27.07.2020

Viaje al submundo de las ‘plantas cero’ de las residencias de mayores

Menéalo

Fotografía: Victoria Iglesias.

¿Cuándo volveremos a fijarnos en las residencias de ancianos? ¿Tal vez el próximo Estado de Alarma? Muchos hemos tenido que conocerlas a la fuerza, obligados por las circunstancias. Sirvan estos renglones para ver cómo se nos escapa la vida en lugares que deberían ser prioridad para los gobiernos, pero que en muchos casos resultan tristes y deprimentes, sin personal suficiente ni preparado, lugares caros pero donde ‘ahorrar’ es la premisa por la que se rigen, como dramáticamente se ha visto con las miles de muertes de nuestros mayores esta primavera. La covid-19 ha dejado al descubierto un oscuro y enorme vacío en nuestro ‘Estado de Bienestar’ con nuestros mayores, que no son sino el reflejo de todos nosotros dentro de más o menos años. Esta es mi experiencia con mi padre en tres residencias y en las ‘siniestras’ plantas Cero.

Casi sin querer, nuestros pasos nos llevaban hacia la residencia. Casi sin hablar recorríamos el mismo camino como si fuéramos a verlo, a un paso ligero para llegar antes de la cena. Era ya verano y apenas nos habíamos dado cuenta. Tal vez fue una pesadilla de la que acabábamos de despertar, tres meses después, y que nos dejaba ahora estar de nuevo frente a la verja.

¿Estará viva Celia? Desde fuera, nos fijamos en la puerta principal, al final del aparcamiento. Recorrimos con la mirada esa parte del edificio blanco. Todo era demasiado calmado. Tampoco estaba allí el anciano que siempre fumaba sentado en una de las sillas del patio, apoyando los codos en la mesa. Una cinta blanca y roja anulaba una de las entradas y rodeaba los columpios de ese lado del jardín. Nos separamos de la verja, dimos la vuelta y retrocedimos hasta la glorieta para sentarnos en un banco debajo de unos árboles, desde allí teníamos una visión más alejada pero más completa del sitio. Apenas había coches en el aparcamiento, nadie salía ni entraba. Una extraña quietud y un extraño silencio.

–¿Sabes que han encontrado el otro día un hombre muerto ahí? Mi hermana señaló una esquina fuera del recinto entre los arbustos que crecen entre la alambrada.

–¿Qué dices?

–Sí, dicen que se ha suicidado. Su cuerpo estaba ahí tirado. Llevaba unos días desaparecido.

–Uff, ¿estás segura?

–Sí, sí, ha salido en las noticias.

­–¿Sabes que también se llamaba Julián?

–Vaya, qué casualidad. Es todo tan extraño…

Una chicharra me empezaba a descomponer el oído. Corría una ligera brisa, aunque el calor todavía pesaba. Nuestra mirada seguía fija en la puerta de entrada que ejercía una fuerza extraña, como un imán. Debajo de las gafas de sol de mi hermana vi una lágrima. Nos dimos la vuelta y nos fuimos.

La amarga decisión

–¿Cómo se llama su madre?¿Y su padre?

¿Qué día es hoy?

No es justo, le dije a mi hermana al salir del despacho, yo tampoco sé que día es hoy… Tampoco tiene por qué saberlo él. Y además ha dicho cómo se llamaba su madre. ¿No es eso suficiente?

La primera vez que lo dejamos en la residencia sentimos que dejábamos a un hijo, en vez de a un padre. Mi madre no fue capaz de ir, demasiado dolor. Iba a estar solo unos metros más allá, pero ahí tendría las atenciones que en casa resultaban imposibles. Un médico las 24 horas, y personas que le ayudaran a vestir, duchar, comer…

–¿Cuántos años tiene usted? ¿Dónde vive, Julián?

De alguna manera traté de chivárselo, sin que se diera cuenta la directora, una chica joven muy arreglada, como si eso fuera un examen que había que aprobar.

El dictamen fue que mi padre, de momento, estuviera en la planta cero. Todavía tenía movilidad, aunque una movilidad sin orden que le podía tirar de una silla o por unas escaleras. Entonces no sabíamos lo que significaba una planta cero (o equivalente).

Lo veo, años antes, sentado en la butaca verde de terciopelo en el salón. Había apagado la tele porque los partidos de fútbol empezaban a aburrirle, y se había quedado en silencio, mirando hacia ningún sitio.

–¿Qué piensas? –le pregunté.

–Ay, ay Victoria.

Y me insinuó que el dinero era importante para asegurarse el futuro. Quién sabe dónde iba a acabar él, decía: “A ver si voy a tener que pagar algún sanatorio de esos, algún día”.

–Pero qué bobadas dices –le contesté.

Nunca pensamos que mi padre tendría que ir a una residencia. Al principio de su enfermedad estaba triste y de mal humor, pero desconocíamos que estaba enfermo. Luego comenzó a moverse de un lado para otro, nervioso. Iba y venía, de la cocina al baño, y de este al sofá, una y otra vez… Sus piernas fallaban. Y sus articulaciones empezaron a dolerle mucho. Las noches no eran fáciles. Los fines de semana que pasaba con ellos casi siempre él me despertaba, a las tres o las cuatro de la mañana, por ejemplo, para que bajara al sótano a encender la caldera de la calefacción. Otras, se enfadaba por no haberla quitado, o por abrir o cerrar una puerta… Cosas absurdas. Hubo un momento en que no pudo subir las escaleras de su casa para llegar al dormitorio. Entonces compramos la cama articulada, que nunca soportó, para ponerla en uno de los rincones del salón.

Después llegaron las infecciones, los traslados en ambulancia hasta el hospital… A medida que el tiempo transcurriera necesitaríamos dos o tres personas para atenderlo. Alguien que pasara en vela la noche entera. Mi madre estaba agotada, consumida. Aunque tenía ayuda, no podía dejar de ser la más implicada. La situación se hizo insostenible. Y después de un verano descolgamos el teléfono. Cogimos la residencia que nos pareció mejor, para probar (más de 2.000 € al mes).

Colmenar Viejo, primera residencia

Íbamos a visitarlo todos los días. Sobre todo, mi hermana, que era la que vivía cerca. La planta cero asustaba, había paseantes hablando solos por un pasillo largo de baldosas. Desde entonces bauticé a todos los pasillos de esta, y las otras dos residencias que habitó después, como “Pasillo de las 292 baldosas”.

Las conté un día. Cómo no iba a contarlas. Había que moverlo constantemente para que estuviera tranquilo. En todas las plantas cero de las residencias existe una puerta cerrada con un código, de números y letras, que es necesario teclear para abrirla. Es un mundo dentro de otro.

Algunos ancianos, como Celia, chillan a ratos; otros lloran constantemente; algunos como Jesús te persiguen. Otros te sueltan discursos inconexos o te piden que los lleves a pasear. ¿Sabe a qué hora sale el autobús? ¿Sabe que mi madre viene a buscarme? Conocí a una señora que siempre llevaba los labios pintados de rojo, un bolso negro y una chaqueta, y que se sentaba al lado de la puerta para irse a ningún sitio. Hay mujeres que llevan un bebé de juguete al que mecen. Hay hombres que se divierten pasando una bola por un circuito de alambre. A veces hay peleas. Hay ancianos que agarran a las cuidadoras por el cuello hasta que se calman como una ola intensa que sólo se encuentra bien en la orilla. Muchos no quieren comer y se levantan enfadados de la mesa. Hay quien se quita el pañal y lo tira. Si no cierras rápido la puerta, se escapan.

Si te pones a pasear por el pasillo de las 292 baldosas, tal vez quieran darte la mano. Les encanta repasar todos las manillas de las puertas de las habitaciones e intentar abrirlas. Caminan sin parar de un extremo a otro del pasillo.

Quien conozca una planta cero, o similar, sabe de qué estoy hablando. Hay señoras que se ponen el collar de perlas y cada una de esas bolas parecen brillar por cada uno de los años de su vida. Quien no las conozca que sepan que se acaba sufriendo con la muerte de cada uno.

Intentamos cambiar a mi padre a la planta 1, pero por el riesgo de caídas se quedó en ésta, pasando el invierno detrás de un cristal con árboles que mecían sus hojas entre colores de puestas de sol y que trajo una Navidad de villancicos enlatados en el pasillo de las 292 baldosas, donde colgaban los adornos hechos a mano por los residentes. El salón de la planta central de la residencia se convertía, de vez en cuando, en un bingo, en una sala de cine o en una pista de baile amenizada los sábados por la tarde con artistas contratados para la ocasión.

Cada día sacábamos a mi padre de paseo y lo llevábamos allí o a los jardines si hacía buen tiempo. Yo intentaba ver lo positivo y trataba de que él siguiera la música con las palmas o moviera los brazos para bailar… pero solía decirme: “Déjame, anda”.

Lo mejor de la primera residencia fue un conejo lanudo y despeinado que habitaba en un patio interior con el que sonreímos juntos, y al que bauticé con el nombre de Shaggy (como el dueño de Scooby Doo).

Después del invierno había mejorado en movilidad. La experiencia había resultado, aunque muy cara, satisfactoria. Pensamos que podía volver a casa. Así que dejamos atrás a Cristina, Teresa, Marcial…, a esos locos balbuceantes a los que habíamos cogido tanto cariño y que en principio nos asustaron.

Pero dentro de sus discursos inconexos, y entre el caos de sus palabras, sobresalían las claves de sus vidas descifrando sin querer su propia existencia, la nuestra y la de todos.

La vuelta a casa

Tal como nos habían pronosticado, la vuelta a casa fue nefasta. Un anciano con demencia no lleva bien los cambios, se desubica. Como la situación empeoraba, después de unos meses iniciamos los trámites para pedir una plaza subvencionada, en parte, y que estuviera al lado de casa. Mientras, hice un reportaje sobre demencias que nunca publiqué. Pero con el que aprendí cosas:

Supe sobre la plasticidad de nuestro cerebro. De cómo las células cambian de sitio según estemos involucrados en un experiencia. Pero, sobre todo, me enseñó algo más importante: Si tenemos fortuna, seremos tan ancianos como ellos y tal vez no tendremos quien nos cuide.

La realidad de bruces

Pedir una plaza subvencionada en la Comunidad de Madrid, o parcialmente subvencionada, significa una larga e incómoda espera. Que te otorguen la residencia que necesitas, al lado de casa, no sucede a la primera. Las plazas son adjudicadas en función de lo que queda libre y de la gente que tengas por delante. Tardaron bastante en concedernos una, unos siete meses; pero estaba bastante lejos del domicilio familiar y la rechazamos. Sólo puedes rechazarla una vez; si la rechazas dos, pierdes el turno y tienes que comenzar los trámites desde el principio.

Pasó el tiempo y hubo una nueva llamada: la segunda oportunidad. Esta vez la plaza era para Pozuelo y, aunque mi padre vivía en Colmenar Viejo, la aceptamos. Puede ocurrir que residentes de un lado quieran estar en el otro y al revés; pero es imposible, aunque entraras en contacto con una familia, intercambiarse. Una vez en el destino tienes que permanecer como mínimo seis meses más para pedir de nuevo el traslado que te acerque a casa, pero hasta que lo conceden puede pasar otro año, como así sucedió.

Segunda residencia, Pozuelo

Aunque la residencia era más fea, papá estaba en la planta 1 y todo estaba aparentemente más tranquilo.

En Pozuelo cogió su primera infección intestinal que empezó, oficialmente, cuando me di cuenta, al tocarlo, que estaba muy caliente. Permanecía en el salón, dormido con la cara ladeada, y a pesar de moverlo no se despertaba. Le grité ¡papá! Lo pellizqué, lo zarandeé. Por un momento llegué a pensar que estaba muerto.

–¿Cuánto tiempo lleva dormido?

–Ahorita, toda la tarde… –me contestaron.

–Pero si tiene mucho calor.

–Pues él estaba bien, mija.

–¿Ha tomado el batido?

–Sí, sí, claro.

–¿Ha ido muchas veces al baño?

–Bueno, estaba un poco suelto.

La supervisora de su planta dijo que era el único con esos síntomas. Sin embargo, en el ascensor nos enteramos, gracias al descuido de una enfermera, que media residencia estaba con gastroenteritis. La directora solo puso excusas: “Ya sabe, se lo puede coger con algo tan simple como apretar el botón del ascensor”, contestó. Desconocía, por supuesto, que mi padre no podía apretar el botón del ascensor, entre otras cosas.

En general, los médicos de las residencias solo tienen que seguir las pautas de los médicos y especialistas de la Seguridad Social, en la mayor parte de los casos. Si se trata de demencias, sin cura, se prueban dos tipos de medicamentos para paliar los síntomas. A mi padre le provocaron alucinaciones, así que volvimos con él al neurólogo, pero éste, en vez de bajar la dosis, la subió. Fuimos finalmente nosotras, con el apoyo de la única médico competente que encontramos en Pozuelo, las que decidimos poco a poco suprimirlos. Empezó a mejorar notablemente.

Un día conté 30 residentes en el salón de la tele y un solo cuidador. Otras veces los dos únicos cuidadores estaban llevando al baño a un anciano y la sala se quedaba sin vigilancia. Las caídas se producían precisamente por esta falta de personal. A la hora de la cena eran las mismas personas, que acababan de limpiar las heces de un anciano, las que después se preparaban para poner las mesas.

Tercera residencia y última, Colmenar

Cuando por fin consiguió la plaza, en parte subvencionada (1.200 €) en la tercera residencia al lado de casa, había pasado más de un año. Demasiado tiempo. A partir de los seis meses, en general, ya estás adaptado. Un traslado lleva consigo un nuevo proceso que significa sufrimiento. Aun así, a la larga, merecía la pena porque la proximidad permitía que ni un solo día estuviera sin vernos.

Por otro lado, daba pena pensar que una plaza libre significa una muerte. Un día vas a visitar al vecino que habita una puerta más allá, porque le cogiste cariño, y te encuentras con una cama vacía donde brilla un colchón azul pelado. Preguntas y, aunque apenas dan información, descubres que ha muerto. Aparece la habitación desnuda y una soledad extraña invadida por una luz ladeada. Aún permanecen algunos de sus objetos en la mesita y una foto enmarcada en la pared. Un trocito diminuto de una servilleta en el suelo adquiere, de repente, significado.

La directora de la tercera residencia tenía que temernos después de unos meses, a mi hermana y a mí; y sin embargo, seguía saludándonos como si todo fuera fenomenal. Fenomenal era su palabra preferida. ¿Cómo nos podía saludar tan sonriente después de la bronca que habíamos tenido la semana anterior? La bronca vino porque mi hermana descubrió, de nuevo, que mi padre tenía fiebre. Allí estaba, en la butaca, con los ojos cerrados, sin aparente cambio postural en horas y ardiendo.

“No os tenemos por qué comunicar constantemente si está enfermo o no. Ya le había visto el médico”, dijo.

Pero ella mentía. Normal, el mismo problema de siempre, muchos ancianos y poco personal, y por lo que oíamos, mal pagado.

Y pensar que el primer día nos fuimos contentas; había sido tan simpática… Pero, de repente, el segundo día todo cambió. Lo había trasladado de la planta 1 a la 0.

–¿Por qué? –le pregunté por teléfono.

–Porque lo hemos decidido –contestó.

–Si nos han dicho que ha pasado la noche muy bien –aseguré.

–No. Se ha levantado –dijo ella.

–Perdone. Se ha intentado levantar, nos lo ha dicho el supervisor. Además, es normal, es su primera noche de adaptación –precisé.

–Pues os han dicho mal, y si me perdona ahora tengo que colgar. (Y colgó).

En definitiva, ahora estaba en la planta cero. Otra vez. El pasillo era ciego y desembocaba en un saloncito rodeado de butacas. De nuevo, el submundo. Es este espacio el mismo para ver la tele, escuchar música, desayunar, comer y cenar. En él hay una puerta que da a un patio pequeño y otra que da al baño. De la última mesa del comedor a la puerta del baño hay apenas tres metros.

El pasillo de las 292 baldosas esta vez sí que era oscuro. La puerta del fondo estaba bloqueada y habían tapado toda posibilidad de luz con un panel de plástico en el que había dibujada una chimenea encendida y dos sillones. A un lado y al otro, las puertas de las habitaciones. El remanso de paz para mi padre era el dormitorio. Desde él podía ver el jardín, los pájaros y las ramas…

Durante el día iba a las actividades programadas en el centro, pero nunca vi que lo sacaran a él, ni a ninguno, al exterior. Tampoco puedes contratar a un fisioterapeuta o alguien externo; sin embargo, no reciben masajes. Todas las semanas tienen alguna hora en la sala de fisio, pero las veces que lo encontraba allí estaba sentado solo en su silla con los aros colgando a un lado y otro de su cabeza. No quería pensar en los que apenas recibían visitas.

En Colmenar se volvieron a suceder los mismos problemas que en Pozuelo: poco personal, prisas, necesidad de ahorrar como premisa y falta de preparación. En ocasiones, ni se utilizaban guantes para el cambio de pañal. En otras, los utilizaban pero no se los cambiaban entre habitación y habitación. Generalmente, si acababa de salir del baño, cuando lo recogías en la silla de ruedas, ésta siempre venía con los mangos húmedos. Así que nosotras empezamos a utilizar geles hidroalcohólicos tiempo antes de la pandemia.

Podías encontrarte su dentadura metida en la tapa del gel, utilizada como vaso. O podía ser que la calefacción de su dormitorio no funcionara y tardaran una semana en arreglarla. Podían desaparecer las gafas o la ropa… O podía que no desayunara hasta las 11.30 si ese día estaba convaleciente en la cama, ya que la ronda de las habitaciones comenzaba cuando acababa el desayuno para el resto en el comedor. (En esos casos era probable que no hubiera ingerido nada desde la noche anterior, si tú no estabas ahí para exigirlo).

Aunque mi padre en general estaba bien cuidado y limpio, eran cientos los detalles de los que había que estar pendiente, que podían hacer hundir al gigante gobernado por una directora y una psicóloga prepotente que nunca reconocían los fallos. Si amanecía con un golpe, si se caían, nunca fue por falta de personal, según ellas. Si un anciano estaba muy alterado una semana y le daba por pegar, sorprendentemente la semana siguiente permanecía dormido y tranquilo en la sala.

En el trascurso de dos años hemos conocido en esa residencia cinco médicos. Como norma general van, vienen, desaparecen. Si el anciano se pone enfermo, le dan un analgésico; si con fiebre, un antibiótico. La mayoría prefiere lavarse las manos y los derivan a Urgencias.

Por norma general, en las Urgencias del hospital se quejan bastante, ya que son enfermos crónicos de avanzada edad y sentenciados, y en los hospitales que no hay espacio saturan las Urgencias. Suelen preguntarte que por qué lo llevas, ya que lo único que se puede hacer en esas Urgencias son la radiografía, la analítica y el antibiótico en vena.

Éste es el gran problema para las personas mayores. Son incómodas en los dos lados en cuanto se ponen enfermas.

El último viaje

Recuerdo con nostalgia un último viaje. Nos habían dado el alta en La Paz por la tarde. Habíamos estado esperando la ambulancia casi cinco horas. Es lo habitual. Cuando llegamos a la residencia a las 12 de la noche, no había nadie. Entramos porque el conductor se coló tras la verja aprovechando que un vehículo salía desde el aparcamiento. Luego, cuando bajaron la camilla, las puertas automáticas de la entrada principal se abrieron, pero la recepción estaba vacía. Esperamos, miramos por un lado y por otro, pero no vimos ni oímos nada.

Después de un rato, decidí entrar en la planta Cero tecleando el código de la puerta. Un señor dormitaba en una silla del saloncito. Todo estaba en silencio. Uno de los enfermeros de la ambulancia estaba indignado, no se explicaba que no hubiera nadie para recibirnos. La habitación de mi padre estaba abierta. Él estaba despierto, desconcertado. Le cogí de la mano. El silencio me daba paz, ni siquiera estaba indignada como el chico de la ambulancia, que en esos momentos quería llamar a la policía porque no entendía la falta de responsabilidad que hacía de ese lugar un sitio inseguro.

“Puede entrar y salir quien quiera”, decía, “sin ningún control”. Tú anímame a llamarlos, pensaba yo por dentro, que a estas de la resi las tengo ganas… Pero yo, a esas alturas, no tenía fuerzas. Mi hermana y yo ya estábamos tan cansadas… Una se cansa tanto… Y aquel sitio, en aquel momento, me pareció tan confortable y tan cálido… Mi padre solo quería dormir y yo también. Y de alguna manera pensé que estábamos en casa.

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Sobre el autor

Victoria Iglesias
Victoria Iglesias. Fotógrafa y periodista. Ha publicado sus trabajos en la numerosas cabeceras de comunicación nacionales y extranjeras: El País Semanal, Panorama, París Match , MTV Magazine, El Magazine de la Vanguardia, Interviú, Grupo Z, Cosmopolitan, Vogue…; habiendo participado en numerosas exposiciones de fotografía, tanto individuales como colectivas. Su trabajo no sólo gira en torno al retrato (en sus comienzos, una de sus fotos de Camarón fue seleccionada en el Ortega y Gasset de periodismo), también deambula entre el reportaje de viaje, social (Chiapas, Libia, Sinaí…), el mundo editorial (Alfaguara, EB, Planeta…) y la fotografía artística. La Caja Oscura, pinceladas pixeladas (2015) y Miradas literarias (2016) son sus exposiciones individuales más recientes. En Twitter: @viglesiasphoto El blog de Victoria Iglesias

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