27.08.2018

Tilos, la isla ‘verde’ mediterránea homenaje a los médicos rurales

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El horno de cal es apenas una mancha gris en la costa de Tilos.

El horno de cal es apenas una mancha gris en la costa de Tilos.

Hay un tipo de despertar colectivo sostenido por la humilde figura del médico rural, el maestro o la maestra de pueblo, que no suele aparecer en los relatos oficiales. Hoy, en la travesía por el Mediterráneo que realiza ‘El Asombrario’ a bordo del velero GoOn todo este verano, llegamos a la pequeña isla de Tilos, adonde un día llegó un médico rural, que luego se convirtió en alcalde, que dignificó la vida cotidiana de esta pequeña isla, que luchó contra el acoso de la Troika europea a Grecia y cuyo legado ha convertido a Tilos en la isla más verde del Mediterráneo.

En la nada los seres humanos somos capaces de levantar mundos y eso es poderoso, de ahí que construyamos dioses a nuestra imagen y semejanza, nuestros relatos estén preñados de heroicidades y seamos sensibles a la belleza del arte. Frente a mí se asoman entre algodones las cumbres de Turquía. Es esa hora en la que el cielo se funde con el mar en una gama de blancos que tan pronto se asombran en montañas como deslumbran nubes. El mundo se ha ordenado en velos de novia. Se asoma la tentación de un haiku. La dejo pasar. Tras de sí, una brisa.

He llegado hasta aquí para hablar de un muerto que es capaz de conmoverme con la huella de sus actos. Esa es la razón por la que no me envuelvo en gasas: me atrapa su recuerdo. En esta crónica el muerto nos regalará su nombre.

Llegó en 1983 a la minúscula isla de Tilos (61 kilómetros cuadrados), en la que vivían entonces menos de 300 personas. En Grecia, quienes terminan la carrera de medicina están obligados a ser médicos rurales al menos durante un año. Rural no es el término adecuado para clasificar una isla; por pequeña y lejana que sea, la insularidad es una identidad en sí misma. Estoy convencida de que rural es un concepto usado por las Administraciones para señalar todo lo que no es urbano, esa geografía sembrada de oficinas, despachos, sillones y pasillos en la que suelen concentrarse los poderes y, con ellos, sus subalternos. En el Mediterráneo, vivir fuera de la ciudad ha sido considerado durante siglos un signo de dependencia. El campo sólo era la fuente de alimentación de la ciudad, hasta el punto de que tras la II Guerra Mundial quienes lo habitaban entendían su vida como un duro e injusto destino. Es en este mundo donde desembarcó hace 35 años aquel médico, un lugar en el que apenas vivía nadie, aparentemente en medio de la nada y que por no tener, no tenía ni médico residente.

La nada, circunnavegamos la nada. En la seca desnudez de una ladera infinita el capitán distinguió un horno de cal. Aquella construcción abandonada era la huella de la desolación, su existencia indicaba que el lugar donde sólo veíamos rocas y arbustos llegó a estar cubierto de pobreza y árboles (estos hornos calcinan las piedras utilizando cantidades ingentes de leña). En 1983, en las ruinas de aquel paisaje los cazadores furtivos hacían su paraíso, llegaban por cientos al tiempo que las aves rapaces encontraban refugio en su emigración y 28 especies de orquídeas florecían en primavera.

Fue en aquel lugar donde el médico empezó a acompañar en la cura del dolor, una experiencia que entraña la esperanza de una vida distinta y, por tanto, acerca al enfermo a las revoluciones más profundas. No extraña que con el tiempo aquel hombre consiguiera “convencernos de que esta isla es nuestra riqueza”, según recuerda María Kammá, la actual alcaldesa y primera mujer en acceder a este cargo en la isla.

Hay un tipo de despertar colectivo sostenido por la humilde figura del médico rural, el maestro o la maestra de pueblo, que no suele aparecer en los relatos oficiales. En el caso del ejercicio de la medicina tiene un matiz especial porque el dolor puede ser un camino de conocimiento del alma humana (tan difícil como profundo) para quien lo padece y para quien presta el cuidado. Traer vidas al mundo, sanar, ayudar a morir, ser capaz de aliviar a los dolientes con la sola presencia, llega a convertir al médico de pueblo en un referente biográfico y personal. El hombre de esta historia no sabía que llevaría las riendas de aquella isla cuando decidió fijar su destino en Tilos, ni tampoco que ejercería su profesión de médico allí hasta el final de sus días, simplemente apostó por ser un nadie más en una isla remota.

La estación de paneles fotovoltáicos de Tilos y la Iglesias vecina, cómo no, estamos en Grecia. Foto del Instagram de la autora.

La estación de paneles fotovoltáicos de Tilos y la Iglesias vecina, cómo no, estamos en Grecia. Foto del Instagram de la autora.

La heroicidad siempre me pareció una palabra grande hasta que descubrí que en la Grecia clásica Hērōs significaba sencillamente “hombre muerto”, destacado entre los ancestros por sus actos. Es el criterio de selección lo que me inquieta, aunque entiendo que ganarse un lugar en la memoria de los vivos es la única eternidad a la que tenemos acceso los humanos. Para los olvidados por los dioses velar el recuerdo crea comunidad y arraiga la pertenencia. Recordar es el resultado de sumar re (de nuevo) y cordis (corazón). Recordar, volver a pasar por el corazón. Ese es el verdadero poder del Hērōs.

Apenas diez años después de su llegada, el médico fue elegido alcalde de Megalo Horios, una de las dos localidades de Tilos. Nada más tomar el bastón de mando consiguió que la caza quedara prohibida en la isla. En el año 2003 su equipo de gobierno celebraba que Tilos y sus 24 islitas e islotes fueran declaradas parque natural. En 2008 desafió la legislación helena y ofició las primeras bodas homosexuales en Grecia. Cuando un hombre que adquiere el compromiso con el respeto a la vida y al cuidado lleva esta convicción al terreno de la política, fortalece inevitablemente la defensa de los derechos humanos y del medioambiente.

25 años después de su llegada a la isla, se declaró en Grecia una plaga llamada “deuda”. El país quedó preso en las trampas de la Troika. Una de las primeras restricciones fue reducir el número de municipios. El Fondo Monetario Internacional, el Banco Central Europeo y el Eurogrupo habían creado un pánico bancario y en su nombre impusieron la drástica sustitución del poder político por el financiero en la toma de decisiones. Reduciendo la vida municipal de la ciudadanía griega conseguían enterrar en cal viva los trayectos hechos a pie, los nombres abrazados, las señas de identidad y pertenencia. En virtud de la ley Kalikratis, el país pasó de 1.025 a 325 alcaldías y aquel hombre se convirtió en el único alcalde de la isla.

El pasado lunes estas instituciones celebraron lo que para ellos era el fin del rescate de Grecia. Sin embargo, ocho años después, la deuda pública ha aumentado: ahora asciende a 322.000 millones de euros frente a los 300.000 millones de euros en 2010, 129% del PIB de entonces. Si la Troika anda de festejos es porque su victoria consiste en haber llevado a cabo el mayor plan de privatizaciones del mundo y lograr que el gobierno griego apenas tenga capacidad de maniobra al haber hipotecado casi todos sus bienes públicos, es decir, tienen en él un magnífico cliente. Que una cuarta parte de la población viva por debajo del umbral de la pobreza es lo de menos.

En medio de aquella enfermedad de las instituciones continentales, el médico-alcalde comenzó a diseñar un plan para que Tilos fuera energéticamente autosuficiente, quizá ser una isla remota fuera una magnífica condición. No vería su deseo hecho realidad. En 2012 aquel hombre pasaba a ocupar un lugar en la memoria de los vivos. Los que ahora están en el consejo municipal crecieron junto a él (incluida María, la alcaldesa y a la sazón su cuñada) y continúan su legado.

Durante la crisis de los refugiados, el equipo municipal solicitó acoger a 100 personas como “deber humanitario”. Más allá de habilitarles un lugar de residencia buscaron vías para su integración. De aquel centenar hoy quedan 28 personas, que encuentran empleo temporal en verano (con número fiscal y Seguridad Social) y esperan que salgan adelante iniciativas como la producción de quesos en alianza con ganaderos locales o el alquiler de campos no cultivados, propiedad de personas que no viven en la isla, con el apoyo de lugareños interesados en la agricultura biológica. La última batalla fue frenar la iniciativa de Alpha Bank de eliminar la única sucursal bancaria y el cajero automático de esta isla. En alianza con Lipsi y Kasos, otras dos islas afectadas, consiguieron que el gobierno central frenara los pies a la entidad bancaria.

Turquía apareció en el horizonte, como si la hubiera inventado, hecha nube.

Turquía apareció en el horizonte, como si la hubiera inventado, hecha nube.

Fondeamos en Plaka, frente a la única turbina eólica de la isla. Aún no giran sus aspas. Se prevé que este verano empiecen a ponerse en funcionamiento una planta de energía híbrida compuesta por el molino eólico, una estación de paneles solares fotovoltaicos y un sistema de almacenamiento de baterías capaz de satisfacer las necesidades diarias de electricidad de la isla. Antes de que acabe el año, Tilos será la primera isla verde del Mediterráneo, tal y como había deseado el hombre de esta historia.

Cae el sol, aparece la luna llena, nos dirigimos a puerto de Libadia. Todo equilibrio es frágil. El hombretón que cuida el mantenimiento del muelle nos cuenta un extraño relato de terror: hace años un crucero se averió frente a la costa. Mientras los técnicos resolvían la emergencia, los miles de turistas que viajaban en él bajaron a Tilos hasta agotar las existencias de la isla.

La sombra de la desolación, para la que no hacen falta árboles, tiene mil formas y es eterna como la memoria en la que habita aquel médico-alcalde llamado Tarssos Alifaris.

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Sobre el autor

Martha Zein
Me llamo Martha Zein, soy narradora. Utilizo múltiples lenguajes para contar el mundo. En el año 2000 empecé a desarrollar mi propia línea de producción y creación basada en la ecología y el cuidado bajo el sello Producciones Orgánicas. Con el tiempo me he convertido en una experta en estrategias narrativas. Comparto este conocimiento con quienes creen que no saben contar historias; les guío a través del juego, la imaginación y la delicadeza. Porque habito un barco 4 meses al año sé el poder que adquiere un viaje cuando se convierte en relato.

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4 comentarios

  • El 27.08.2018 , fernando san martin ansuategui ha comentado:

    Vaya usted a Potes. En el Valle de Liebana

  • El 28.08.2018 , Martha ha comentado:

    Sr San Martín,
    Anoto su sugerencia, gracias.
    Hace muchísimos años que fui a Potes en un viaje a Picos de Europa. “Muchísimos” supera los 20 años, creo. ¿Algun aspecto que me recomiende, aparte de la irrefutable belleza del paisaje?
    Un saludo.

  • El 29.08.2018 , Φάρκωνας Κώστας ha comentado:

    With all due respect to your excellent text he’s name was Tasos Aliferis.

  • El 02.09.2018 , Maurici Espinar ha comentado:

    Los auténticos grandes personajes suelen pasar desapercibidos en la historia.

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