20.08.2018

Frente al turismo de masas en el Mediterráneo, propongo “el viaje de vínculos”

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Ferrys en el puerto de Lindos escupiendo turistas.

Ferrys en el puerto de Lindos escupiendo turistas.

Seguimos con la escritora y periodista Martha Zein a bordo del velero GoOn, navegando por las aguas del Mediterráneo y recorriendo algunas de las islas griegas más desconocidas. Hoy llegamos a la acrópolis de Lindos y a la pequeña Seskli. “Frente al turismo que persigue “experiencias” (cuyo fin es la acumulación de vida en una misma existencia) propongo cultivar el viaje de los vínculos: regresar a la tierra de la que partieron nuestros ancestros; habitar aquella en la que viven los seres queridos; propiciar encuentros que permitan conocer los secretos del entorno; acudir allí donde se teje la vida y presentar nuestros respetos”.

Tenemos 33 grados sin sombra. La sensación térmica es de unos 6 grados más. Son las 11 de la mañana. Varios centenares de turistas han bajado de un segundo ferry y han alcanzado la acrópolis de Lindos (Rodas), muchos de ellos en burro. Cada guía lleva dos acémilas flacas y pequeñas, o al menos esas son mis cuentas. El camino es empinado, de modo que abundan las ofertas. A 10 euros por viaje como media, los porteadores (entre ellos algunas mujeres) van llenando sus bolsillos; aun así, no tienen pinta de nadar en la abundancia. Tras un ascenso de apenas 10 minutos, bajan volando de vacío para cargar más. Un hombre hace desaparecer las heces del camino con un recogedor hecho con el recorte de una garrafa. El empedrado brilla. Si Sísifo se encarnara estaría de lo más acompañado y revisaría su condición dramática.

Por el camino, animales y humanos sudamos. Me roza el aliento de los asnos, una gasa caliente y húmeda desvaída por el sol. No sé muy bien por qué razón pero hemos subido a pie hasta la entrada del monumento y hacemos cola. A nuestro alrededor se acumulan golpes de calor, niños enfundados en pañuelos, llamadas de atención a quien se quiere colar y más pollinos. Los afortunados nos agolpamos bajo la rebañada sombra de un pistachero; los cuerpos acortan distancias hasta límites inusuales. Intento no perder la compostura aunque he empezado a abanicarme con la falda. Del frappé quedan sólo un par de hielos en mi vaso, de plástico.

Definitivamente, este es un buen lugar para que te devore el absurdo o se desencadene un asesinato en serie, ya hay estudios que enlazan la violencia con el exceso constante de calor. A mí me da por la primera opción: Veo llegar al galope un grupo de preguntas sañudas, de las que se hincan en el pecho y no te sueltan hasta que les entregues una respuesta. Adivino que mis réplicas serán tan raquíticas que dibujarán un ser-en-el-mundo frágil, mi dasein será enjuto como esos jamelgos.

Recibo el mordisco de la primera pregunta: “¿Qué crees que vas a ver?”

La acrópolis es un receptor de visitas programadas. En los folletos virtuales y reales destacan que allí se encuentran restos de los templos de Atenea y Zeus. Sus nombres son puertas a mundos hechos de resonancias culturales, películas, datos no contrastados, anuncios, obras de teatro, poemas floridos… Los mitos de la vieja Europa funcionan como resortes inconscientes y los touroperadores lo saben. La publicidad y el turismo se han adueñado de aquello invisible que durante siglos estuvo en manos de la Historia y la tradición oral. Ponga un Dios o Diosa en el entorno de una ruina y se multiplicarán las visitas, aunque su público sea agnóstico, iletrado o millennial; si además está en un lugar en alto, el negocio resplandecerá de éxito. He constatado que cada vez que nos alejamos unos cientos de kilómetros de casa, a los humanos nos da por asomarnos a los rincones más elevados o a los picos más extremos, por disparatados que parezcan, ya sean torres, escaleras, muelles, faros o iglesias ortodoxas.

El GoOn al otro lado de las sombras.

El GoOn al otro lado de las sombras.

“¿Qué buscan?”, remata el siguiente interrogante.

“Poseer el espacio con un golpe de vista, abarcarlo todo, sentir que alcanzas el fin del mundo, sentirte amparada por las órbitas de las estrellas”, respondo, sabiendo que ya no es suficiente. Quizá en el siglo IV fuera posible que el ser humano obrara de tal modo para olvidarse de sí mismo, como afirmaba San Agustín (Confesiones, Libro X), pero hoy cuando llegamos a esas cumbres nos hacemos un selfie. Sé que cuando llegue al interior del recinto todo serán fotos, de hecho llevo el móvil a mano como las pistolas en los westerns.

Mis voces me acribillan: “¿Acaso un autorretrato puede dejarnos atrás? ¿Nos hacemos una fotografía para olvidar quiénes somos habitualmente? ¿Posamos en escenarios excepcionales para enterrar un presente sin salidas? ¿Queremos atrapar lo emocionante de cualquier experiencia para crearnos un pasado a la medida, una memoria postiza con la que diseñar nuestra identidad?”. A mis voces les digo que ya hay expertos con respuestas que defienden la importancia de crear experiencias provistas de un “sentido de la alegría” para que perduren en la memoria. Ellas insisten y les doy un nombre: el profesor de psicología Mihaly Csikszentmihályi. Aun así, los interrogantes siguen alimentando el absurdo.

Sé que en un par de horas esta muchedumbre habrá regresado a sus embarcaciones, que podría evitar esta asoladora espera y con ella la lluvia de preguntas, sin embargo permanezco, entregada a la turba, como un insecto atrapado en una tela de araña. Quizás formar parte de esta marabunta sea una de esas experiencias enardecedoras: estoy aquí pero no formo parte. Sin embargo, no es cierto. ¿Por qué no doy media vuelta?

12 euros la entrada. La visita es mucho más cara que la del santuario de Olimpia o el palacio de Knossos. Para evitar salir corriendo me recuerdo ante la taquilla lo que he leído: el templo de Atenea, construido a finales del siglo IV a.C., es similar al de la acrópolis de Atenas dedicado a Atenea Niké. Antes de que me alcance otra pregunta escucho una exhortación: ¡Cómo vas a irte de Lindos sin haber pasado por la acrópolis! ¿Cómo vas a cerrar este álbum si te falta un cromo? Fin del monólogo. Confieso que es unos de los imperativos más estúpidos a los que he hecho caso en este viaje, pero puedo asegurar que funciona, porque entré.

Han pasado días desde entonces. Hemos enlazado islas abandonadas, inhabitadas y deshabitadas, los veleros son contadas manchas blancas en un fondo azul; apenas he podido interactuar con otras personas que no sean la tripulación con la que viajo (tres individuos, entre los que se incluye el capitán), hasta ayer. En la pequeña isla Seskli, propiedad de la iglesia de Panormitis, encontramos a su único habitante.

Seskli es lo suficientemente pequeña como para no figurar en los mapas continentales. Es una de esas islas griegas que sólo aparecen en los portulanos náuticos y en las cartografías satelitales. Habíamos fondeado, pues, en un lugar tan invisible para millones de personas como las bacterias, los protistas o los ácaros. El GoOn adora estos desajustes de escala, de hecho habíamos llegado hasta allí por su condición de isleta solitaria, pero nada más poner pie en tierra los aperos de labranza, las cabras y ovejas y el estado de los olivos daban fe de que había alguien que realizaba una mínima actividad agraria. Koloundros dejaba de ser una isla desierta para convertirse en una de las 227 islas de Grecia con residentes (de un total de 6.000, entre islas e islotes) y concretamente una de las 95 que tienen menos de 100 personas censadas.

Al final del camino encontramos una alquería. Gritamos Kalimera, ¡ah de la casa!, pero nadie respondía, hasta que al capitán se le ocurrió asomarse a uno de los ventanucos de la modesta vivienda. Al fondo de una habitación en penumbra, apoyado en la ventana que daba a la bahía, le miraba en silencio un hombre de su misma edad. Sin querer interrumpir su solitud, el capitán le dio las gracias por cuidar la tierra y la enhorabuena por vivir de aquel modo. El hombre respondió: “Lo sé”. De regreso al barco observamos sus olivos sedientos y recordamos aquellos que crecen entre las paredes de pedra en sec en el Barranc de Biniaraix . También dan aceites de olivos imposibles, y aún así cosechados. Con el cruce de dos palabras y un camino en silencio larvamos un vínculo con aquel hombre escondido. Nos reconocimos en el límite. Esta humilde experiencia íntima no cabe en ningún folleto, forma parte de lo inesperado, de la vida en carne y hueso.

Narramos a bordo y así creamos vínculos. Foto del Instagram de la autora que sirve de diario gráfico de estas crónicas.

Hoy navegamos camino a Tilos, otra isla menor. El viento fuerza al silencio, como casi todos los días. El mar, más que espejo, es un manto azul bajo el que se oculta una vida olvidada y aparentemente muda. Nueve décimas partes de las principales ramas del reino animal se encuentran en el agua, la mayoría de las especies de vertebrados son peces. La evolución nos ha arrancado de nuestras madrigueras húmedas. En el mar, los seres humanos entramos en contacto con nuestros parientes más lejanos, en los casi 80 días que llevamos navegando hemos recorrido más de 1.000 millas. La cifra apenas abarca los lazos que hemos ido creando con todo lo vivo. Frente al turismo que persigue “experiencias” (cuyo fin es la acumulación de vida en una misma existencia) propongo cultivar el viaje de los vínculos: regresar a la tierra de la que partieron nuestros ancestros; habitar aquella en la que viven los seres queridos; propiciar encuentros que permitan conocer los secretos del entorno; acudir allí donde se teje la vida y presentar nuestros respetos.

Miro el firmamento, la luna crece, la vía láctea quiere empaparnos. Me hago una promesa: Cuidaré cada deseo como a una flor.

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Sobre el autor

Martha Zein
Me llamo Martha Zein, soy narradora. Utilizo múltiples lenguajes para contar el mundo. En el año 2000 empecé a desarrollar mi propia línea de producción y creación basada en la ecología y el cuidado bajo el sello Producciones Orgánicas. Con el tiempo me he convertido en una experta en estrategias narrativas. Comparto este conocimiento con quienes creen que no saben contar historias; les guío a través del juego, la imaginación y la delicadeza. Porque habito un barco 4 meses al año sé el poder que adquiere un viaje cuando se convierte en relato.

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3 comentarios

  • El 20.08.2018 , Maurici Espinar ha comentado:

    Hola Martha !
    Gracias por el estupendo viaje en el GoOn con vosotros, el segundo. Te sigo en el Asombrario. Me gusta leer tus contrastados y bien documentados comentarios. Filosofia aplicada. Pero ya sabes que yo soy el individuo de los largos silencios y de opinión interiorizada. Me gusta más escuchar que hablar, por lo que mis comentarios son pocos i escuetos.
    SIGUE ! = GoOn !

  • El 20.08.2018 , Miguel Angel Martin ha comentado:

    Hola Marta, te sigo y disfruto… El turisteo masivo y la intromision en los espacios deja la aventura justo en desenvolverse en este caldo, admirando y contemplando la diversidad unificada, todos somos uno eso si, algunos con mucha mas pasta y poder pero todos con los mismos sentidos mas o menos desarrollados. No dejemos de viajar interior y exteriorMENTE… ” GO ON”. Gracias por tu compartimento. Besos.

  • El 26.08.2018 , Martha ha comentado:

    Gracias Maurici, Miguel Ángel, por vuestra lectura y complicidad. Para mí, narrar el viaje implica viajar tres veces: el trayecto que experimentas, el que eliges para moldear mientras te mueves y el que entregas, hecho de lenguaje y, por tanto, preñado de sentido. En cualquiera de las tres facetas adquiero grados de conciencia. Vuestras respuestas confirman que estas botellas virtuales lanzadas al mar a veces llegan a otras orillas. Gracias por acompañarme.
    Nos encontraremos en ruta!

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