12.02.2020

Rodin y Giacometti, el esperado diálogo de dos artistas de la esencia humana

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A la izquierda, Alberto Giacometti, ‘Hombre que camina II’ (1960). Foto: Fondation Giacometti, París © Alberto Giacometti Estate / VEGAP, 2020. A la derecha, Auguste Rodin. ‘El hombre que camina’, modelo grande (1907). Musée Rodin, París.

Su búsqueda continua de la verdad, de la esencia y de la fragilidad humanas, las series infinitas, el uso creativo del accidente… Puntos de conexión de dos genios de la escultura, Rodin y Giacometti, cuyas obras pueden ya disfrutarse en un sorprendente cara a cara en la Fundación Mapfre, en Madrid, hasta el 10 de mayo.

Uno nacido en el París de mediados del siglo XIX, el otro, en la ciudad suiza de Borgonovo a comienzos del XX; y sus trayectorias, en principio dispares, se descubren con numerosos y fascinantes puntos en común.

Se estrena en la Fundación Mapfre de Madrid la exposición Rodin-Giacometti, un cara a cara en toda regla entre estos dos artistas inmensos. En palabras de Nadia Arroyo, directora de Cultura de dicha fundación, “las tesis creadas por ellos vienen a demostrarse a través de las obras, que son las que hablan y establecen los puntos de conexión. Personalmente, me quedo con dos ideas que atraviesan este proyecto: una es cómo los dos escultores tienen una enorme capacidad para ver, reflejar y magnificar la fragilidad del ser humano; y la otra es la búsqueda por parte de ambos de la verdad, que está en la esencia, en lo más profundo, y que tratan de encontrar esculpiendo una y otra vez el mismo tema, el mismo rostro, de forma que pareciera que no terminaran nunca”.

La muestra la componen más de 200 piezas articuladas en nueve secciones ordenadas por conjuntos temáticos y nos recibe a la entrada de la sala con el impresionante monumento a los Burgueses de Calais de Rodin. El ayuntamiento de Calais encargó esta obra al artista como homenaje a los seis hombres que se entregaron a las tropas inglesas en la Guerra de los Cien Años a cambio de la salvación de sus conciudadanos. La grandeza de estos mártires, así como sus emociones, quedan reflejadas de forma individual, lo que ya supone una revolución en la escultura conmemorativa; e introduce también uno de los temas totales y recurrentes del autor, el camino del hombre hacia su destino.

Catherine Chevillot, directora del Musée Rodin y una de las comisarias de esta exposición, señala que este artista “es una figura que no pasa de moda, al igual que Picasso o Miguel Ángel. Levanta el entusiasmo de públicos distintos y todos los artistas del siglo XX y también los más actuales, pasan por Rodin. Él empezó siendo muy naturalista y después forja un nuevo lenguaje expresivo, que no tiene nada que ver con el expresionismo alemán. Para él, ser expresivo supone deformar y exagerar. El arte de Rodin es una metamorfosis constante”.

Auguste Rodin. ‘Monumento a los Burgueses de Calais’, 1889. Musée Rodin, París.

Alberto Giacometti. ‘El claro’ (1950). Foto: Fondation Giacometti, París © Alberto Giacometti Estate / VEGAP, 2020.

Estamos, como también señala Chevillot, ante una muestra de Alberto Giacometti sobre Auguste Rodin y no al revés, ya que es el primero el que mira al segundo. La manera en la que están dispuestas las obras señala perfectamente el vínculo entre los dos y cómo Giacometti admiró y se inspiró en muchos momentos en el artista francés, encontrando, a partir de él, un camino propio.

Catherine Grenier, directora de la Fundación Giacometti y comisaria también de esta exposición, apunta que “Rodin siempre está presente en Giacometti, en su carrera y en su vida. Él era hijo de un artista suizo y desde la infancia intentó, con plastilina y con barro, esculpir. Su gran modelo entonces es Rodin, que aparece continuamente en los libros de arte que su padre tiene en el estudio”.

Existe una anécdota muy bonita que refleja la devoción del joven Alberto por el maestro y es que cuando va a la escuela ahorra el dinero que sus padres le dan para el autobús y con él compra libros de Rodin. Pensó que siempre podía ir al colegio caminando, pero necesitaba a toda costa poseer aquellas obras.

Durante su carrera solo renegó durante un tiempo del escultor francés, para acercase al surrealismo y apostar por complejas composiciones llenas de contenido simbólico. Pero la figura humana volvió en los años 30 a cobrar fuerza en su trabajo y a definir su estética, tan reconocible sobre todo tras la Segunda Guerra Mundial.

Yendo directamente a las obras que encontramos en esta muestra, en la sección dedicada a los Grupos, la primera que encuentra el visitante, vemos trabajos formados por diferentes conjuntos de figuras. Ya hablábamos de los imponentes Burgueses de Calais, junto a ellos vemos Cuatro mujeres sobre pedestal, El claro o La Plaza, en las que Giacometti presenta grupos escultóricos de pequeño tamaño, que reflejan de forma pasmosa lo solo que puede encontrarse un individuo cuando está rodeado de personas. Contemplar Las tres sombras de Rodin, una escultura de bronce que hace pensar directamente en las almas perdidas que refleja la Divina Comedia de Dante, para a continuación girar la vista y ver Tres hombres que caminan, también en bronce, de Giacometti, es un goce para los sentidos y un diálogo entre los dos artistas a través de sus obras.

Rodin apoyado en un banco junto al monumento a Victor Hugo. Fotografía: Dornac Pol Marsan / seudónimos de Paul Cardon. Musée Rodin, París. Donación Rodin 1916.

Alberto Giacometti trabajando en su estudio, París, 1955. Fotografía: Isaku Yanaihara. Fondation Giacometti, París.

El gusto de Rodin por el arte de la Antigua Roma queda también reflejado en la muestra, con piezas fascinantes como el Torso del estudio para san Juan Bautista, así como su interés por el accidente, una de sus máximas contribuciones al arte moderno. Errores de modelado que, en vez de ser desechados, se incorporan a la obra dotándola de un nuevo significado y una fuerza mayor. También a Giacometti le interesa la fractura y se reflejan en obras como Cabeza de hombre o Cabeza de Diego.

El trabajo de modelado, las deformaciones en busca de la expresividad máxima y el placer por las series (repetir, ahondar sobre un mismo motivo) son también características comunes de ambos genios. Podemos comprobarlo en las máscaras que Rodin realiza sobre el rostro de la bailarina japonesa Hanako, cuyos rasgos le fascinaban y a la que dedicó más de 50 esculturas; así como en los numerosos dibujos a lápiz y estudios también expuestos en esta muestra que ambos artistas realizaron para preparar sus retratos y bustos. Rodin, por ejemplo, sobre su pareja Camille Claudel, Balzac o Victor Hugo; y Giacometti sobre su hermano Diego, la modelo o su mujer, Annette, de quien realiza una serie de ocho esculturas y a quien le reprochaba parecerle distinta cada vez que posaba para él. Uno de estos bustos, en bronce, puede contemplarse en la muestra y resulta impactante, por su fuerza única en la mirada y su barbilla digna, apuntando hacia el frente con distinción y personalidad.

Al final de la visita nos aguardan dos obras que para muchos serán las joyas de la corona de la exposición: los dos Hombres que caminan. El de Rodin fue apreciado y admirado hasta por las corrientes artísticas más vanguardistas y levantó el entusiasmo del público en su presentación, en el Salón de la Sociedad Nacional de Bellas Artes de París en 1907. Lo realizó al final de su carrera y cuestiona por completo el concepto de belleza. Este imponente hombre de yeso fragmentado, sin cabeza ni brazos, sirvió de inspiración a Giacometti para crear el suyo en 1960. Y lo hizo completando las partes inexistentes en la figura de Rodin y dotándole de la delgadez y la fragilidad propias de las esculturas del suizo. Admirar las dos obras, una al lado de la otra, es un auténtico placer sensorial y una invitación a la reflexión nada menos que sobre el destino de la humanidad.

Diferentes épocas, distintos lugares, pero, como señala Catherine Grenier, “no hay nada en sus obras que marque el tiempo en que han sido realizadas, y es porque no estamos ante artistas de la anécdota, sino de lo esencial”.

Al terminar la visita vemos fotografías de los estudios de ambos genios, una pequeña imagen de Rodin y alguna, obviamente más moderna y actual, de Giacometti trabajando. Y salimos de la Fundación Mapfre recordando una anécdota que muestra de nuevo la admiración del segundo hacia el primero. En una ocasión, Picasso, que sentía una especie de amor-odio hacia Rodin, comentó que su arte era demasiado “parlanchín”. Giacometti dio la cara por su maestro respondiendo: “Yo deseo que Picasso tenga tantas cosas que decir como Rodin… y que las diga tan bien”.

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Sobre el autor


Periodista que cree en la cultura como refugio y salvación del loco mundo en que vivimos. Redactora desde hace dos décadas en diversas revistas y periódicos de tirada nacional. Autora del libro de relatos ‘Preferiblemente vivas’ y de la novela ‘Los lugares rotos’, editados por Hidroavión. En Twitter, @SanchezGarciaS

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Un comentario

  • El 13.02.2020 , Lola ha comentado:

    Estos dos artistas expresan la “esencia humana” que, como siempre, es masculina

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