22.12.2012

Todos los crímenes se cometen por amor (III)

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EL ESCRITOR LUISGÉ MARTÍN CEDE A ESTA REVISTA UNO DE SUS RELATOS QUE PUBLICAREMOS POR ENTREGAS EN LA MÁS PURA TRADICIÓN DE LOS AÑOS 50. ESTA ES LA TERCERA PARTE DE ‘TODOS LOS CRÍMENES SE COMETEN POR AMOR’ 

LUISGÉ MARTÍN

Sin que yo —embobado por el aturdimiento— le preguntara nada, el caballero comenzó a contarme la historia del asesinato de Kennedy. John Fitzgerald Kennedy, como todo el mundo sabe, era un mujeriego, y su esposa, la distinguida Jacqueline Bouvier, soportaba sus infidelidades con sumiso resentimiento. Había tenido dos hijos con él, John-John, que moriría en un accidente de avioneta en 1999, y Caroline. En agosto de 1963 dio a luz a otro hijo varón, Patrick, que moriría dos días después de haber nacido. Jacqueline, desconsolada, aceptó entonces la invitación de su hermana pequeña Caroline Lee para acompañarla en un crucero que iba a hacer a bordo del yate de Onassis, otro donjuán que en aquella época, al final ya de su romance con Maria Callas, trataba de conquistarla. Caroline Lee, que soñaba con casarse con el millonario griego, acudió a ese crucero por algunas islas del Mediterráneo acompañada de su célebre hermana.

En aquellos días, Aristoteles Onassis cesó en sus propósitos de seducir a Caroline Lee porque se enamoró de Jacqueline. La colmó de atenciones, de caprichos y de ensueños. Ella, que estaba pasando por un momento de desamparo y que recordaba con atormentada memoria cada uno de los adulterios de su esposo el presidente, se entregó en cuerpo y alma dócilmente. Al despedirse, una o dos semanas después, Onassis le regaló un collar de diamantes y rubíes que podría haber encendido el amor de cualquier mujer. Se separaron, pero apenas dos meses después, el 23 de noviembre, Kennedy fue asesinado en Dallas por unos sicarios —los mejores del mundo— contratados por el griego. No sólo lograron su objetivo, sino que lo prepararon todo con maestría para borrar las pistas que pudieran conducir a Onassis y desvelar la verdadera causa del magnicidio. Jacqueline, que había seguido viéndose clandestinamente con su amante en hoteles de lujo y en aviones en vuelo, no sabía nada de sus planes criminales. A pesar de que no acompañaba a su esposo en viajes oficiales desde hacía años, ese día iba en el coche con él cuando fue tiroteado, lo que obligó a los sicarios a un ejercicio de virtuosismo para no herirla.

Algunas semanas después, en un encuentro secreto que tuvo lugar en Chicago, Onassis, que ya había abandonado definitivamente a Maria Callas, la pidió en matrimonio y le confesó que había sido él quién había dado orden de matar a Kennedy para librarla de sus deberes sentimentales. Lo que el griego había creído que sería una muestra de pasión que terminaría de enamorarla, Jaqueline lo tomó por una vesania diabólica, y, después de abofetearle con una furia que nunca se le había conocido antes, huyó de allí jurando no volver a verle jamás. No cumplió su juramento, pues estaba tan enajenada por todo lo que le había ido ocurriendo que necesitaba echarse en los brazos de alguien, aunque fuera el mismísimo Satán. A Onassis, sin embargo, le costó trabajo convencerla de que se casara con él: no lo consiguió hasta finales de 1968, pocos meses después de que fuera asesinado también Robert Kennedy, el hermano pequeño de John Fitzgerald.

Cuando terminó de hablar, el caballero me miró de frente, un poco jactancioso, y apuró el sorbo de whisky que le quedaba en el vaso. Yo, sonámbulo, contemplé mi propio rostro en el reflejo de la vidriera durante un instante. Tenía el aspecto de un boxeador sonado. Luego esperé un rato en silencio tratando a averiguar si lo que Cary Grant había dicho era un delirio suyo o una creación de mi ebriedad.

—¿Cómo sabe todo esto? —pregunté por fin intentando mostrar complicidad o interés por su historia.

—Fui yo quien le mató —respondió con aplomo—. Yo fui el hombre que disparó desde los aparcamientos que había detrás del montículo de hierba de la plaza Deily. —Chupó el habano premiosamente y después, con vanagloria, añadió:— Fue una operación perfecta, la mejor de cuantas he hecho en mi vida. Desde entonces fui la mano derecha de Onassis, su hombre de confianza.

Aquella narración de tono casi mitológico comenzó a resultarme fastidiosa, de modo que me bebí los últimos restos de grappa —la cuarta— y, fingiéndome cansado por los avatares del día, me disculpé ante el caballero y subí a mi habitación para acostarme. Mientras me iba durmiendo, no pensé en Cary Grant ni en Kennedy, sino en la damita a la que amaba, que esa noche, por primera vez desde que llegamos a Capri, no compartía la cama conmigo. A la mañana siguiente, sin embargo, me desperté sobresaltado con el recuerdo de esas imágenes terribles en las que se ve la cabeza de John Fitzgerald Kennedy explotando por un disparo. Me di una ducha para desperezarme, desayuné en el comedor del hotel y, sin demasiada deliberación, me fui hacia el embarcadero para coger un ferry a Nápoles.

Pasé todo el día en la Biblioteca Nacional de la ciudad, que está en la Piazza del Plebiscito, al lado del Palacio Real. Pedí biografías de Kennedy, de su esposa Jacqueline y de Aristóteles Onassis, ensayos sobre el asesinato del presidente, tratados políticos de la época, crónicas sobre la Guerra Fría y el castrismo, documentos sobre la cia y el espionaje internacional, y, por fin, algunos libros frívolos sobre la vida social de aquellos años: los amores de María Callas o Marilyn Monroe, las fiestas mundanas, las conmemoraciones. Leí en italiano, en inglés o en español textos de todas las raleas, desde libelos inflamados hasta análisis sesudos. En ninguna parte encontré algún dato o alguna pista que verificaran la historia del caballero Cary Grant, pero tampoco descubrí nada que la desacreditase por completo. Yo conocía de un modo superficial las controversias principales del asunto. Había visto la película que Oliver Stone filmó, defendiendo la teoría conspirativa del fiscal Jim Garrison, y había leído dos o tres reportajes periodísticos publicados en las efemérides del suceso. Nunca había llegado a comprender, sin embargo, la verdadera magnitud del laberinto. No sabía, por ejemplo, que una mujer a la que nunca se encontró —y a la que se denominaba Babushka Lady— había estado filmando la escena con una cámara doméstica desde el centro de la plaza, a la izquierda del coche presidencial, de modo que los movimientos de personas y los incidentes que se hubieran producido durante esos segundos en el montículo de hierba en el que según algunos estaba apostado el segundo francotirador habrían sido registrados cinematográficamente, y podría verse, por lo tanto, si era cierto o no que el disparo que reventó el cerebro de Kennedy había sido realizado desde aquella atalaya y no desde el almacén abandonado en el que estaba Lee Harvey Oswald, a la espalda ya del coche. Las fechas del romance de Jacqueline Bouvier Kennedy con Aristoteles Onassis, por otra parte, coincidían exactamente con las que Cary Grant había relatado ante mí la noche anterior. El crucero en el que se conocieron poco después de que el hijo recién nacido de Jacqueline y John Fitzgerald muriera y poco antes de que el presidente fuera asesinado, estaba documentado en numerosos testimonios. El escritor Truman Capote, que era muy amigo de Caroline Lee Bouvier, habla de ese episodio en algunas de sus cartas, y da cuenta, en efecto, de la decepción de la hermana de Jacqueline al ver que Onasis la prefería a ella.

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