14.03.2018

Zona Wi-Fi

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Señal de acceso público a internet por wifi en Cuba.

Relato de Osdany Morales sobre las dificultades de comunicación en Cuba, desde la isla hacia el exterior y viceversa.

Estoy en un parque de La Habana que no conocía, con un teléfono que no es mío. Sigo las instrucciones para usarlo: primero conectarme a la red estatal, después abrir el navegador que me llevará a la página donde ingresar nombre de usuario y contraseña, luego hacer la recarga. Entonces podré estar conectado. Los datos de la cuenta no fueron creados por mí, están guardados en una foto en el teléfono, debo memorizarlos porque si minimizo la aplicación para buscar la foto, cuando regrese ya la página se ha reiniciado y deberé comenzar desde el principio. Saco mi teléfono, que aquí solo me sirve como reloj o como cámara y le hago una foto a la foto con los datos. Solo así alcanzo a copiar la información y puedo acceder satisfactoriamente. Corresponde recargar la cuenta con una tarjeta de doce dígitos de la que también tengo foto en el mismo teléfono. Repito la operación de fotografiar con el teléfono desconectado el teléfono a punto de conectarse. Es una tarjeta por una hora. Cuesta un poco más de dos dólares. Son las diez de la mañana, está nublado y caen algunas gotas. La gente intenta protegerse debajo de los árboles dispersos. Es la única vez que revisaré mi correo en este viaje de tres semanas. Siento como si estuviera hackeando mi propia cuenta de gmail.

La conexión en una isla pasa por un filtro de improvisaciones, lo mismo desde dentro que desde fuera. Recién llegado a NYC, en 2011, la primera vez que llamé a mis padres en Cuba lo hice con una tarjeta prepago y fue imposible lograr una conversación. Las voces se demoraban y el tiempo y el dinero de la tarjeta se consumían en las variaciones del ruido. Días después localicé un locutorio. Desde ahí llamé en contadas fechas familiares durante los dos años en que viví en el mismo lugar. Perfeccioné un sistema de supersticiones para ubicar las mejores cabinas desde donde hablar (la 21, la 23), y las también peores (la 19, la 6). Las llamadas a Cuba desde cualquier parte del mundo son caras, siempre rondando el dólar por minuto, por eso la comunicación nunca llega a establecerse como un hecho natural, cada segundo es valioso y precario. Desde hace menos de un año, sin embargo, llaman ellos.

Imo es una app más simplificada que Skype. Ocupa menos espacio y funciona aceptablemente a una baja velocidad de Internet. Esto hace también que su interfase sea más limitada, en Imo no se puede establecer un status: uno está permanentemente disponible del otro lado. En NYC la gente también hace Skype en la calle, pero lo hace remontando una acera, esquivando el tráfico y las escotillas de metal a los sótanos de los restaurantes. Imo es inmóvil. Si caminas de más puedes perder la comunicación. A veces la gente deambula indecisa, tanteando una zona donde la recepción sea mejor para sintonizar la imagen en la pantalla. Suelen acompañarse en parejas, y esta es una distribución marcada por el audífono. Deben usarlo para escuchar mejor, de lo contrario la voz se perdería en el ruido del espacio público, pero tienen que repartirse los terminales. La pareja que se arma es un siamés atado al teléfono por una sola de sus orejas. Si hay un tercero, del otro lado pueden escucharlo, pero él no sabrá cuándo le hablan.

Siempre son ellos los que llaman porque son ellos quienes han ido hasta el lugar donde es posible hacer contacto. En la película futurista rusa Stalker, de 1979, existía una zona vigilada donde el visitante que lograba llegar podía realizar un deseo. La Zona ha entrado a la ciudad: su mapa se extiende por la capital en nodos urbanos, y en los pueblos de las provincias ocupa el parque central, hasta entonces semivacío.

Las historias se superponen como en una hipotética protesta pública en la que cada uno reclamara la realización de un futuro distinto. Los relatos de la muchedumbre ahora emergen, cada uno con su voz, su volumen, sus anticipaciones de una vida que en algún momento pueda incluirlos. Del otro lado les muestran las habitaciones, la vista desde una ventana, los barrios donde han logrado instalarse sus hijos, sus hermanos. Ellos ven objetos que no han tocado. Ven ciudades y gente que no conocen. Imagino cómo el mapa local va rearmándose en la memoria y la experiencia de quienes lo usan. Cómo un lugar ya conocido, aunque tal vez poco transitado, se va asociando a la posibilidad de ver allí, como un punto de encuentro, el rostro de un ser lejano. Porque se trata, en principio, de un encuentro de rostros.

Desde fuera, al responder una llamada primero entra el volumen, luego una imagen luminosa cortada en píxeles. Algunas zonas alcanzan nitidez pero otras siguen fijas por minutos en un empaste abstracto. Por momentos se les ve pero no se escucha y en otros, cuando la voz llega en tiempo presente, la imagen ha quedado congelada en un gesto de transición, en una máscara de risa o en el borrón que perpetúa un movimiento repentino. Llega el momento en que se cansan de sostener la pantalla al frente y apoyan el teléfono o la tableta en una rodilla. Sus rostros parecen asomados a un balcón, a un abismo desde el cual los miramos. Si se quitan los audífonos, para intentar conseguir una mejor escucha entonces al hablar deben llevarse a la boca el borde del teléfono. Del otro lado uno ve el cielo de la isla, en píxeles, una rama de framboyán, una palma, como si entráramos en un sueño futurista y estuviésemos acostados bocarriba en el parque de la infancia.

Osdany Morales (Cuba, 1981) es autor de los libros de ficción Minuciosas puertas estrechas (Unión, Premio David 2006), Papyrus (Letras Cubanas, Premio Alejo Carpentier 2012), y del volumen de poesía El pasado es un pueblo solitario (Bokeh, 2015). Ganador del Premio Internacional de Cuento Casa de Teatro 2008, sus relatos han aparecido en las revistas La Noria, Buensalvaje, Quimera, y Qué Pasa. Formó parte de la antología Diez narradores cubanos que no son Pedro Juan Gutiérrez, ni Zoe Valdés, ni Leonardo Padura ni… (La Palma, 2014). Zozobra es su primera novela publicada en España.

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