Sol Salama, editora: “Ahora mismo reconforta la mirada a la tierra, al origen”

Sol Salama, editora: “Ahora mismo reconforta la mirada a la tierra, al origen”

La editora Sol Salama. Foto: Jaqueline Larsen.

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La editora Sol Salama. Foto: Jaqueline Larsen.

Hoy, Día del Libro, nos acordamos especialmente de las pequeñas librerías y las pequeñas editoriales. Y lo hacemos a través de Tránsito, una joven editorial que ha alcanzado prestigio publicando a autoras que abordan “emociones delicadas y debates necesarios”. Como Katixa Agirre, Fernanda Trías y Caroline Lamarche, cuyo nuevo libro lleva un título, ‘Estamos en el borde’, que nos llegó casi como una premonición en vísperas de esta debacle: “Es una mirada a la tierra y un amor verdadero por el planeta, por el origen, y eso ahora mismo reconforta”, resume Sol Salama. Hablamos con ella, toda una aventurera de las letras.

Lo primero, Sol, ya es algo inevitable, ¿cómo llevas el confinamiento? A nivel personal, ¿cómo te lo has planteado?, ¿y a nivel profesional, temes por la editorial? Esta crisis pone en serio riesgo muchos proyectos culturales…

Estoy confinada sola en mi casa de Madrid, e intento mantener una rutina enfocada en estar lo más serena posible. El mundo ahora está en suspenso, así que poco se puede hacer. En Tránsito hemos aprovechado para lanzar los ebooks; parece el momento idóneo. Todo el plan se ha visto alterado, y claro que estoy preocupada. No hay duda de que vienen meses muy duros, porque no estamos teniendo ventas, y la convalecencia va a ser muy larga.

¿Cómo te surgió la chispa de crear Tránsito?, ¿por qué, para qué? Te lo habrán preguntado muchas veces: ¿por qué solo autoras?

Era un sueño desde la adolescencia: me fui obcecando, y lo hice realidad. ¡Aún me sorprendo! La decisión de publicar sólo a autoras fue algo previo a la definición de la línea editorial, y es un gesto reivindicativo, porque creo que tenemos aún mucho camino que patear en la igualdad.

¿Qué hacías antes, Sol?

Fui redactora cultural en agencias; me dediqué un tiempo a la fotografía (mi otro entusiasmo); fui correctora y lectora editorial, y después asistente editorial en PRH (Penguin Random House). 

A día de hoy, ¿te arrepientes de algo, o mejor, habrías hecho algo diferente respecto a Tránsito?

Creo que ahora haría las cosas igual respecto a Tránsito. Es verdad que podría haberme formado mucho más en edición antes de crear la empresa, pero es que entonces creo que me habría quedado formándome: no me habría lanzado nunca. Y la cosa es que en esto, como en todo, hay gran parte de prueba y error que tienes que vivir en el camino, aprendes una vez estás en el ruedo, y muchas veces equivocándote.

¿Te la imaginabas una experiencia tan dura como gratificante?

Yo creo que sabía y no sabía en lo que me metía. Sabía que sería mágico y arduo, pero en abstracto. Sigue siendo mágico para mí, pero su parte no romántica es inmensa y cada vez, cada día, no sé cómo, más ardua, ja ja.

Tienes publicados ocho libros. Haznos un breve repaso del punto fuerte de cada uno de ellos; excepto del último, de ese hablaremos luego.

La azotea es una dentellada que atrapa por la escritura vertiginosa de Fernanda Trías y por su historia trepidante.

La memoria del aire es como un largo poema, doloroso, en el que Lamarche narra, ya desde la supervivencia, la gran violencia que vivió en una relación tóxica, la cual le hace revivir una violación pasada.

Primera persona es un conjunto de crónicas/relatos en los que Margarita G. Robayo indaga con una astucia y una miradas únicas en la intimidad, la maternidad, los afectos, los vínculos amorosos, la relación con el padre… Un libro conmovedor y revelador.

En El nenúfar y la araña, Claire Legendre profundiza con ironía en el miedo y la hipocondría, y consigue que nos veamos todos identificados.

Quiltras son relatos narrados por chicas jóvenes en los que Arelis Uribe nos muestra cómo es ser mujer y sobrevivir a ello en la periferia de Santiago de Chile; conviene salir de aquí y asomarse.

En Las madres no, Agirre mezcla ensayo y thriller en una trama adictiva acerca de dos mujeres, una infanticida y otra escritora que se obsesiona con el crimen; esto le permite indagar sobre temas como los derechos de los niños, la relación entre la maternidad y la creación, etc.

Las estrellas es un canto a la vida y al amor, y a la vez un libro de duelo por la muerte de la madre de la autora, Paula Vázquez, escrito con luminosidad y ternura.

Son autoras, desde luego, con lenguajes muy personales, libros de carácter recio, incluso áspero, duro, a veces. No se puede decir que vayas buscando complacencias comerciales… ¿Qué buscas en ‘tus’ autoras?

Sí, busco libros de carácter fuerte, intenso. Que profundicen mucho en emociones delicadas o en debates necesarios. Creo que de eso se trata la literatura: la forma para muchas personas de acercarse al mundo, de entenderlo.

¿Cuáles han conectado mejor con el público?

Creo que La azotea, Primera persona y Las madres no han sido los tres que más rápidamente funcionaron y que mejor tirón han seguido teniendo en el tiempo.

Por cierto, ¿conoces cuál es el perfil de tu público?

El público de Tránsito es bastante literario, son buenos lectores, y además es un público fiel que desde el primer día apoya el proyecto. Tienen confianza en lo que Tránsito va a publicar, van a por el último Tránsito publicado porque ya tienen los anteriores, y eso es muy bonito, como lo es el hecho de que sea un público verdaderamente ecléctico: desde gente de veintitantos hasta personas de sesenta.

‘Estamos en el borde’, de Caroline Lamarche, ha sido el último lanzamiento, y justo en estos tiempos tan raros. ¿Qué es lo que más te convenció de él para editarlo?

Es un libro muy especial desde su propuesta: todos los relatos los protagonizan un animal y una persona, que establecen, en cada caso, diferentes vínculos. Ya eso me cautiva por lo original y por mi amor a la naturaleza. Además, tienen todos una extrema sensibilidad; y son tan profundos que a veces parece que estamos ante un libro de pensamiento, aunque son fáciles de leer. Subyace en todos ellos una mirada a la tierra y un amor verdadero por el planeta, por el origen, y eso ahora mismo reconforta.

Así lo veo yo también. El libro muestra una conexión muy fuerte de los humanos con la naturaleza, con los animales; hay historias muy intensas, como el relato ‘Embuste’, de compenetración entre un ser humano y un animal, en este caso una adolescente y un caballo. ¿Tú crees que hay algún mensaje que deberíamos sacar de esta pandemia en nuestra manera de relacionarnos con el resto de la naturaleza? ¿Crees que la sociedad lo está viendo así?

Es obvio que Lamarche, para la cual los animales son fundamentales en su vida y, por lo tanto, en su obra, hace en Estamos en el borde un alegato en defensa del planeta y su vida silvestre. Hay muchos lectores a los que creo que les puede conmover eso.

Creo que, en estos momentos, una de las cosas más llamativas que está ocurriendo es que la gente, aunque fuese muy urbanita, está sintiendo una fuerte añoranza por la naturaleza. Leo que muchas personas lo que quieren, cuando esto acabe, es pisar la hierba, irse al mar, sentir la arena, oler el campo, y esto es muy significativo. Siempre he odiado pensar que se aprende o se crece a hostias, pero quizá hay gran parte de verdad en ello, y ojalá esto cambie algo; por ejemplo, en la conciencia sobre los productos de alimentación.

¿Qué es lo que más cuesta arriba te está resultando de esta ‘aventura’ profesional? Quizá encontrar un sitio entre tanto gran grupo editorial, tanta avalancha de novedades, tanto ‘ruido’…

Somos muchas editoriales, y eso es duro de cara a la prensa, pero opino que tenemos los nichos bastante bien repartidos y que la convivencia es posible. Los grandes grupos no son nuestra competencia. Pero me está resultando difícil el trabajo con librerías fuera de Madrid. Lo he empezado a hacer en Barcelona y en alguna ciudad más, pero querría conocerlas a todas, y claro, pues necesitaría un equipo, porque si tengo que estar leyendo, editando y haciendo prensa, no puedo estar viajando para conocer a libreros y libreras en persona. Es un trabajo de pico y pala, soy consciente.

¿Te tratan bien los medios, los suplementos culturales y esas cosas, ya sabes…?

No me puedo quejar acerca de la atención que me dan los periodistas. Me cuesta que salgan cosas, ahí sí están antes los sellos de los grupos grandes; pero salen, siempre menos de lo que convendría, pero para lo que llevo, la verdad es que Tránsito se conoce mucho. Estoy agradecida.

¿Tus planes editoriales para el resto del año?, dependiendo del escenario que nos permita el virus y las autoridades, claro.

Por ahora hay que ir un poco al día, es difícil saber. He pospuesto todo a otoño y, cuando se pueda, intentaré tratar como novedad Estamos en el borde, que se quedó en el desierto, y lanzaré La Cresta de Ilión, de la gran autora mexicana Cristina Rivera Garza, una historia con una trama perturbadora que ahonda en la identidad de género y en el poder del lenguaje.

¿Y planes personales? Lo que más echas en falta ahora mismo de tu vida ‘normal’.

Ver a mis chicas (mi familia), salir al campo, ir a librerías.

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