De Stephen King a John Berger, dos joyas para agarrarse a la vida

El escritor John Berger.

El escritor John Berger.

El escritor John Berger.

El escritor John Berger.

Nos detenemos hoy en ‘Área de Descanso’ en dos joyas editadas por Nørdica: primero, ‘El hombre del traje negro’, de Stephen King, maestro del terror; después, ‘Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos’, de John Berger, maestro de la realidad. Ambas, y como corresponde a los cuidados trabajos de esta editorial, con ilustraciones que hacen aun mayor la grandeza de los textos. Ana Juan acompaña a King. Leticia Ruifernández, a Berger.

Confieso que entré en la obra de ficción de Stephen King por la puerta grande, esto es, por uno de sus cuentos. En una entrevista, no recuerdo dónde, el celebrado autor norteamericano aseguraba que escribir un buen relato le parecía más difícil que una novela (algo así, no son palabras textuales). Esta declaración de humildad estaba en consonancia con el único libro suyo que había leído hasta entonces, Mientras escribo (DeBolsillo), donde King, sin alharacas, nos enseña el taller de su escritura, las herramientas que utiliza para crear las historias que han sobrecogido a medio mundo. Un libro que recomiendo a todo aquel que quiera dedicarse a este oficio.

Con una obra que ha ido ganando el reconocimiento de la crítica más exigente y que finalmente empieza a sacarle de esa etiqueta tan inasible como vacua que es la literatura de género, yo llevaba algún tiempo queriendo leer alguna obra de ficción del maestro del terror. Si no lo había hecho antes no era por ningún prejuicio sino por el miedo a pasar miedo. Para estas cosas soy un cobarde, qué le vamos a hacer. Pero un día, hace ya algunos meses, durante un viaje a Granada, reparé en una pequeña y deliciosa librería dedicada al cómic, Flash creo que se llama, y allí encontré El hombre del traje negro, de King, editado por la editorial Nørdica, con ilustraciones de Ana Juan. El pequeño volumen, negro con un pez/demonio dorado en la portada, incluye el cuento en el que se inspira King, El joven Goodman, de Hawthorne, un autor que junto a Poe son los grandes maestros de los que ha bebido la literatura del autor de Carrie.

Hay libros que son algo más que un libro y El hombre del traje negro no es solo un cuento para leer, uno de los mejores relatos de King, lo que ya es decir mucho, sino también para ver. Para todos aquellos que somos un poco fetichistas con los libros, la exquisita edición de Nørdica, premiada por el Ministerio de Cultura, se convierte en un auténtico regalo. Las ilustraciones turbadoras de Ana Juan dialogan perfectamente con la historia que nos cuenta King, la de un nonagenario que a su edad aún siente escalofríos cuando rememora un terrible episodio de la infancia que cambió su vida. Narrado con una mezcla de miedo y nostalgia por ese territorio perdido de la infancia, cuando el protagonista perdió su inocencia, el cuento de King rescata la atmósfera y el espíritu de El joven Goodman, un cuento en torno al mal y su presencia en nuestras vidas cotidianas.

Ilustraciones de Ana Juan para 'El hombre del traje negro' de Stephen King.

Ilustración de Ana Juan para ‘El hombre del traje negro’ de Stephen King.

Ilustración de Ana Juan.

Ilustración de Ana Juan.

Otra joya editada por Nørdica es la reedición de Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos, de John Berger (traducción de Pilar Vázquez), que incluye unos maravillosos dibujos de Leticia Ruifernández. La artista habló de su relación con Berger en el emotivo y bergeriano homenaje que se le rindió al autor británico a principios de año en el Círculo de Bellas Artes, en Madrid. Fallecido el 2 de enero de 2017, la relación de Berger con España fue muy estrecha e íntima. En una entrevista a un periódico británico, el autor de Puerca tierra aseguró que el país donde quizá se le había reconocido más su obra no había sido Francia, donde vivía, sino España.

Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos, que toma el título de un poema incluido en el libro, es una de sus obras más íntimas y bergerianas. La poesía, la narración más pura, la evocación, el ensayo sobre el arte, y los dibujos de Ruifernández se mezclan en estas páginas. Berger siempre dijo de sí mismo que, más que escritor, le gustaba definirse como narrador, contador de historias. Al fin y al cabo, la literatura procede de ese momento en las cavernas cuando nuestros antepasados se contaban historias frente al fuego, para ahuyentar el miedo o para pasar el tiempo tras una dura jornada en busca de alimento. Esa misma sensación de calidez y de refugio es lo que uno siente al leer este libro.

“John Berger encarna la mirada fértil”, escribe Manuel Rivas en el prólogo. Amigo y gran conocedor de la obra de Berger, las palabras de Rivas ajustan nuestras gafas de lectores para disfrutar de este libro inclasificable, sin fronteras entre los géneros, tal y como le gustaba que fuera la vida al narrador británico. De ahí su activismo en todas las facetas del arte y del compromiso político. En Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos, Berger nos habla del amor, de la muerte, de la memoria, del arte, de su admirado Van Gogh, de contar historias, del espanto a los lugares cerrados e íntimos que sienten los más precarios entre los precarios, de la emigración y el desarraigo, de Marx y de Platón, de la belleza de las cosas y del momento. De la amistad.

Berger no solo nos enseñó a mirar el arte de otra manera, también la vida y lo que puede dar de sí. Decía que uno puede no ser optimista, pero que lo que no se puede perder nunca es la esperanza de que las cosas pueden y deben cambiar. “Para un animal, su entorno y hábitat natural son algo dado; para el hombre, pese a la fe de los empiristas, la realidad no es algo dado: hay que buscarla continuamente, hay que agarrarla; casi me atrevería a decir que hay que salvarla”. Este libro es una invitación a hacerlo.

Ilustración de Ana Juan.

Ilustración de Ana Juan.

Ilustración de Ana Juan.

Ilustración de Ana Juan.

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