28.03.2014

Sí, suena sexista, y lo es

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La directora operativa de Facebook, Sheryl Sandberg, pone en marcha una campaña para evitar el lenguaje sexista respecto a las mujeres con liderazgo. ¿Por qué a un hombre se le llama “el jefe” y, sin embargo, a una mujer se le arroja el calificativo de “mandona”?

Es la nueva campaña social abierta en Estados Unidos, se llama #banbossy y la ha puesto en marcha la directora operativa de Facebook, Sheryl Sandberg. Tiene una página propia en Internet, y a ella se han apuntado decenas de mujeres conocidas, como la cantante Beyoncé, la actriz Jennifer Garner, la activista Gloria Steinhem, la escritora y premio Nobel Toni Morrison, la política Condoleezza Rice o la diseñadora Victoria Beckham. Hasta las Girls Scout se han sumado a ella. ¿De qué va todo esto? Pues de eso tan aburrido y que mucha gente piensa que está superado: el sexismo.

Sandberg, autora de Lean in, un polémico ensayo sobre por qué las mujeres no ocupan los primeros puestos en las empresas o en las organizaciones políticas y sociales (“simplemente no se atreven a sentarse a la mesa”, asegura), ha lanzado una campaña para tratar de erradicar esas expresiones tan cotidianas como “bossy” –mandona– que en realidad encierran una forma despectiva y siempre a la baja de tratar el poder femenino.

“Cuando un niño se muestra asertivo, aseguran en la página web, se le denomina “líder”. Cuando lo hace una niña, corre el riesgo de que la llamen “mandona”. Este tipo de palabras mandan un mensaje muy claro a las niñas: no levantes la mano o la voz. En secundaria, las chicas están menos interesadas en promover situaciones de liderazgo que los chicos, una tendencia que continúa en el mundo adulto. Pero juntas podemos alentar a las chicas para que sí se conviertan en líderes”. Eso es, más o menos, lo que viene a decir la campaña liderada por Sheryl Sandberg. Básicamente. “No soy una mandona, soy la jefa”.

La pregunta es obvia: ¿A un señor se le llama mandón? Ni por asomo. Es evidente que los hombres mandan, lideran. Encabezan, son jefes, mientras las mujeres se arriesgan a ser tildadas de ambiciosas, histéricas o agresivas cuando ejercen sus funciones de poder en el seno de una organización.

Desgraciadamente, todavía tenemos que enfrentarnos a debates absurdos sobre la marca femenina de los sustantivos o los adjetivos. Insignes escritores y creadores de opinión saltan con presteza al debate cuando surge la cuestión de si se debería o se podría llamar a una mujer médico, médica, o a una mujer juez, jueza, y si en castellano existe el neutro, o si el femenino señala también funciones masculinas, etc. Es una manera de reducir al absurdo el fondo de la cuestión: la realidad es que el masculino sigue siendo sinónimo de “universal” o  “neutro”, simplemente porque sigue siendo sinónimo de “humano” o “persona”, tengan el género gramatical que tengan esas palabras que nombran funciones, profesiones o cargos, mientras que lo femenino sigue siendo lo distinto, lo peculiar, lo marcado dentro de lo neutro.

Los debates en torno a esta evidente prueba del lenguaje a la hora de calificar lo femenino siguen suscitando risa o al menos siguen siendo reducidos a la categoría de ridiculez, de patochada, de sin sustancia. De absurdo. Pero, la realidad es que el lenguaje es determinante en la manera en que vemos la realidad, y que no es inocente que tantas palabras femeninas tengan una connotación despectiva o negativa cuando sus equivalentes masculinos significan todo lo contrario. Pero los gramáticos salen como Miuras al ruedo en cuanto se suscita la cuestión. Y pobre de la que se atreva a plantearla.

Por supuesto, la campaña de Sheryl Sandberg también ha levantado todo tipo de críticas, bromas y ridiculizaciones. Los argumentos son todos bastante parecidos: ¿qué más dará emplear una palabra u otra?; en realidad, todo esto es un aspecto más de esa nueva dictadura de izquierdas que se llama “lo políticamente correcto” y que, una vez más, nos lleva a situaciones estúpidas o ridículas, como llamar a un negro “afro-americano”, a un discapacitado “diferente en su percepción espacial” o a una madre soltera “familia monoparental”. Etc.

La realidad es que el lenguaje y la manera en que lo manejamos importa y mucho. Porque nombrar una cosa es darle existencia (ya está en la Biblia) y porque lo que no tiene nombre no existe, y esto es algo que lleva siglos haciéndonos reflexionar.

No es una casualidad que no haya mujeres en las posiciones de poder de organismos como las asociaciones empresariales españolas, sean del tamaño que sean, ni tampoco directoras de periódico o subdirectoras, cuando la mitad de la profesión la desarrollan mujeres. Hubo quien, hace ya unos años, se limitó a decir que las mujeres no éramos lo suficientemente ambiciosas para optar a estos puestos y que habitualmente elegíamos la vida familiar puestas en el brete de tener que elegir. Este señor es hoy el presidente de uno de los grupos de comunicación más importantes de España, y suponemos que ha tranquilizado su conciencia en ese aspecto, aunque ha tenido que entregar sus finanzas a una empresa de capital riesgo para tapar la desastrosa gestión empresarial que ha llevado a cabo.

El caso es que seguimos en las mismas, aunque una nueva generación de mujeres se empeña en decir que la cosa está superada. En mi opinión es una de las caras del retroceso social, moral y económico en el que vivimos. No hay forma más eficaz de desarmar al opositor que hacerle creer que su lucha es una ridiculez.

Por eso les invito a compartir algunos de los ejemplos que la periodista Jessica Bennet pone sobre la mesa como una especie de test del sexismo. Su simple lectura nos pone en evidencia, incluso a las mujeres (periodistas): aparte de no llamar mandonas o agresivas a las mujeres en puestos de poder (o de pensar que lo son), recomienda que reflexionemos sobre por qué habitualmente se llama “locas” a las mujeres en puestos de poder (“Es una loca” ¿cuántas veces lo habremos dicho?, mientras “Es un loco” se sustituye por “Es un cabrón” o “Es un hijo de puta”, o sea que a las mujeres siempre se las califica por el lado emocional…). Por no hablar de la importancia que otorgamos los propios periodistas en nuestras crónicas y descripciones a factores como el color del pelo, el sonido de la voz, la forma de vestir, el estatus marital o el número de hijos. ¿Alguien sabe cuántos hijos tiene nuestro actual ministro del Interior? Por no hablar de la famosa pregunta: ¿Cómo concilia usted? ¿Cómo se organiza en casa? ¿Puede una mujer tenerlo todo?  Jessica Bennet termina su artículo con la siguiente recomendación, a modo de prueba del algodón: dale la vuelta a la frase o la pregunta, pónla en términos masculinos. ¿Suena ridículo oirrelevante? Pues eso.

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Sobre el autor

Elena Castelló
Elena Castelló es periodista. Fue redactora jefe en Dunia y directora de Mujer Hoy, TVMás y Hoy Corazón, en Vocento, durante más de 10 años. En la actualidad colabora con Vanity Fair, Telva, XLSemanal, Mujer Hoy y Hola Decoración. Twitter: @ecastello Facebook: Elena Castelló

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3 comentarios

  • El 30.03.2014 , Lynn ha comentado:

    Mi queridisima Elena,

    no puedo estar más de acuerdo con el fondo de tu mensaje y con la iniciativa #banbossy, aunque a otras personas les pueda parecer algo ridículo, como bien dices.

    Sin embargo, debo decirte que la forma de explicarlo me decepciona muchísimo, desde mi punto de vista te vas por los cerros (siendo claras). A menudo me parece de broma que páginas como El Diario tengan a gente con tan pésima prosa y que los contenidos estén tan mal redactados, dime algo, ¿hay un editor corrigiendo los textos? Me parece necesario.

    Y sobre todo, ¿cómo una persona con semejante currículum puede escribir tan mal?

    • El 05.04.2014 , Elena Castelló ha comentado:

      Hola Lynn

      Gracias por tu observación.

  • El 29.04.2014 , mig ha comentado:

    Es muy pertinente y tiene todo el fundamento.
    Por otra parte y como observación personal, con el tiempo será muy de desear una campaña del tipo “No eres más macho que nadie, eres la jefa”. El fenómeno de las jefas (o aspirantes a serlo que creen que deben ser doblemente hijaputas para igualarse con los hombres es un poco triste, como un machismo de ida y vuelta.
    Ya se que los peros a estas cosas siempre suenan sospechosos, pero que le vamos a hacer.

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