Todo en este mundo va de sexo, salvo el sexo, que va de poder

Todo en este mundo va de sexo, salvo el sexo, que va de poder

La liberación sexual por sí misma implica una postura política con espinas. Foto: Pixabay.

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A Oscar Wilde se le atribuye una frase que mucho que pensar: “Todo en este mundo va de sexo, salvo el sexo. El sexo va de poder”. Si la sexualidad involucra dimensiones complejas del poder, celebrar la liberación sexual por sí misma implica una postura política con espinas. Otra entrega de esta sección quincenal a dos voces. Diálogos sobre encuentros, el eterno femenino resistente y las masculinidades errantes. A cargo de Analía Iglesias y Lionel S. Delgado.

El sexo ocupa una centralidad exagerada en nuestras sociedades. Esto no es ninguna novedad. Entiéndase por sexo ese nudo donde se cruzan cuerpos, deseos, interacciones, cultura, pero también política y economía (recordad la frase que se le atribuye a Oscar Wilde: “Todo en este mundo va de sexo, salvo el sexo. El sexo va de poder”). Este tema ha ocupado cientos de libros en las últimas décadas según el sexo aparecía cada vez más claramente como el punto neurálgico de nuestra sociedad.

Desde el pensamiento sobre las masculinidades, el tema del sexo es una clave fundamental para comprender el mundo de los hombres: si el sexo va de poder, como decía Wilde, en el encuentro sexual (pero también en los símbolos sociales, en las imágenes, en el porno, etcétera) también deben estar impresas las desigualdades de género.

Diréis: “Qué anticuado, Lionel…”. Efectivamente, estos son debates que tienen ya un tiempo. Pero como se sabe, la política no progresa linealmente. Traer este debate a colación tiene sentido, ya que nos encontramos en una época donde la sexualidad está de moda (otra vez): resurgen discursos sex-positive, el feminismo vuelve a ver en la emancipación sexual un tema pendiente, se normaliza poco a poco el trabajo de las sexólogas, lo petan series como Sex Education, Wanderlust, Big Mouth y largo etcétera.

El sexo vuelve con fuerza y cabe recordar la importancia de ser cuidadosas con un tema que tiene muchas dimensiones conflictivas. Foucault, en el primer tomo de su Historia de la sexualidad, ya lo decía: “No hay que creer que diciendo sí al sexo se diga no al poder”.

Si la sexualidad involucra dimensiones complejas del poder, celebrar la liberación sexual per sé puede ser una postura política con espinas. ¿Qué pasa cuando se pone el sexo en el centro del discurso político? ¿Cómo opera el sexo políticamente, marcando nuevos valores de lo deseable, lo rompedor y lo revolucionario? ¿Qué pasa con las personas que quedan excluidas del sexo? Y no hablo necesariamente de personas asexuales (que también), sino de personas que, o están fuera de la celebración del sexo porque tienen experiencias traumáticas con el mismo, o son excluidas por quedar fuera del mercado del deseo (lo sexual articula un mercado propio donde los que tienen más capital, esta vez capital erótico, ganan).

Pero me gustaría centrarme más bien en lo que me corresponde como hombre: hablar de cómo puede afectar esta centralidad del sexo en las masculinidades.

El Softboy sexual

Hace justo un año, daba una charla en el Congreso de No-Monogamias e Intimidades Contemporáneas sobre las masculinidades en el mundo del poliamor. Ahí hablaba de cómo algunas lógicas de la masculinidad tradicional se reproducen incluso entre las “nuevas masculinidades” del mundo de las no monogamias (muy en la línea del último artículo que saqué en El Salto). Si bien las No-Monogamias éticas son una oportunidad perfecta para avanzar en los cuidados y el desarrollo de habilidades afectivas, oportunidad no es sinónimo de garantía. Incluso en estos ambientes alternativos, donde cambian ciertas formas de la masculinidad, el sexo sigue apareciendo como clave de validación masculina. Lo sigue siendo, pero distinta.

Es conocido ese estereotipo de hombres que están todo el día pensando en el sexo, pero luego no saben dónde está el clítoris (hay cientos de memes riéndose del tema) y son poco habilidosos. El discurso feminista que busca dignificar la vida sexual de las mujeres heterosexuales, y que se niega a seguir poniendo su placer en segundo nivel respecto al del hombre, ha señalado bastante esta torpeza masculina.

Eso, que puede ser una buena noticia si consigue que los hombres se tomen en serio el placer de la mujer (en relaciones hetero), puede tener un doble filo. El modelo de deseabilidad sexual masculino ha cambiado en algunos ambientes: del fucker de la cantidad al softboy de la calidad. Ya no vale solo el sexo, sino ahora va de hacer buen sexo, como decía Analía en su artículo.

Ahora los hombres sensibles derrochamos un virtuosismo técnico en lo sexual a base de lecturas, de preocupación, de improvisación. Las masculinidades sex positive sabemos follar mejor, complacer de muchas formas, damos masajes, hacemos shibari, tenemos incluso algún dildo anal.

Sin embargo, la hipersexualización como validador social sigue ahí. El triunfo en lo sexual nos sigue haciendo viriles y nos revaloriza en el mercado amatorio. Aunque cambie el cómo, el sexo como poder sigue estando ahí. Y, evidentemente, se puede combinar con las lógicas de dominación masculina: es perfectamente imaginable el gurú sexual de turno, bien nutrido de técnicas y conocimientos, pero que sigue ocupando el centro, invisibilizando experiencias de otras, dominando (ahora con otras formas) y cumpliendo el sueño viril, pero ahora en plan soft.

Como vemos, cambian las masculinidades pero la jerarquía se mantiene fácilmente. Parafraseando la cita de Foucault, en este caso decimos que al sexo y al poder.

Los perdedores del mercado

La cuestión que no cambia es el sexo como punto fundamental de la validación social. El sexo nos dice quiénes somos: si somos exitosos, si somos virtuosos, sensibles. Lo que durante siglos fue rechazado, ninguneado y tratado como locura, hoy nos define emocionalmente.

Y como en todo mercado, hay ganadores, pero también perdedores. Esta centralidad del sexo en la validación emocional deja fuera de juego a muchísimas personas que no encajan en los cuerpos deseables (un deseo mediatizado por la imagen televisiva, por el porno y la moda) y que, por ende, viven desde fuera (y muchas veces desde el resentimiento) el desfile de cuerpos sex positive que defiende la liberación sexual.

Curiosamente, siguiendo ese giro pedagógico del sexo donde la virtud se aprende a base de técnicas y claves, se termina creando un submercado de tips y reglas para ligar y poder así cotizar en el mercado del cortejo. Aquí aparecen los coachs del ligue aprovechándose del negocio de la seducción e intentando sacar rentabilidad económica de una frustración predominantemente masculina, como he explicado en otros artículos. En un mercado hetero donde la mujer está saturada de oferta y el hombre no encuentra demanda, florecen las fórmulas baratas de coach: “La clave reside en ti”.

Deseo y sexo

Paradójicamente, en esta circunstancia, la relación entre sexo y deseo es fundamental, pero no por el papel del deseo en el sexo, sino por la importancia social del deseo del sexo. Deseamos tener sexo, acceder al sexo; se nos han incrustado (a base de imágenes, valores sociales, relatos, pornificación de lo social) unos valores que ponen en el sexo el máximo desarrollo emocional. La masculinidad mainstream (pero también muchas de las alternativas) se mueve por una jerarquía de valores por la que el sexo sigue estando en el pódium de plenitud del hombre en tanto hombre.

¿Cómo podemos cuestionar las relaciones de poder que están implícitas en la realización social del sexo sin caer tampoco en postulados que niegan la potencialidad del sexo como terreno donde desarrollar los placeres y los cuerpos, individuales y colectivos? Pensar en el sexo y aprovecharlo como un espacio de encuentro, cuidados y comprensión con una misma, con otra(s) persona(s) y con el entorno puede ser sumamente positivo.

Pero empeñarnos en la afirmación del sexo como liberación sin ser cuidadosas con las relaciones de poder que esconden (¿qué cuerpos son sexualizados? ¿Cuáles no? ¿Qué construye el sexo como clave de encuentro? ¿A qué nos exponemos? ¿Qué cambiamos y qué reproducimos?) puede darnos muchos problemas.

Qué bonito es el sexo, pero qué peligroso.

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Comentarios

  • juan villegas

    Por juan villegas, el 22 noviembre 2020

    Aun lo leo el articulo pero tiene muy buena pinta, pero me preocupa que habla de sexo y poder y estando escrito a cuatro manos aparece firmado por Lionel, por o menos es curioso, no?

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