11.07.2013

Snowden y la crema de calabaza

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BAJO EL MANTEL

ALMUDENA SOLANA

La autora fantasea con un encuentro con Snowden en el aeropuerto de Moscú y compara sus revelaciones con las de Bárcenas. Uno cuenta secretos; otro se aprovecha del secreto.

Me gustaría estar en el aeropuerto de Moscú con Edward Snowden. Una mesa, dos sillas, y una buena tela, esa que llevaría en la maleta para diferenciar un lugar. Es la parte compasiva, y más humana que tienen los manteles, consiguen trasladar la sensación de hogar hasta una terminal de aeropuerto de un país de luz gris y ventanales seguramente ciegos. Esa terminal de aeropuerto se ha convertido en uno de esos territorios en los que uno ya acepta la rutina y se lanza finalmente a los brazos de la prolongada costumbre. La rutina en medio de la nada, en este caso, porque en una terminal (que como adjetivo significa el final de algo) no hay mucho más, de manera que esta mesa sería una fiesta en medio de esta nueva Guerra Fría. ¿Una fiesta? Sí, llevaría un mantel a cuadros.

Hoy quisiera llenar el plato que reposa sobre el mantel. Eso le digo a Edward Snowden justo antes de servir crema de calabaza; pura calabaza, no en vano, es lo que trae la realidad cuando nadie te quiere escuchar si no es de manera oficial, o nadie te quiere responder, si no es con un burofax, o una amenaza de muerte. Calabazas. Sin embargo, vista así, desde lo alto, bien podría parecer un sol de verano, de esos que revientan al caer la tarde en un día cualquiera de máxima luz y calor. Qué contradicción. Luz y calor en una crema de calabaza. La vida siempre avanza con sus patitas finas, y su sombra. Es el otro lado de la realidad.

Pero, decíamos, esta mesa es un festín. ¿Por qué? Porque, de verdad, vivimos la conversación como si él fuera, sin más, un ex técnico, pongamos por caso, de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos. Un hombre en paro sin ganas de hablar del trabajo que quedó atrás. Un ciudadano insubordinado, un residente del mundo, un paseante un día, ojalá, libre.

– ¿Qué harás cuando seas libre?

– Quiero reírme. Necesito la risa. La he olvidado…- me responde:

Ahí, tal vez, nos quedamos mirando a los ojos, como si yo le dijera: ¡Ay!, que me has dado en el punto débil. Y así, los dos, como tontos sonreímos sin prisa porque, no en vano, no tenemos ningún avión que perder. Es lo bueno que esconden las terminales cuando, de manera extraña, no tienes prisa: te dejan estar, sin más. Simplemente hace falta una tarjeta de embarque, y la tiene. Y un avión. Los hay. ¿Y el pasaporte?

Ahí hubo un silencio, al que dejamos también pavonearse sin prisa como lo hizo al declarar lo que todos sabíamos: que las redes comunican a la araña la caída de una nueva presa según cómo vibre la trampa. Arañas informadas.  A mí lo que me dijo fue: “Mi país está lleno de glotones de hamburguesas que dejarían esta crema por insípida y excesivamente colorista”.

– Gracias por no dejarla- y yo aquí recuerdo las hojas manuscritas de un tesorero que con las anotaciones de sueldos no declarados sale al patio de una cárcel, como esta terminal.

Sonrió de nuevo. Pero en realidad daba igual; estábamos en silencio; uno de esos momentos en el limbo lleno de resonancias insonoras llenas de paz. Incluso un grillo podría aparecer a los pies de nuestras sillas. Silencio. Cuando uno ha escuchado tanto debe necesitar desconectar. Ahora elige entre el exilio y la cárcel.

– ¿No le apetecería leer?… Leer, de verdad,  casi estuve a punto de decir. Leer otras cosas…

No respondió.

La noche llegó sin prisa, como ocurre en las sobremesas largas. O al menos eso me pareció a mí. En una terminal de aeropuerto, si te esfuerzas, a veces eres capaz de distinguir la luz artificial de la realidad. Después de esta velada no me apetece comer con Bárcenas. Estoy con un hombre que ha difundido información secreta, el otro se ha aprovechado del secreto. Aquí me quedo con el contador de secretos.

¿Usted piratea? –me costó preguntar.

¿A qué se refiere?

A la música, al cine, a los libros… A todo lo que nos hace soñar. ¿Usted piratea, se descarga? –repetí.

No. Quiero ser un ciudadano más del mundo que toma comida caliente sobre un mantel de cuadros y disfruta. Y disfruta de las historias. Tal vez escriba la mía.

Después me pidió que le recomendara un libro. Qué poco me gusta que me pregunten esas cosas. Pero respondí. A él, sí.

– Vamos… Recomiéndeme un libro. Voy a tener mucho tiempo para leer –repitió.

– Biografía del Silencio, de Pablo d´Ors.

Hasta el próximo jueves

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