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Andreotti ‘style’. Un Sciascia para narrar la España oscura

Por Antonio García Maldonado, el 6 de octubre de 2016, en crónica España General Italia libros literatura magnicidio periodismo

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Aldo Moro durante su secuestro en 1978

Aldo Moro durante su secuestro en 1978.

El autor repasa algunos libros de Leonardo Sciascia, como el que el autor italiano dedicó al secuestro y asesinato de Aldo Moro, para establecer un paralelismo entre la Italia de los 70, Andreotti y Craxi que implosionaría en 1991, y la España actual. El último Comité Federal del PSOE y la caída de Pedro Sánchez, más los casos de corrupción que ahora se juzgan, ponen a España frente a su espejo italiano.  

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El estallido de la crisis interna del PSOE, con su punto álgido del sábado pasado con la retransmisión en directo de una pelea impúdica por el poder, me trajo a la mente Los apuñaladores, una estupenda novela del escritor siciliano Leonardo Sciascia. Con objeto de informarme sobre España (sí, sobre España), he releído estos días su novela A cada cual lo suyo y su clásico El caso Moro, una investigación de la complicidad de la clase política en el secuestro y asesinato del ex primer ministro italiano por las Brigadas Rojas en 1978. Toda esta caldera de fango estallaría en 1991 con el escándalo Tangentopoli, que se llevaría por delante la Primera República Italiana, y al Partido Socialista Italiano de Bettino Craxi. Es la primera vez que intuyo, con tristeza, un fin de ciclo irreversible para el PSOE, que parece un partido secuestrado por el más burdo Andreotti style. Pero sin Andreotti, que sin duda miraría con desprecio nuestro patio antes de soltarnos su conocido diagnóstico de que nos «manca finezza».

Hay alguna concomitancia entre ambos momentos. Craxi moriría en su exilio en Túnez en el año 2000, aunque la voladura tras su comportamiento y el de tantos en Italia fue mucho más extensa que la que la corrupción política, la crisis económica y la mala gestión de las ambiciones personales ha traído a España. Italia tuvo en Sciascia a uno de los grandes narradores políticos del siglo XX. Dio cuenta en más de una treintena de obras en distintos géneros del gran drama de la corrupción que corroía Italia. Para Sciascia las causas, además de económicas, siempre fueron morales y políticas. Los libros que he releído muestran bien esta putrefacción que, como Moby Dick, aparece en lontananza sin piedad de cuando en cuando. Como hizo el sábado en el Comité Federal andreottiano que acabó con Pedro Sánchez.

En A cada cual lo suyo, la investigación del asesinato de un farmacéutico siciliano que lleva a cabo Laurana, un profesor de instituto, destapa el trasfondo del crimen. Pese a la resolución del caso, Laurana sufre el rechazo de su comunidad, que lo acusa de meterse en asuntos que, además de ser ya del conocimiento de todos, no le incumben. La famosa omertà. Apparatchik en nuestro caso.

Más interesante aún resulta El caso Moro, verdadero retrato del poder en Italia. El asesinato y secuestro de Moro dio pie al entonces diputado del Partido Radical para escribir un magistral reportaje. Por aquí desfilan personajes tan turbios como Andreotti, y tan anodinos como el expresidente de la Comisión Europea Romano Prodi, del que cuenta que participó en una sesión de ouija para que les fuera revelado el lugar donde las Brigadas Rojas tenían secuestrado a Moro. Estos hechos están presentes en Buenos días, noche, la película que Marco Belocchio dedicó al secuestro de Moro en 2003.

La razón de Estado es lo que esgrime el Gobierno para no negociar la liberación del reo, que hace llegar cartas desde su cautiverio razonando lo contrario y mostrando su estupefacción por la actitud de sus compañeros de partido (¡ay!). ¿Qué había detrás de esta invocada razón de Estado? Es lo que Sciascia nos va desvelando en las dos partes que componen esta obra maestra. La primera es la crónica del suceso, con sus preguntas y sus hipótesis, y destaca el estudio de la correspondencia y la trayectoria política de Moro. La segunda son las conclusiones a las que llegó la comisión de investigación parlamentaria que se encargó del asesinato, de la que el propio Sciascia formó parte. Las reflexiones sobre la legitimidad de las razones de Estado para decidir sobre la vida y la muerte forman la parte esencial del libro.

La conclusión a la que el autor llega es clara: a la clase política no le interesaba la liberación de Moro, porque el pacto que había alcanzado desde la democracia cristiana con el Partido Comunista ponía en cuestión y amenazaba los pilares sobre los que se asentaba la partitocracia italiana y los intereses sostenidos en ella. La razón de Estado se esgrimía para proteger el latrocinio que 14 años después estallaría con el caso Tangentopoli. Moro era, tal y como había afirmado Pasolini, “el menos implicado”. Pactos prohibidos. España en el espejo italiano.

Las razones de Estado existen, pero no son inmutables, o al menos deberíamos conceder que puede haber distintas y divergentes interpretaciones de las mismas y de las políticas que las respetan. Empieza a ser una triste evidencia, como en la Italia que implosionaría en 1991, que tras esas razones de Estado que se han esgrimido estos días en torno al debate del PSOE se encuentran en realidad las razones personales de muchos actores políticos, mediáticos y económicos. Sean estos intereses ilegítimos, ilegales o perfectamente legales, o legales aunque ilegítimos. Necesitamos con urgencia a nuestro Sciascia.

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