11.02.2015

‘Romeo y Julieta’ se meten en un ‘reality-show’ en Gandía

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Un momento de la obra 'Hey boy, hey girl' representada por La Pequeña Compañía. Foto: Javier Naval.

Un momento de la obra ‘Hey Boy, Hey Girl’, representada por La Joven Compañía. Foto: Javier Naval.

La Joven Compañía representa en el teatro Conde Duque de Madrid ‘Hey Boy, Hey Girl‘, un ‘remix’ de ‘Romeo y Julieta’ cuyo texto ha adaptado Jordi Casanovas. La fama y el poder, la influencia y el espectáculo rodean y hacen víctimas en esta versión a los Capuleto y los Montesco, metidos en un ‘reality-show’ de autocrítica despiadada.

Al igual que con algunas restauraciones arquitectónicas en las que el edificio original apenas es reconocible entre el acero y el metacrilato, muchas obras literarias pueden llegar a parecer otras si se entra en ellas sin escrúpulos. Es esa falta de consideración, esa pérdida absoluta de respeto (que no es sino respeto al autor original, la amputación necesaria para que su obra llegue a un público que es muy joven 400 años después de la muerte del creador) la que consiguió, en 1961, que la masa edulcorada que formaba el público estadounidense de la época acudiera al cine para ver el musical West Side Story. Aquel público, sin saberlo, estaba consumiendo ni más ni menos que el clásico Romeo y Julieta de Shakespeare y no eran conscientes de ello, al igual que el niño come puré ignorando la cantidad de zanahoria y espinacas que está tragando.

Podríamos pensar que algo más radical, por más desconsiderado y más irrespetuoso, hace La Joven Compañía con su labor pedagógica. Pero no es parecido: es exactamente lo mismo. De la tijera y el pegamento, de la laca y el maquillaje que han sufrido los Capuleto y los Montesco (reconvertidos en los KPL y los Manteka en este texto de Jordi Casanovas) nace Hey Boy, Hey Girl, la obra que actualmente representan en el teatro Conde Duque los viernes, sábados y domingos de febrero. Casanovas no se ha contentado con traer a Romeo y a Julieta a nuestros días, ni con hablarnos de ese sentimiento universal que no cambia a lo largo de los siglos: el autor (que define la versión como un remix) transforma a las familias en dos grupos de amigos que compiten por su pervivencia en un reality-show durante un verano en Gandía. Cambiemos las fiestas palaciegas por las noches de alcohol y drogas en Bacarra (la meca discotequera del Levante español) y la presión social que sentían los personajes de Verona por la que ejerce un cámara que tiene la obligación de grabarlo todo. Se acabaron también las notas manuscritas: han llegado whatsapp y Facebook. Y, por encima de todos ellos, Dios: el presentador del programa (encarnado en una grabación por Javier Gutiérrez, ganador del Goya a la mejor interpretación masculina por La isla mínima), mirando directamente, tras sus grandes gafas de pasta, a la grada de butacas y convirtiendo al público en una cuota de share. El presentador finge esa gravedad tan paolovasileniana que repele y cautiva, esa gravedad que no tiene fondo pero que no se arrepiente de nada. Como decía aquel personaje de Volver: me siento mal viendo estas cosas, pero cuanto más las veo más me enganchan y no puedo parar de mirar.

Porque si Romeo y Julieta era la historia de amor que encandilaba al espectador del siglo XVI, Hey boy, Hey Girl no es más que el equivalente de nuestros días: una muestra de esos romances que atrapan a los espectadores televisivos.

Sin embargo, La Joven Compañía (con su brillantísimo reparto) no habla aquí sólo de amor. Con las mismas tijeras con las que se han hecho virguerías en el texto original -pero ahora ya cerradas y empuñadas, dispuestas a ser clavadas-, arremeten a degüello contra la industria del entretenimiento que acapara las audiencias, contra el espectáculo animal que genera y consume la generación “más preparada de la historia”, contra la pérdida de dignidad y de derechos que esta imagen supone. Y ahí está el amor, sí, ese amor del bueno que saca a Romeo y a la July de la burbuja de frivolidad y manipulación en la que les encierra por contrato su reality-show, ese amor que se clava y les duele para abrirles los ojos a cuchilladas. Pero, por encima de todo, esas tijeras arrojadizas se las lanza La Joven Compañía -las lanzan sus actores- a la generación a la que pertenecen y representan, las lanzan contra sí mismos en una reyerta, en una crítica despiadada que, por el mero hecho de serlo, colma de esperanzas al espectador.

Porque de esa tijera y de esta laca, de este pintauñas y esos tupés, del poco respeto al texto original, de la visión deplorable que crea de sí misma esta generación que ronda los 25, brota algo a lo que muy pocas veces estamos acostumbrados: la noción de que hay algún lugar, alguna película, unas pocas novelas y unos pocos escenarios en los que los jóvenes más preparados de la historia podemos permitirnos el lujo de tener la admiración y el respeto que –no viene mal recordarnos- muy pocas veces podemos tener por nosotros mismos.

‘Hey boy, Hey girl’, de La Joven Compañía. Teatro Conde Duque de Madrid. Hasta el 28 de febrero. Jueves, viernes y sábados, a las 20.00 h. Mañanas de martes, miércoles, jueves y viernes, para grupos de estudiantes.

Un momento de la representación de 'Hey boy, hey girl'. Foto: Javier Naval.

Representación de ‘Hey Boy, Hey Girl’. Foto: Javier Naval.

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Sobre el autor


Enrique Llamas es licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Formado en emisoras como Cadena SER, Inforadio u Onda Cero, actualmente aprende y trabaja en Acerca Comunicación y programa los actos culturales del Colegio Mayor Isabel de España.

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