07.04.2014

Sergi Bellver: “Un escritor debe mirar de frente a sus demonios”

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El escritor Sergi Bellver. © M.

El escritor Sergi Bellver. © M.

Sergi Bellver consigue con ‘Agua dura’ un libro de relatos elogiado por la crítica “en torno al agua como metáfora oscura, acerca de la complejidad de las relaciones humanas”

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“La tierra está tan apelmazada que el chorro de orina ni siquiera levanta polvo”. Con este epigrama que puede servir de análisis sociológico comienza Agua dura (Ediciones del Viento, 2013), un libro de relatos elogiado por la crítica “en torno al agua como metáfora oscura, acerca de la complejidad de las relaciones humanas”, según palabras de su autor. Aunque es el primer libro propio de Sergi Bellver (Barcelona, 1971), este escritor ocupa ya un hueco en el panorama narrativo español gracias a las compilaciones en las que ha participado o a las ediciones y prólogos que ha firmado, como la antología Mi madre es un pez (Libros del Silencio, 2012, con Juan Soto Ivars) o el exquisito Chéjov comentado (Nevsky Prospect, 2012). También es uno de los fundadores del movimiento Nuevo Drama. Estamos frente a un autor puro que destila en sus relatos una sensibilidad especial, insobornable, a veces inmisericorde. La familia como entorno hostil como gran tema, pero no sólo. “Agua dura ya es un pequeño muestrario de tragedias familiares”, dice en esta extensa conversación. “A este paso voy a acabar como Haneke”.

“Y ahora me llaman salvaje, porque me parto las manos en el espinazo de la bestia, porque pobre bestia, dicen, porque ahogo sus gritos casi humanos con los míos, animales ya, y porque me hermano con ella en cada golpe”. Llama la atención la presencia constante en tus relatos de los animales. Te sirven para describir a los personajes, y a veces son parte de la trama, como en ‘Propiedad privada’.

Creo que no podrías haber escogido mejor ejemplo, con esa cita de ‘En la boca del otro’, para resumir lo que he intentado hacer con todo ese material simbólico en la mayoría de cuentos de mi libro. Mi particular bestiario no está ahí por casualidad. En ‘Propiedad privada’ todos los animales que tienen algún papel en la historia son hembras, ya que están en cierto modo conectados con los dos personajes femeninos, la niña como víctima inocente y la joven protagonista, Diana, que tampoco se llama así por capricho y que va a descubrir una nueva y rara forma de liberación. Ese cuento es, quizá, el que contiene más capas de lectura de cuantos he escrito, a pesar de su aparente sencillez formal, con un desarrollo casi de guión cinematográfico, escena a escena y sin apenas digresiones. Y en las capas más profundas, o al menos así lo escribí, es un canto a lo femenino primordial pero, sobre todo, un relato contra los excesos del materialismo.

En otros cuentos los animales cumplen funciones diversas a la hora de tejer alegorías y completar significados. En ‘El nudo de Koen’ las aves amenazadas tienen que ver con el padre y las vacas con una referencia recurrente a la leche, pues no en vano el cuento habla, entre otras cosas, de un reverso extraño de la maternidad. En ‘Los ojos de Sarah’, ya que los protagonistas son dos judíos a la caza del criminal de guerra nazi, echo mano del Antiguo Testamento y, por ejemplo, lo que sucede con la serpiente al inicio avanza lo que ocurrirá más tarde con el antagonista, por no hablar de los terneros y un tabú del judaísmo al final del cuento. En ‘Banana Dream’ aparece medio zoológico para reírme un poco de lo más hueco de la posmodernidad. Las tortugas y los elefantes de ‘La manada’ me sirven de ladrillo y argamasa para reproducir los muros que alzamos entre nosotros ante la precariedad. Los ‘Pájaros que llegan a Moscú’ acompañan a un muchacho de la taiga, desubicado en la metrópolis, en su viaje al otro lado de la ley y hacia la soledad. En ‘Islandia’, necesariamente, todo el campo semántico de referencias tiene que ver con la fauna marina. Una auténtica jauría de perros merodea por todo el libro y, desde luego, ese jabalí de ‘En la boca del otro’ no hace otra cosa que revelar cómo los humanos podemos convertirnos en bestias para nuestros semejantes cuando les consideramos extraños. En resumen, en Agua dura he prescindido del afán explicativo y biográfico convencional a la hora de construir personajes y he preferido centrarme en sus pulsiones, instintos, temores y obsesiones. Por eso he usado el arsenal simbólico de lo animal, un catálogo de tótems que llevamos en el subconsciente desde nuestros ancestros. Y por eso también algunos de mis cuentos activan resortes distintos en lectores diferentes, porque no son historias concluyentes, sino vías abiertas para quien desee explorarlas sin prejuicios.

Tus relatos cuestionan de raíz, a veces con imágenes violentas, las verdades adquiridas más básicas. El amor de los hermanos, la candidez del hogar, la presencia benigna de la madre.

El uso que hago de la violencia o la sordidez en mis relatos no pretende ser efectista y quedarse en la superficie, sino zarandear un poco al lector para que el sentido del cuento cale más hondo en él. Creo que el arte no está para bendecir la realidad ni para dar respuestas cerradas, sino más bien para cuestionar todas nuestras supuestas certezas y descubrirnos a nosotros mismos, a veces en lugares y posiciones que no esperábamos. Al menos es el arte que a mí me conmueve, tanto en literatura como en otras formas de expresión, un arte que no se preocupe tanto de las variaciones y supuestas rupturas formales y vaya más a la semilla de las cosas. Por otro lado, así como el trabajo simbólico con los animales y la metáfora constante con el agua articulan la forma de mi libro, su fondo o, por decirlo de manera más llana, su tema, es la familia como fuente primera y vitalicia de conflictos. No me invento nada, pues desde las grandes tragedias griegas a la literatura contemporánea ese motivo literario ha sido una constante, pero sí he querido darle una vuelta y centrarme en las relaciones entre hermanos. Las tensiones de poder, dominio y rebelión entre hijos y progenitores se han tratado innumerables veces, desde los arquetipos clásicos como Edipo o Electra a la galería de personajes de Shakespeare o a la sombra del padre en Kafka. Me interesaba más la supuesta relación de igual a igual entre hermanos, ya que ofrecía un modo de investigar en conflictos que nacen en nuestro linaje pero luego reproducimos con el prójimo a lo largo de nuestra existencia. Al fin y al cabo la familia no es más que la primera muestra de lo humano a la que nos arroja el destino, y a veces llegamos a un refugio, pero muchas otras a un campo minado que no hemos elegido y del que necesitamos separarnos para respirar un poco de vez en cuando, o del que salir huyendo para que el peso de la sangre no nos mutile, para poder encontrar nuestro lugar en el mundo, que es lo que intentan hacer mis personajes.

Sin embargo, los amigos, la amistad, no aparecen mucho. ¿A qué obedece esta elección de temas y este salvar la amistad?

Si me tendiera en el diván de El Asombrario puede que diéramos con una respuesta más profunda e incómoda, porque mi experiencia personal con lo familiar ha sido bastante agridulce. Quizá no aparece la amistad en estos cuentos porque he tenido más suerte en la vida con los amigos, porque he podido elegirlos y porque han sido más los benditos hallazgos que las decepciones. Tal vez he escrito este libro porque es de la familia de donde nacen algunos de mis demonios, quién sabe. Pero para darle coherencia a Agua dura, el tema en torno al que debían orbitar los relatos estaba claro, y pretender abarcar demasiado me hubiera impedido apretar lo necesario. Por otro lado, para mí la amistad es algo sagrado, y hablo por supuesto de la verdadera, la incondicional, la que supera las pruebas de fuego y resiste los vaivenes de la existencia, que ser amiguitos cuando todo va bien no tiene ningún mérito. Sin embargo, no creo que le debamos nada a la sangre si el clan no sabe ganarse nuestro afecto. Supongo que he escrito este libro porque de ahí nacen muchos de los conflictos que después arrastramos las personas de por vida, y que lo he escrito a modo de catarsis para superar de una vez los míos.

No estoy seguro, pero ahora mismo creo que me costaría un poco escribir ficción sobre la amistad, ya que la lealtad entre los verdaderos amigos está en mis prioridades por encima de ideologías, estéticas, clases, opiniones y creencias. Tengo amigos de toda índole, ricos y pobres, creyentes y ateos, de derechas e izquierdas. Hasta tengo algún amigo poeta, mira si soy majo. Incluso los tres granujas que echamos a andar hace unos años lo del movimiento Nuevo Drama somos, en muchas cosas, muy distintos entre nosotros. Aunque nos une un vínculo en lo esencial, escribimos de forma diferente y tenemos gustos e ideas a veces opuestas, pero la lealtad entre nosotros es sagrada y tiene que ver con un entusiasmo genuino al considerar la literatura y la vida como dos orillas conectadas por el mismo río. Ese es nuestro único y verdadero manifiesto. Y no podría escribir nada contra todo eso si, como he dicho antes, para mí el arte no está para documentar certezas. Si hubiera querido hablar en mis cuentos de todos esos otros supuestos amigos que te traicionan por cualquier miseria (quien lo probó lo sabe, y también me ha tocado padecerlo), tampoco hubiera escrito sobre la amistad, sino sobre las ratas o las comadrejas, y ya hay bastantes alimañas en mi libro.

Los relatos de la primera parte tienen un tono más realista, aunque diría que bastante engañoso; los de la segunda parte son claramente fantasiosos y más cortos, con más juegos.

Tienen ese presunto ropaje realista, sí, pero se trata de un realismo extrañado y a veces alterado por lo onírico. De hecho, y aunque no dé pistas de ello en el libro, el primer relato, ‘Propiedad privada’, nace de un sueño que tuve y del que apunté un par de escenas en un cuaderno, sin apenas levantarme de la cama. Y en los dos siguientes, tanto el narrador en tercera persona de ‘El nudo de Koen’ como el narrador protagonista de ‘Los ojos de Sarah’ echan mano de los sueños, intercalándolos en la historia y diluyendo a veces la tenue frontera entre la opaca realidad y la luz que el subconsciente proyecta sobre nuestros temores y deseos. Quizá por todo ello me dijo hace poco una periodista que mis relatos tenían un corte “neofantástico”, no lo sé, pero el caso es que sólo alguien con demasiados prejuicios podría etiquetar mi narrativa como exclusivamente realista o convencional. Lo que sucede es que soy poco amigo de los fuegos de artificio en lo formal, y mi voluntad de trascender las supuestas reglas del relato es más sutil, más atenta al fondo de las historias que a la obviedad del aparato narrativo. Ese ánimo está también muy presente en la tercera parte del libro. Y creo que seguirá siendo así en mi narrativa, por lo que estoy escribiendo ahora. En cuanto al breve bloque central de Agua dura, mi idea era destensar un poco al lector, darle un respiro con esos cuentos más ligeros entre dos trípticos bastante más densos, tanto en los motivos y la extensión como en la prosa. Imagino que por eso me he permitido jugar un poco más ahí con las premisas y las situaciones, aunque no deje de tocar otros temas de peso.

¿Hay entonces una diferencia deliberada de temas? ‘Propiedad privada’, ‘El nudo de Koen’ y ‘Los ojos de Sarah’ se centran más en lo que tú mismo defines en la carta final de agradecimiento como “la complejidad de las relaciones humanas”, según leemos también en la contracubierta del libro. En cambio, veo en ‘La muerte de Edmund Blackadder’, ‘Banana Dream’ o ‘La manada’ un deseo de hablar de aspectos políticos a través de una literatura nada inocente en sus metáforas.

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Así es, y me alegra que hayas reparado en ello, ya que por su brevedad hay lectores y críticos que dejan de lado ese tipo de relatos. Aprovecho para decir que yo no escribo microrrelatos, un género literario aparte para el que yo no creo tener demasiado talento. Salvo, quizá, ‘Señales de vida’, que sí puede lindar con el microrrelato, lo que he escrito son relatos muy breves, a veces cuentos de una página, como ‘La manada’, pero cuentos. Toda esa parte del libro parecería metida con calzador si atendiéramos al tema familiar, pero lo cierto es que tanto la metáfora general con el agua como el simbolismo con los animales son los hilos que cosen esa sección central a las otras dos. Por eso el libro se justifica como tal, y por eso dejé también dos cuentos fuera, dos relatos de menor calidad y que no aportaban nada al conjunto. En esa parte central, como te decía, he elegido un formato breve pero no por ello he querido tratar temas nimios, y por eso he terminado hablando de la gestión del miedo que hacen el poder y los medios a sueldo para manipularnos en ‘La muerte de Edmund Blackadder’, o de la estafa de la crisis y la represión en ‘Deseo de ser Dimitri’, o de la precariedad y los desahucios en ‘La manada’. En otras palabras, creo que puede uno pinchar hueso sin necesidad de ponerse solemne y testamentario con ningún panfleto, y como me gusta tomar al lector por un ser inteligente, dejo en sus manos la interpretación final de cada uno de esos textos. Los escritores panfletarios no me interesan, pero todavía menos los que se mantienen siempre a salvo del mundo en su zona de confort, porque me parecen un fraude como “artistas”. Con todo, al final no cuentan tanto ni los modos ni los temas, porque lo importante, siempre, es escribir con verdad. Sólo entonces un libro puede llegarle de veras al lector.

Me ha gustado mucho el tono con el que dibujas a Abel y Sarah, como dos muchachos más voluntariosos que preparados, que de alguna forma aún conservan la inocencia y las dudas pese a lo vivido. Lo contrario del fanatismo vengador. ¿Cómo surge la idea de este relato?

En todo caso se trata de una forma implacable de inocencia que reduce el mundo a términos absolutos del bien y del mal, como hacen muchos niños con su furiosa pasión infantil ante el descubrimiento de la vida adulta, y como hacen unos cuantos adultos que pierden perspectiva y maduran mal. Además, Abel ha conocido el terror de primera mano tras sobrevivir a Auschwitz y es su prima hermana Sarah, más joven, la que se embarca de una forma más ciega en esa caza del monstruo sin ni siquiera haber estado en Europa. Lo hace por esa inocencia de absolutos y, también, por una admiración hacia su primo en la que flota el incesto. Más bien hablaría de una suerte de idealismo de la sangre, un idealismo que conservan sólo al inicio, pues todo el relato, en un homenaje explícito a mi novela favorita de Conrad, es la historia del descenso de ambos personajes a su particular corazón de las tinieblas. No quiero destriparle ‘Los ojos de Sarah’ al lector, pero digamos que en ese viaje la sed de venganza acaba ensombreciendo la necesidad de justicia.

Escribí ese cuento en 2010, y fue el primer texto de ficción que publiqué, en un libro colectivo que tuvo ediciones en España y Bolivia. Hoy en día le quitaría un par de páginas, pero no estuvo mal para empezar. Sé que la curia literaria suele mirar por encima del hombro a quien escribe sobre este tema, pero lejos de cualquier tipo de moda o estrategia, los nazis en particular, y todas las formas de totalitarismo en general, formaban parte de mis obsesiones personales ya mucho antes de dedicarme a la literatura. Y es un tema al que pienso volver en el futuro. No sé si en una vida anterior fui un judío gaseado, o si tal vez fuera uno de los verdugos y no soporto semejante imagen, no tengo ni idea, pero esa dimensión atroz de la especie humana me ha sobrecogido desde niño de un modo visceral, casi irracional. Y creo que un escritor está obligado a mirar de frente a sus demonios. De otro modo, lo que escribiera no valdría de nada.

‘El nudo de Koen’ trata un asunto medular en la literatura, el del doble. Me parece, además, un cuento redondo. Lo enfocas a través de la historia de dos hermanos, uno muerto al que ha de parecerse el segundo, que hereda incluso el nombre. Sin embargo, de nuevo la familia como lugar de hostilidad. Sin duda, deberías probar a escribir una saga familiar.

El proceso de escritura de ese relato fue bastante peculiar, partiendo de unas anotaciones erráticas y algunos bocetos en mi cuaderno, en torno a Salvador Dalí y Vincent Van Gogh, supongo que por mi vocación temprana y frustrada por la pintura. Meses más tarde me puse a escribir para un libro colectivo un cuento que a la vez encajara en mi proyecto de libro en solitario. Tanto Dalí, cosa que sabía desde el principio y de la que parte la idea del relato, como Van Gogh, tuvieron un hermano mayor que falleció antes de nacer ellos y al que sus padres cometieron la torpeza egoísta y obsesiva de ponerle su mismo nombre. Lo de Vincent lo descubrí por casualidad en una de sus cartas a Theo y parecía no darle demasiada importancia. Pero a Salvador sí que le traumatizó el asunto, y de ahí nace ‘El nudo de Koen’, un cuento de terror psicológico sobre un chico condenado a vivir la vida de su hermano muerto, cuyo fantasma parece hablarle en sueños. Quizá ese relato sea donde más empeño puse en la estructura, con un elaborado juego de espejos que se repite a lo largo de todo el texto, en sintonía con la historia. Mientras la escribía tenía en mi cabeza el eco de los cuentos de Horacio Quiroga y hasta de Stephen King, pero no sé si algo de esa música logró colarse entre las notas del piano del pequeño Koen mientras destroza las sonatas de Beethoven, otro artista que, por cierto, también tuvo un hermano mayor llamado Ludwig que falleció antes de que el genio viniera al mundo. Por eso hablaba antes del reverso extraño de la maternidad. ¿Qué lleva a una madre a condicionar así la vida de su nuevo hijo? ¿Qué clase de sombra interior proyecta sobre él? Esa clase de preguntas, entre otras, me hacía mientras paseaba de memoria por los canales de Holanda y armaba el relato.

Agua dura ya es un pequeño muestrario de tragedias familiares. Si antes hablaba de los clásicos o de Kafka al repasar grandes obras en torno a la familia como fuente de conflicto, también Dostoievski o Faulkner llevaron el tema al extremo sombrío con su retrato de los Karamázov o los Bundren. Por supuesto, otros como García Márquez y Steinbeck lo hicieron, aunque con un tono distinto, con los Buendía y los Joad. No quisiera usar por enésima vez la cita de Anna Karénina, pero Tolstói tenía razón y las familias felices son menos fértiles para la ficción. Es en la desgracia donde hay oportunidad para el drama y, por ende, para la tensión narrativa. Toda saga familiar en literatura parece acabar en la crónica de un ocaso y en estos tiempos que vivimos me parece que hay lugar para una alegoría similar. Pero no, no me veo metiéndome en semejante berenjenal, aunque en la trilogía de novelas en las que llevo unos años trabajando sí hay un personaje que se repite y cuya historia familiar tiene bastante peso.

Este último relato es el que más explícitamente habla de la muerte, y del duelo, que Koen define como “una especie de promesa que se le hace a la muerte”.

La muerte es otro de los cables tendidos a lo largo de todo el libro, acaso porque lo familiar se emparenta muchas veces con ella. En ‘El nudo de Koen’ hay un diálogo entre el mundo de los vivos y el de los muertos, primero a través de los sueños, y luego en una especie de simbiosis entre los hermanos, cuando el límite con lo real se vuelve permeable. Pero en casi todos los demás relatos largos está presente la muerte. ‘Propiedad privada’ arranca con una inquietante herencia de la madre muerta, y acaba con la muerte como insólito medio de comunión de quienes estaban separados. De ‘Los ojos de Sarah’ ya hemos hablado, y la muerte lo impregna todo, desde la cacería que emprenden los protagonistas a los crímenes del enemigo en el pasado. La tercera parte del libro empieza con ‘En la boca del otro’, donde la muerte de la madre, la del jabalí y la del protagonista arman un retablo alienado de la locura. Y, finalmente, ‘Islandia’ es una especie de road movie funeraria, con un hombre que acarrea las cenizas de su hermano para cumplir su última voluntad. Esos son los relatos “de mayor envergadura”, como escribió un crítico sobre Agua dura, pero la muerte reaparece en los breves de la sección central, con el atentado terrorista de ‘La muerte de Edmund Blackadder’, el final de ‘Banana Dream’, el personaje real citado en ‘Deseo de ser Dimitri’, el oficio del protagonista de ‘Pájaros que llegan a Moscú’ y hasta en ‘Señales de vida’, donde los amantes trabajan como forenses y empiezan su cortejo salvaje en la misma sala de autopsias. Ahora que lo pienso, en vez de una saga familiar debería escribir una comedia o una novela infantil para compensar, porque me ha quedado un libro un tanto lúgubre, la verdad. A este paso voy a acabar como Haneke, pero lo cierto es que toda esa oscuridad no es otra cosa que una manera de revelar a trasluz la naturaleza de mis personajes. Si les hago navegar entre tanta muerte en mis cuentos es para ver si naufragan o se aferran a la vida y siguen remando.

Todo eso me hace pensar en lo rehenes que somos de decisiones, incapacidades, emociones y debilidades ajenas, y en la familia como lugar privilegiado de todas ellas. En ese contexto, hablar de libertad suena a parodia.

No es fácil, desde luego, sacudirse de encima ciertas herencias, pero al final depende de uno mismo. Cuánto pesen las circunstancias y cuánto nuestra fuerza de voluntad es lo que determina esa libertad, ya que todas y cada una de las decisiones que tomamos a diario cuentan en la balanza. Desde las más nimias a las más terribles, desde pasar o no por alto un mal gesto a caer o no en la barbarie en el fragor de la batalla. En el último relato del libro, ‘Islandia’, me sirvo del periplo de ese hombre apocado para reflexionar sobre todo esto, sobre cómo a menudo aceptamos lo que los demás esperan de nosotros como un patrón de vida irrenunciable o cómo creemos decidir libremente nuestro camino cuando en realidad no hacemos otra cosa que cumplir esas expectativas ajenas. En el relato, a través de una correspondencia desatendida durante años, su hermano fallecido le cuenta a ese hombre que ha decidido perseguir sus propios sueños y vivir con intensidad cada momento. La paradoja es que el personaje del hombre muerto en ‘Islandia’ demuestra ser el más vitalista y luminoso de todo el libro. Ese juego de contrastes es el que he intentado conseguir en Agua dura, que no es un regodeo en el barro de las cosas, sino una manera de mostrar el abismo para que, por oposición, salgamos corriendo a valorar y cuidar todo lo que hace que merezca la pena estar vivos. Esa elección no siempre pueden tomarla mis personajes, pero sí está al alcance de los lectores. Una lectora me escribió hace un par de meses un correo, muy emocionada, diciéndome que después de leer ‘Islandia’ había decidido llamar a su hermana, con la que llevaba años sin hablarse. A eso me refiero con lo de mostrar el abismo, no por recrearme en el vértigo, sino para provocar una emoción y, acaso, con suerte, una reacción en cadena en el lector.

Uno esa sensación en torno a tus personajes con otra característica de los lugares donde transcurren tus relatos: espacios abiertos, extensos, extraños a veces, como en ‘Propiedad privada’ y, sobre todo, en ‘Islandia’. ¿Hay un deseo permanente de espacio y de escapada en tus personajes?

Como he señalado en otras entrevistas y como ya han dejado por escrito varios críticos, el empleo del espacio como herramienta para construir el sentido del relato es una de las características de mi narrativa. Pero, al mismo tiempo, creo que puede producir una sensación equívoca tras una lectura poco atenta. Me explico: por no sé qué suerte de dogma, parece que el uso de la descriptiva es una especie de vicio decimonónico que “debe superarse”, cuando no deja de ser un elemento como cualquier otro a disposición del narrador para comunicar lo que pretende. Así, por moda, por complejo o por lo que fuere, nos encontramos con que el paisaje desaparece de buena parte de la narrativa actual, más ocupada en otras tareas. Sin embargo, y siempre que la referencia al paisaje y al espacio no tenga fines meramente ornamentales, me parece que contar con todos esos elementos es, a día de hoy, tan renovador o tan tradicional como puedan serlo la narrativa fragmentaria, la autoficción o el “sampleado” textual. Es decir, que los epígonos de la posmodernidad nos dicen que vivimos en un mundo globalizado y, sin embargo, parece que integrar el todo en una narración tiene sus excepciones, ya que una digresión en flujo de conciencia o una apropiación de un texto ajeno se antojan más lícitas que, por ejemplo, una descripción del entorno. Simplemente, no hago caso de las modas ni de esa estúpida jerarquía de los elementos en una narración. El que lea con prejuicios verá como “tradicional” el uso del paisaje, como si lo virtual hubiera borrado del mapa el mundo físico.  Algo completamente absurdo.

En mis relatos, el tratamiento del paisaje me proporciona un modo de avanzar, reforzar o completar el perfil psicológico de los personajes, su estado de ánimo, su evolución o su estancamiento a lo largo de la historia. Así, los espacios han de ser necesariamente inhóspitos porque, como ya hemos comentado, la mayoría de esas historias hablan de náufragos expulsados de una realidad familiar hostil a una realidad exterior que no deja de amenazarles. Son personajes desarraigados, expuestos al medio y a sus pulsiones internas, en un viaje permanente a la búsqueda de su lugar en el mundo o de alguna forma de redención.

Hay también atisbos de humor en tus cuentos. Me he reído mucho con ‘La muerte de Edmund Blackadder’, por ejemplo, imaginándome a Rowan Atkinson y, sobre todo, al periodista alemán tomándoselo tan en serio. Además de esa referencia a una serie de televisión, se diría que tu narrativa está, en cierto modo, emparentada con el lenguaje visual, sobre todo con el cine.

Imagino que un libro como el mío se haría demasiado duro si no deslizara de vez en cuando esos retales de humor, aunque lo cierto es que no me he prodigado demasiado con ellos. Por dos motivos. Primero, porque creo que el humor es una herramienta peligrosa que puede estallarte en las manos si no sabes manejarla con mesura. Y, segundo, por la temática de mis cuentos, ya que haberme pasado de rosca con esas pinceladas de humor podría haber desactivado el potencial dramático de los relatos más densos. Con todo, cuando aparece, es un humor un tanto cruel y lo hace de refilón. En efecto, en ‘La muerte de Edmund Blackadder’, y también en ‘Banana Dream’, aunque creo que es la voz canalla y algo grosera de Sasha, el protagonista de ‘Pájaros que llegan a Moscú’, la que deja más brochazos de ironía y sarcasmo. Uno de mis retos para el futuro a medio o largo plazo es escribir un libro en el que explote mi vena humorística, pero por ahora creo que tengo otras cosas que contar y otros códigos que utilizar para expresarlas.

En cuanto a la ficción en pantalla, y más allá de ese recuerdo a la gran serie satírica de la BBC, en mi narrativa influye poderosamente el cine, tanto por mi faceta de guionista, que empecé a desarrollar en 2012, como por mi vocación primera con las artes plásticas. Dicho de un modo más directo: escribo en imágenes, y todo el mundo recreado en cada historia aparece ante mí como en una proyección tridimensional. De hecho, escribo muchas menos cosas de las que veo en mi mente, me centro sólo en los detalles con verdadera entidad y hago una enorme criba para que la imaginación haga su trabajo pero no tome las riendas del todo y le deje su espacio al trabajo con la palabra. Supongo que simplemente es la forma en la que funciona mi cabeza, no sólo en lo creativo, sino también en mi vida diaria. Pienso en imágenes, no en frases. Eso viene después, cuando, una vez ese mundo propio ha cobrado vida, traduzco en palabras cada secuencia y me dejo llevar por el fraseo antes de corregir. Además de reparar en algún que otro homenaje deliberado por mi parte, más o menos explícito, a películas de Kubrick o Scott, una de las cosas más bonitas que me ha pasado con Agua dura ha sido que varios lectores y críticos me han dicho que algunas escenas de mis cuentos les han recordado al cine de Jarmusch, Herzog o Tarkovski. No importa tanto si yo era o no consciente de ello al escribir como la huella que todo ese cine ha dejado en mi subconsciente y que, de un modo u otro, como sucede con mis lecturas, aflora a la superficie del texto.

En lo que ahora escribes, ¿estás más cerca de los relatos extensos o de los cortos? ¿De la prosa o de la poesía? ¿Qué es lo próximo que vamos a poder leer de Sergi Bellver?

Soy narrador y guionista, cuento historias, y para cada una busco la forma que más le conviene o acepto, sin más, la que se me presenta por impulso. No siempre diseño un plan de ataque para un texto, y a veces, como me sucedió con ‘En la boca del otro’, me dejo llevar por una primera imagen y por la voz del personaje. En Agua dura hay cuentos de una página y relatos de veinte, pero creo que, como narrador, necesito cierto espacio y, a pesar de haberme ocupado durante años del cuento como crítico literario, como editor, como docente y, por supuesto, como autor, tengo la impresión de que la novela puede llegar a ser mi espacio natural.

Ahora mismo estoy con las galeradas de un libro colectivo, Madrid, Nebraska, que he editado para el sello Bartleby y que llegará a las librerías a finales de este mes, con veinte relatos de lo mejorcito del panorama de la narrativa breve española actual. En cuanto a mi escritura, no quiero desvelar más de la cuenta, por no ser gafe, pero sobre todo por no fastidiar sorpresas, aunque sí puedo contar que estoy en el tramo final de mi primera novela, una distopía ambientada en Barcelona que quiere ser un puñetazo contra varias formas de intolerancia y que inaugurará esa trilogía que te comentaba antes. También trabajo en un par de guiones. Y mientras, como no tengo bastante, de vez en cuando dejo que se cuele algún que otro cuento en mi escritorio, y lo cierto es que en mi cabeza ya va cobrando forma un nuevo libro de relatos para el año que viene. Me parece que no habrá tanta agua, que el arca de Noé vendrá algo más vacía y con menos familiares en cubierta, pero me temo que mis demonios llaman de nuevo a la puerta y la cosa promete otra ración de mal rollito, del bueno, de ese que le da tanto juego al drama.

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Sobre el autor

Antonio García Maldonado
Antonio García Maldonado (Málaga, 1983) es analista y consultor independiente para compañías como Thinking Heads o Llorente y Cuenca, entre otras. Ha sido consultor en América Latina durante más de siete años. Hasta junio de 2017 fue Business Intelligence Manager de la consultora The Search Group, en su sede central en Belgrado. Escribe regularmente en EL PAÍS, The Objective, Letras Libres y El Asombrario, entre otros. Es también redactor de informes de lectura para la editorial Acantilado. Ha traducido, entre otros, a Bob Woodward, a William Kotzwinkle, a Jerry Toner, al marqués de Sade, a H.D. Thoreau o a Norman Mailer, cuyo libro 'Miami y el sitio de Chicago', prologó. Ha prologado la reciente edición de 'Viaje a la aldea del crimen', de Ramón J. Sender. Fue traductor becado del Colegio Internacional de Traductores Literarios de Francia, en Àrles. Participó como invitado en el último seminario del Aspen España Seminar. Antes de todo eso, fue librero y se licenció en Economía. @MaldonadoAg

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2 comentarios

  • El 10.04.2014 , Sharkasmo ha comentado:

    Novela corta por entregas Los Hijos del Porno.
    Orden de lectura: JOTA día 1, MARISA, SILVIA, JOTA día 2, JULIO, JAIME, JOTA día 3, JOAQUÍN, JACOBO.

    Gracias por leer!!

    @sharkasmo

    http://loshijosdelporno.blogspot.com.es

  • El 14.08.2014 , moncho ha comentado:

    Sinopsis del libro:

    «Otra vez los grifos descuidados y el agua dura, capaz de corroer todo a su paso, el agua dura que obstruía las cañerías e impedía que las cosas fluyeran», dice el narrador del relato «Islandia». El viaje interior de su protagonista es el de otros muchos personajes de Agua dura, en palabras de su autor, una espiral simbólica en torno al agua como metáfora oscura, acerca de la complejidad de las relaciones humanas. La inquietante atmósfera fronteriza que envuelve el reencuentro de dos hermanos, la amenaza de un doble que flota en un canal holandés, el descenso al corazón de las tinieblas de una víctima que deviene verdugo en el Brasil de los 70, la conversión de un muchacho en villano en el Moscú de los 90 o el duelo moral entre dos rivales hermanados por su obsesión, son sólo otras formas de viajar a nuestros abismos, la caída a plomo de un clan de ahogados hacia las profundidades de una condición humana en la que subsiste a veces un destello de luz.

    Con una prosa cuidada, poblada de engarces y segundas lecturas, la narrativa de Bellver navega entre el pulso cinematográfico y lo onírico, entre el clima del relato de largo aliento y el fogonazo del cuento breve, en una docena de historias que pretende ser también un homenaje a autores como Conrad, Faulkner o Stephen King.

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