Burton Norton, no te fíes de lo que ven tus ojos

No te fíes de lo que ven tus ojos

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Juego de personalidades y de realidades. Así es el trabajo del fotógrafo Eduardo Momeñe que se muestra en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Alter egos y sus acompañantes y una Europa que ya no es como era o que, tal vez, jamás fue como nos enseñaron o que directamente no existe.

Una fotografía no es la realidad. Esta frase no busca la provocación, sólo insiste en una evidencia: la imagen esconde detalles, ángulos que nunca puede ver el espectador; y por el contrario muestra otros. Una foto puede embellecer o afear. Una foto es tan subjetiva como un texto, como una novela en la que el autor te puede decir que él no es el verdadero autor. Y eso es tan viejo como Cervantes y El Quijote. ¿No nos dijo que el autor era un árabe? ¿Y cuál es ese lugar de La Mancha?

Ese misterio, lo que puede ser y no es, está detrás del proyecto Fotografías de Burton Norton, del artista Eduardo Momeñe, que se expone en el Círculo de Bellas Artes de Madrid hasta el 19 de enero. Son una serie de imágenes que podrían haber sido tomadas a mediados del siglo XIX, en esos inicios de la era fotográfica, con cámaras incapaces de captar el movimiento. Técnicas que impedían hacerse con la vida del fotografiado y que muestran un mundo muerto: la más pura irrealidad, pues el mundo, como cantaba Jimmy Fontana, gira y gira y gira.

El espectador siempre toma la fotografía como un trasunto de lo real, pero Momeñe rompe con la convención y nos lleva al mundo de la filosofía del irlandés George Berkeley, quien ya en el siglo XVIII nos condujo al escepticismo de si lo que estábamos observando era cierto. O si lo que uno veía podía ser muy distinto a lo que captaba otro. Y a partir de ahí el big bang de la hermenéutica y de las múltiples interpretaciones, que nos lleva al idealismo subjetivo, a Platon y la caverna, a Calderón de la Barca, Kafka y tantos otros que se preguntaron sobre si el acontecer es eso que nos cuentan o no. Y todo ello antes de que hubiera surgido la tecnología del maquillaje fotográfico, el dios Photoshop.

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Para desarrollar su teoría, a la que Momeñe ha dedicado más de diez años de su vida, el artista se hace acompañar de un fotógrafo británico llamado Burton Norton y su ayudante, W.G Jones y de las imágenes que tomaron –o podrían haber tomado- durante un viaje por la Europa de mediados del XIX. Es un itinerario que hace honor a La tierra baldía de T.S Elliott, a un mundo arruinado y casi solitario, una Europa, como dice Momeñe, “mortuoria”. Las imágenes adoptan un tono existencialista, puesto que todo lo que muestran “ya murió”: ese ambiente victoriano, esos retratos de personas con ojos acuosos (la cámara de entonces tampoco podía captar el parpadeo) o ese Partenon que uno podía visitar y quedarse a dormir a sus pies (hoy ya imposible con toda la red de alojamientos de Atenas).

La exposición recorre a su vez una Europa mágica. Envejecida y solitaria, pero que posee su universo de fantasmas y duendes. Es una Europa mitológica, al menos desde el punto de vista británico: aparecen las abadías arruinadas, las casas en los bosques germanos, un Versalles vacío, ya sin el multicolor festivo de las grandes galas de Maria Antonieta y Luis XVI – en las antípodas de la película (también ficción) de Sofia Coppola- el Rhin y sus aguas turbulentas, el lago Como, donde precisamente nació la fotografía, la Venecia del Puente de los Suspiros, Brujas envuelto en brumas o los animales disecados, la única posibilidad, entonces, de poder captar a un animal.

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Toda la muestra es un relato, y por tanto está acompañada de textos escritos por Jones (o no). Las imágenes nos engañan -¿existió esa Europa?-, aunque en todas ellas podamos reconocer algo real, físico y material. “La fotografía no dice nada, sólo enseña”, sostiene Momeñe. Después está el espectador para interpretarla. Aunque como insiste Norton: nunca te fíes de lo que ven tus ojos.

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