03.11.2018

Sexo perro, ¿creen los hombres que disfrutamos así?

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Tercera entrega de esta sección quincenal a dos voces, ‘Por culpa de Eros’. Diálogos sobre encuentros, el eterno femenino resistente y las masculinidades errantes. A cargo de Analía Iglesias y Lionel S. Delgado. En este espacio se alternan dos textos abordando un mismo asunto: el amor o su imposibilidad en tiempos de turbocapitalismo. En noviembre, nos preguntamos por la representación de la sexualidad femenina o, más bien, por qué todavía se representa tan adaptada a la erótica hegemónica, o sea, la masculina.

¿De verdad creen los hombres que disfrutamos con esos empellones contra un lavabo o aplastadas sobre la mesa de la cocina, a lo loco y rompiendo cosas? La pereza de guionistas y directores de cine y series les lleva a pintar la pasión con escenas de sexo que, a las mujeres, nos dejan del todo indiferentes. O nos enfurecen, ¿cómo vamos a sentir placer en esa posición? Pero ¡qué bruto el tipo que al segundo del primer beso ya está a los empujones! ¡Qué falta de timing esas embestidas que dejan a la chica con la nariz aplastada contra la pared! Yo ya me hubiera escurrido y hubiera huido de ahí, pero no, ella está a punto de enamorarse y el tipo dale con los empujones y el resuello en la nuca.

Adaptarse a lo que los hombres proponían como modelo de placer se presentó como algo muy transgresor en beneficio de todes ya en la pretendida revolución sexual de los 60, pero en el fondo se trataba del comienzo de otro sometimiento que aún hoy vivimos bastante calladitas. Y la pantalla sigue reproduciendo una escena que es todas las escenas, la misma desde hace 50 años.

Nada es creíble. Nos indignamos porque hacen jadear a la actriz como si estuviera orgasmando, agradecida. Y no hablamos de porno, hablamos de historias con tratamiento naturalista, donde las escenas de sexo parecen encajadas con copy-paste. Sí, yo me enfado mucho con esa representación de la sexualidad pretendidamente femenina, pero mucho más me hacen bramar algunas directoras mujeres, que reproducen ese erotismo artificial y masculino (más bien, canino) en las pantallas, hasta el hartazgo.

Canino, esa es la palabra. Si uno imagina el coito entre perros dará con el estilo: así es el sexo mayoritario en el cine y, por tanto, en todos los sucedáneos audiovisuales, desde que el erotismo empezó a poder ser representado más o menos explícitamente en pantalla.

Lionel, mi compañero de escrituras, me dice que explique bien lo de esta jaula de la imaginación, porque puede parecer que defiendo una suerte de “esencialismo sexual femenino”.

No, no renegamos de ningún juego erótico, ni siquiera del topetazo: no pretendemos establecer protocolo alguno para fantasear o para practicar sexo. Todo se experimenta o puede escenificarse, pero no hay una sola manera de jugar. No hay solo sexo-perro, como vemos abrumadoramente en pantalla (y esto no quita que alguna vez juguemos nosotras, perras, también al sexo-perro).

¿Por qué me subleva, entonces? Porque las representaciones dominantes de la sexualidad terminan construyéndonos, tanto como las palabras moldean el pensamiento. Los chicos quizá no tienen la culpa de ver (y creerse) que las mujeres llegan al clímax en cualquier posición que a ellos les quede cómoda, o que tras medio lametón pueden empezar los embates. En cuanto a nosotras, esa lujuria mentirosa de la ficción nos lleva a culpabilizarnos porque no sabemos usar todos los huecos ni hacer todas las acrobacias, cuando no nos condena a enmudecer y a no sentir casi nada (o dolor) y satisfacer.

Digamos la verdad: ¿a qué mujer no la han coaccionado alguna vez porque “le tendría que gustar” tal o cual postura, “si a otras chicas les encanta”? ¿O no se nos han quejado a todas, alguna vez, porque nos place otra posición que no sale nunca en el cine? (Claro, no da bien en cámara, porque es más profunda y de puro roce y menos saltimbanqui). Se ha dicho, y quizá no lo suficiente: las mujeres llegan mucho más fácilmente al orgasmo solas que en pareja, y esto habla de dos incapacidades: la de pedir y la de prestarle atención al otro/a.

Nuestra palabra no basta para convencer al partenaire, que tironea desde su saber visual contagiado por el porno y hasta por el cine pastelero.

Pero lo cierto es que no en todas las épocas hubo tanta pereza intelectual y sensorial para representar el placer femenino. Lo sabemos por el arte que nos ha llegado desde lejos. Hay estatuillas e ilustraciones de viejos libros que sí muestran posturas en la que las chicas claramente disfrutan en la cama.

Por ejemplo, la asana (postura) de la abeja que liba –una de las 32 posturas sexuales que describe el libro hindú Ananga Ranga (Los matices del dios amor)– se grafica con la mujer encima del hombre. Tan valioso manual sexual, que data del siglo XV (unos diez siglos después del Kama Sutra), enseña con lujo de detalles las maravillas que pueden esperarse practicando el Purushayita-bandha, porque con ella arriba, la diosa tántrica Kali concentra la energía del dios masculino Shivá. Tres son las variantes de la postura de Kali que, según los especialistas de sexo tántrico, cuando llevan a ambos al orgasmo, consiguen que los amantes dejen atrás bloqueos y karmas.

Esto quiere decir que más o menos en la misma época en que Colón llegaba a América, e inauguraba un momento histórico misionero, en otro rincón del mundo se representaba libremente un erotismo compartido. Del oscurantismo de Occidente, con las brujas asándose en hogueras morales por disfrutonas, no hace falta volver a hablar (si acaso, recomiendo repasar Antichristo, de Lars von Trier). De esta guisa transcurrieron los siglos, con el recato como imperativo femenino.

La mujer obligada a ser recatada asustaba menos, hasta que llegó la publicitada ‘revolución sexual’ sesentista que, antes que revolucionar el sexo, les dio a las chicas un salvoconducto para eludir esa pauta moral irrenunciable. Así, con el permiso social otorgado a las damas para practicar sexo, ellas pudieron adoptar sin culpas la erótica dominante, o sea la masculina.

A propósito, Elena Lasheras, la librera feminista de Mujeres de Madrid  aseguraba, en periodismohumano.com: “Yo sostengo que el Mayo del 68 y el amor libre fueron muy deslumbrantes, pero que lo que se estaba sosteniendo era una sexualidad masculina. Y con el paso del tiempo hemos descubierto que son sexualidades distintas”.

Sobre la adopción de la erótica masculina por parte de la primera generación de la píldora, hay una anécdota imperdible de celebrities del hipismo, protagonizada por el trío de George Harrison, Eric Clapton y la novia sucesiva de ambos, Pattie Boyd. En el documental de Martin Scorsese sobre el ex Beatle, Clapton cuenta que él le confesó a George el amor por su mujer, a lo que George respondió: “Quédatela” (vaya regalo). Pattie había inspirado Something a Harrison, y luego inspiró Layla a Clapton. Una década después, se juraría no volver a salir con un rockstar.

Lo explicaba también, días atrás, Lola López Mondéjar, en Infolibre: “Entendíamos que ser revolucionario era entregarse a un furor sexual que solo más adelante pudimos advertir que trataba de exportar y universalizar el modelo de relación sexual de la masculinidad hegemónica: sexo libre, genital, sin erotismo, seducción ni compromiso. Unas prácticas sexuales que dejaban aparte el más complicado y sutil deseo femenino, que quedó de nuevo negado”.

La última pregunta es: ¿cómo hacemos entender a los hombres que lo que nos gusta también pueden probarlo ellos?

En este mismo espacio, Lionel S. Delgado nos dará su punto de vista y algún atisbo de respuesta masculina. Que así sea…

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Sobre el autor

Analía Iglesias
Analía Iglesias es escritora y periodista. Coordinó durante cinco años el blog Eros de El País. Como ensayista, se acerca a la afectividad de la época con la necesidad de indagar en las pulsiones sexuales y en la función que cumplen en la actual sociedad de consumo. Es coautora –junto a Martha Zein– del libro ‘Lo que esconde el agujero: el porno en tiempos obscenos’, publicado por Editorial Catarata. En Twitter ‘@analiaigles’

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2 comentarios

  • El 03.11.2018 , Manuel ha comentado:

    [(Cita)…las mujeres llegan mucho más fácilmente al orgasmo solas que en pareja…]
    A muchos hombres nos pasa lo mismo.
    Creo que hombres y mujeres deberían rechazar este enfrentamiento entre hombres y mujeres, inducido por a saber que intereses, por eso que se ha dado en llamar Machismo VS Feminismo-Hembrismo, y comenzar a reconocernos como personas, seres humanos con mismos derechos y deberes, sin distinción de sexo, edad, raza o cultura. Una utopía ¿verdad?
    El capitalismo hace estragos en todo lo que toca.
    Odio la mentira y la manipulación.

  • El 04.11.2018 , Feministaradicalporquetulodigas ha comentado:

    Pobres hombres, que en cuanto ven temblar sus privilegios creen que van a caer en un abismo de olvido y de desigualdad… te has desviado del tema amigo, el artículo habla de algo bien especifico y tú te has ido a lo general, a lo fácil, a la guerra de sexos que al parecer temes que sea desigual y manipulada… el artículo habla de que se representa el sexo con ojos masculinos, y a nosotras en general nos gustaría ver representado otro sexo más sensual. Nadie te va a quitar el porno ni manipula a las tontitas mujeres siempre manipulables, no?, para que en adelante te digan que no cuando quieras follar como siempre…

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