21.08.2018

Los tres deseos de la tetera con genio

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Foto: Pixabay

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Aquí el cuento 14 de los 22 que os hemos preparado en esta serie de ‘Relatos de Agosto’, junto con el Taller de Escritura de Clara Obligado. El genio de la tetera le concede a nuestro protagonista de hoy tres deseos: riqueza, las mujeres más bellas… y tiempo.

Por JESÚS MARÍA MORENO SOLANAS 

Siempre recordaré aquel paseo y no porque fuese la última vez en mi vida que iría descalzo. Un ligero golpe contra un objeto enterrado que apenas asomaba me hizo girar para buscar el motivo del tropiezo. Desenterré una tetera dorada, de diseño antiguo, que aún se veía en buen estado. Le supuse mucho tiempo enterrada, aunque no había perdido el brillo. La froté para limpiarla de arena. La tetera cobró vida y empezó a salir por su pico, momentos antes de tirarla al suelo, un humo azul que se materializó en forma de genio. Se presentó y dijo que podía concederme tres deseos. Al principio, pensé que era un sueño. Miré alrededor y estaba solo. Cuando me fijé en el sol, me deslumbró.

Pedí enseguida los dos primeros que todos los hombres tenemos en la cabeza: dinero y mujeres, pues andaba bastante escaso de ambos. El genio sonrió como si ya lo supiera, mientras esperaba que dijera el tercero, pero en ese momento no se me ocurría nada. Me ponía nervioso que me estuviera mirando. Temía que se aburriera y se fuera. Al final, dije que mi tercer deseo sería tiempo para conocerme y disfrutar de la vida.

Lo que sucedió a partir de ese momento fue un proceso mágico que comencé a experimentar nada más llegar a mi casa. Detrás del jergón vi algo que brillaba. Encontré en el suelo un pequeño montón de piezas de cristal de todos los colores. Cogí una de ellas, la orienté hacia la luz y surgieron cantidad de rayos multicolores que reflejaron sus muchas caras talladas. Supe enseguida lo que significaba y bendije mi suerte. Lo más curioso era que tras coger una, otra ocupaba su lugar. Por si se acababa mi suerte, la metía rápidamente en mi bolsillo. Empecé a hacerlo cada vez más rápido, pero otra nueva surgía al instante. Si iba lento o acelerado, el ritmo de la aparición me acompañaba. Cuando ya no me cabían, empecé a tirarlas sobre la cama, hasta que una pata se quebró por el peso. Las fui amontonando en el suelo. No me lo podía creer, pero tras las siguientes horas, todo mi cuarto estaba lleno de piedras preciosas.

Era inmensamente rico.

Necesité muchos sacos para llevarlas a un lugar seguro. No quise cambiar de casa por si se terminaba el hechizo. Mandé construir alrededor de ella un palacio de tal manera que quedó dentro de una enorme bóveda que la conservaba protegida y a salvo. Por el día trasladaba nuevos sacos de gemas. Todas las noches regresaba a la casa, para seguir con las apariciones de piedras preciosas hasta que, rendido, caía y allí mismo me quedaba dormido. Vivía a un ritmo trepidante. Tuve que rodearme de un ejército de personas leales que se ocuparon de mis intereses, que crecieron rápidamente. Me vi metido en una espiral de negocios, reuniones, consejos de administración, jets privados y alojamiento en los mejores hoteles. Las acciones, las propiedades y los negocios me iban fenomenal. Estaba algo estresado, pero siempre que encontraba un hueco, volvía a mi antigua casa para seguir haciendo más grande mi fortuna.

En uno de esos viajes, mis asesores me prepararon una cena con una rica heredera. Recuerdo que era un paraje idílico cercano al mar, bendecido por una brisa suave. Se escuchaba una melodía lenta por encima de las palmeras. Era mi primera cita desde que comenzó mi nueva vida. Me sentía más vivo que nunca bajo esa luna que se reflejaba en el mar. Tras la segunda copa del Château Coutet me descalcé de uno de mi Louis Vuitton y busqué bajo la mesa la pierna de mi pareja, que reaccionó como si hubiese esperado ese momento toda la noche. Descubrí unas habilidades de seductor y más tarde de amante que nunca había soñado. Cumpliría esa y las siguientes veces, pues a partir de ese momento, desfilarían por mi cama las mayores bellezas que uno se pueda imaginar. Creo que entre ellas se debían decir algo, pues todas buscaban superar a la anterior y todas se marchaban satisfechas.

Con estas nuevas habilidades, más las noches en las que coleccionaba nuevas alhajas y la atención a mis negocios, entré en una dinámica de hiperactividad, que me dejaba extenuado. No llegaba a imaginar cuando se cumpliesen todos los deseos, cómo ocuparía mi tiempo, pues ahora el dinero y el sexo me tenían absorbido. Cuando no era una reunión con el Sultán de Brunei o en el Foro de Davos o mi afición por los pedruscos, que me tenía embrujado, llegaba el momento de atender a las mujeres más deseadas del planeta. Hacía tiempo que no era yo solo quien actuaba, sino que me procuraba la ayuda de cada vez más estímulos químicos, accesibles tan solo para unos pocos privilegiados.

Terminaba consumido, jornada tras jornada, y así no podría seguir. Me daba cuenta de que mi tercer deseo era incompatible con el ritmo que ahora llevaba. Pero en el fondo disfrutaba con esta vida. Empezaron a rondarme dudas sobre cómo utilizar ese tiempo adicional. No sería saludable incrementar mi actividad actual, pero tampoco me gustaba la idea de renunciar a parte de ella. Entré en un estado de melancolía. Cuando era posible, me despistaba para esconderme y meditar. Añoraba los tiempos en que nada poseía y lo feliz que era. Sin darme tiempo a nada más, mis asesores enseguida me localizaban para consultar alguna duda o para requerir una firma urgente. Otras veces, si estaba con una mujer en la duermevela tras el deber cumplido, no pasaba de esos primeros recuerdos, antes de que ella quisiese marcha de nuevo. Entendí que estaba prisionero de mis dos primeros deseos y me angustiaba la futura llegada de más tiempo. Desanimado y sin poder hacer otra cosa, regresaba de nuevo a la ambición y a la carne. Consulté a los mejores sabios, buscando sin éxito un remedio. Era un pobre hombre rico, desorientado y necesitado de ayuda.

Sucedió una noche, tras una fogosa relación con una modelo a la que recuerdo como un mapamundi con piernas, por sus tetas descomunales, mientras fumábamos. Yo miraba absorto los estucos del techo. Le oí decir que le habían hablado de una zona remota, al pie de una cadena montañosa, en la que habitaban unos monjes aislados del mundo. Se dedicaban a la meditación trascendental y a la vida contemplativa, y algunos occidentales que fueron en búsqueda de alivio espiritual, a su regreso, hablaban maravillas.

Decidí visitarlos.

Soy un hombre nuevo, plenamente feliz, gracias a que me han dado otra dirección y sentido a mi vida. Hablamos durante largas jornadas y me enseñaron a conocerme a fondo. Vivía tan solo para los placeres materiales, temeroso con la llegada de un tercer deseo, mientras que ellos sin disponer de nada, tan solo de su tiempo, eran más felices que yo. No tuvimos más remedio que entendernos. Abrimos nuestros corazones e intercambiamos detalles sobre cómo era la vida de cada uno. Encerrados entre los altos muros del santuario, el silencio, la vigilia y la meditación, me hicieron comprender el poder relativo de las cosas y la importancia del tiempo para cada persona. Los monjes me prepararon para aprovechar mejor los dones que me fueron otorgados y me ayudaron a reordenar mi escala de valores para priorizar lo que de verdad es importante y lo merece, para sacarle el mayor partido a nuestras vidas.

Les hice caso y construí un aeropuerto en la ladera del monte. Me dedico a traer gente, a los que acojo en mis nuevos hoteles, casinos y lupanares, con todos los vicios al alcance de la mano. Cuando se sacian y se ven tan vacíos como yo lo estaba, les ofrezco subir al monasterio. Allí los monjes los preparan espiritualmente, los atontan con sus cosas de dioses y los despluman de todas sus posesiones terrenales, que pasan a engrosar una sociedad offshore que creé a medias con ellos.

Ahora dirijo desde el templo mis negocios. Dicen que soy un santo.

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Sobre el autor

Taller de Escritura
Pionero en España, el Taller de Escritura Creativa de Clara Obligado nació en 1980 en Madrid. Desde entonces, ha acompañado el proceso creativo de personas interesadas en la literatura a todos los niveles. En esta sección el lector encontrará recursos para la escritura, entrevistas, reseñas, historias sobre el mundo clásico y otras herramientas que facilitan un primer acercamiento a la creación literaria. Podrás encontrarnos los domingos, cada quince días, aquí, en El Asombrario.

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Un comentario

  • El 24.08.2018 , Sergio ha comentado:

    Me ha encantado el cuento Jesús, sobre todo ese final tan “evangélico”.

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