Una prioridad para España: cómo podemos evitar la desertificación

Una prioridad para España: cómo podemos evitar la desertificación

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En el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía, hoy, 17 de junio, analizamos este grave riesgo en España. A pesar del reto que la crisis climática nos plantea, no es una condena inevitable. Hay vías de solución. Se pueden tomar medidas. Las repasamos.

Los condicionantes geográficos y naturales han favorecido el crecimiento de la economía española al propiciar el desarrollo del turismo a partir de la década de los sesenta del siglo pasado. Pero hasta ese momento lo retrasaron. Dos de los factores que más pesaron en este desfavorable balance fueron la pobreza del suelo y la aridez del clima en buena parte del país. Ambos son responsables de la baja productividad de la agricultura de secano, predominante hasta tiempos relativamente recientes.

Otro rasgo determinante es el accidentado relieve. No solo ha limitado durante siglos la expansión de las comunicaciones y de la agricultura, sino que, unido a los dos factores antes citados, provocó que la eliminación de los bosques diera lugar a amplias superficies donde solo crecían plantas herbáceas, pequeñas matas o, en el mejor de los casos, arbustos. En las zonas húmedas y llanas de España y de Europa el mismo tipo de intervención originó densos prados. La diferencia entre un paisaje y otro es que el primero es menos productivo y está sometido a fuertes pérdidas de suelo por erosión.

Las causas de la desertificación son cuatro: la aridez, la sobreexplotación de acuíferos subterráneos, los incendios forestales y la erosión.

La aridez está determinada fundamentalmente por el clima. Los modelos climáticos del Gobierno concluyen que crecerá debido al calentamiento global, provocando que al finalizar este siglo las superficies sometidas a riesgo de desertificación muy alto y alto superen a las actuales en un 45,5% y un 82,4%, respectivamente. Cuanto mayor es la aridez mayor es también el riesgo de incendio ya que, al disminuir la humedad y aumentar la mortalidad de los árboles, queda más madera seca en los montes. Algunas zonas de España están cubiertas por grandes bosques. Los megaincendios que diversas partes del mundo están sufriendo en los últimos años y pueden ocurrir también aquí son una gran amenaza para estos pulmones verdes. Asimismo, la expansión actual del bosque sobre terrenos antes dedicados a la agricultura y la ganadería puede verse frenada o incluso revertida.

La erosión sucede sobre todo en montes degradados y en cultivos leñosos como los viñedos, olivares y frutales, especialmente en los situados en pendiente. Dejar el suelo desprovisto de protección frente a la lluvia y el viento y labrarlo a favor de pendiente son dos prácticas muy agresivas y habituales en los campos españoles. En estos escenarios la pérdida de suelo sobrepasa ampliamente la capacidad de regeneración natural: el 12% de nuestro territorio pierde más de 50 Tn de suelo por hectárea y año. En la práctica, esta pérdida es para siempre, porque lo más probable es que ningún ser humano vea esa tierra recuperada.

La sobreexplotación de acuíferos está también vinculada a la agricultura, a la cual suministran agua cientos de miles de pozos ilegales. La mayoría de los acuíferos de Levante, del Sureste y del entorno de la Costa del Sol están sobreexplotados, así como algunos del interior, destacando el que nutría al arruinado parque nacional de Las Tablas de Daimiel. El abuso en la extracción de agua puede sentenciar también a Doñana.

En cuanto a las consecuencias sociales y económicas, dos sectores muy dependientes del agua y con gran peso en nuestra economía se resentirán a medida que se intensifiquen los efectos del calentamiento global: el turismo y la agricultura intensiva de regadío. A pesar de ello, las necesidades de riego siguen creciendo. En Valencia, por ejemplo, los agricultores, hartos de la ruina provocada por la importación de naranjas, empiezan a mirar al aguacate como su salvación. Pero el aguacate consume mucha más agua.

Comenzaba este artículo citando la importancia que la aridez ha tenido en el relativo atraso económico de España. A lo largo de este siglo puede volver a retrasarnos. ¿Qué harán los miles de familias que viven de la agricultura si se secan los pozos, sustituir su agua por agua trasvasada o desalada en caso de que sea técnica y ambientalmente factible? No, sería muy caro y perderían competitividad, salvo que les subsidie el Estado. Lo que harían si no somos capaces de diversificar la economía de esas zonas es depender de ayudas públicas y emigrar, causando un grave problema al conjunto de España. Por otra parte, la aridez pone en peligro también a nuestros bosques. Y un país que pierde sus bosques es un país que se empobrece. Otro tanto cabe decir respecto al suelo y al agua, puesto que también la disponibilidad de recursos hídricos y la fertilidad del suelo menguan con la desertificación.

Afrontar la amenaza de la desertificación requiere actuar en diversos frentes. Debemos disponer de normativas de protección del suelo que abarquen a todos los sectores que lo afectan, incluyendo la construcción (el sellado definitivo del suelo merma la capacidad de recarga de los acuíferos). Hemos de promover la investigación en variedades agrícolas resistentes a la sequía, entre las cuales estarán las tradicionales, más adaptadas a nuestro clima. La eficiencia en el uso del agua debe ser un objetivo primordial, que debe ir acompañado de la penalización de su desperdicio y del sellado de los pozos ilegales. Potenciar la biodiversidad de nuestros bosques y gestionar su estructura es fundamental para que sean menos vulnerables al fuego y más resilientes ante el calentamiento global.

Para que esa gestión no dependa exclusivamente de la financiación pública, en muchos lugares será necesaria una explotación sostenible de los recursos forestales: madera, piñones, resinas, setas, miel, plantas aromáticas y medicinales, frutos, pastos…

La reforestación debe priorizar la restauración de las áreas con mayor riesgo de desertificación. Muchas de las repoblaciones de pinos efectuadas entre los 50 y los 80 del pasado siglo, que son una pira presta para arder en cualquier momento, requieren la extracción de árboles y actuaciones para incrementar su biodiversidad. Otro tanto ocurre con gran parte de las superficies donde el monte está recuperando el terreno perdido a lo largo de los siglos anteriores. Hemos de emplear tecnologías punteras para monitorizar el estado de nuestros suelos, montes, cultivos y recursos hídricos y para prevenir incendios. Por último, diversificar la economía en las zonas más dependientes del turismo estival y del regadío debe ser un objetivo estratégico para España.

Todo lo anterior representa una oportunidad para revitalizar el medio rural, conseguir una distribución más equilibrada de la población, crear empleo y facilitar la desconexión de un modelo depredador de los recursos naturales y, muy a menudo, depredador también de las personas.

Uno de los retos más importantes de España en el siglo XXI es evitar su desertificación. La mayoría de los países desarrollados no necesitarán enfrentarse a este desafío. Si no deseamos rezagarnos de nuevo, debemos hacer de la necesidad virtud, adaptar nuestra economía a nuestra realidad física y conseguir que esa adaptación se transforme en un vector de nueva economía y de desarrollo económico.

Miguel Á. Ortega es economista, presidente de Asociación Reforesta. Autor del libro ‘¿Sosteni…qué? Sostenibilidad (o el reto de transformar la mente humana)’.

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