20.12.2014

Vuelve Camus, esta vez en el aliento de Viggo Mortensen

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Un fotograma de 'Lejos de los hombres', protagonizada por el actor Viggo Mortensen.

Un fotograma de ‘Lejos de los hombres’, protagonizada por el actor Viggo Mortensen.

‘Lejos de los hombres’. Así se llama el filme del francés David Oelhoffen que protagoniza el actor neoyorkino Viggo Mortensen, en la piel de un ‘pied-noir’ español durante la Guerra de Argelia, y que pronto se estrenará en España. Lo vimos en el Festival Internacional de Cine de Marrakech.

Por ANALÍA IGLESIAS

Qué poco sabemos de Argelia. El Magreb oculto, tan suyo. Fronteras cerradas y alguna referencia política lejana, de cuando en cuando. A ratos, Argelia es toda esa gente que conocemos en Europa, unas voces que erizan la piel haciendo música, inmigrantes de Orán o saharauis, actores de rutilantes carteles con acento francés y, por supuesto, Albert Camus, la intelligentsia y la emoción.

Dicen que Jean Paul Sartre algunas veces mencionaba a Camus como “el de Argel”, así, despectivamente, celoso del poder de seducción del pied-noir francés, hijo querido de una madre viuda y pobrísima (descendiente de españoles), con implacable atractivo moro, irresistiblemente inteligente, independiente, crítico, y sabiamente amoroso.

En un texto del de Argel se inspira el guión de Lejos de los hombres (Loin des hommes, 2014) , el segundo largo del francés David Oelhoffen, con Viggo Mortensen en el papel de un pied-noir español; esto es, una especie rara pero que bien sabemos por Camus que existía: un colono que no es colonizador ni nativo, que estudia en francés y que lo habla apenas. Ni árabe ni bereber, mucho menos burgués. A veces no es francés (o es medio-francés) pero sí cristiano, y también pobre. Por tanto, extranjero de musulmanes y también ajeno para los que mandan.

Y, entonces, la guerra de Argelia (1954-1962): allí se mete Oelhoffen a contar un cuentito sobre la relación de un maestro de origen español y otro perseguido, pero de la cabila de al lado. Al maestro de escuela alguna vez le tocó alistarse en la guerra (con los aliados, claro) pero ahora solamente tiene una escopeta de esas de los que viven solos en las montañas (y nada de ganas de líos con la guerrilla ni con el imperio). Viggo es Daru, un solitario colono que habla francés con acento español (o argentino) y algo de darija -árabe dialectal magrebí- y se ocupa de repartir granos y letras y sumas y restas entre los niños de los alrededores, en las montañas del Atlas. Pero un día le traen a un prisionero argelino y él tiene que vigilarlo, sin saber por qué ni cómo.

Es cierto que a la película le cuesta un poco arrancar (y Viggo tiene la ropa demasiado planchadita), pero cuando llegan de verdad los combatientes independentistas y los prisioneros empiezan a pasar de unas manos a otras, y a confesarse razones, la cosa se pone interesante; el traje se arruga y se puede oler el polvo. Mortensen se encarga de sostener todo el tiempo la atención del espectador que, para cuando el compañero argelino entra de verdad en cuadro, ya se ha mudado a las montañas del Atlas, con una cantimplora y poco más.

El compañero/prisionero argelino es Reda Kateb (El profeta), un tipo al que le toca cargar con la pesada mochila del hombre musulmán de un pueblo pobre, ser lo que no quiere ser y hacer lo que marcan la tradición, la familia y la tribu. Jamás una decisión, nada es cuestión de propia voluntad, y mucho menos de deseo, en esas montañas olvidadas. Allí están los hombres y sus mandatos, porque no únicamente las mujeres obedecen en este mundo. Alguien dijo por aquí que estas sociedades tan aferradas al dogma religioso como protocolo de vida cotidiana, lejos de darle autoridad al varón, lo convierten en un pusilánime, temeroso de los que dicen transmitir la palabra de un dios; un patán que apenas cumple órdenes, sobre todo contra los miembros débiles de su propio clan.

Sabido es que el miedo resulta el peor de los combustibles en las relaciones humanas. Y allí está Oelhoffen para hacernos sentir cómo bulle la adrenalina de estos tipos sin ley (o sin más ley que “la obediencia debida”), de un lado y del otro. Las lealtades del pasado se agrietan y por las grietas se cuela la única verdad que es la supervivencia y el ansia de libertad. Eso que cuesta ceder, que no queremos regalar: la propia vida.

Un colono que es “árabe para los franceses y francés para los norafricanos” y un argelino que no puede regresar a su pueblo si no mata o se deja matar tienen que elegir una dirección en un cruce de caminos, entre el mandato social y la misión de seres libres, lejos de los hombres, de casi todos los hombres.

Camus está en el aire. Pensamos en El primer hombre, en sus confesiones de huérfano de un padre campesino, de origen francés, que siempre vivió en Argelia y recién pisó Francia cuando fue llamado a morir por la bandera en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Pensamos en su madre, su “única causa”, la que lo hizo escritor, sin saber ella escribir y apenas hablar.

¿Qué atajos le quedan a Daru/Mortensen, el colono del filme? Meternos en ese dilema es mérito del guión de Lejos de los hombres, que nos empuja a ponernos en semejante cuero, como hace un par de años lo hizo De dioses y de hombres, de Xavier Beauvois, otra excelente película ambientada en ese país raro que es Argelia, tan lejos y tan cerca.

Unos días atrás, Viggo Mortensen presentó esta película, junto al director y al coprotagonista, en el Festival Internacional de Cine de Marrakech, donde lo homenajearon. Allí lo vimos. Pronunció un par de frases en darija para agradecer esta experiencia, en una ciudad marroquí cobijada por las montañas del Atlas. De nuevo en el Atlas, se alegró, tan cerca.

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Un comentario

  • El 21.12.2014 , Pep Inus ha comentado:

    Parece una película de nostalgia “pied noir” en la onda de las de Alexandre Arcady.(Por cierto, se dice “paupérrima”, no “pobrísima”).

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