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La muerte de Virgilio, Hermann Broch

Por bonsauvage, el 20 de Septiembre de 2016, en Buensalvaje Reseña

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El poeta Virgilio

El poeta Virgilio

POR RICHARD PARRA

Richard Parra analiza La muerte de Virgilio (1945), de Hermann Broch (Alianza Editorial).

La muerte de Virgilio (Hermann Broch, 1945, trad. Alianza) critica y desmantela la obediencia cómplice e irracional de las masas al poder, la compulsiva violencia guerrerista del Imperio, y el providencialismo histórico y cultural instaurado por este con terror.

La muerte de Virgilio reflexiona sobre la postura subalterna de los intelectuales ante esa realidad. Critica el vaciamiento nihilista del ser, la separación radical de la comunidad y la historia del lenguaje artístico. Revela la alienación del escritor y su silencio encubridor, correlatos del fascismo, el colonialismo y la tiranía.

Relata los últimos días del poeta latino Virgilio, su decadencia física y muerte, que se describen como un tránsito místico de integración con la divinidad, como un renacimiento carnal y unión con el universo, en donde totalidad y vacío acontecen en simultáneo: un retorno mítico al “origen de la multiplicidad del destino, para volver a pulsar desde el origen en una nueva multiplicidad de unidad, en una nueva creación”.

La muerte de Virgilio despliega una poética germinada de la poesía virgiliana, basada en una cosmogonía totalizante (no totalitaria, ni cristiana, ni cartesiana) que integra humanidad y naturaleza. Una estética asentada en una memoria primigenia, las musas y un lenguaje anterior a la lengua patriarcal: una que rechaza el ordenamiento positivista-lineal del tiempo, y la acotación burocrático-militar del espacio. La muerte de Virgilio, así, es una novela metafísica, cuya forma recrea, invocando a Lucrecio, las unidades constitutivas del universo -el agua, el fuego, la tierra y el éter- y sus interacciones.

La muerte de Virgilio poetiza sobre la creación basada en la experiencia social, la memoria mítico-pagana y los sueños (el inconsciente no lacaniano). Por medio de un complejo monólogo metadiscursivo y polifónico, medita sobre el contexto histórico, literario, moral y político y las determinantes y secuelas que llevaron a Virgilio -en su lecho de muerte- a querer quemar La Eneida. La muerte de Virgilio también es la materialización de la muerte del intelectual, la poesía, el lenguaje y de una Europa devastada por una guerra total y el memoricidio.

No se trata de una novela histórica, de un retrato de época kitsch, sino de reflexión contemporánea diacrónica. Contempla a Homero, Dante y Joyce y el vínculo no siempre feliz entre religión y cultura. Pero también dialoga con las teorías críticas de Freud, Marx, Benjamin y Adorno. Su materia erudita plantea que el reto de la literatura es ansiar la “realidad del ser”, es decir formularse como un humanismo crítico. Un aspecto determinante es el amor que, en Virgilio, se expresa como un deseo vital por el esclavo Lisanias y como la nostalgia por un pasado de comunión con la naturaleza divina (natura naturans), un espacio alternativo a la barbarie y corrupción imperial.

El amor -deseo carnal donde “reposa toda la realidad”- es una manifestación de aquella integración y el reconocimiento del hombre como experiencia que siempre trasciende a lo social, su único ámbito de sentido. El reencuentro erótico de Virgilio con Plocia, su esposa ya muerta (“desnudos alma con alma” entre faunos), ilustra esta confianza en el amor en contra el Imperio, en que solo el César “puede joder” y es incapaz de conocer “la divinidad de la belleza, de lo predivino de divina apariencia”.

La muerte de Virgilio se lee como un diálogo poético literario sobre el Eros y la cultura, como El Simposio de Platón o Los diálogos de amor de León Hebreo, o El malestar de la cultura de Freud. Su posicionamiento no es idealista, insulsamente utópico, un juego letrado, sino materialista que critica a los formalistas que “vegetan” en su propio círculo de ideas y palabras, de imitaciones y simulacros, que les impide ver más allá de la superficie de ruinas de Roma y sus dominios. Por eso, la finalidad de la poesía es “el conocimiento de la muerte”; por el contrario, para el tiránico emperador nihilista, la muerte no significa nada.

La novela señala la incapacidad de la escritura de soportar el ingente flujo de la existencia. El peligro de su reducción al abismo de la forma pura (“instrumento del mal”), si es que “el alma del lenguaje” no anima esa escritura muerta, si no le otorga un sonido, si no la recita desde lo terrenal, en contraposición a una soledad opresiva impuesta por el Imperio. En contra, La muerte de Virgilio opta por un retorno onírico a un silencio primigenio, a la música cósmica, interior y exterior, a la totalidad del ser inherente al momento de su creación, al amor de la disposición creadora. El poeta, en suma, impuro, solo tantea la realidad, sin arrogancia colonizadora o burocrática, sin un destino manifiesto.

La muerte de Virgilio ahonda sobre la dialéctica del amo y el esclavo. Pero no para pontificar sobre la hegemonía de una cultura, como cuando Borges, en su “Nota sobre la paz”, enaltece al Imperio Británico genocida y esclavista, como la única civilización propiamente dicha, orientada a la perfección. No: el imperio, en La muerte de Virgilio, aparece con su horror político, como una fuerza represiva de lo más interior. Lisanias, por ejemplo, el esclavo asiático de Virgilio (un ser con atributos míticos, una sabiduría mordaz), cuenta que, a su padre, lo crucificaron y que, a él, lo separaron de su madre. Su posición se define por un horror que culminó en un estado de orfandad y humillación, frente a la cual el poeta, desde un exilio despótico, despliega una literatura que reconstruye el mundo perdido a partir de las ruinas (Edward Said, Inca Garcilaso).

En el presente (guerra global, vigilancia totalitaria, refugiados, hambre, hecatombe ecológica, imperialismo, supremacía blanca) cunde una novela vaciada de reflexión psicológica, histórica y mítica. Sobran novelas retraídas a un individualismo vacío, arrinconadas por las burocracias formalistas que conciben la experiencia humana como simulacro y espectáculo (Debord). Ante este presente (“soledad repleta de hombres”), Broch sintetiza un horizonte ético-estético-humanista. Representa una critica del fascismo.

Richard Parra (Comas, 1977) es docente y crítico literario. Ganador del Premio Copé de Oro 2014 por su ensayo La tiranía del inca. El inca Garcilaso y La escritura política del Perú Colonial (1568-1617). En 2014 publicó las novelas breves La pasión de Enrique Lynch y Necrofucker y, recientemente, la novela Los niños muertos, todas ellas en la editorial Demipage.

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