24.01.2014

Simone de Beauvoir en El Elíseo

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©Jean-Marc Ayrault

© Jean-Marc Ayrault

Las infidelidades de Hollande y sus correrías cubriéndose la cabeza con un casco nos llevan a reflexionar sobre la caricaturesca actitud de los ‘machitos’ dominantes. Si tienen tan poco estilo para todo, ¿lo tendrán para ser sensibles al ejercicio responsable de la ‘res publica’, para servir a la lealtad, al ‘contrato’ con el otro?

De todas las imágenes, debates y chascarrillos que ha generado la supuesta infidelidad del presidente francés François Hollande, hay una, chocante, sin duda vulgar, pero que a mi entender va directa al grano. Es la viñeta que ha publicado el diario satírico francés Charlie Hebdo y que muestra a Hollande con el pene al aireEn Francia, ha causado, como era de esperar, mucho revuelo e indignación. Charlie Hebdo (conocido por sus portadas contra el integrismo islámico) no brilla por su fineza. Pero, en esta ocasión, nada brilla por su fineza. El primero que carece de ella es el propio Hollande.

Creo que se indigna falsamente cuando clama contra el reportaje de la revista Closer (la misma que publicó las fotos de Catalina de Cambridge en top-less y que fue demandada por ello, igual que en esta ocasión). Tengo la impresión de que él ha hecho exactamente lo que denuncia: exponer su intimidad, simbolizada en ese miembro que habla y dice “Yo presidente”. De alguna forma –¿quizá inconsciente?— es como si les hubiera dicho a los franceses: “Mirad, no soy muy alto, ni muy atractivo, me han llamado flojo, parece que estoy en manos de una mujer mandona, pero en realidad soy un hombre”. (Por cierto, Valérie Trierweiler también tiene su caricatura en una de las últimas portadas).

Alguien dijo -¿fue con ocasión del pene de otro presidente, Bill Clinton?-: “Cuando quieras declarar una guerra, móntate un lío de faldas”. Es probable que haya también algo de eso en este caso: desviar la atención de una política económica que pierde el norte. También hay una metáfora fácil: la de los coches (y las motos). Pero no pretendo elaborar un chascarrillo, ni burlarme, ni siquiera proclamar una superficial (y absurda) solidaridad femenina contra “ellos”, todos iguales, todos infieles. No. El asunto Hollande es interesante porque es un arquetipo de nuestro tiempo (y no solo en la política de Francia, con esa retahíla de presidentes seductores, supuestamente tan francesa); es el prototipo de una cierta masculinidad y, por ende, de una forma de entender el poder, el mando y la política.

En realidad, no tiene que ver con una violación de la privacidad del presidente. La revista que publicó las fotos es solo una pieza en el juego, igual que la supuesta conspiración de un rival en la sombra o la de un expresidente en busca de una nueva oportunidad presidencial. Tampoco con la ejemplaridad de los hombres (y las mujeres) públicos. Ni siquiera con la infidelidad en una pareja. Habría que preguntarse, antes que nada, por qué están las crónicas de nuestras democracias llenas de presidentes, ministros, reyes y cargos varios y sus amantes, segundas familias o episodios de sexo a escondidas que, al final, siempre acaban por salir a la luz. El prototipo no varía: un hombre poderoso, muy ocupado; una esposa que deberá decidir si perdona; una sociedad que exige el ideal de una pareja unida de por vida y el de la fusión de amor y sexo; y los rumores, el escándalo, la burla, el debate entre lo público y lo privado.

¿No forma todo ello una completa mitología? Hay también algo que tiene que ver con la admiración, el glamour de la púrpura, un “si yo pudiera” y un “lo hago porque puedo; yo mando”. ¿Conocemos, más allá de Catalina la Grande o Isabel II (la española) o Mesalina, algún caso de mujer poderosa con amantes, cuyo esposo opte por el perdón público o por esconderse en un palacio apartado del mundanal ruido? Yo no. ¿Se imaginan ustedes a Isabel II (la británica), Christine Lagarde, Angela Merkel o incluso Carla Bruni (otrora creyente en el amor libre), recorriendo París, o Berlín o Bruselas, en una moto bajo un casco, con un guardaespaldas al que le piden que baje a comprar croasans, y volviendo a su despacho a las 11 de la mañana, tras pasar la noche con su amante? A mí me cuesta. Y no es porque sean todas ejemplares, o porque las mujeres se interesen menos por el sexo, y todas esas cosas que suelen decirse… Sino porque a ellas se les exigen otras cosas. El sexo no entra en su prototipo de mando. El sexo incontenible y arriesgado. A lo loco. Los médicos lo llamaban satiriasis. Hoy lo llaman adicción o hipersexualidad. Pero todos sabemos que ni Clinton ni Kennedy ni Gustavo de Suecia estaban o están enfermos. Quizá Strauss-Kahn. Pero yo creo que su patología tiene sobre todo que ver con la falta de respeto.

¿Y Valérie Trierweiler? No la veo como a Hillary Clinton, ni como a Silvia de Suecia. Quizá me arriesgo demasiado afirmando esto, quién sabe lo que pasará en los próximos días. Pero creo que Valérie Trierweiler es una figura trágica. Más que el desamor, lo que no ha podido soportar es la vergüenza. Pero no por ella, sino por él. La exhibición, la acumulación de tópicos, el doble juego. Él no está atado a ella por ningún contrato, sino por la sola fuerza de su voluntad. Cuando le preguntaban por el matrimonio en las entrevistas, Valérie siempre respondía: “Nuestra opción es otra”. Ella leyó sin duda a Simone de Beauvoir. No sé si Hollande. Quizá la suya, como la del Castor y Sartre, sea una pareja abierta, ¿por qué no? Ambos libres, ambos amantes, ambos compañeros. Es, probablemente, el mito romántico más arraigado en la adolescencia rebelde y en la izquierda del siglo XX. Pero no se trata de eso. Hollande no ha jugado según las reglas del amor libre, sino del poder burgués más tradicional. Por eso, el asunto Hollande no es un asunto de infidelidad. Lo es más bien de lealtad: a los principios íntimos, personales. Lo que importa no es si el presidente tiene otras parejas. A mí, desde luego, no me importa. Yo sí creo firmemente que ese es un asunto privado. Lo que importa es ser o no tristemente convencional. Sucumbir, una vez más, a la sociedad del espectáculo. Al circo.

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Sobre el autor

Elena Castelló
Elena Castelló es periodista. Fue redactora jefe en Dunia y directora de Mujer Hoy, TVMás y Hoy Corazón, en Vocento, durante más de 10 años. En la actualidad colabora con Vanity Fair, Telva, XLSemanal, Mujer Hoy y Hola Decoración. Twitter: @ecastello Facebook: Elena Castelló

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6 comentarios

  • El 25.01.2014 , Marc ha comentado:

    Lo más acerdato que he leido hasta aora sobre el tema, enhorabuena.

  • El 25.01.2014 , Marc ha comentado:

    AHORA!!!! Oh my God 🙁

  • El 26.01.2014 , Ricardo Rodríguez del Río ha comentado:

    Lo más indignante es que se hable de sus amoríos en la semana en que el señor Hollande anuncia un recorte salvaje de gasto social, la destrucción de derechos laborales y regalos sin precedentes a las grandes empresas a costa de los salarios, en suma, la traición completa a sus compromisos electorales y la demolición del Estado social republicano. Ponerse a analizar las infidelidades conyugales para ver si en ellas se pueden encontrar conclusiones sobre la acción de gobierno de un presidente que ha anunciado el más brutal plan de pulverización de la justicia social y la democracia es tan estúpido que alcanza lo grotesco.

  • El 26.01.2014 , sai ha comentado:

    Terrible artículo. No soolo especula, y de qué forma (“Ella leyó sin duda a Simone de Beauvoir. No sé si Hollande.” etc…), sino que ademas deja a las mujeres como unas peleles sin ningún tipo de voluntad o iniciativa. Todo sea por culpar al patriarcado de todos los males, sea cómo sea.
    Las cuestiones de la vida íntima de Hollande y su pareja son, precisamente, íntimas. Se puede criticar a este señor por llevar mejor o peor su gestión política, pero en temas de pareja cada una gestiona sus problemas como puede. No sabeis qué circunstancias rodean al matrimonio pero se afirma sin lugar a dudas que la culpa es de él y de su complejo de macho alfa (De alguna forma –¿quizá inconsciente?— es como si les hubiera dicho a los franceses: “Mirad, no soy muy alto, ni muy atractivo, me han llamado flojo, parece que estoy en manos de una mujer mandona, pero en realidad soy un hombre”). En que convierten estas afirmaciones a las parejas de Hollande? Y quién está “libre de pecado” en lo que a relaciones personales se refiere cómo para criticar, especular y pontificar sobre relaciones ajenas?
    Los “topicazos” van en ambos sentidos. Ni los hombres son unos sátiros, ni las mujeres unas santas, ni todo lo contrario.

  • El 26.01.2014 , montse ha comentado:

    Alguien debería plantearse por què se habla de primeras damas, cuando nadie las vota y casi ni se conocen. Es una ridiculez y este titulillo debe abolirse

  • El 26.01.2014 , maria jose ha comentado:

    Como siempre es un gusto poder leer artículos escritos por gente que sabe de lo que escribe.
    Enhorabuena.

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