‘Tus pies siempre estaban calientes’

‘Tus pies siempre estaban calientes’

‘Amor y psique’ de Auguste Rodin. Metropolitan Museum of Art, New York.

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‘Amor y psique’, de Auguste Rodin. Metropolitan Museum of Art, New York.

“Tus pies siempre estaban calientes, algo inexplicable cuando salías a la calle sin abrigo y con sandalias en pleno mes de enero. No me cuidé de ti, nunca desconfié de tu calzado”. Lo difícil que a veces resulta olvidar. “Que el tiempo lo cura todo es relativo”. Llegamos a la entrega 17 de nuestros Relatos de un Extraño Verano.

POR IRENE SÁNCHEZ

Un hombre con sandalias o es turista o es bohemio.

Recorro la casa pensándolo, desnudo, igual que hacías tú. Jamás te vi calzar zapatos.

Los vinilos que dejaste acompañan mis días y los estiran sobre la cama. Tumbados, escuchábamos el lamento de Dido. No existían palabras que se pudieran decir después de esa nota sol, aguda e impostada.

Yo acariciaba piel mientras tu tacto se deleitaba en mi camisa. Era el truco infalible que originaba un juego de resonancia entre los dos, como la vibración de las varillas de un diapasón afinando el sonido que conduciría al clímax.

Entonces yo era un tipo formal que acudía a su trabajo mientras tú afrontabas la vida al descubierto y sin preocuparte por el futuro. Uno más uno siempre fue igual a uno para ti, por mucho que yo me empeñara en que fuésemos dos en uno. Eso solo ocurría cuando el aire húmedo entre las mantas era testigo de nuestra intimidad. Tú retirabas la ropa de cama, yo volvía a arroparnos y dentro, fuera, dentro, fuera, se regulaba la temperatura de la alcoba entre la tibieza y el frescor.

La muerte se multiplica en las aceras y yo abundo en horas. He aprendido que el mundo puede seguir rodando sin mí, que soy tan prescindible como todos los que ya se han ido. Sitiado en casa, mi cuerpo carece de alas, pero nada impide a mis recuerdos planear sobre la memoria del tuyo.

La soledad me obliga a mirarme en el espejo. Ya no soy el que era, pero la imperfección que hay en mí no me parece tanta. Quizá en el pasado fui intransigente conmigo mismo, a lo mejor pensé que no estaba a tu altura porque te recuerdo arrogante, invasor de pasillos, colmando las habitaciones con una rotundidad desnuda y sin miedo a las ventanas abiertas. Tan distinto a mí y tan paralelo al tiempo, tan poco complementario.

Nunca mentiste acerca de tu falta de apego, me habías dicho que estabas de paso, pero no te ibas. Tuve que ser yo quien te dijera adiós, ya que no entraba en mis planes seguir sufriendo por una partida que no acababa de producirse. Despedirte, cuando te amaba, fue arder en la pira.

Recuérdame, pero olvida mi destino, llora la reina de Cartago, humillada por el roce de la aguja sobre el vinilo. Tarareo con ella en voz muy baja. Esta melodía sigue dejándome en silencio.

Una corriente de aire explora el laberinto entre mis dedos. Me recuerda que tus pies siempre estaban calientes, algo inexplicable cuando salías a la calle sin abrigo y con sandalias en pleno mes de enero. No me cuidé de ti, nunca desconfié de tu calzado.

Que el tiempo lo cura todo es relativo. Todavía sueño con mis manos sobre tu pecho desierto. Aún me vienes a la cabeza cuando, tendido sobre la cama que siempre será nuestra, deseo que te acuerdes de mí mientras gimo un sol agudo y roto.

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