08.12.2018

Las vacunas son malas, la Tierra es plana: Alberto Chimal y las supersticiones

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Alberto Chimal. Foto: Isabel Wagemann.

El escritor mexicano Alberto Chimal. Foto: Isabel Wagemann.

Alberto Chimal es uno de los mayores exponentes actuales del fantástico mexicano. En su nueva colección de relatos, publicada una vez más en su sello español de confianza, Páginas de Espuma, aborda temas eternos como la creación y el ego artístico, y otros de rabiosa actualidad como las terapias alternativas. Hablamos con él de escritores que se consideran intocables, de los peligros de la superstición y la desinformación, de mitos ponzoñosos promovidos desde las redes sociales, de nuevas voces latinoamericanas y, por supuesto, de las posibilidades literarias de la fantasía y la ciencia ficción.

¿Qué lugar ocupa este nuevo libro de cuentos dentro de tu trayectoria literaria?

Es un libro que marca un par de cambios. Por un lado, después de algún tiempo de escribir principalmente novela o microrrelato, en Manos de lumbre propongo seis cuentos extensos, que exploran con más detenimiento personajes y ambientes, pero no renuncian a la concisión del relato corto. Por otro lado, estos cuentos tienen referencias más explícitas que otros de los míos a la realidad circundante, y en especial la realidad política. Siempre he tenido opiniones sobre esos asuntos, pero mi trabajo –por tener con frecuencia un componente fantástico– ha sido objeto a veces de lecturas muy superficiales que no perciben esas opiniones, aunque estén allí. A juzgar por lo que ha sucedido en estas primeras semanas de lanzamiento del libro, puede que la recepción de estas ideas sea diferente ahora.

¿Cómo abordaste la escritura: uniste relatos independientes o los creaste a partir de unas ideas en común?

Más bien fue lo primero. Había estado escribiendo cuentos sueltos y, cuando decidí crear un libro a partir de ellos, pasé por un proceso de revisión del material acumulado. Descubrí que algunos de los textos tenían temas en común y ciertas resonancias: personajes o situaciones afines, y luego vino una etapa de expandir los textos considerando esos elementos comunes. Ahora hay ecos y semejanzas entre todos ellos, incluso más allá del tema central del error o la torpeza destructiva.

Muchos personajes destruyen el mundo a su alrededor a través de sus acciones: el escritor su reputación, la madre, la salud de su hija… ¿Eso son las “manos de lumbre”?

Sí. La frase es un regaño que se hace (o se hacía) a niñas o niños que cometían alguna imprudencia. Expresa tanto resignación –pues señala un tropezón inocente– como exasperación. Cuando ha pasado la infancia, sin embargo, errores así pierden todo encanto y se convierten en meras acciones (auto)destructivas: señales de nuestra estupidez o nuestra mala suerte, catástrofes provocadas por nosotros mismos.

Pero, en contrapunto, también hay lugar para la creación, como en ‘La segunda Celeste’…

Es cierto. Un tema secundario del libro es esa aspiración creativa, que suele quedar desvirtuada (como en el caso del escritor plagiario de Los Leones del Norte, a quien se le olvida esa ambición a causa de su vanidad), invisibilizada (Cosme, el curandero de Final feliz, es un artista del engaño y el comercio, pero artista al fin: el más consumado de todo el libro) o frustrada, como en el caso de Celeste, que ve acercarse el día de su muerte sin que le dé tiempo de acabar un trabajo creativo –traducción en su caso– del que pueda sentirse orgullosa.

En relación a este último cuento, ¿qué temas -y técnicas- de la ciencia ficción te interesan como narrador?

Me interesa sobre todo la posibilidad de extrapolar situaciones del presente para imaginar adónde podrían llevarnos. Y también me gusta la construcción de ambientes, sociedades y culturas desconcertantes, pero que para sus miembros son lo más natural. Celeste se enfrenta a eso cuando tiene que aprender rudimentos de informática y teoría de la inteligencia artificial desde su formación humanística, para al menos empezar a entender lo que podría sucederle cuando su conciencia sea capturada en un sustrato digital.

¿Y de lo fantástico-sobrenatural?

Tengo la idea (rara, me dicen) de que en el fondo todas las formas de narrar lo que no se considera estrictamente posible, incluyendo la ciencia ficción, son variantes de lo mismo: usos y entonaciones diferentes de la misma imaginación fantástica. Se vea así o no, me gusta la forma en la que la irrupción de lo extraño o lo inexplicable puede llevar a un momento de crisis, de turbulencia o hasta de desintegración en la vida de un personaje, y así lo pone a prueba: revela, o nos revela, quién es.

En algunos cuentos, lo inexplicable se muestra abiertamente como fraude, tal es el caso de Cosme, el homeópata. ¿Se puede creer en lo que no está científicamente probado? ¿Conlleva riesgos?

Tan se puede creer que la humanidad ha tenido religiones durante mucho más tiempo que el que ha tenido ciencias. Por otra parte, los riesgos de la superstición y la desinformación se han vuelto muy notables en nuestra época de “hechos alternativos” y mitos ponzoñosos promovidos en las redes sociales, como el rechazo de las vacunas o la secta de quienes creen que la Tierra es plana. (¿Quién iba a pensar que una idea tan absurda iba a tener adherentes en el siglo XXI?). En el cuento Una historia de éxito aparecen las consecuencias nefastas de creerse a pie juntillas lo que dice una supuesta vidente…, o incluso peor: de empeñarse en que lo que dice debe tener razón y tratar de hallarle justificación en la vida real.

El primer cuento resulta una caricatura de ciertos autores, hombres de entrada edad, gran nombre y mayor ego. ¿Son habituales en el mundo literario? ¿Qué opinión te merecen?

Ay, son tantos… Me dan un poco de pena, porque su verdadero talento está en racionalizar sus acciones, por reprobables o estúpidas que puedan ser, y en hacer creer a otros (y a sí mismos) que su obra tiene más valor que el que realmente tiene. Entonces recuerdo otro rasgo de ellos: que pueden salirse con la suya porque están en un sector privilegiado de nuestras sociedades desiguales, y la pena se me pasa.

¿Qué autores mexicanos son tus grandes clásicos? ¿Y de las nuevas generaciones?

Juan José Arreola fue el primer escritor mexicano que reconocí como tal, en la infancia, y creo que siempre será mi gran clásico. Muchos de mis intereses de toda la vida, incluyendo la imaginación fantástica, los aprendí en buena medida leyendo su obra. Sobre las nuevas generaciones, actualmente hay autores de mi edad e incluso más jóvenes con fama internacional, ya ingresados en el canon y todo, así que no hace falta que los mencione, pero también hay otros, muchísimos otros, que merecen tener más visibilidad. Algunos ejemplos: Jaime Alfonso Sandoval, Elpidia Carrillo, Alonso Guzmán, Leda Rendón, Arturo Vallejo, Alma Mancilla, Rafael Villegas y Teresa Zaga-Cohen.

Se habla acerca de una nueva generación de autoras latinoamericanas que tratan el horror, lo extraño y grotesco… como Samanta Schweblin, Mª Fernanda Ampuero, Mónica Ojeda, Liliana Colanzi… ¿Qué opinas de ellas?

Todas, en general, me parecen estupendas, y me alegra que actualmente –para variar– tengan una presencia que incluso supera a la de la mayoría de sus colegas hombres. De entre las escritoras mexicanas, agregaría los nombres de Iliana Vargas, Lola Ancira, Martha Riva Palacio, Karen Chacek, Andrea Chapela y Cecilia Eudave, entre otras; todas tienen libros publicados dentro de la especialidad, son muy diferentes entre sí y merecerían saltar al siguiente nivel de reconocimiento.

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Sobre el autor

raquelmoraleja
Raquel Moraleja es graduada en Periodismo y master en Estudios Literarios por la Universidad Complutense de Madrid. Además, se ha formado en los sectores de la edición y el marketing digital. Ha trabajado en las áreas de comunicación de editoriales como Verbum, Libros.com e Impedimenta. Actualmente es asistente de comunicación y ventas en La Central de Callao. Mientras, estudia a diario para un proyecto ultrasecreto que –todavía– no os puede desvelar. Autora de la novela corta Sin retorno (I Premio Internacional de Narrativa "Novelas Ejemplares", Verbum, 2016). Le pierde todo lo que tenga que ver con lo imposible, lo extraño, la fantasía terrorífica, el futuro y, por supuesto, el feminismo.

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Un comentario

  • El 08.12.2018 , Faidon ha comentado:

    Los que se vacunan dejan de creer en Dios.
    No permitas que ningun familiar se vacune o vaya a la universidad.
    que les lavan el cerebro para volverlos ateos

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