02.02.2020

Seguimos necesitando la etiqueta ‘LGTB+’ en literatura…, ¿o no?

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Foto: Pixabay.

Hace unas semanas lanzamos en ‘El Asombrario’ una pregunta: ¿Podemos hablar de una literatura específicamente LGTB+? Para responder y llegar al fondo de la cuestión partimos de la definición de Gregory Woods en su obra ‘Historia de la Literatura Gay’ y la contrastamos con la opinión de un heterogéneo grupo de representantes de la literatura LGTB+ en España: el dramaturgo Guillem Clua, la novelista Gema Nieto, el ensayista Ramón Martínez y la escritora Pilar Bellver, además de las editoriales Amor de Madre y Dos Bigotes. Continuamos con el debate, hablamos ahora sobre la pertinencia de las etiquetas y añadimos al conjunto de intelectuales a la poeta Eva Gallud y a la escritora Elizabeth Duval. ¿Hasta qué punto es beneficioso para el colectivo seguir utilizando etiquetas para categorizar su producción artística y cultural?

La historia de la literatura producida en el seno de cualquier grupo oprimido es casi siempre la misma: condenada a ser leída y apreciada únicamente por una minoría hasta que llega un lector externo y descubre que, dentro de sus peculiaridades y diferencias, el grupo oprimido también es capaz de generar productos culturales de calidad e interés general. Es en ese momento –cuando la validación llega desde afuera–, cuando lo que antes era algo localista, específico y “menor” puede hacerse universal, relevante, reconocido. Rentable económicamente. Mainstream.

Lamentablemente, esto no es lo que suele ocurrir en la mayoría de casos. Por lo general, cuando la población LGTB+, las personas racializadas o cualquiera fuera del umbral del cisheteropatriarcado describe o problematiza sobre su realidad inmediata a través de la escritura, tienen que conformarse con ser encasilladas en un subgrupo dentro de la literatura general. Confinadas en una especie de gueto literario. Enclaustradas en una pequeñísima parcela dentro de un enorme jardín, bien cercada por sus cuatro costados.

Convertidas en una etiqueta ejemplarizante, simple, efectiva. Reconocible.

Es en este contexto en el que surge un poderoso debate: ¿qué es más importante: dar prioridad a la etiqueta, y facilitar así que un grupo identitario encuentre referentes y pueda disfrutar de una literatura donde se puede sentir representado, o intentar que la diferencia se integre dentro de la literatura general para así llegar a más público y contribuir a normalizar la cuestión?

Amor de Madre. “Viviendo en la sociedad cisheteronormativa en la que vivimos, las etiquetas nos señalan el camino para encontrar esa producción cultural que nos representa y nos visibiliza. En un mar de personajes cishetero, resulta realmente complicado verse representado, encontrar referentes y es evidente que vivir sin referentes es una absoluta tragedia. Por eso, desde nuestra perspectiva, que exista una etiqueta facilita el trabajo a la hora de encontrar esos referentes. Somos conscientes de que el etiquetar algo suele venir de la mano de establecer una diferencia, de añadir una nota a pie, y una de nuestras luchas es precisamente la de dejar de ser considerados como lo diferente, lo que no es normal.

Evidentemente, sería genial que no hiciese falta esa etiqueta porque el volumen de representación LGBT+ fuese tan alto que ya se haya trascendido al concepto de “lo normativo”, pero lo cierto es que todavía no hemos llegado a ese punto. Lejos de considerarlo un gueto, nos parece que acentuar la existencia de cultura con gran representación LGBT+ trae a lo mainstream toda una producción cultural que ha estado relegada a los márgenes. Se trata de dar mayor presencia a esta producción para que sea más fácil y accesible encontrarla, para que los referentes LGBT+ dejen de estar ocultos y puedan ocupar ese lugar central que tan necesario es que ocupen”.

Eva Gallud. “Las etiquetas son un arma de doble filo: indican, pero también marginan. Lo ideal sería un mundo sin etiquetas donde, además, hubiera un acceso fácil y amplio a todo tipo de literaturas. No obstante, las etiquetas nos ayudan a visibilizar y son útiles y necesarias a la hora de buscar referentes o narraciones que puedan hablar más directamente al colectivo.

Por otra parte, dentro de la esfera comercial, no adherirse a esta etiqueta o no utilizarla para definir estas literaturas es una manera de hackear un sistema que, en muchas ocasiones, nos deja fuera (de anaqueles, de escaparates, de listas del año) porque no suelen ser libros a los que se acerque una mayoría de lectores. De esta manera, al no marcarlos, se consigue hacer llegar historias, experiencias y mensajes a personas que, de otro modo, no se acercarían a estas literaturas”.

Guillem Clua. “Creo más necesaria la presencia de contenido LGTB+ en el mainstream de manera habitual, normalizada y valiente. La etiqueta sigue existiendo, y está bien que sea así, para aquellos lectores o espectadores que busquen argumentos LGTB+ específicos y realidades con las que se puedan identificar en primera persona. Pero creo que es muchísimo más poderoso, como creador, luchar para conseguir que una historia LGTB+ sea la principal en una serie de éxito global de Netflix, en un prime time de TVE o en la novela más vendida del año en España”.

Pilar Bellver. “Mientras que la norma social y el canon literario sean heterosexuales y androcéntricos, este tipo de etiquetas serán, en primer lugar, inevitables. Pero conste que los guetos no se perpetúan porque los definamos, sino porque el sistema político y económico los mantiene como tales para evitar que su normalidad se contamine y para salvaguardar así los privilegios que esa normalidad les otorga. Y sí, yo creo que son además necesarias, en el sentido utilitario de la palabra.

Porque, por un lado, es cierto que esas etiquetas son una prueba de la estigmatización a la que el canon literario nos somete a quienes describimos protagonistas y realidades contrarias al patriarcado heterosexista, pero son también una herramienta, una linterna, para mucha gente que está buscando (a tientas en su oscuridad) una orientación. A muchos colegas les molesta que los clasifiquen como escritores gais. Quizá una parte de su incomodidad con el estigma tenga que ver con su deseo, más o menos legítimo, de formar parte de la élite literaria normalizada del sistema.

A mí, sin embargo, me importa un pito cómo este sistema decida clasificar mis novelas porque estoy en contra de la mayoría de sus clasificaciones. Si una mujer llega a mi obra no por su calidad, sino por necesidad, simplemente porque aparece en un listado LGTB+ y ella está buscando novelas en las que poder sentirse reflejada como lesbiana, yo me alegraré mucho de que me encuentre. Y me alegraré aún más, porque la literatura es política y un bien social, si mi trabajo acaba sirviéndole de algo. Por otra parte, a mí no me parece nada incómodo estar en una lista junto a mis clásicas Virginia Woolf o Carson McCullers, Patricia Highsmith, Gloria Fuertes, Elena Fortún, Djuna Barnes, Judith Butler, Joanna Russ, Susan Sontag, Jeanette Winterson… o incluso Sor Juana Inés de la Cruz”.

Elizabeth Duval. “Me parece que, a la vez que son necesarios espacios específicamente LGTB+, la etiqueta de literatura queer o literatura LGTB+ enclaustra a la literatura de esos autores en un espacio delimitado, como una especie de coto privado situado en los márgenes de lo que es la literatura con mayúsculas, y que hasta que no nos deshagamos en cierta manera de esa noción, o no se den las condiciones para que podamos liberarnos, autores LGTB+ no podrán participar ni dictar lo que es la literatura. Y creo que el objetivo tiene que ser, precisamente, ampliar el espacio de lo que esa literatura constituye, más allá de quedarnos cómodos en una suerte de gueto de autores LGTB+ que se leen entre ellos y son leídos por un público LGTB+”.

Dos Bigotes. “Creemos que la etiqueta sigue siendo necesaria, en la medida que visibiliza una realidad, ofrece referentes, aporta diversidad… Para nosotros esto es una forma de hacer activismo a través de los libros. Siempre lo decimos, pero estamos convencidos de que la literatura es un arma eficaz para: por un lado, conseguir que un lector o lectora se identifique con lo que está leyendo; y, por otro, mostrar una realidad que no siempre está presente en la literatura.

Nuestro lema es ‘Literatura contra el silencio’, que se puede interpretar de diversas maneras, pero quizá la más importante es dar voz a aquellos y aquellas que no la tienen”.

Gema Nieto. “El principal problema de la literatura con temática LGTB+ no es tanto la creación de un “gueto” sino la bajada preocupante de nuestros baremos: estamos tan carentes de productos culturales que traten nuestras problemáticas concretas que cuando nos encontramos con una obra que sí lo hace no la juzgamos con los mismos niveles de exigencia que aplicamos a las demás. Todos hemos crecido en un mundo de referentes audiovisuales prioritariamente masculinos y heterosexuales, sobre todo presentados en las películas, los libros y las series. En las ficciones adultas los personajes homosexuales con peso protagonista han sido minoritarios o directamente inexistentes, lo que nos ha obligado a muchos a adaptarnos y resignarnos con lo poco que podíamos encontrar. Por eso, conociendo la existencia de ese público todavía ansioso por historias LGTB+ o que las demanda, temo que la calidad literaria de las mismas se resienta o incluso las concesiones al morbo gratuito sean cada vez más frecuentes.

Más allá de esto, la labor de la literatura LGTB+ continúa siendo decisiva. La reivindicación de la identidad pasa necesariamente por la existencia y reconocimiento de referentes que ayuden a ello. El desprecio o la negativa de muchos a hablar de “etiquetas” resulta frustrante y muy dañina, porque si no permitimos que nos etiqueten, no hay manera de normalizar esas etiquetas que engloban vidas, circunstancias, relaciones… Uno de los argumentos favoritos de los detractores de las personas LGTB+, o del matrimonio homosexual, es que “no es normal”. Por eso es tan importante la normalización en todos los ámbitos: que amigos, familiares, compañeros de trabajo, jefes, alumnos… vean que nuestras vidas son exactamente iguales a las suyas. O, al menos, que ningún estilo de vida extrañe ni sea motivo de marginación, agresión o denuncia, aunque no se ajuste al modelo tradicional. Y la literatura, como cualquier otro medio de expresión y comunicación, es una vía idónea para conseguirlo”.

Ramón Martínez. “El gueto, la diferenciación, se perpetuará mientras exista la discriminación. La manifestación de una cultura marcada con una etiqueta es una simple consecuencia, pues es una herramienta de supervivencia frente a la LGTBfobia. Cambia, es cierto, y cada vez se diluye más lo que en otro momento podríamos considerar una «cultura propia», pero mientras haya quien nos odie habrá quienes necesitemos un espacio seguro, también en el ámbito cultural”.

Algunas recomendaciones literarias para 2020.

Un autor/a LGTB+ imprescindible:

Amor de Madre: Alana Portero.

Eva Gallud: Alana Portero.

Guillem Clua: Gabriel J. Martín.

Pilar Bellver: Gloria Fuertes y Virginia Woolf.

Elizabeth Duval: Sara Torres.

Dos Bigotes: Luisgé Martín.

Gema Nieto: Marguerite Yourcenar, Djuna Barnes, Tom Spanbauer y Jeannette Winterson.

Ramón Martínez: Lola Van Guardia, Isabel Franc, José Luis Serrano y Paco Vidarte.

Un libro LGBT+ que todo el mundo debería leer:

Amor de Madre: Cambiar de idea, de Aixa de la Cruz; Ella, tan amada, de Mazzucco; Afinidad, de Sarah Waters; My lesbian experience with loneliness, de Nagata Kabi. Y, por supuesto, Cuadernos de Medusa.

Eva Gallud: ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, de Jeanette Winterson.

Guillem Clua: Las horas, de Michael Cunningham.

Pilar Bellver: Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana, de Adrienne Rich; la monumental Política sexual de Kate Millet; Orlando, de Virginia Woolf.

Elizabeth Duval: En breve cárcel, de Sylvia Molloy.

Dos Bigotes: El lustre de la perla, de Sarah Waters.

Gema Nieto: Alexis o el tratado del inútil combate, de Marguerite Yourcenar; El bosque de la noche, de Djuna Barnes; El hombre que se enamoró de la luna, Tom Spanbauer; Fruta prohibida, de Jeannette Winterson.

Ramón Martínez: Con pedigree, de Lola Van Guardia e Isabel Franc; Lo peor de todo es la luz, José Luis Serrano; Ética marica, de Paco Vidarte.

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Sobre el autor

Carlos Asensio
Carlos Asensio (Mallorca, 1986) es licenciado en Sociología y Ciencias Políticas, además de experto en feminismo y en diversidad sexual. Ha publicado los poemarios Arder o quemar (Maclein y Parker, 2019) y Dejar de ser (Chiado, 2017), y su poesía también ha aparecido en varias revistas literarias como Maremágnum, OcultaLit o Triadæ Magazine. En 2018 cofundó la editorial Circo de Extravíos, cuyo primer volumen es la antología de poesía ilustrada Amores líquidos (2019). Carlos colabora con medios como Diario16, El Asombrario, 20 Minutos u OcultaLit.

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Un comentario

  • El 05.02.2020 , mosca ha comentado:

    interesante discusión, aunque algunas de las opiniones expuestas (particularmente las menos argumentadas) tienen un deje conservador que recuerda a aquel viejo debate sobre la literatura femenina/de mujeres: adjetivar la literatura parece que la rebaja a una categoría inferior (porque la subcategoriza, se da a entender), y por eso aquellas respetables autoras de antaño pugnaban por jugar meramente en la liga de la Literatura con mayúsculas y no en la de mujeres; lo mismo sucede con ciertxs autorxs de la literatura lgtb+, aun pese a la flagrante contradicción de autoarmariarse concibiendo así su propia literatura y el espacio cultural que corresponde a la literatura lgtb+. no podría estar más de acuerdo con la opinión de gema nieto: la calidad literaria y no el etiquetaje es el verdadero problema de la literatura lgtb+; apostando más por ella, haciendo de ella una literatura mejor (y no tanto disolviendo su categorización lgtb+ para que llegue a la gente cishet) será como se conquiste la lucha social y cultural. por compararla con la literatura de género, la ciencia ficción hasta no hace tantos años era vista como basura comercial para frikis, y hoy día está conquistando el terreno editorial porque ha sabido jugar de forma muy posmo tanto con la baja como con la alta cultura, hasta el punto de volver inoperativa la distinción. tanto la literatura propiamente lgtb+ como la de ciencia ficción nacieron igualmente en el pulp, y mientras la primera no ha sabido emanciparse de los estrechos parámetros comerciales del pulp, la cifi sí lo ha hecho, estetizando incluso lo que de pulp resta en ella. con más talento, más ingenio y más garra literaria se podrían hacer maravillas de la literatura queer y, tal vez, incluso así se podría conquistar un reconocimiento cultural, probablemente inalcanzable por las vías de la política al uso. plantear como el principal problema de la literatura lgtb+ su propia autodefinición categorial en vistas a la posible pereza que pueda suponer al público cishetero, me parece que es en el fondo un prejuicio lgtbfobo que asume que la mirada válida es la generalista (la cishetero, por tanto, que consume cultura sin adjetivos)

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