05.04.2018

The show must go on, la CND juega con la ‘perform-dance’ pop de Jérôme Bel

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The show must go on de Jèrôme Bel. Foto de Riccardo Musacchio & Flavio Ianniello.

The show must go on de Jérôme Bel. Foto de Riccardo Musacchio & Flavio Ianniello.

La Compañía Nacional de Danza trae estos días a los Teatros del Canal, en Madrid, la perform-dance The Show Must Go On. A partir de 18 canciones pop que forman parte del imaginario colectivo, desde los Beatles y Queen a la ‘Macarena’ de Los del Río, el coreógrafo francés Jérôme Bel construyó en 2001 este espectáculo que no deja indiferentes los ánimos del público. Veamos por qué.

Se trata de un desafío constante a las expectativas que el espectador trae de serie cuando ingresa en un teatro. Probablemente por eso anoche, en el estreno de The Show Must Go On por parte de la Compañía Nacional de Danza en los Teatros del Canal, más de uno demostró, a voz en grito, un acercamiento torpe, quizás inculto y rayando en ocasiones lo cateto a la propuesta del coreógrafo Jérôme Bel. “¡Viva el arte conceptual subvencionado!”, “¡Imagina que hay alguien en el escenario!”, “¡Que devuelvan el 50% de la entrada!” fueron varios de los improperios que se escucharon durante la hora y media que duró el espectáculo.

Superemos ese tópico tan manido de que el público es soberano. ¡Claro que lo es!, pero también es cierto que es su responsabilidad realizar con anterioridad una mínima y conveniente labor de información antes de comprar entradas, no vaya a ser que se encuentre uno con una performance donde esperaba ver El lago de los cisnes. Y conviene, mucho más, si la butaca en la que se sienta está dentro de un edificio en cuya fachada se puede leer en letras gigantes ‘Centro de artes escénicas contemporáneas’.

Se puede discutir si la propuesta de Bel ha envejecido desde su creación en 2001. Se puede poner en cuestión si su plasticidad es la más adecuada o si el resultado está conseguido o no lo está. Pero disparar, así sin más, contra lo conceptual, lo distinto o lo poco complaciente refleja, como mínimo, una tremenda cortedad de miras. No es ya que exista un sector del público que se resiste a salir de ese peñazo manido hasta el vómito que se ha venido en denominar ‘la zona de confort’; se trata, simplemente, de mentes tan cuadriculadas que se encontraban anoche, sin duda, en el lugar equivocado y a la hora equivocada.

Jérôme Bel, nacido en 1964 en Montpellier, Francia, está considerado uno de los mayores exponentes de la corriente de la no-danza cuyo epítome en su carrera es esta coreografía de 2001 que roba el título de la canción de Queen The Show Must Go On. (Una canción, entre otras del grupo británico, que el genial Maurice Bèjart ya había subido a las tablas en su Ballet for Life/Le presbytère)La no-danza prescinde del vocabulario de la danza tradicional para integrarlo de manera transversal con otras disciplinas. Y, aquí, sin duda lo hace con el arte performativo y, sobre todo, de una manera fabulosa con algunas de las piezas más emblemáticas de la música popular del siglo XX. Sí, eso que todos conocemos como música pop.

Un desafío constante a las expectativas del espectador. Esa es la premisa mayor y desde luego que el espectáculo que vimos anoche lo cumple con creces. Apoyándose en un sólido andamiaje construido sobre la base de 18 canciones que forman parte del imaginario colectivo. Y ciertamente que están bien escogidas. No están todas las que deberían, por supuesto, pero todas las que están funcionan perfectamente. A buen seguro, sin ellas, todo el espectáculo se caería como un castillo de naipes expuesto a la brisa del mar. Esos 18 momentos, que un dj va lanzando de espaldas al público, son imprescindibles para que Bel y la Compañía Nacional de Danza te zarandeen sin pedir permiso llevándote en ocasiones al enfado, otras al absurdo, a la emoción, la participación, la risa, la diversión… Sin dejarte prácticamente en ningún momento indiferente.

Bel propone la interpretación de una serie de instrucciones o indicaciones que en cada nueva ciudad son entregadas, con gran secreto, a la compañía encargada de poner en pie este The Show Must Go On. No se basa en una serie de movimientos específicos predeterminados que hayan de ejecutar los bailarines. Va más allá. En este caso no se quiere incidir en la copia y la repetición, en la notación o la documentación videográfica, sino en la idea de continuidad.

La pieza recibió un Bessie Award en Nueva York en 2005 y ha formado parte del repertorio de la Deutsches Schauspielhaus de Hamburgo y del Ballet de la Ópera de Lyon. Ahora entra también en el repertorio de la CND, así como Gods and Dogs de Jiry Kylián; Kikarizatto del israelí Itzik Galilei, y el regreso de Por vos muero, una de las coreografías emblemáticas de Nacho Duato, poniendo así fin a la prohibición que el exdirector de la CDN impuso a la compañía de bailar sus coreografías cuando fue destituido y sustituido por José Carlos Martínez al frente de la dirección artística de la institución.

La escena en The Show Must Go On no tiene decorados. Es una caja negra, y ya. Sobre las tablas, 21 intérpretes de diferentes edades, razas, complexiones físicas –algunos bailarines profesionales de la CND y otros, personas sin experiencia en el mundo de la danza- realizan acciones que se corresponden, en cierta forma, con el significado del título o la letra de cada canción. Una sigue a la otra durante la hora y media que dura el espectáculo, trazando una narrativa musical, lírica y épica, que podría reflejar el discurrir de un día entero, desde la mañana hasta la noche, o toda una vida con un lenguaje que transita entre lo más coloquial y, a veces, lo más refinado.

El dj y los 'bailarines' al fondo en The show must go on de Jèrôme Bel. Foto de Riccardo Musacchio & Flavio Ianniello.

El dj, en primer plano, y los ‘bailarines’ al fondo en The show must go on de Jérôme Bel. Foto de Riccardo Musacchio & Flavio Ianniello.

Todo comienza con la noche: suena Tonight de The Rubettes en un teatro y escenario a oscuras hasta que, poco a poco, se hace de día con Let The Sunshine In, del musical Hair. Dos canciones completas y todavía no hemos visto ni el asomo de una persona en escena. Solo la noche y el día. Un aviso de candencia, de estilo, de lenguaje. Cuando se escucha el verso ‘Come together, right now, over me’ de la canción Come Together de The Beatles aparecen los cuerpos en escena. Y no es hasta que Bowie canta las palabras Let’s dance que no les vemos ningún movimiento parecido a la danza.

Complejos, anhelos, infancia, exhibicionismo, desinhibición y hasta zafiedad recorren el teatro subidos a lomos del dj y sus canciones. Desde el I like to move it de Erick Morillo hasta Ballerina girl de Lionel Richie, pasando por Private Dancer de Tina Turner o Macarena de Los del Río. Hasta que llega uno de los momentos más emocionantes y conseguidos de la velada: la multitud que se detiene por unos minutos de su frenético devenir solo para abrazarse mientras suena la infalible y maravillosa Into my arms, de Nick Cave and the Bad Seeds. ¡El abrazo como arma contemporánea! ¡Con la que está cayendo!. Humor, color, participación, estados de ánimo, sueño y vigilia, muerte y vida se van sucediendo en la mente del espectador… Hasta desembocar en The show must go on de Queen, ese tremendo manifiesto que Freddie Mercury escribió pocos meses antes de morir a sabiendas de que el sida había descascarillado su maquillaje para siempre.

The show must go on de Jèrôme Bel por la Compañía Nacional de Danza. Teatros del Canal hasta el 8/4/2018

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Sobre el autor

Manuel Cuéllar
El 12/12/12 decidió poner en marcha esta revista después de una experiencia profesional de 17 años en el diario EL PAÍS, donde se convirtió en un periodista todoterreno. Se licenció en Derecho en la Universidad Autónoma de Madrid y cursó el máster en la Escuela de Periodismo UAM/EL PAÍS. Periodista convencido de las bondades de las nuevas tecnologías, cubrió el 15 M por Twitter y otras redes sociales. Puedes seguirme en mis cuentas personales de Twitter, Facebook e Instagram. Gracias.

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5 comentarios

  • El 07.04.2018 , Cateta ha comentado:

    Estoy leyendo las críticas realizadas a la obra de Jèrome Bel dirigida por José Carlos Martínez y me azota la incredulidad. Por un lado, una crítica casposa en contra de lo experimental, con tintes de sensatez. Por otro, una crítica que haciendo gala de su apertura de miras, aclaman una obra que ha sido pésimamente llevada a escena.
    Lo que más me preocupa es que el ataque al final sea hacia la gente que ha criticado a la obra y no hacia la obra en sí. Atacando el “catetismo” y la incultura. Y leyendo estas críticas lo único que me ronda por la cabeza es la estrechez de miras de esos críticos que presumen de saber más que ese público crítico.
    Soy defensora de lo experimental, de lo conceptual subvencionado porque es ahí donde debe arriesgar el artista, y gracias a esas piezas, el arte avanza. Es el Estado el que debe apoyar piezas que busquen abrir mentes, no que tengan éxito comercial. Llevo muchos años viajando por el mundo y atendiendo a una media de 4 espectáculos semanales de corte, en su mayoría, vanguardista y experimental. Sin embargo, que la crítica en Madrid venda como que este espectáculo ha sido una obra maestra y tache de incultos a los que han protestado, me parece lamentable.
    Me gustaría indicar que la pieza en su día, fue rompedora y necesaria, que se lleve a día de hoy te puede parecer caduco o no, pero que el director del CND la haya llevado de la forma que lo ha hecho, me parece una vergüenza. Me parece una vergüenza que su defensa en la rueda de prensa sea “que ha mezclado a artistas profesionales con personas ajenas a la profesión para ver como diferían los movimientos de unos a otros”. Esto me hace preocuparme por la cultura en nuestro país, que el director de una pieza que quiere ser transgresor, no haya entendido la propia pieza y de una explicación tan simplona. Pero me avergüenza aún más ver cómo la crítica no hace bien su trabajo, porque es una parte importante de la evolución de nuestra cultura y su arte, y mucho menos que digan que es un centro de artes contemporáneas para indicar aseverar que la gente es inculta. Me considero una persona muy letrada en cuestiones de artes contemporáneas experimentales, y precisamente lo que vi en los Teatros del Canal, no fue ni contemporáneo ni experimental. Fue paternalismo, condescendencia, y una forma muy errada de llevar una pieza mítica a escena.

  • El 07.04.2018 , Manuel Cuéllar ha comentado:
    Manuel Cuéllar

    Querida ‘Cateta’ lectora anónima:

    Estoy de acuerdo con usted en que hay mucho crítico que “presume de saber más que el público crítico”. Otros, simplemente, tratamos de dar nuestra opinión -encabezada por nuestro nombre y apellidos como cierto aval de independencia-. Opinión que sirva al lector medio para hacerse una idea de lo que va a ver, en el caso de que decida guiarse por lo escrito en este texto a la hora de comprar entradas. Un lector al que, entre otras cosas, se le informa, desde el primer párrafo de este texto, de que hubo airadas críticas a la propuesta artística entre “el respetable”.
    Como ha leído en esta crítica considero que “se puede discutir si la propuesta de Bel ha envejecido desde su creación en 2001. Se puede poner en cuestión si su plasticidad es la más adecuada o si el resultado está conseguido o no lo está”. Es evidente que habrá personas entre el público que conozcan la obra y crean que está mal montada o que la aproximación del director artístico de la CND no es la más adecuada. Nada que decir al respecto. Pero, de veras, en mi humilde opinión gritar en un teatro público ‘Centro de artes escénicas contemporáneas’ “¡Viva el arte conceptual subvencionado!” o “¡Imagina que hay alguien en el escenario!”, cuando un coreógrafo decide que la canción ‘Imagine’ de John Lennon se escuche a escenario negro, me parece una aproximación -en 2018- bastante torpe, quizás inculta y rayando lo cateta. Esa es mi opinión. Discutible, pero una opinión, sin más. Siento que eso le parezca que esto le suponga “ver cómo la crítica no hace bien su trabajo”.
    Y no solo me pareció una aproximación torpe, inculta y rayando lo cateto; añadiría, además, que de bastante mala educación, no solo por escudarse en el anonimato de la oscuridad y la masa, sino por incidir de una manera tan grosera en la experiencia de otros espectadores que han pagado también su entrada.
    Muchas gracias, Cateta, por tu comentario. Y por leernos.
    Un abrazo.

  • El 07.04.2018 , Cateta ha comentado:

    Hola, Manuel:
    La crítica no iba dirigida a usted directamente. No considero que no esté haciendo bien su trabajo, pero es que no he leído ninguna crítica que no “insulte” al público o que no sea una crítica en sí a lo conceptual.
    Estamos de acuerdo en que puede ser una falta de respeto ese comportamiento y suelo indignarme cuando veo ciertas actitudes por parte del público. Sin embargo, igual que hubo gente que se levantó a bailar porque se sintieron inmersos en esa emoción, ¿por qué no aceptamos que alguien exprese en voz alta su indignación?
    Cuando se pone en escena una pieza de este tipo, cuando la mirada se dirige al público, hay que estar abierto a esto, y la misma pieza está invitando a que ocurra. No podemos ser amantes de lo subversivo, vanguardista y experimental y esperar que la gente se rija por unas normas de lo que debe ser el comportamiento en un teatro, cuando estás a su vez criticando su estrechez de miras.
    No obstante, gracias por tu respuesta.
    Un saludo.

  • El 07.04.2018 , Manuel Cuéllar ha comentado:
    Manuel Cuéllar

    Querida ‘Cateta’, lectora anónima:

    ¿Cómo se me va a ocurrir censurar que el público exprese su opinión en un espectáculo? Ya dejo muy claro que comulgo con el trillado tópico de que “el público es soberano”. Faltaría más. Pero voy más allá y escribo: “…pero también es cierto que es su responsabilidad realizar con anterioridad una mínima y conveniente labor de información antes de comprar entradas, no vaya a ser que se encuentre uno con una performance donde esperaba ver El lago de los cisnes”. Esa es mi opinión respecto a este y cualquier otro espectáculo.

    Y esa fue la impresión que saqué de los gritos que escuché en el estreno. En mi opinión (puedo estar equivocado, pero así lo interpreté) hubo gente muy indignada no por el espectáculo en sí, sino porque pensaron que les estaban dando ‘gato por liebre’. Personas que se quejaron de que en su plato no había solomillo -como ellos habían previsto- cuando los anfitriones les habían dejado muy claro que en el menú solo habría sushi. Pescado crudo.

    Lo que yo escuché a voz en grito no eran críticas sobre el ‘corpus’ o ‘la ejecución’ del espectáculo, sino sobre a) política cultural: “viva el arte conceptual subvencionado” y b) un sentimiento de estafa porque esperaban un espectáculo de ‘danza al uso’ de la CND “Imagina que hay alguien en el escenario” y “que devuelvan el 50% de la entrada”.

    Parece que de sus comentarios se pudiera extraer que yo censuro que el público exprese lo que quiera en un teatro. En absoluto. Me parece estupendo que cualquiera haga uso de su libertad de expresión aquí y en Marte, faltaría más. Pero también creo que estoy en mi perfecto derecho de opinar que, estéticamente (no éticamente), insultar, reprobar, incomodar (o tratar de hacerlo) en su cara a un plantel de artistas que intenta defender una obra -nada subversiva, por otra parte, sino más bien juguetona, desafiante y festiva- sobre un escenario me parezca una forma de interacción mal educada y hasta un punto agresiva en contraposición a aquellos que eligieron bailar, dar palmas, sacar las linternas de sus móviles o simplemente abandonar indignados el recito o poner una reclamación por escrito -que me consta que fueron bastantes-. Pero esta es mi opinión. Así me educaron.

    PD: Por cierto, es curioso, pero al final del espectáculo -por añadir más información al asunto- solo escuché aplausos. Pocos utilizaron ese ‘derecho teatral consuetudinario’ al pataleo, el abucheo o la simple indiferencia.

  • El 08.04.2018 , Cateta ha comentado:

    Parece que estamos entrando en un bucle.
    Solo contestarte a tu postdata. Estoy segura de que a mucha gente le gustó la pieza. Pero también, cabe esperar que si en una pieza de 20 artistas donde más de la mitad de los integrantes son personas madrileñas ajenas al gremio, traigan a toda su familia y amigos a verlos actuar. Y ya sabemos que eso es amor incondicional.
    También, los aplausos pueden ir dirigidos a los intérpretes y no a la puesta en escena. Eso nunca se sabrá.
    Un placer hablar contigo.

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