15.09.2013

Salvación a cambio de obediencia

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‘Arraianos’, de Eloy Enciso, es una película sobre el amor a un estilo de vida. Sobre la esencia de unos hombres y mujeres fascinados por su entorno gallego. De una gente enraizada hasta el fondo con su tierra. El filme, que estuvo en la sección oficial de Locarno en 2012 y que ganó en el Festival de Sevilla el premio Nuevas Olas, se ha estrenado este viernes en cines, DVD y plataformas digitales. Este es nuestro homenaje a una Galicia que siente en el alma la destrucción estos días de una de sus joyas naturales, el Monte O Pindo, arrasado por el fuego.

JOSÉ RAMÓN OTERO ROKO

Puedes seguir la web del autor. www.cineyperiodismo.es

Quizás los conservadores somos nosotros que nos hemos anclado en la modernidad mientras el mundo progresaba al sometimiento. Quizás las ideas que pensamos que emanciparan a los humanos se han vuelto un espejo en el que casi nadie quería mirarse. Quizás la forma menos peligrosa de resistirse a cuanto ocurre es vivir en el pasado, donde unas pocas cosas suceden miles de veces. En Arraianos (Eloy Enciso, 2012), los habitantes de la frontera, los que viven en la Araia entre Portugal y Galiza, recitan una obra de Marinhas del Valle escrita en 1977, estáticos, sin mirarse, y, a diferencia de las películas de Straub y Huillet, vencidos por la naturaleza que les rodea, como si ya hubieran muerto. Cantan, pero salvo ellos mismos, nadie les escucha. Traen a la vida las “bestas”, pero sólo para sustituir las que fallecen por otras nuevas que logren que todo permanezca como estaba. Esperan desesperadamente que continúe el sinsentido en una Galicia a la que todo le es ajeno, excepto una costumbre cuyo origen se pierde sin permitirnos adivinar quién la impuso.

Arraianos es un retrato de un lugar en el que fracasó el siglo XX. Un retrato de amor por un modo de vida que parece un recuerdo más que un acto en plena vigencia, fascinados por el entorno, posiblemente hasta perder el conocimiento y pensar que su única función, su única razón de ser, es la perfección de lo sencillamente bello. Hay que amar mucho a esa tierra para mostrarla sin otra épica que la que le es inherente por ser uno de esos sitios que han logrado detener el tiempo. Desde hace un par de décadas sentimos que el mundo que hemos conocido los que ya vamos teniendo algún año, el mundo que conocieron nuestros padres y nuestros abuelos, se nos escurre de las manos y tratamos de recoger y guardar las pruebas de que alguna vez existió, de que por un tiempo fuimos simultáneos aunque no contemporáneos. Ese mundo fue la única manera que encontraron sus pobladores de hacer habitable una clase de perfección en la que no había sitio para el ser humano. Las fragas galegas, los ríos de oro, los caminos imperceptibles, cubiertos de hojas, la parte exterior de un océano en el que a menudo no se podía nadar. Que los hombres son unos entes extraños a la naturaleza de esa tierra lo demuestran cada año los incendios que se extienden durante días en un suelo, que de seguir cubierto de robles y castaños, jamás hubiera permitido que el fuego recorriera un metro. Y lo demuestran ellos mismos, pendientes de que la pedra, el árbore y el ceo, el cielo, sigan en el mismo sitio y no se abalancen sobre los pocos que quedan tratando de vivir a su lado.

Arraianos, que se estrenó el pasado viernes 13 de septiembre en salas (Filmax en Corunha, Cinemes Girona en Barcelona, Renoir Princesa en Madrid) y simultáneamente se lanza en DVD, en una espléndida edición con libreto y multitud de extras a través de su página web, y VOD en las plataformas Filmin, MUBI, CANAL + Yomvi y 400 Films, por la distribuidora granadina Cine Binario, es un documento, no una historia ni una película convencional, sobre un territorio hasta ahora habitado, sostenido por un frágil equilibrio entre la humanidad que fuimos y la selección natural a cuya cabeza lo hemos destruido y construido casi todo. Los ecólogos dirán que estos habitantes de la frontera practican un “estilo de vida” sostenible, que no pone en peligro su hábitat. Sin embargo, habría que intentar pensar que hay más opciones aparte de esa y la de los urbanitas, porque las dos son una constante servidumbre, una sometida a una belleza y perfección que no nos necesita y la otra a deseos y sueños que solo se pueden alcanzar si aceptamos ser sus prisioneros.

Y posiblemente por eso Arraianos es una obra que trasmite un cierto temor de que ese mundo se desmorone o de que, al contrario, permanezca impermeable, intangible a los que solo tienen ojos para mirar hacia el futuro. Cada año que pasa es un año más que ese trozo de nuestros antepasados logra salvarse a cambio de jurar obediencia a un ente que en las ciudades no creemos que exista, porque no somos capaces de verlo ni de sentirlo. Sin embargo ahí está, haciéndonos pagar un alto precio por abandonarle, por no sentir miedo ante él e ignorar su presencia.

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2 comentarios

  • El 15.09.2013 , Ricardo ha comentado:

    Compartí hace años, durante una semana, ese tipo de vida en una pequeña aldea de Lugo, donde no moraban más de cuatro vecinos y ellos mismos separados entre sí por una distancia considerable. Las casas tenían más de trescientos años y lo más moderno que ha entrado en ellas es la luz y el agua corriente. Las habitaciones sobre la cuadra para aprovechar el calor, y por lógica el edor. Cuando ponían la máquina de la harina, la luz bajaba tanto de intensidad que casi nos quedábamos a oscuras y para que el agua saliese por el grifo había que darle a la bomba manual, ya que esta la obtenían del monte aprovechando el desnivel. Por supuesto la ducha y el baño estaban en la planta baja. Se levantaban a las cinco de la madrugada, tomaban un caldo caliente y un orujo y ala!, el a llevar las vacas al Prado y ella a realizar sus labores domésticas, entre las que se encontraba el huerto y dar de comer a las gallinas y los cerdos. El volvía a comer cuando recogía las vacas y tras un pequeño descanso, de nuevo a las faenas cotidianas, como cortar la hierba para el ganado, plantar o recoger las patatas, cortar el trigo o almacenar las balas de hierba en el horreo. Los fines de semana bajaba ella al mercado del pueblo más cercano a vender sus quesos y productos de la huerta. Y marido y mujer pasaban así día tras día, casi sin verse, casi sin hablarse ni sentirse. Pero eran felices y se miraban de reojo, pero con ternura. No necesitaban de nada que la ciudad les pudiera dar. Y amaban su casa, sus tierras, su aldea. En una palabra eran parte ya del paisaje, de la naturaleza de la zona, algo increíble ni no se vive aunque sea una vez en la vida. Mi más profundo cariño a esas gentes abnegadas que hacen que esa otra forma de vida exista y sea contada.

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