15.10.2014

Robots con licencia para matar

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Sombra de un drone. Una obra del artista James Bridle instalada en el puerto deportivo de Gijón.

‘Sombra de un dron’. Obra del artista James Bridle instalada en el puerto deportivo de Gijón.

Arte realmente comprometido. La LABoral de Gijón acaba de inaugurar la inquietante y oscura exposición ‘Llega un grito a través del cielo’, cuyo subtítulo lo dice todo: ‘Drones, vigilancia de masas y guerras invisibles’. ‘El Asombrario’ estuvo en la apertura de una muestra que, sobre todo, intenta concienciar sobre la peligrosa carrera iniciada con el uso militar y policial de estas aeronaves no tripuladas. No es un futuro de pesadilla. Es el presente. Están aquí. Vigilándonos. Ejecutando a personas sin juicios ni controles. Son robots que sobrevuelan nuestras cabezas y que tienen licencia para matar, y para matar por control remoto.

“No sienten hambre, no sienten miedo, no olvidan las órdenes. No les importa si quien está a su lado cae víctima de un disparo. ¿Harán un trabajo mejor que el de los humanos? Sí”.

Con esta frase sobre el Dron-Predator (escalofriante nombre) de Gordon Johnson, mando conjunto de las Fuerzas del Pentágono, se abre la exposición de LABoral, que ha estado montándose a lo largo de año y medio, por todo lo que implica de investigación, como ha destacado el director de actividades del centro, Óscar Abril, y que estará abierta hasta el próximo 8 de marzo.

Entramos en el abismo a través de un recorrido por una enorme sala que se asemeja a un tenebroso hangar.

Y una constatación desde el principio: no lo veamos ni como ciencia ficción ni como un futuro de espanto, sino como el presente. En los paneles de la primera sala del recorrido expositivo, podemos leer otra frase-rayo fulminante: “Bienvenidos al mundo feliz de la vigilancia continua y la muerte de la privacidad”. Y datos contundentes: EE UU cuenta ya con 63 emplazamientos activos de lanzamiento de drones; y para el año 2020 se espera que haya un mínimo de 30.000 drones en funcionamiento sólo en ese país. Tan presentes están estas aves de muy mal agüero que la Real Academia Española presenta esta misma semana sus nuevas acepciones, y entre ellas figura dron.

Es cierto que muchas veces son empleados para tareas en positivo, desde rodajes cinematográficos o toma de creativas fotografías (El Asombrario le dedicó en verano un artículo a esta parte y también a operaciones de búsqueda y rescate o detección de incendios forestales, sin poner en peligro a vigilantes humanos); pero no nos dejemos engañar, porque la tecnología ha sido desarrollada sobre todo a las órdenes del Pentágono, la CIA y otros ejércitos de los más poderosos del mundo, como el británico y el israelí. Comenzó a usarse para perseguir a Al Qaeda tras el derribo de las Torres Gemelas; últimamente se ha utilizado profusamente en Gaza por parte del Ejército israelí en su operación contra los palestinos del pasado verano y ahora en la persecución de los terroristas de ISIS, el autodenominado Estado Islámico. Y uno sospecha rápidamente sobre qué bien les viene a esos Ejércitos dejar germinar este tipo de movimientos terroristas para luego probar y desarrollar su tecnología letal.

Porque la gente no sabe -no hay datos, no hay controles parlamentarios, nadie rinde cuentas- que entre 2008 y 2012 los drones estadounidenses han matado sólo en Pakistán a más de 2.300 personas, según estimaciones del Bureau of Investigative Journalism; una web, por cierto, que recomendamos, porque en ella se practica un periodismo de ese que ya no se hace; ésta es su declaración de principios: The Bureau es una organización de investigación sin ánimo de lucro, que practica un periodismo en profundidad que persigue concienciar al público sobre los abusos de poder y el deterioro de los procesos democráticos”. Tratan de arrojar luz y transparencia sobre prácticas oscuras de quienes están en el poder.

¿Quiénes eran esas miles de víctimas de los drones? Absoluto secreto. ¿Realmente eran todos terroristas sanguinarios? Y aunque lo fueran, estas ejecuciones sin pruebas ni juicios ni control, ¿son admisibles? Y resulta curioso -aunque entra dentro de la lógica gubernamental con la que convivimos en los últimos años- que ahora el Gobierno conservador español se apresure a regular el uso civil de los drones, por las supuestas irregularidades y peligros que entraña su uso ciudadano cada vez más intenso, cuando sus misiones más habituales, oscuras y ajenas a cualquier legalidad -las militares y policiales- siguen escapando no sólo a la regulación, sino a la información y a todo debate ciudadano e institucional. Hay, por ejemplo, drones usados por la policía en EE UU que van dotados de material antidisturbios como gases lacrimógenos, pelotas de goma y armas de electrochoque.

Es lo que, sobre todo, quiere plantear el holandés-finlandés Juha van ‘t Zelfde, comisario de Llega un grito a través del cielo, título extraído de la primera línea de la novela El arco iris de la gravedad, de Thomas Pynchon, en la que investiga el contexto social y político que subyace al desarrollo del cohete V-2 por el ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial.

Y es lo que se preguntó en el debate que siguió a la apertura de la exposición, el pasado sábado, Paloma G. Díaz, destacada investigadora sobre las relaciones entre los instrumentos, tecnologías y estrategias de vigilancia y control y el new media art (muy recomendable visitar su web): “Nos están queriendo vender los drones con técnicas publicitarias y hollywoodienses, presentándolos como videojuegos de superhéroes, pero hay que subrayar que no son juguetes, sino máquinas letales, que son sistemas diseñados para matar a distancia y desarrollar guerras asépticas. Se les presenta con eslóganes del tipo: “los drones salvan vidas”, pero debemos preguntarnos: ¿qué vidas?, ¿las de quiénes? Por supuesto, sólo las de un lado”. Advierte de que son una puerta abierta al abismo; porque, una vez diseñados, las misiones y objetivos pueden ser muchos y muy diversos.

Una vista de la instalación 'Teatro de drones' de Martha Rosler.

Una vista de la instalación ‘Teatro de drones’ de Martha Rosler.

'How not to be seen', obra de Hito Steyerl.

‘How not to be seen’, obra de Hito Steyerl.

'Watching' de James Bridle.

‘Watching’ de James Bridle.

James Bridle, uno de los artistas presentes en la exposición, señaló en la presentación: “Los drones constituyen la amenaza invisible. Se hacen invisibles no sólo físicamente, sino también políticamente y éticamente. Y en los medios de comunicación apenas se genera debate en torno a ellos, porque desde el poder se usan argumentos como que evitan muertes de soldados y que no debemos ir en contra del avance y el desarrollo tecnológico”. Paloma G. Díaz subrayó la labor de muestras como ésta: “Son artistas que buscan dar visibilidad, concienciar”. Y no cabe duda de que ésa ha de ser una de las principales misiones del arte: poner en entredicho el discurso dominante, resultar incómodo, hacerse preguntas, llevar a la reflexión y al movimiento crítico. LABoral se ha ganado en eso cierto prestigio desde que echó a andar hace siete años: la marca de montar muestras distintas, con un trabajo de reflexión e investigación detrás, aunque se dejan notar los recortes que han mermado su presupuesto a la tercera parte de sus inicios.

Sí, los Guernicas de hoy en día ni siquiera levantan críticas ni malas conciencias, porque ni nos enteramos de lo que ocurre. Sus misiones son absolutamente opacas, pero sus zumbidos están sembrando terror. Hay muchos tipos de terrorismo, aunque no nos queramos enterar. Lo contaba Juha durante la presentación del Grito, recordando las palabras de un chaval pakistaní que había perdido a su madre en un ataque de drones. “Han conseguido que lo más maravilloso del mundo, un cielo azul y despejado, los niños lo asocien con el terror, porque saben que es cuando atacan los drones”. Un zumbido aterrador que llega del cielo y que, como señala otro de los paneles de documentación, está sembrando el odio hacia Occidente entre pueblos enteros de lugares como Yemen, Afganistán, Somalia y Pakistán. O Palestina. De hecho, una de las obras de mayor tamaño de la exposición de Gijón exhibe esta frase: “Las ruinas de Gaza son las ruinas de nuestra civilización”. Por cierto, la atmósfera sonora es uno de los efectos más logrados de la muestra, con capas de ruidos de zumbidos, bombardeos, detonaciones, murmullos… El ruido de la tensión. Por algo Juha es especialista en crear estos ambientes sonoros en las muestras que comisaría y produce desde la empresa de la que es director artístico, Lighthouse.

En LABoral hay trabajos de los españoles Lot Amorós y Alicia Framis y el colectivo Aeracoop, del británico James Bridle, de los italo-británicos Silvia Maglioni y Graeme Thomson, de las alemanas Hito Steyerl y Mariele Neudecker, de la estadounidense Martha Rosler y el suizo Roman Signer, del estudio holandés Metahaven… A los que habría que añadir en nuestro país otros artistas citados por la estudiosa Paloma G. Díaz, como Mario Santamaría, que plantea en sus obras una pregunta escalofriante: ¿quién vigilará a los vigilantes?; Ricardo Iglesias y el provocador colectivo United Unknown, autores de un cartel que mostró Paloma en su ponencia y que es como un directo a la mandíbula: sobre una imagen icónica de Obama de las que se usaron profusamente en sus campañas electorales, está impresa la frase: “You have a dream, I have a drone” (Vosotros tenéis un sueño, yo tengo un dron).

Algo muy oscuro nos sobrevuela. Paloma lo resumió muy bien: “Nos están vendiendo los drones con términos políticamente correctos como cámaras aéreas. Y a la sociedad se le están ocultando tantos datos sobre los usos amorales y secretos de esta y otras técnicas de control y vigilancia que están impidiendo lo más básico: que haya el más mínimo debate para que la gente pueda formarse su propia opinión. La primera Guerra del Golfo marcó un hito, porque se vivió desde el sofá con imágenes como de videojuego; por primera vez se descontextualizaba la guerra, la muerte, las víctimas”. A partir de ahí…

Para saber más sobre esta carrera que, digámoslo claramente, da mucho miedo, este espeluznante documental dirigido por Leif Kaldor, Robots que matan, que va un paso más allá porque plantea que estos robots pueden aprender y…, atención, tomar decisiones

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Sobre el autor

Rafa Ruiz
Periodista convencido de que las luces al final del túnel solo se ven desde una perspectiva progresista de la realidad, con un compromiso sólido con la cultura, el arte y el medio ambiente, temas a los que ha dedicado la mayor parte del tiempo de su vida profesional -10 años en 'El País' y 15 años en 'El País Semanal'-. Autor de los libros de cuentos infantiles 'Toletis' y 'Ninoninoni', codirector de la galería madrileña Mad is Mad -centrada en artistas emergentes- y uno de los socios fundadores de la Asociación de Periodistas de Información Ambiental (APIA).

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4 comentarios

  • El 16.10.2014 , Nely García ha comentado:

    Es bien conocido que el avance tecnológico, si no se acompaña de una evolución humana, nos conduce hacia aberraciones, o sometimiento.
    ¿Para qué seguir conquistando poder, mientras desconocemos nuestra naturaleza, y otras posibilidades?. La ambición de los humanos, ha existido desde la antigüedad, y sin embargo, no hemos descubierto el ¿por qué? De la existencia.

    • El 16.10.2014 , Paloma Ctrl ha comentado:

      Efectivemente, no se trata de demonizar la tecnología, sino de ser conscientes de las “mentes” que la manejan 😉

  • El 16.10.2014 , arturios ha comentado:

    La diferencia entre un dron y un soldado es bien poca: no cuestiona las órdenes, disparan sin preguntar, no tienen ni ética ni moral en tiempo de guerra, no dudan en cometer atrocidades y ambos son totalmente prescindibles. Quizá el problema no sean los drones sino los políticos que provocan guerras y las empresas que han pagado a esos para lograr un beneficio económico sin importar quien caiga.

  • El 17.10.2014 , Pilar García ha comentado:

    Estupendamente traído el tema y magnífico análisis del mismo. En mi opinión, me da pánico el uso de estos “cacharros”, la tecnología en manos del poder…

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