxima campaña de Extinction Rebellion será una “huelga de dinero» en la que se alentará a las personas a retener sus deudas o el pago de las retenciones fiscales vinculadas con instituciones que consideran que están alimentando no solo la crisis climática sino también el racismo estructural y una desigualdad más amplia.

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