19.04.2016

Wifredo Lam, la pintura como descolonización

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'A tres centímetros de la tierra', 1962. Wifredo Lam.

‘A tres centímetros de la tierra’, 1962. Wifredo Lam.

La pintura mágica del cubano Wifredo Lam llega al museo Reina Sofía de Madrid tras pasar por el Pompidou de París. La más amplia retrospectiva del artista que hizo del multiculturalismo el eje de su obra reivindica su lugar en el modernismo más actual. El recorrido por sus pinturas, dibujos, grabados y cerámicas permite descubrir la obra del pintor que durante años ha estado escondido en una esquina del arte y deja también lugar para mirar hacia nuestra historia más cercana; desde nuestra Guerra Civil, al París de los surrealistas, la diáspora de la II Guerra Mundial o la Cuba revolucionaria, todos los hechos que hicieron de Lam un artista comprometido con su tiempo.

Cuatro años después del Desastre del 98 nacía en el norte de Cuba, la antigua colonia española, Wifredo Lam (Sagua La Grande, Cuba 1902 – París, 1982), hijo de un chino cantonés, Enrique Lam-Yam, y de Ana Serafina Castilla, una mulata criolla, descendiente lejana del conquistador Alvar Nuñez Cabeza de Vaca. Mezcla de sangre, colores y cultura. Los dioses lucumí y las sacerdotisas santeras le colmaron, como en los cuentos de hadas, de bendiciones y al inscribir su nombre perdió la letra l como si Changó, el dios del relámpago al que estaba adscrito, le hiciera un guiño desde el árbol más alto. El mayor de aquellos dones fue su buena mano con el dibujo, algo que el señor Lam alentó mandándole a estudiar en la escuela de pintura y escultura de La Habana. Después, una beca para Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, cerró el círculo de su destino.

Wifredo Lam ha vuelto a España muchos años después de su marcha y en el Reina Sofía se ha reunido con su amigo Picasso. Aunque ya lo hiciera en 1992 con una amplia retrospectiva, es en esta ocasión cuando su obra se puede ver en toda su amplitud en una monográfica organizada por el Pompidou de París, el Reina y la Tate Modern de Londres, que cuenta con algunas obras poco conocidas de los 15 años que pasó Lam en España. Son estas pinturas de sus primeros años las más figurativas de su carrera. Alumno del pintor Sotomayor, éste le enseña las técnicas del retrato mientras miraba al detalle los trazos de las pinturas de El Bosco, Velázquez y Goya. Según el crítico de arte Francisco Calvo Serraller, “Lam se hizo pintor en España pero su madurez creativa se produjo durante los años treinta, cuando intentaba una síntesis entre El Greco y Cézanne”.

Wifredo Lam ante una de sus obras de la serie Brousses en su taller de Albissola, 1963. Foto: Archivos SDO Wifredo Lam.

Wifredo Lam ante una de sus obras de la serie Brousses en su taller de Albissola, 1963. Foto: Archivos SDO Wifredo Lam.

Aquí se casó con una conquense, tuvo un hijo y contempló el nacimiento de la República mientras veía morir de tuberculosis a su recién formada familia. Coincidió en un exaltado Madrid con García Lorca, Valle-Inclán, Miguel Ángel Asturias y Alejo Carpentier, y a Lam le faltó tiempo para unirse a las Milicias Populares y combatir en defensa de la República a las órdenes de Lister. Los horrores de la Guerra Civil hicieron mella en su salud y hubo de ingresar en una clínica cercana a Barcelona, donde se encontró con el escultor Manolo Hugué. Aquellas vivencias en el Frente las trasladó a dos enormes gouaches que algunos críticos han comparado con los Fusilamientos de Goya y que hoy pueden verse en la monográfica del Reina.

En la primavera de 1938, Lam decide irse a París. “Incluso si no hubieras venido con la carta de Manolo en el bolsillo, te hubiera visto por la calle y habría pensado: quiero ser amigo de ese hombre”, le dijo Picasso cuando, a través del escultor Manolo Hugué, los dos artistas se encuentran en París por primera vez. Fue una amistad bien llevada. El cubano mira y se queda extasiado ante los bocetos del Guernica que Picasso exhibió en el pabellón español de la Exposición Universal. Cuando Lam le muestra algunas de sus obras con cabezas-máscaras, dicen que el malagueño exclamó: “Está en su derecho, ¡es negro!”. Ahí se dieron por zanjados los maliciosos comentarios sobre atribuciones de inspiración.

La entrada de los nazis en París lleva a Lam a un nuevo exilio. En esta ocasión a Marsella. Conoce a André Bretón y Benjamin Péret y se enrola al tardo surrealismo. Lam dibuja sin tregua extrañas figuras tomadas del mundo vegetal y animal. Breton elige sus trabajos para ilustrar su poema Fata Morgana, aunque la edición del libro fue prohibida por el Gobierno francés de Vichy. En una entrevista años después con el crítico cubano y especialista en arte Gerardo Mosquera, Lam se refiere a estas obras como el inicio de su combate con la pintura: “Participé en la Guerra Civil. Esto me dio una posición crítica que no tenía antes. Cuando llegué a París, tras la caída de la República, me puse a pintar aquello que era más sentido por mí. Y de una manera automática, como dicen los surrealistas, me salió ese mundo. Es decir, que cargaba todo eso en el subconsciente, y al dejarme llevar por la pintura automática me brotó ese mundo tan extraño”.

'El sombrío Malembo, dios de la encrucijada', 1943. Wifredo Lam. The Rudman Trust.

‘El sombrío Malembo, dios de la encrucijada’, 1943. Wifredo Lam. The Rudman Trust.

Lam volvió a Cuba en 1941, en lo que sería un nuevo exilio, dejando detrás de sí muchos amigos, además de una experiencia que le marcaría para siempre, y comienza a elaborar lo mejor de su obra. Establece conexión con “las vanguardias étnicas”, en expresión de Catherine David, la primera mujer nombrada directora artística de Documenta en 1997 y comisaria de la muestra en Madrid, pero “dándoles un fondo social, influencia posiblemente de Higinio Pedroso, un poeta cubano contemporáneo suyo”.

En Cuba, Lam se tropieza con el juego, la prostitución, la explotación colonial pura y dura. En una entrevista de 1976, el pintor recordaba aquel tiempo: “Lo que veía a mi regreso parecía el infierno. Traficar con la dignidad de un pueblo es, para mí, el infierno. La poesía de Cuba era política y comprometida, como la de Nicolás Guillén y otros, o la que escribían los turistas. Yo desaprobaba esta última porque no guardaba ninguna relación con un pueblo explotado, con una sociedad que oprimía y humillaba a sus esclavos. Mi pintura no sería el equivalente de una música pseudocubana para clubs de baile. ¡Abajo el chachachá! Deseaba con todas mis fuerzas pintar el drama de mi país, pero expresando a fondo el espíritu de los negros, la belleza de la plástica de los negros. De este modo yo quería ser un caballo de Troya del cual surgirían figuras alucinantes, capaces de turbar los sueños de los explotadores”.

Mágico, esotérico, fantástico; chino, afrocubano y español, Lam invoca sus raíces. En los años 30 se autorretrata en dos ocasiones, una con el fondo de las vidrieras de Barcelona; otra, con kimono. Lam cuestiona el surrealismo y el cubismo. Su obras adquieren ya el eco mestizo, su verdadera identidad. Como ha dicho Manuel Borja-Villel, director del Reina Sofía, “cuestiona en sus obras la violencia de la colonización”. Las obras de Lam de entonces se caracterizan por inquietantes atmósferas de selvas tropicales, habitadas por extrañas criaturas en forma de alargados cuchillos. A finales de 1942 comienza su célebre cuadro La jungla, que acaba al año siguiente y del que Antonio Saura diría: “Rutilante como un colibrí, poblada como un bosque”. Lo expuso junto con otros gouaches en Nueva York. El MOMA compró la obra y durante muchos años lo expuso en el pasillo que da acceso al guardarropa.

Lam tuvo éxito en Nueva York. Sus figuras arcaicas, la ambigüedad de las formas, los tonos verdosos, parduzcos y grises, su técnica al aplicarlos como una nube, a lo sfumato de Leonardo da Vinci, gustaron a los expresionistas abstractos que vieron en él un espíritu más indómito y salvaje que el de los surrealistas. Él reclama la cultura africana alejada del adorno de las máscaras. “Me propuse poner en mis cuadros los objetos negros en función de su paisaje y su mundo propios. Mi pintura es un acto de descolonización, no física pero sí mental”.

Abandona La Habana y regresa a París; viaja por Italia y Venezuela y cuando triunfa la Revolución de Castro se implica activamente en organizar una gran exposición de arte moderno en Cuba, el Salón de Mayo, una intentona para descentralizar el eje artístico París-Nueva York. Un año después es actor principal del Congreso Cultural de La Habana (1968), un encuentro para analizar los problemas de lo que entonces llamábamos Tercer Mundo.

Los últimos años de su vida los pasa entre Albissola (Italia), donde instaló su taller de cerámica y grabado, y París. En 1980 viaja a Cuba para asistir al funeral de su gran amigo Alejo Carpentier. Enfermo, en silla de ruedas, Wifredo Lam sólo regresaría a La Habana dos años más tarde convertido en cenizas para descansar en el cementerio de La Habana.

‘Wifredo Lam’. Museo Nacional Reina Sofía. Hasta el 16 de agosto. 

'Campesina castellana'. Wifredo Lam.

‘Campesina castellana’. Wifredo Lam.

'Divinidad del aire y de la muerte'. Wifredo Lam. Colección María Graciela y Luis Oberto.

‘Divinidad del aire y de la muerte’. Wifredo Lam. Colección María Graciela y Luis Oberto.

 

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Sobre el autor

Julia Luzán
Julia Luzán Periodista. Observadora de la realidad. En el diario El País durante 27 años. Antes, corredora de fondo en periódicos y revistas. Me gusta el arte, devorar libros y contar como son las cosas y adivinar que hay detrás de ellas. Puedes seguirme en Twitter @jluzan

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