14.07.2018

No hay nada más terrorífico que un cuento de hadas

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Detalle de la cubierta de 'El coleccionista de libros' de Alice Thomson en la edición de Siruela.

Detalle de la cubierta de ‘El coleccionista de libros’ de Alice Thomson en la edición de Siruela.

Nuestra especialista en género fantástico se detiene hoy en la lectura de ‘El coleccionista de libros’, de Alice Thompson. A pesar de algunos clichés, un libro apetecible, recomendable, para estas lentas tardes de julio. Una mujer, Violet, que empieza a ver que su idílica vida –mansión enorme, marido rico y apuesto, bebé adorable– empieza a derrumbarse. Archie, su pareja, un coleccionista de libros que guarda con el máximo celo, escondido en una caja fuerte, un ejemplar de los cuentos de hadas recopilados de Hans Christian Andersen… Y la niñera…

POR RAQUEL MORALEJA

Después de leer El coleccionista de libros de Alice Thompson (Siruela, 2017), y tras darle alguna que otra vuelta, he llegado a la conclusión de que vender un libro demasiado bien, es decir, armar un envoltorio increíblemente atractivo, aunque sea todo un logro para el departamento de marketing y les alegre los números a los de cuentas, puede acarrear un peligro: la insatisfacción de las expectativas.

He de empezar diciendo que El coleccionista de libros me parece una novela bien lograda, entretenida y por lo tanto recomendable para quien quiera engancharse a una lectura que no sea el best seller de turno, además de contener algunas escenas y reflexiones de lo más interesantes. Promete una trama misteriosa y una atmósfera gótica que Alice Thompson logra recrear con bastante acierto. El problema es que su envoltorio me resultó tan, tan fascinante que esperaba toparme con uno de los libros preferidos de mi vida. Mea culpa.

Una preciosa cubierta (Poltergeist de Conroy Maddox) que representa a una lacónica mujer sentada en una habitación que se encuentra envuelta en llamas. “Perturbador espectáculo gótico”, en palabras de Stephen King, cuyo criterio nos tememos que pase por talonario. Inglaterra eduardiana como telón de fondo. Una mujer, Violet, que empieza a ver como su idílica vida –mansión enorme, marido apuesto y con dinero, bebé adorable– empieza a derrumbarse. Una historia cuyo eje central es el coleccionismo de libros, argumento suficiente para atraer a cualquier letraherido. “No hay nada más terrorífico que un cuento de hadas”. Leída esta cita, no podía esperar a tener el libro entre mis manos.

Puede que el gran error resida en emparentar El coleccionista de libros con nombres que son imposibles de igualar. Violet, que según las normas de la sociedad debería ser más que dichosa, no lo es –“cuestionarse la realidad de su vida era cuestionarse la realidad de su existencia”–. Después del nacimiento de su primer hijo, empieza a apreciar temibles grietas en la aparente perfección de su mundo. El desmorone de su conciencia, la duda sobre el raciocinio propio y la vigilancia paternalista y opresiva del marido nos recuerdan al soberbio cuento El empapelado amarillo de Charlotte Perkins Gilman.

Archie, su marido, es un coleccionista de libros que guarda con el máximo celo, escondido en una caja fuerte, un ejemplar de los cuentos de hadas recopilados de Hans Christian Andersen. Lectora de estos relatos desde niña, Violet empieza a obsesionarse con el ejemplar, más aún después de descubrir que está dedicado a la difunta primera mujer de su marido. Este libro de cuentos de hadas –cuya presencia habría resultado aún más temible y fascinante si no fuese porque, a menudo, la autora se olvidaba de él durante demasiadas páginas– alude, de manera demasiado obvia y forzada, a Angela Carter, lo cual es como llamar a las puertas de un templo y pedir que te dejen pasar. La reelaboración en clave sensual, feminista y gótica del folclore clásico llevado a cabo por la autora inglesa, una de las mejores estilistas en esta lengua de todos los tiempos, es, a mi parecer, imposible de comparar a cualquier otro artefacto. En todo caso, el estúpido enamoramiento de Violet y el monstruo en el que se convierte su amado sí que nos recuerdan al cuento de Barba Azul, que Carter convirtió en una auténtica obra maestra en su cuento La cámara sangrienta.

Por último, entra en escena el tercer personaje del esperado –y, si no, ya está anunciado en la contracubierta– triángulo: la niñera. Una figura un tanto manida por culpa de los telefilmes de la hora de la siesta y que en El coleccionista de libros, aunque pieza interesante, no resulta imprescindible y es el único de los personajes que verdaderamente cae en el cliché. La desesperación en la que Violet se sume lleva a Archie a internarla en un sanatorio, recurso habitual de los esposos de la época. En este ambiguo ­–y gótico, muy gótico– edificio tienen lugar algunos de los pasajes más brillantes de la novela. Sí, hay mujeres con trastornos mentales, pero en su mayoría son mujeres que desean ser más independientes, a las que les gusta demasiado el sexo o que se han convertido en un estorbo para sus maridos. Todas ellas diagnosticadas con la famosa “histeria nerviosa” de la que eran víctimas todas las mujeres que se saliesen de la norma, como la propia Charlotte Perkins Gilman. Al volver del sanatorio, Violet se encuentra con que Clara, una –obviamente– joven y despampanante niñera ha estado cuidando de su hijo. Y aquí, vagamente, nos acordamos de Rebeca, pero es que Daphne du Maurier… es mucha du Maurier.

Con todo, las semejanzas con estos referentes góticos tan fascinantes, aunque en ocasiones cogidas por los pelos y basándose en la obviedad, hacen de El coleccionista de libros, tal y como empecé diciendo, una lectura apetecible, de ritmo ágil y estilo cuidado, gratamente ambientada. Un cóctel algo artificioso pero sabroso que cada vez que descubro por el rabillo del ojo desearía olvidar y volver a leer de nuevo.

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