‘La teoría de los bebés por piezas’

‘La teoría de los bebés por piezas’

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Retrato de un bebé. Henry Colton Shumway. Foto: Metropolitan Museum of Art New York.

“Ella siguió insistiendo en que no estaba embarazada, que eso no era un parto, hasta que después de un rato también cayó en la teoría de los niños por piezas”. Llegamos a la entrega 25 de nuestra serie ‘Relatos de un Extraño Verano’ en colaboración con el Taller de Escritura Creativa de Clara Obligado y con la pandemia que estamos sufriendo como motor de inspiración.

 POR LAURA AZUFRE

El silencio había vuelto mi tarea diaria mucho más fácil, ni los pitidos de los coches ni las conversaciones de la calle interferían en mi chequeo de los vecinos. El tiempo del desayuno lo empleaba en la de arriba, que siempre resultaba la más complicada, porque entre sus ays, sus uuu y sus síiiis quién demonios puede descifrar si está pasándoselo muy bien o necesita ayuda. Pero un día los ruiditos sonaron más largos, menos agudos. Sacrifiqué el último sobao y ya en el rellano sus ruidos se convirtieron en gritos y la pude escuchar chillar con nitidez que no, que no estoy embarazada, que no puedo estar pariendo, ¿me entiende?

Desde la puerta entornada la vi tendida en el suelo con las piernas abiertas y expulsando a presión unos bultos que parecían arándanos. Los bultos daban contra las paredes, rebotaban y estaban transformando el tono gris del salón en un estampado. Yo misma tuve que apartarme para que no me alcanzara uno en la frente. A pesar de mis equilibrios, ella siguió chillándole al teléfono para que le mandasen una ambulancia hasta que la paré: “Cuelga, mujer, que ya te ayudo yo con lo que sea, sabe Dios que de niños sé, así que déjate de médicos y de historias”. Tiró el teléfono con muy poca convicción, de hecho, creo más bien que colgó porque le colgaron y, entre lágrimas, empezó a repetirme la retahíla a mí: “Esto no es un parto, sexo no he tenido en un año y el médico me está tomando por loca”. La tranquilicé como pude: “Mujer, confía, que esto sea un parto o no da lo mismo. Vamos a actuar como si lo fuera y si al final resulta que no, pues ya veremos”.

Le puse debajo de la cabeza un cojín de esos modernos que tenía en el sofá y me senté sobre la mesita del salón. “Venga, relájate. Me vas a respirar de uno en uno, a un ritmo tranquilo, como yo lo estoy haciendo” le dije, pero era todo apariencia, tranquilas no estábamos ninguna de las dos. Le estaba saliendo de entre las piernas un líquido azul oscuro y disparaba bultos a una velocidad suficiente como para dejarme tuerta. Yo tenía un conocimiento intermedio entre la experiencia de mis partos y las telenovelas turcas, pero al final a mis hijos los había tenido hace más de 40 años, ¿y si eran así los partos del presente?, ¿había que ir recolectando las partes del bebé y luego al final unirlas tú misma?

De ahí no salían brazos, ni dedos, solo bultos negros que, como mucho, alcanzarían a ser pupilas. Por si acaso, alcancé el otro cojín y se lo puse entre las piernas, para que no se fueran muy lejos. Ella siguió insistiendo en que no estaba embarazada, que eso no era un parto, hasta que después de un rato también cayó en la teoría de los niños por piezas y me agarró del brazo para preguntarme: “¿Será que Dios ha intentado embarazarme y con las pastillas anticonceptivas se me ha mezclado todo y ahora el bebé está saliendo a cachos?”. Rechacé esa sospecha con toda la energía que me quedaba en el cuerpo: “Dios está al corriente de tu medicación, querida” y le acerqué más el cojín a la entrepierna.

En esa posición estuvimos algo menos de una hora. El ritmo de la salida de los bebés arándano se fue reduciendo hasta que no salió nada más. Con mi ayuda, se pudo levantar y pasar del suelo al sofá. Me llevé los bultos que logré recolectar a la cocina y los tendí a todos en un pañito. Por mucho que los mirase, no había manera lógica de unirlos. Desde el salón, la vecina me metía prisa para que volviera y yo no tenía ninguna certeza acerca de su bebé. Decidí llevárselos tal cual estaban y que su instinto materno hiciera el resto: si se echaba a llorar, el bebé estaba muerto o le faltaban piezas; si, por el contrario, sonreía y me agradecía, todo había ido bien, yo había cumplido como una buena vecina y el bebé estaba entero.

Hizo amago de abrazarlos, pero los bultitos se empezaron a salir del paño y a derramarse por el sofá. “¿También te pasó esto cuando tuviste a tus hijos?”, me preguntó y me apresuré a contarle que los dos míos salieron por cesárea, “me dejaron una cicatriz de estas brutas que los cirujanos solo les hacen a las gordas, a las del tipín nunca”. Volví a juntar los arándanos y agrupé con disimulo el poco conocimiento que tenía sobre los partos modernos: “En la tele se ven estas cosas, entre el estrés de la ciudad y los rayos uva de los móviles, los bebés se estresan y se niegan a salir, de ahí que se desgranen. Casi como su primera rabieta. Te digo yo que lo mejor es que te relajes aquí tumbada y en seguida nos va saliendo el resto”.

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