28.12.2013

Cuentos de navidad: ‘Viendo porno con Santa Claus’

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fuegos-artificiales

@Manuel Cuéllar

Segunda entrega de los cuentos de navidad que publicamos durante estas fechas. El periodista Carlos Dávalos se adentra en un mundo desestructurado de una familia limeña con ‘Viendo porno con Santa Claus’

Mamá era la primera en recordarnos que diciembre había llegado y cada 30 de noviembre empezaba con los preparativos de Navidad. Para ella nunca debía de faltar un nacimiento en casa y siempre esperaba que nosotros, sus pequeños hijos, la ayudáramos a montar aquella mágica historia de la Biblia en una esquina de la casa con pequeños muñequitos, paja artificial y estrellas de Belén. Mi hermano y yo estudiábamos en un colegio de monjas anglosajonas, así que nos sabíamos toda la historia de la virgen embarazada, los reyes magos y el humilde pesebre, de cabo a rabo. La habíamos aprendido en inglés.

—Al niño no hay que ponerlo en el pesebre sino hasta las doce de la noche del 24 de diciembre —nos decía ella cuando terminaba con toda la escenificación del nacimiento—. ¿Saben por qué?

—¡Porque Jesús nace el 25 de diciembre!

Vivíamos en un barrio del distrito de Miraflores que se llamaba San Antonio. Los vecinos siempre se preocupaban por tener los jardines de la entrada de casa lo más verdes y cuidados posible. De hecho, algunas de las más viejas y antiguas vecinas del barrio estaban tan obsesionadas con el cuidado de sus jardines, que se ofuscaban si alguno de nosotros nos atrevíamos a poner un pie encima o a jugar al fútbol sobre el césped.

En la cuadra no éramos muchos niños, pero éramos los suficientes para hacer que esas vecinas cascarrabias, se enfadaran. Uno de ellos era Facundo. Facundo era un año mayor que yo y vivía en la casa de al lado, con sus dos abuelos. Su madre era alcohólica y su padre, decían, era un holgazán y un bueno para nada. Estaban separados, pero los unía la bebida y la resaca. La madre de Facundo venía de vez en cuando a visitar a su hijo. Aunque intentaba no hacerlo, siempre terminaba bebiendo. Lo peor de todo es que veía Diablos Azules y llevaba muy mal el alcohol que ingería. Repentinamente, le venían ataques de ira, se ponía a gritar en la calle y siempre terminaba insultando a alguien. A nosotros, los más pequeños, nunca nos hizo nada, pero siempre que nos la cruzábamos, íbamos con cuidado. Cuando la veíamos en ese estado, evitábamos ir por la misma acera y preferíamos cruzar la calle.

En la cuadra ya nos habíamos acostumbrado a sus escándalos y casi todos eran condescendientes con su desaliñado comportamiento. Más que todo por los abuelos de Facundo, una pareja de señores muy mayores que habían tenido, según oíamos siempre, la desgracia de que su única hija le saliera adicta al alcohol y una esquizofrénica.

—No sé como una muchacha tan guapa, pudo haberse desperdiciado así —escuché una vez decirle a una de las vecinas a mi madre—. Con lo bonita que es.

Lo cierto es que la alcoholizada vida de la madre de Facundo había comenzado cuando ella era muy joven. Todos en el barrio habían visto y sabían cómo la joven adolescente de grandes ojos cristalinos se fue perdiendo en el alcohol, la noche y las drogas. Veinticuatro horas al día, siete días a la semana.

—Aún recuerdo cuando quedó embarazada de Facundo —oí decirle una vez a mamá que solía contarlo todo con un aire trágico—. Tenía 19 años y quiso perderlo más de una vez.

Nunca supe si Facundo lo llegó a saber algún día, pero su madre saltó una noche por la ventana del segundo piso de su casa. Fue poco después de enterarse de que había quedado embarazada. No hacía mucho que había conocido a su padre, para muchos, el causante de que su vida comenzara a descarriarse.

—Estaba borrachísima y gritaba a voz en cuello que no quería tener al niño —contaba mi madre—. Los que más pena me daban eran sus padres. Estaban en la puerta de la habitación viéndolo todo, intentando evitar que se lanzara.

Pero no lo consiguieron. La madre de Facundo se lanzó hacia la calle, pero cayó sobre el césped del jardín de su casa. No le pasó nada. Sólo se lastimó un brazo y tuvo que llevar una escayola durante un par de semanas.

—Fue un milagro —decía mamá.

En una ocasión la madre de Facundo destrozó un ramo de rosas e insultó escandalosamente a la persona que lo traía consigo. Se trataba de una chica que había trabajado en nuestra casa hacia mucho tiempo atrás y venía a visitar a mamá y felicitarla por el día de la madre. Mamá tenía esas cosas. Siempre recibía inesperadas visitas de algunas de las personas que le habían echado alguna vez la mano con los quehaceres de la casa. Muchas de ellas iban a visitarla aún después de años. Lo cierto es que ese domingo, la madre de Facundo llevaba todo el fin de semana bebiendo. Cuando vio a la muchacha con el ramo de flores se abalanzó sobre ella, se lo arrancó de las manos y no dejó de gritarle e insultarla.

La pobre mujer llegó llorando a casa y estaba tan asustada que mamá tuvo que darle agua de azahar para tranquilizarla.

—Qué jodida, la mujer —contaría tiempo después mi madre sin evitar reírse de la escena—. ¡Qué manera de que se le cruzaran los cables!

Las disparatadas anécdotas que se contaban acerca de la madre de Facundo parecían no acabarse nunca.

—¿Te acuerdas de la vez que nos pidió prestado el horno? —oí decirle una vez a una de las mejores amigas de mi madre en medio de carcajadas—. Nos dijo que era para calentar algo de comer.

En realidad era marihuana que no podía fumar porque estaba demasiado húmeda. Quería utilizar el horno para deshumedecerla y poder fumársela lejos de los ojos de sus padres. Pero se le pasó la mano.

—Ya decía yo que algo olía raro —recordaba la amiga de mamá sin poder contener la risa.

Cuando abrieron la puerta del horno, la casa se llenó humo y, sin quererlo, todos se colocaron un poco. Incluso mi madre.

—Después de todo no olía tan mal. Ahora entiendo a los hippies.

La madre de Facundo pasó algunas temporadas en centros de rehabilitación y se había desentendido de la educación de su único hijo. De eso se encargaban los abuelos. Pero ese año fallecieron los dos. Prácticamente uno detrás del otro. Muchos decían que con el corazón entristecido por ver como su única hija, a pesar de los intentos de rehabilitarla, no conseguía ver la luz al final del alcoholizado túnel. Pero sobre todo por su nieto, al que, sabían, le estaban dejando la tarea más difícil de todas. Por suerte los abuelos de Facundo tenían unos primos, otra pareja de ancianos que pudieron hacerse cargo de la educación de Facundo hasta que terminara el colegio.

Pero ese fin de año Facundo tuvo que pasarlo en San Antonio con sus progenitores. Sus padres hicieron un pequeño esfuerzo por tener una cena navideña como cualquiera de las otras familias del barrio. Hizo que su mujer no bebiera nada la noche anterior y la convenció de levantarse pronto ese 24 de diciembre para ir al supermercado y preparar un pavo horneado que mi madre ayudó a aderezar con una receta casera que les hizo llegar a través de mí. Incluso compró panetón y chocolate caliente.

Todo parecía que iba a salir bien. Hasta que abrieron la primera botella de cava. A las 6 de la tarde. A las diez de la noche el pavo se había quemado y los padres de Facundo se habían peleado. Otra vez.

Facundo y yo habíamos pasado la tarde-noche en el parque reventado petardos. En Lima era una tradición de fin de año y navidad. Hacer bulla y escándalo. De hecho, es lo que más nos gustaba hacer en nochebuena: pasarla en la calle, viendo como el cielo se llenaba de fuegos artificiales, mientras hacíamos explotar la mayor cantidad de cohetes en el suelo. Entre los niños y adolescentes del barrio eso se convertía, casi, en una competición. Había que hacer ruido, mientras más, mejor. Por eso el tiempo se nos pasaba volando. Nadie volvía a casa hasta que el hambre nos recordaba que la mejor cena del año nos estaba esperando.

Cuando regresamos a cenar y Facundo entró en su casa supo que esa noche no iba a cenar con sus padres. Su madre había salido con una botella de vodka en el bolso y otra de whisky en la mano. Su padre se había quedado dormido en el salón, con un sombrero de Santa Claus sobre la cabeza y una de las decoraciones del árbol navideño en el cuello, como si fuera una bufanda. Estaba roncando. A su lado había un paquete envuelto en papel de regalo que decía: <<para Facundo, de Santa Claus>>. En la tele había conectado un viejo equipo de VHS y en la pantalla enmudecida había una sueca desnuda que se cogía las tetas mientras parecía soltar gritos de placer sobre un hombre que estaba echado boca arriba.

Mi hermano y yo llegamos a casa pocos minutos antes de las doce. La tradición en casa decía que, a medianoche, lo primero que había que hacer era poner al niño Jesús en el nacimiento, hacer un brindis entre los adultos y luego comenzar a cenar. Pero justo en el momento en que mi hermano pequeño se disponía a poner la imagen del niño en el pesebre, escuchamos:

—¡Las doce, las doce! —era la madre de Facundo que venía vociferando a voz en cuello mientras caminaba dando tumbos en medio de la calle entre el ruido de los fuegos artificiales y petardos—. ¡Métanse los regalos por donde mejor les quepa!

Los adultos levantaron sus copas de cava para brindar.

—Sí, Sí. ¡Feliz navidad! —continuó la mujer antes de perderse calle abajo—. ¡Idiotas!

—Por qué no vas a buscar a Facundo y le dices que se venga a cenar con nosotros —me dijo mamá.

Cuando entré en el salón de su casa encontré a Facundo sentado al lado de su padre dormido. La tele seguía encendida y Facundo estaba masticando un trozo de panetón. Encima llevaba puesta la camiseta que Santa Claus le había traído ese año.

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Sobre el autor

Carlos Dávalos
Nació en Lima, Perú. Ha colaborado con El País, GQ, Rolling Stone, Esquire, Interviú, Viajes de National Geographic, El Periódico de Catalunya, La Tercera de Chile, The Clinic, Emeequis de México, Paula de Uruguay, Soho, entre otros. También ha publicado el libro de relatos 'Nadie sabe adónde ir'.

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