Versos que nos estremecen desde el abismo, desde una silla de ruedas

Versos valientes que nos estremecen desde el abismo, desde una silla de ruedas

El poeta

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El poeta Hernán Valladares Álvarez.

“Dedico este libro a Hernán Valladares Álvarez, nacido en Madrid, 1970, y muerto en Querétaro, México, 2013”. Hernán Valladares es él, y acaba de publicar un tremendo, bello y doloroso poemario, ‘Desde el abismo, versos inválidos’ (Ars Poetica), sobre su vida y su sinvivir desde que un accidente de moto le dejó en silla de ruedas hoy hace seis años.

A esa terrible, hermosa y valiente dedicatoria a sí mismo, al hombre que falleció en aquella carretera mexicana que le ha provocado las heridas del alma y del cuerpo, le siguen versos duros, que incluso plantean el suicidio.

“Recíbanme las olas de mi infancia, / que se cumpla mi condena de muerte / por haber perpetrado este delito / de haber vivido intensamente todo”.

“Si viene Satanás, sin nada a cambio, / me voy con él hasta el infierno. / Y que se joda el mundo con mi ausencia”.

El escritor Luis Alberto de Cuenca, que presentó recientemente el libro de Valladares en el Café Comercial de Madrid –que afortunadamente sigue siendo un reducto de cultura y buen gusto–, dijo que es un libro “valiente, valiente, valiente”. Tres veces valiente. “Una catarsis que parte del cero más absoluto, para de nuevo caminar, incluso correr en una línea ascendente. Desde esa tragedia vital, el poeta va creciendo en su universo interno. Y el lector va siguiéndole en su trayectoria, que se apoya en elegantes figuras retóricas y rimas asonantes y diáfanas, provocando incluso alguna lagrimilla solidaria”.

“Por fin, cuando sabía lo que era / el placer de vivir sin más complicación / (…) / para reconocer en cada acto cotidiano / un pretexto para el goce, / cuando Epicuro se hizo norma / y el viento de la vida empujaba la embarcación a mis antojos, / llegó el azar avieso / y a la vuelta de un cruce de caminos / me hirió sin el lujo de la muerte con sus cuernos de metal / Satanás, o algún sicario de los dioses, / y me tiró del caballo como a un Saulo / sin fe ni fatuidad ni designios improbables, / y me robó casi todo en la vida, / agarrotó mi cuerpo, / me asexó definitivamente, / privó de la caricia a mis dos manos / y me dejó la inteligencia sola / en una isla donde habita náufraga sin alas. / Mis amigos me visitan, / condenado a vivir con el enigma. / Le vendo el alma a quien la quiera”.

Tras el accidente y nueve meses ingresado en el Hospital de Toledo para lesionados medulares, Hernán Valladares, licenciado en Filosofía y Letras por la Autónoma de Madrid, colaborador en revistas literarias y autor de varios libros publicados en 2011 y 2012, comenzó a escribir un libro en prosa, que se iba a llamar El hombre medular, aunque finalmente parece que se titulará El arte de estar vivo (“aunque quizá debiera llevar h: y ser helarte de estar vivo” y que será publicado pasado el verano), una amiga le dijo: “Has perdido el cuerpo, pero tienes la inteligencia intacta y el corazón roto, ¿por qué no escribes un poemario?”. Y así comenzó a tomar forma Desde el abismo, versos inválidos. “Me volqué en este libro, aprovechando casi siempre los arrebatos de dolor. Por eso es un libro que destila tanto dolor y sufrimiento, porque refleja la peor cara de los seis años que llevo tetrapléjico. El poema surgía cuando más me acercaba al infierno del dolor físico y moral, y en estos versos encontraba la medicina, la pócima. El libro es oscuro, triste, porque es un desahogo del alma conturbada. Se ha escrito los días más aciagos, como terapia. Y sí, tiene mucho de impúdico, de desnudez. Sé que hay mucha muerte, que hablo del suicidio de forma repetitiva, pero también hay mucho sentido del humor negro y mucho mal humor. Ambos los creo necesarios. Porque es preferible que esa tristeza que te invade la transformes en mal humor antes de que acabe contigo. Para no caer en el abismo. Bien manejado, el mal humor es mucho menos peligroso que la tristeza”.

“También”, añadió Hernán, “hay en este poemario algo de esperanza, de ilusión, de recuperación y de amor”.

Ahí está el poema Mercedes, el preferido de Luis Alberto de Cuenca:

“Te he dedicado pocos versos. / Preside, reina, impregna, invade, / todo lo llena, el aire todo / es una sustancia tuya, es vibración de ti, / amada mía, textura de un deseo innombrable, / de una gloria que alcancé a tocar y me cubrió, / me cubriste como dedos de aurora / y ahora que el momento ya no existe, / que se ha fugado el hoy y te me has ido… / (…) Perdóname por esta sombra / que me ha transido a pesar mío. / Te he dedicado pocos versos / porque es inútil intentarlo, / y sólo una palabra te asemeja, / de una sola manera pronuncio cuanto albergas / y ese vocablo es tu nombre, / amada mía. / Es tu nombre la fórmula exclusiva. / No hay praderas ni flores ni paisajes, / no hay luz ni claridad ni nada, / sólo tu nombre, / sólo tu nombre, / igual que aquella vez sobre la arena / ¡todo lo puede el mar, todo lo borra! / Sólo el recuerdo nos queda. No lo niegues”.

Dice el prólogo de Luis Alberto de Cuenca: “Un libro que es un grito, un alarido (…), un clamor que surge de la angustia de un hombre, de su indefensión ante la crueldad del destino. Pero también el grito de alguien que, con ayuda de la escritura y del cariño que le dispensan sus familiares y amigos, es capaz de vivir esa angustia cotidiana de otra manera y de crear belleza con unos versos tan necesarios como bien urdidos que conmueven al lector desde su impecable factura literaria y su radical y rotundo desconsuelo”. “Va Hernán contándonos su tragedia y ofreciéndonos motivos para entender lo que pasa por su cabeza, que al final se fusiona con la cabeza de cada lector, convirtiéndolo en confidente y en cómplice de su desamparo”. “De manera que el bálsamo de la literatura surte efecto, a la postre, y cumple con la función que le fue encomendada desde siempre: aliviar penas por el procedimiento de desplegarlas, de exhibirlas, de mostrarlas ante el lector, ‘su hermano, su semejante’, trayendo a colación medio verso de Baudelaire”.

Dice Hernán Valladares en la presentación del poemario, página 22:

“Seguramente resulten desiguales unos poemas y otros. Desigual hasta la monstruosidad ha quedado su autor”.

Y escribe en Desiderata:

“Si tanto como yo te quise, / dulce existir, palpitación / de las horas, los hombres y paisajes, / ha terminado en esta costra oscura que me encierra, / ¿qué otro deseo esperas de este condenado?”.

Siempre hay alas para escapar. Antes de esa tremenda dedicatoria a sí mismo, de la frase final de la presentación, hay en la página 9 de los Versos inválidos unas palabras de Pessoa:

“A quien nada conceden los dioses, ése es libre”.

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