31.03.2014

Rubenimichi, conexión sobrenatural

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Los artistas Rubenimichi siguen con su exposición ‘Sobrenatural‘, una visión panteísta de la naturaleza, con conexiones mágicas y guiños masónicos. Un acercamiento vanguardista al poder de los petirrojos, las manzanas con ojos y el laurel. Entramos en su casa, llena de duendes, cuadros y muñecos. Todo un museo ‘hipster-kitsch’.

No les gusta llamarse colectivo. Son un monstruo sensible de tres cabezas. Un ser algo extraño que trabaja a seis manos. Un engendro creador panteísta. Una Santísima Trinidad barbuda y masónica. Rubén, Michi y Luisjo, Rubenimichi, llevan pintando desde 1996. Hipsters antes de que se acuñara el término; no hay más que verles, ver sus jerseys y sus barbas, sobre todo la de…, creo que la enorme y mullida es la de Michi, al que le das dos besos y siempre piensas que se quedan habitando en algún lugar entre el pelo, enredados junto a vencejos y escaramujos, y que él nunca llega a sentirlos en la piel. No hay más que hablar con ellos y visitar su casa, todo un museo hipster-kitsch.

Ante todo, modernos por naturaleza. Naturales. Te hacen sentir bien, pero a menudo sientes que hay algo que se reservan, algo que se te escapa. Sobrenaturales. Porque su obra respira una fuerte conexión con plantas y animales, pero despide una inspiración extraña, como ellos, que pueden resultar raros pero sobre todo son plácidos. Un link telúrico. Por algo sus dos últimas exposiciones, en las galerías Mutt de Barcelona y Espai Tactel de Valencia (abierta esta hasta el 17 de abril), se han titulado Sobrenatural y el cartel inquieta. “Todo se mueve en un bosque ficticio”, dicen. Y, por cierto, hable el uno, el otro o el otro, quieren que todo lo diga Rubenimichi, el monstruo de tres barbas. “Es lo bueno de no sufrir egos que alimentar y de no tener desavenencias artísticas”, aclara al unísono Rubenimichi.

“Sí, nos acercamos a la naturaleza, pero de una manera sobrenatural. Tenemos una visión panteísta del mundo. Concebimos la naturaleza como nuestro dios”. Por eso, sus lienzos en acrílico, que recuerdan a una mezcla entre Rousseau El Aduanero y el pop surrealista (o lowbrow) del californiano Mark Ryden, que beben sin desmayo de El Bosco y de los clásicos flamencos -a los que idolatran; horas se pueden pasar ante El Descendimiento de Van der Weyden, en El Prado-, están llenos de manzanas y troncos con ojos, de urracas y ardillas, y laureles, el símbolo de la victoria. Y, sobre todo, de dos de sus iconos: “El petirrojo, símbolo de la lujuria; y los monos, que son como los seres humanos, pero desprovistos de prejuicios”.

Y por eso desde hace diez años, prácticamente todos los fines de semana, ellos, 3 en 1, a los que a simple vista los puedes asociar con largas sesiones clubbers en Malasaña, se retiran a su casa en Candeleda, en Ávila, el pueblo de uno de ellos, creo que de Rubén, que les permite desarrollarse personal y artísticamente. Sin horarios. “Allí no miramos el reloj; comemos cuando tenemos hambre y dormimos cuando tenemos sueño. Somos un poco más salvajes”. Allí pintan, cuidan del jardín y dan de comer a todos los pájaros que se les acercan. “En nuestra próxima serie habrá herrerillos y carboneras, porque la parcela se nos está llenando de ellos”. Jardín de 1.000 metros cuadrados en el que han plantado nada menos que 150 especies. “Queremos que sea un bosque denso cuando todo crezca”.

Su próxima exposición en la madrileña Fresh Gallery, para finales de año, girará también en torno a la naturaleza, pero desde la perspectiva de los ritos paganos, de esas fiestas ancestrales de pueblo en que la gente se viste con pieles de animales y se celebra la carne o la siega, el fin del invierno o la llegada del verano. Su deseo es seguir ahondando en todo lo que hay de mágico en la relación del ser humano con la tierra. De esa devoción a lo natural surgen sus críticas a la agresión permanente que desde la sociedad y desde el poder se inflige al medio natural. “No podemos entender que el delito ambiental no esté más perseguido y castigado, que a un pirómano no se le trate como a un asesino”.

Templarios por esa adoración a lo telúrico. Masones también. El abuelo de uno de ellos, creo que de Michi, fue el fundador de una logia en Levante, y de ahí les viene ese acercamiento al movimiento que promueve el progreso y la fraternidad, pero fue estigmatizado -con mucho éxito por cierto- por Franco, que se traduce en la constante presencia en sus trabajos del ojo, el compás y el cartabón. Junto a petirrojos y mariposas, libélulas y pirámides, ahora les ha dado también fuerte por los alfabetos rúnicos.

Su casa, en el barrio madrileño de La Guindalera, es un currado y divertido museo hipster-kitsch, con muebles años sesenta/setenta -el recibidor les ha quedado tal cual lo tenía la abuela de uno de ellos, no sé si de Luisjo o de Michi-, dos perritos, dos pajarillos, colecciones de dispensadores de chicles Pez, de toys en miniatura, de gatos chinos de la fortuna… De obras suyas, como la que pintaron para la exposición Gayperman se va de casa en Mad is Mad, figuritas de porcelana de aves, un Lladró de Jaime Hayón, un Mariné, dos lienzos de Gloria Van Aerssen (una de las veneradas componentes del dúo musical Vainica Doble), dibujos de otros artistas ahora mismo en el candelero (que no en Candeleda ni en el candelabro), como Ricardo Cavolo, Alberto de las Heras y Aitor Saraiba, una postal que les enviaron Pierre et Gilles, una litografía de Mark Ryden, un grabado del tejano -maestro del foto-realismo- Ron English, obra del psicodélico californiano Tim Biskup, dos escarabajos gigantes… Hasta el cuarto de baño -empapelado con unas irrestibles florecillas- es una auténtica galería hipster…; eso sí, el lavabo es de Ikea. Uno se quedaría una tarde entera fisgando…

Cuando toco el timbre de su casa, un perrín ladra con insistencia. Quizá es que algo pasa… Y antes de abrirme el amable monstruo barbudo de doce extremidades, todos los duendes que habitan en la multitud de objetos de las vitrinas de su casa corren a esconderse en el altillo o bajo la cama…

Y los mágicos Rubenimichi se transforman en normales y majicos para atenderme y darme la entrevista que acabáis de leer.

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Sobre el autor

Rafa Ruiz
Periodista convencido de que las luces al final del túnel solo se ven desde una perspectiva progresista de la realidad, con un compromiso sólido con la cultura, el arte y el medio ambiente, temas a los que ha dedicado la mayor parte del tiempo de su vida profesional -10 años en 'El País' y 15 años en 'El País Semanal'-. Autor de los libros de cuentos infantiles 'Toletis' y 'Ninoninoni', codirector de la galería madrileña Mad is Mad -centrada en artistas emergentes- y uno de los socios fundadores de la Asociación de Periodistas de Información Ambiental (APIA).

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Un comentario

  • El 01.04.2014 , José Manuel García Rupérez ha comentado:

    Geniales,intuitivos y “asombrarios”. Felicidades por tu artículo, Rafa.

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