Rompamos con esa idea de que lo masculino ha de ser duro

Rompamos con esa idea de que lo masculino ha de ser duro

Foto: Pixabay.

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Los hombres necesitamos enfoques que permitan entender los grises de la masculinidad. En una era feminista, hay una oportunidad única para quebrantar esa posición obligadamente racional, autoritaria y dura de la masculinidad. Pero me preocupa que se estén atando unos valores a un género. Se siguen definiendo los géneros cuando la idea es diluirlos hasta hacerlos desaparecer. Y me preocupa también que se estén naturalizando esos valores únicamente para cuerpos definidos como mujer desde una lógica biológica binarista que considera que ser mujer pasa por tener genitales de mujer. Otra entrega de esta sección a dos voces. Diálogos sobre encuentros, el eterno femenino resistente y las masculinidades errantes. A cargo de Analía Iglesias y Lionel S. Delgado.

A los hombres se nos escucha más. Y se nos cree más. Eso ya se sabe. La voz del pater es la voz de la autoridad. El patriarcado no solo va de limitaciones económicas y laborales. El feminismo nos ha enseñado que también tiene que ver con legitimidades.

Así, la voz masculina tiene carga de autoridad. Y esta autoridad es legal (quién hace las leyes), moral (quién juzga y condena), económica (quién hace los negocios), sexual (el orgasmo de quién es más importante)…

Esto es lo que se llama lo masculino hegemónico, ese modelo de género que consigue una autoridad y poder para marcar pautas sociales, morales, culturales, estéticas. El concepto fue introducido por Raewyn Connell, la madre de los men’s studies, y para ella, la hegemonía que consigue un tipo concreto de masculinidad tiene fundamentalmente un objetivo: sostener el dominio de los hombres sobre las mujeres.

Sin embargo, esa dominación no solo se da hacia ellas. Aunque la dominación de los hombres sobre las mujeres sea un pilar fundamental del programa político de la masculinidad, la dominación de la masculinidad hegemónica también se da sobre otras masculinidades. Esa autoridad aplasta fuertemente también la diversidad masculina (que, ojo, tampoco es puramente víctima: muchas masculinidades reprimidas colaboran en la dominación de las mujeres).

Cuerpo y género

¿Por qué digo esto? Porque hay una relación compleja entre el cuerpo y el género. Porque si bien el cuerpo se inscribe en órdenes de género (social e históricamente construidos), los órdenes de género van más allá de los cuerpos. El género también se regula en las instituciones, en la política, en la economía… El género está en los cuerpos, pero también en las cosas, en lo social, en la cultura.

Así, cuando se habla del pensar masculino, no habría que mezclarlo con el pensar de los hombres. Tienen que ver, pero la relación es complicada.

Tradicionalmente, el punto de vista masculino es ese punto de vista objetivo y neutral que ostentaba la autoridad, pero esto tiene trampa. Cuando Analía habla de la razón masculina como la razón decidida, que no muestra (o no se permite mostrar) fallos o dudas, en realidad habla de regulaciones de género, no de hombres de verdad. Los hombres podemos participar más o menos de esos esquemas que marca la masculinidad hegemónica, pero nunca somos una encarnación perfecta de la misma. Esa Razón Masculina existe fuera de los hombres y es incorporada (en cada caso de manera distinta) en la socialización masculina. Somos y a la vez no somos esa razón. Complejo, pero bastante realista.

Hablemos más sobre ese desencuentro entre ser y deber ser.

La realidad que duele

El hombre siempre se ha visto partido en dos, entre el ámbito privado y el ámbito público. La mujer, lógicamente, también. El doble requerimiento afecta tanto a la mujer (que se encuentra debatiéndose entre la santa y la puta) como al hombre (que se mueve entre la razón y la emoción).

Sin embargo, solemos simplificar los análisis sobre los hombres. Esto, si bien puede ser útil políticamente (definir mejor al opresor o movilizar más con discursos más contundentes), nos puede entorpecer los diagnósticos y dificultar el poder comprender más y mejor la experiencia masculina, en el camino de diseñar herramientas efectivas de cambio masculino. A nosotros nos hacen falta, por lo tanto, enfoques que permitan entender los grises de la masculinidad.

¿Es la voz masculina la voz de la autoridad neutral? Bueno, creo que es necesario entender que solamente a una pequeña fracción de hombres se les permite ostentar esa voz de autoridad objetiva: en general, a los hombres cis, blancos, heteros, de clase media, con educación y neurotípicos. El resto de los hombres participamos de una forma u otra de esta autoridad, pero únicamente como consecuencia indirecta. Somos una versión “imperfecta” de esa autoridad hegemónica, así que tenemos autoridad, pero no tanta. Nos topamos así con la interseccionalidad, que implica reflexionar sobre los privilegios y la autoridad masculina en casos de hombres migrantes, racializados o de clases bajas.

Ahora bien, esa autoridad, aunque desigualmente repartida, la seguimos teniendo. Pero no gratuitamente: también hay un precio que pagamos por habitar esa autoridad. Como citaba Bourdieu de Marx, “el dominador está dominado por su dominación” que, en este caso, se entiende como que los hombres, al encarnar (o intentar encarnar) la razón, la objetividad, la disciplina y la decisión, entre otras cosas, nos olvidamos del cuerpo.

La contracara del hecho de que a la mujer se la relegase al puro cuerpo, y por lo tanto, a la pura irracionalidad, al cambio y a la inestabilidad (negándole el papel en la ciencia, en el saber, en la civilización), es que al hombre se le niega el cuerpo. Los hombres, en el intento de ser razón, dejamos la emoción de lado, dejamos la posibilidad de ser inestables, negamos la existencia de un cuerpo hormonado y cambiante.

Pero, SPOILER: la emoción no desaparece al negarse. De ahí los brotes de ira, de ahí la tristeza radical, de ahí que cuando tenemos un bajón pensamos que “estamos rotos”, en vez de entender que también vivimos ciclos emocionales.

La lógica binaria

El feminismo ha tenido un impacto directo en la vida de los hombres: ha permitido entender a través del concepto de género que también existen constructos culturales que dialogan con los cuerpos y que incorporan en la carne lógicas culturales, imperativos morales y disciplinas subjetivas. Así como no se nace mujer, sino que se llega a serlo, tampoco se nace hombre, se llega a serlo.

Ahora bien, históricamente, los géneros se han construido en lógicas binarias. Oposiciones fundamentales del pensamiento occidental (fuerte/débil, fuera/dentro, seco/húmedo, luz/sombra, arriba/abajo) que se tejen con un discurso sobre los cuerpos y terminan dibujando un mundo simple donde hay dos sexos, dos géneros, y toda una serie de atribuciones emocionales y racionales.

En una era feminista, donde hemos conseguido identificar como caduca e inservible la lógica de lo masculino como punto neutral, hay una oportunidad única para fracturar el sistema sexo/género en su base. También hay una oportunidad única para quebrantar esa posición obligadamente racional, autoritaria y dura de la masculinidad. El feminismo nos permite ser cuerpos otra vez, reencontrarnos con lo orgánico y abrir la puerta a poder cuidar y cuidarnos más y mejor.

Sin embargo, se corre el riesgo de que, al rechazar la lógica masculina, simplemente se invierta la jerarquía pero se mantenga intacto el binomio. Ahora, puede pasar a ensalzarse la lógica femenina, el saber irracional, lo corporal como medida, sentir y dudar. Y me parecen valores geniales que ensalzar. Pero me preocupa que se estén atando unos valores a un género. ¿Es femenina la duda?

Esto podría estar alimentando el discurso de género, cuando la idea es destruirlos. Se siguen definiendo los géneros (ahora en función de si existe una racionalidad sexuada o no), cuando la idea es desdefinirlos, diluirlos hasta hacerlos desaparecer.

Me preocupa también que se estén naturalizando esos valores únicamente para cuerpos definidos como mujer desde una lógica biológica binarista que habla de cuerpos determinados biológicamente que considera que ser mujer pasa por tener genitales de mujer (sí, hablo del debate tan encendido sobre el papel del tema trans en el feminismo).

¿Es revolucionario sostener la regulación binaria? ¿Es útil una lógica reactiva que siga ligando valores a géneros y géneros a sexos de manera férrea? ¿Cómo sería una razón no binaria? Hablo de la trascendencia del pensamiento lógico de género pero no cayendo en la basura esa de que “somos todos iguales”. Más bien, al contrario: diluir los binarios incluyendo elementos, haciendo estallar las lógicas en posiciones diversas.

Incluir, incluir e incluir hasta que el globo estalle. Incorporar combinaciones inimaginables en las prácticas sexuales, en las prácticas de género, en las identificaciones, en los discursos. Destruir el género no prohibiéndolo, sino saturándolo.

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