10.02.2020

“Un religioso me violó cuando tenía siete años”

Menéalo

El escritor y autor de este artículo Alejandro Palomas.

Es muy difícil hablar cuando se ha callado durante toda una vida. Ese silencio es el que acompaña a muchas personas que vivieron un horror infantil que en su momento creyeron pesadilla y que los años han convertido en cicatriz, casi nunca cerrada. Yo soy una de esas personas. Fui un niño sexualmente abusado por un docente religioso a la edad de 7 años. Somos niños violados, niñas violadas; personas que han crecido en una campana de cristal.

Fui manoseado, violado y silenciado a golpe de amenazas. Vergüenza. “Debería darte vergüenza provocar esto”. Ese era el mensaje que me devolvía cabizbajo y dolorido a casa cuando aquel horror cesaba y yo no sabía cómo entender ni cómo explicarme que no recordaba haber hecho nada que pudiera provocar tanta violencia. Tanta vergüenza.

No se cura. La violación infantil no tiene cura, porque la memoria del adulto se alimenta de las puntas de los icebergs que flotan en el recuerdo, y una de ellas es infaliblemente esa intimidad rota y pisoteada. Los niños y niñas violados nunca se curan porque a menudo no dicen, no reconocen. Vivimos con la esperanza de que los abusos queden aparcados bajo una nebulosa que el tiempo disolverá. La vida, el tiempo, otros icebergs harán juego y el mal quedará enterrado y por fin se olvidará. Pero no es así. El silencio no sana. Al contrario: la herida que nunca empezó a cicatrizar se infecta e infecta todo lo íntimo. Es, cómo no, una infección silenciosa, perversa y torcida.

Una infancia violada discapacita para los restos. Yo soy, desde la primera vez que aquel hombre me rompió el cuerpo, un ser humano con un porcentaje de sus capacidades emocionales necrosadas. Viví un infierno que no elegí en manos de un maestro que me enseñó que detrás de un hombre con una sexualidad viva puede ocultarse un ser que se alimentará de mi confianza y querrá matar mi deseo. Lo terrible de la violación infantil no es la violación en sí, sino lo que llegará más tarde. Las secuelas no se ven a simple vista, no se llevan escritas en el cuerpo. Las secuelas, siempre enterradas incluso para quien las sufre, derivan a menudo en lo que yo llamo “la intimidad en la campana de cristal”.

Cuando hablo de esto en alguna charla, me sorprendo constantemente repitiendo la imagen y el enunciado que suenan así: Soy un hombre que desde muy niño habita una campana de cristal. En la intimidad, cuando se apaga la luz y el otro se acerca a mí, empieza la lucha interna entre los dos Alejandros: el del Alejandro que desea y que daría lo que fuera por confiar en el deseo del otro y el del Alejandro que sabe que confiar es exponerse al horror. En el sexo, el disfrute es parcial. Hay un vigía que sobrevuela la escena, controlando los movimientos de quien está conmigo; es una especie de perro guardián cubierto de sensores, preparado para avisar a la vista de cualquier acto, gesto o mirada sospechosos. La intimidad es, para mí y para muchos/as de nosotros/as, un campo de minas. Las más de las veces, el otro sucumbe a toda esa presión y abandona.

La piel. Cuando alargo la mano para acariciar, no toco piel. Lo que toco es la delgada pared de cristal de mi campana. Y siempre toco frío. Siento el tímido calor que la mano del otro deja a su vez sobre el cristal, pero el contacto directo se da poco. A veces me siento en deuda con quien se atreve a quererme, porque siento que estoy sucio, que me ensucié de niño y que nunca he podido arrancarme esas costras. Entonces alejo a quien me quiere para que no me vea así. No sé abandonarme al amor de los demás si existe la posibilidad de que aflore la tensión sexual. A los siete años un hombre sucio me grabó a fuego que el sexo era su peor condena y era yo quien le hacía caer en ella. Yo, mi cuerpo y el deseo que despertaba en él éramos los culpables de su comportamiento. Y teníamos que pagar por ello.

Esa fue mi infancia y sé que ha sido la infancia de muchos y muchas de los que me leéis hoy. Como una gran mayoría, he vivido con ello en silencio. “Pasará”, me repetía. “Las voces callarán”. Pero no es así. Las voces no callan porque siguen pidiendo que alguien les diga que un niño o una niña violado/a no es culpable sino víctima y que la vergüenza es tener que vivir callando. La infancia no prescribe, los crímenes que vivimos entonces siguen escritos y dibujados en neón en nuestras campanas de cristal y el derecho a una intimidad digna debe ser exigido en voz alta, como el derecho a comer, a respirar, a imaginar que el futuro no tiene por qué ser peor que nuestro presente.

Hay miles, cientos de miles de hombres y mujeres que se mueven por las calles cubiertos y protegidos por sus campanas de cristal. Yo los/as veo y a veces nos reconocemos. La vergüenza no somos nosotros/as.

No. No es nuestra.

Menéalo

Sobre el autor

Alejandro Palomas
Novelista, traductor y poeta, ha recibido, entre otros, el Premio Nacional de Literatura Juvenil 2016 con Un hijo y el Premio Nadal 2018 con Un amor. Su obra ha sido traducida a más de 20 lenguas.

¿Quieres leer más artículos de este autor?

3 comentarios

  • El 10.02.2020 , Santi Ochoa ha comentado:

    LA MANADA ECLESIÁSTICA

    13 sacerdotes españoles condenados judicialmente desde 1992 a una pena máxima de 2 años por abusos sexuales y violaciones a discapacitados o menores de edad de entre 8 y 14 años, muchos de ellos de forma reiterada durante años. Al carecer de antecedentes penales no ingresó ninguno de ellos en prisión, lo que posibilitó que algunos sigan en activo.
    A comparar con las condenas de cárcel a decenas de años por el mismo delito cometido por personas no religiosas, una única vez y con víctimas de mayor edad.

    El Ministerio de Asuntos Sociales encargó en 1994 a un catedrático en psicología infantil un estudio sobre pederastia, en él que se culpa a la Iglesia católica del 4 % de los casos de pederastia en nuestro país. En España hay 18.813 curas y si un 4 % de los casos de pederastia son cometidos por ellos, cuando los curas son solo el 0,157 % de los varones de +24 años en España, resulta una proporción 25 veces mayor que la media entre la población. Y la Conferencia Episcopal y los Defensores del Menor siguen sin realizar el registro de los casos de abusos sexuales y violaciones a menores.

  • El 10.02.2020 , Milton Ortiz Cabiedes ha comentado:

    Soy maestro, he compartido mi vida laboral con muchos niños, infantes que: no sé el motivo, me han contado esos momentos oscuros de sus cortas vidas. La violación-abuso, ora por padres, ora allegados y desconocidos. Me conmueve sus dolor, por ende pienso en como llegarles a futuros abusadores para que repriman sus impulso feroces. Donde comenzar donde decir: no lo hagas, no mates al ruiseñor, tu fuiste uno.
    Como psicólogo creo que se necesita una Psicopatología de la perversión con miras a erradicarla entendiéndola.
    Creo que el primer lugar es la escuela, institutos, universidades; allí se debe hablar sin temores y con franqueza al niño desde el primer grado hasta el ultimo. Otros lugares de educación pueden ser los lugares de culto religioso, clubes sociales, lugares de trabajo. Invito a una campaña sin tregua contra este demonio universal. Si vale; escríbeme milorca123@gmail.com

  • El 10.02.2020 , Goyo P.C. ha comentado:

    Yo pasé por ello. No lo he contado nunca. Mi familia, por aquella épo a no lo hubiese creido. Y dudo que hoy tampoco. A mi me violaron un profesornde religión, el portero del edificio de al lado de mi colegio y un vecino. Todos ellos, ¿hombres? mayores hechos y derechos.

Deja tu comentario

He leído y acepto la política de privacidad de elasombrario.com
Consiento que se publique mi comentario con los datos que he facilitado (a excepción del email)

¿Qué hacemos con tus datos?
En elasombrario.com te solicitamos tu nombre y email (el email no lo publicamos) para identificarte entre el resto de personas que comentan en el blog

Te pedimos tu nombre y email para poder enviarte nuestro newsletter o boletín de noticias y novedades de manera personalizada.

Solo usamos tu email para enviarte el newsletter y lo hacemos mediante MailChimp.