15.06.2019

Un presente tan inseguro que agiganta el miedo a amar

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¿Trigo o amapolas en nuestras relaciones amorosas? ¿La seguridad del trigo para obtener harina/seguridad que llevar a casa o el resplandor/rojo pasión de la amapola que nos embriaga pero rápido se marchita? En las relaciones humanas, algunas evocan alimento y cobijo en nuestro imaginario y otras son solo amapolas sueltas en el campo, no domesticadas y, por tanto, no entran en los planes de nadie. Otra entrega de esta sección quincenal a dos voces. Diálogos sobre encuentros, el eterno femenino resistente y las masculinidades errantes. A cargo de Analía Iglesias y Lionel S. Delgado. En este espacio se alternan dos textos abordando un mismo asunto: el amor o su imposibilidad en tiempos de turbocapitalismo.

Imaginemos lo que crece en los márgenes: por ejemplo, las amapolas silvestres a la orilla de las carreteras o al borde de un campo arado. El cultivo apunta al trigo, lo que se espera, y la amapola aparece sin haber sido sembrada, desobedeciendo, y se erecta roja donde sea, la dejen o no, esté prevista o no. ¿Qué piensa el agricultor de ella? Por las dudas la siega, porque no era lo que buscaba y le desordena el campo. Quizá la contemple un rato, con cierta admiración, pero sabe que su misión no pasa por estimularla a crecer. ¿Intenta ella seducir al tractor? No lo sabemos, pero podemos asegurar que siempre resulta arrollada por la línea recta del deber. Así el itinerario de muchas personas, y la misión social del hombre nacido varón: intentar dar con la línea que dé sentido a su vida y no desviarse (o, de hacer un fugaz desvío, volver pronto al camino), la misión está delante, siguiendo la línea que ya se trazó, nada de continuar por atajos o bifurcaciones que dibujarían otras figuras, otras vidas.

Esta imagen se me ocurrió, como metáfora, mirando el horizonte castellano en primavera, y a partir de una frase que se cayó del artículo anterior de Lionel S. Delgado y que viene del rap: “Quien busca a la persona ideal no busca una persona, busca un ideal”. La espiga que promete trigo es el ideal, la amapola es la persona. Se entiende, claro.

Ya sé que la espiga de trigo prefigura la harina y augura el pan. De la amapola no se sabe bien lo que obtendremos, aparte de sus estimulantes semillas y del rojo fuego abriéndose para desnudar los estambres y los pistilos. Pero ¿y si el trigo finalmente no crece? Lo mismo pasa con las relaciones humanas, algunas evocan alimento y cobijo en nuestro imaginario ( y en la expectativa que traemos de los ancestros) y otras son solo amapolas sueltas, no domesticadas y, por lo tanto, no entran en los planes de nadie. Quizá por eso asocié la imagen del campo florecido con esas relaciones donde uno de los dos le dice al otro: “En realidad, yo estoy buscando a alguien que sea de esta manera” o, directamente: “¿Sabes que siempre me gustó fulano?”, justo después de hacer el amor, o incluso antes de hacerlo.

Hablo de esos momentos de estar con alguien y que te mencione a un otro abstracto e inasible, o que te diga: me gusta tu amiga/o. Todos y todas hemos jugado alternativamente el rol de la espiga y la amapola en diferentes momentos de la vida y con distintos partners. El caso es identificar cuándo y cuánto nos empeñamos en despreciar el instante dichoso de la flor que nos fascina para eludir el desvío (de querer) y ponemos por delante la imagen de la espiga, el ideal del que no deberíamos desasirnos, porque es un camino prefigurado (aunque puede que no lo emprendamos nunca). La mayoría de las veces, imaginar –y mencionar en alto– otro objeto erótico diferente al del presente simplemente nos pone a resguardo del pánico a amar, a que nos hagan daño si nos lanzamos a querer, nos aleja de la exposición, y así nos preservamos de entrar en territorio demasiado desconocido, laberíntico. Por supuesto, el miedo al amor tiene mil disfraces y otras tantas idealizaciones.

El razonamiento también vale para los heterosexuales cuando se sienten atraídos por alguien de su mismo sexo y lo desean, pero anteponen el trigo: “Soy hetero, no puede ser”. Incluso seguro que le pasa a algún ser predominantemente gay, cuando un día descubre que le gusta alguien del sexo opuesto: “No me desvíes con tu rojo amapola, yo siempre fui gay”.

A eso le llamo ‘lo que crece en los márgenes’, y pueden ser pensamientos, reflexiones, imágenes, arte y personas, claro, para las que podríamos estar disponibles, si no eligiéramos segarlas.

Hablar en la cama

De las imágenes de los campos rojos de amapolas o amarillentos y secos de espigas arrancadas, bajamos a estos hombres y mujeres pedestres que somos en el sexo. Quizá sea la desnudez literal del hombre la que lo pone en guardia, y lo empuje a vestirse de palabras para proteger su inerme sentimentalidad en la cama (como decía un amigo: “Un polvo es un polvo, dos ya es una relación”). Mientras el cuerpo expresa emociones no hacen falta palabras pero, tras el clímax, el dueño de ese cuerpo quiere decir cosas que parezcan confesiones, aunque casi siempre tienen más aspecto de escudos. El susto del descubrimiento de la propia animalidad frente al otro lo lleva a ponerse el traje de la razón masculina tan cultivada por siglos. Es en esos momentos en los que suele surgir la aparentemente debida o casual charla de, en realidad, yo voy en otra dirección, me gusta tal otra persona, o el largo relato de las idas y venidas con su intermitente pareja anterior. Y tú mirándolo algo perpleja: ¿para qué me dice todo esto?

Lo que crece en los márgenes del erotismo son amapolas y trigo. El campo es fértil, pero parece absurdo intentar desbrozar todo de una vez; sin embargo, el miedo a quedarse amando parece agigantarse en nosotros, seres deseantes, especialmente en los hombres socializados en separar sentimientos de falo ¿Por qué cree un hombre que en los arrumacos post-sexo queremos escucharle sus diatribas con el resto de las mujeres y/o hombres del planeta?

No es que las mujeres no recordemos en ese momento a nuestro ex, o no tengamos dudas sobre esta u otra relación, o no fantaseemos con su amigo o el kiosquero de la esquina, pero no nos sentimos obligadas a decírselo, porque no necesitamos desmentir que hemos expuesto nuestra animalidad ante él (con él, en él y para él) y que seguimos inermes, en ese mismo instante, que incluso podríamos amarlo. Con todas las restricciones morales de cada época, a las mujeres se nos permite la irracionalidad, la total apertura y desnudez, el atajo (la duda de tomarlo, por qué no), el dejarnos mirar, el complacer, y quizá por eso nos vestimos de menos escudos (anti)sentimentales. En nuestra cultura, nuestra misión como mujeres nunca es rígida, nuestra vida no tiene que tener un sentido prefijado porque no somos las guardianas de la razón en la sociedad. Y como no somos las vigías de la recta racionalidad histórica, porque los hombres no han querido confiarnos ese rol (no vaya a ser que tomemos un atajo instintivo o pasional y nos dediquemos a regar amapolas en lugar de acumular trigo), somos libres de sentir lo que nos plazca. Y también de sufrir por lo que nos plazca.

Todo esto es intuición, en el camino nada recto de intentar explicar las anécdotas que nos hicieron reír, días atrás, con una amiga, sobre aquel novio que tuve en la facultad, y que estaba conmigo, pero que me decía que gustaba de ella, lo cual le impedía a él el disfrute de la espiga y también de los pétalos (y se lo impidió para siempre). O del otro agricultor que, veinte años después de un fugaz encuentro, apareció para decirme que le tuvo miedo a la pasión que le despertaba y eligió alejarse; incluso “preservarse” fue el verbo reflexivo que le escuché pronunciar a un chico otra vez… Y así podríamos seguir al infinito con toda clase de mutilaciones afectivas y eróticas que las chicas sabrán imaginar y que los chicos sabrán recordar. Como si fuera una película de Martin Scorsese (La edad de la inocencia) o de Wong Kar Wai (Con el ánimo de amar), por nombrar a dos hombres que supieron hacer poesía del escudo. O armarse de segadoras para arrasar con las amapolas.

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Sobre el autor

Analía Iglesias
Analía Iglesias es escritora y periodista. Coordinó durante cinco años el blog Eros de El País. Como ensayista, se acerca a la afectividad de la época con la necesidad de indagar en las pulsiones sexuales y en la función que cumplen en la actual sociedad de consumo. Es coautora –junto a Martha Zein– del libro ‘Lo que esconde el agujero: el porno en tiempos obscenos’, publicado por Editorial Catarata. En Twitter ‘@analiaigles’

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Un comentario

  • El 02.07.2019 , Nuria ha comentado:

    Qué buen artículo ! Vi reflejadas un montón de situaciones vividas y viviendo 🙂
    Gracias !!

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